A veces uno escribe un poema y lo edita minuciosamente hasta que más o menos funciona, y luego viene el problemático momento de elegir título. Y a mí me acontece con frecuencia que estoy tan cansado de darle vueltas al poema que sólo se me ocurre escribir un título descriptivo y negligente. Este fin de semana he estado leyendo algunos de mis poemas con ojo crítico y he descubierto que los títulos son, en general, paupérrimos. Así que me he dado a la tarea de cambiarlos, y para ello he experimentado con adoptar o descartar, según el caso un número de posibles intuiciones, surgidas de restricciones de distinta índole:
- Si el poema tiene medida regular, escribir un título de la misma medida que cada verso. Por ejemplo, un soneto mío cambió de «Narciso» a «Retrato de Narciso con su Móvil».
- El título de un poema debe modificar el sentido del poema. Por ejemplo, un soneto mío cambió de «Soneto Viral» a «Estatus que Copié de un Muro en Facebook». Con el título anterior, el lector no sabía si el soneto era una copia o simplemente un original con intención de viralidad. Pese a que esa ambigüedad está resuelta con el nuevo título, el poema sigue haciendo bien su oficio.
- Si el poema no consigue generar un vínculo entre lector y poeta, el título debe arrojar alguna clave sobre cuándo y/o dónde ha sido escrito el poema. Por ejemplo, un poema mío cambió de «Idea» a «Leyendo el Cielo Mientras Cae la Nieve».
¿Qué otras reglas valdría la pena considerar?