Esta semana comienza la lectura grupal de las Meditaciones de Marco Aurelio. Yo llego a ella como estoico contemporáneo converso y practicante. En esta primera entrada, intento dejar algunas pistas sobre la perspectiva desde la que he de abordar la lectura. Lejos de ser un académico o filólogo, soy un principiante que ha ido adaptando las ideas del estoicismo a su circunstancia y su sensibilidad.
Todas las filosofías de vida de la época helenística tenían una cierta noción de propósito de vida. Los epicúreos, por ejemplo, consideraban que el propósito de la vida era maximizar la felicidad verdadera (eudaimonia) mediante una administración sensata y moderada de la experiencia del placer. Por ejemplo, un contraste entre los epicúreos y sus parientes filosóficos, los hedonistas cireniacos, es que éstos aconsejaban entregarse de lleno a las experiencias placenteras, mientras que los epicúreos, conscientes del fenómeno de la habituación y de los estragos que éste podía causar en la capacidad humana de experimentar la felicidad duradera, aconsejaban la moderación. (Por cierto, yo estoy llevando a cabo un experimento epicúreo: llevo cinco años de no beber cerveza; al cumplir veinte años, probaré de nuevo y reportaré si Epicuro tenía razón).
Para no aburrir a mis pocos lectores con una larga disquisición sobre los fundamentos filosóficos (interesantísimos) del estoicismo, baste decir que a los estoicos se los distingue de las otras escuelas helenísticas por las siguientes razones, más o menos: (1) al contrario de los escépticos, los estoicos eran epistemológicamente optimistas, es decir que creían en la posibilidad de adquirir y producir conocimiento (en términos contemporáneos, los post-estructuralistas son los herederos del escepticismo, y los estructuralistas démodé somos herederos de los estoicos); (2) al contrario de los epicúreos, los estoicos consideraban que la vía correcta para procurar la eudaimonia era la búsqueda y la adquisición de la virtud, no la administración idónea de la experiencia subjetiva del placer elevado, ni la evasión del dolor. Ésta, para mí, es una diferencia crucial, y una de las razones por las que, pese a mi atracción por los experimentos epicúreos (como el dejar de beber cerveza por veinte años, por qué no), el estoicismo me atrajo muchísimo más desde que me puse a buscar una filosofía de vida al cumplir cuarenta años de no tener idea.
Pese a que los epicúreos y los estoicos están interesados en acceder a la dicha de la eudaimonia, hay un problema filosófico muy interesante en su disputa, y dicho problema parece prefigurar otras disputas filosóficas más recientes (el utilitarismo de Bentham y Mill es el heredero del epicureísmo, en cierta medida). Si alguien es verdaderamente feliz, diría un epicúreo, es claro que es virtuoso. Si alguien es virtuoso, respondería un estoico, la felicidad verdadera está por dada. Y, claro, la búsqueda de la virtud puede llevarlo a uno al deleite existencial, así como el deleite existencial puede facilitar la excelencia ética, pero hay una diferencia de énfasis que a mí no me parece trivial en lo absoluto: en principio, no siendo virtuoso ni feliz, la búsqueda empedernida de la felicidad me parece un despropósito y la virtud me parece una meta de vida particularmente feliz. (He aquí una de las razones por las que preferí el estoicismo al epicureísmo; después arribaron otras razones).
He aquí algunos enunciados simples que puede servir como un primer acercamiento al estoicismo (a la ética del estoicismo, pues estamos ignorando la lógica y la física).
El propósito del estoico es cultivar la virtud (la excelencia ética).
Por ende, toda decisión de vida de un estoico ha de ser tomada en función del efecto que ésta tenga sobre el desarrollo de la virtud en el sujeto. (He aquí por qué el estoicismo no es utilitarista: en lugar de perderse en cálculos insensatos sobre las potenciales consecuencias de los actos individuales en el sistema circundante, el estoico se limita a pensar en el efecto que sus decisiones y acciones puedan tener en el desarrollo de la virtud: este constreñimiento tiene la virtud, valga la repetición de la palabra, de evadir la arrogancia pretenciosa de quien cree que puede calcular los efectos de sus decisiones y actos en un sistema complejo a su alrededor).
Hay cosas sobre las que uno tiene control y cosas sobre las que uno no tiene control. (La dicotomía de Epicteto).
Una de las cosas sobre las que uno tiene control es la decisión de cultivar la virtud, cualesquiera sean las circunstancias.
En el primer libro de las Meditaciones, Marco Aurelio hace un inventario de las cosas que ha ido aprendiendo de sus seres cercanos. Al tomar en cuenta el marco ético del estoicismo que él practica, las siguientes observaciones me parecen importantes:
(1) Si menciona alguna enseñanza es porque dicha enseñanza le ha sido útil en el ejercicio de la virtud;
(2) Nadie tiene un monopolio de la virtud, y la virtud llega a uno por múltiples vías. (Una virtud ejemplificada en la escritura del inventario es la atención que Marco Aurelio le presta a los atributos emulables de sus seres cercanos);
(3) Es importante reconocer que los atributos éticos propios son a menudo hábitos que uno aprende de otros. (El estoicismo valora la vida en sociedad).
La idea de que uno puede aprender lecciones éticas al observar el comportamiento de los pares es, en particular, importante, pues nos indica que el estoico ha de tener una actitud vigilante y estudiar el comportamiento de sus pares para identificar atributos y cualidades admirables. La emulación y la formación de hábitos son los vehículos para ir desarrollando la virtud.