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Archive for the ‘Lectura’ Category

A raíz de este tuit del maestro Juan Horacio de Freitas,

me acordé de un par de cosas. Primero, la intuición socrática de que la gente sólo hace el mal por falta de conocimiento. Los estoicos admiraban a Sócrates y simpatizaban con esa teoría epistemológica del mal. Si alguien actúa mal, seguramente es porque no sabe que lo que están haciendo está mal, y si no tienen idea de qué es la virtud, no es razonable juzgarlos con severidad por no practicarla.

Segundo, el principio de asimetría que, sin haberlo encontrado expuesto de manera explícita en la literatura, detecté e intenté actualizar cuando empezaba a practicar estoicismo.

Principio de Asimetría: Júzgate con severidad a ti mismo porque estás intentando desarrollar la virtud (la concepción específica de virtud) que te propones; no juzgues a los demás como si ellos estuvieran intentando desarrollar la misma virtud.

Este principio de asimetría es muy importante en la práctica del estoicismo. Un maravilloso ejemplo de cuán extraordinaria podía ser esa actitud asimétrica está en esta cita de Musonio Rufo, el maestro de Epicteto, quien una vez dijo:

¿Por qué criticamos a los tiranos si en realidad somos a veces peores? Tenemos las mismas tendencias que ellos pero no las oportunidades.

Y es justo a raíz de esta intuición ética dentro del estoicismo que una de las reglas de una comunidad virtual de estoicos a la que pertenezco es: «Nunca juzgues a la gente que no es estoica como si lo fuera».

Para quienes llegan al estoicismo por primera vez, esta asimetría es muy desconcertante. Primero porque no parece justificable. (Para que lo sea, es conveniente aceptar una visión del mal parecida a la que se le atribuye a Sócrates). Y segundo porque parece un poco masoquista: ¿las faltas ajenos son producto de la ignorancia, pero me voy a flagelar a mí mismo por las propias como si yo mismo no mereciera la indulgencia con que trato a los demás? En realidad, los estoicos no aconsejaban ni la complacencia ni la auto-flagelación masoquista, sino más bien la reflexión severa para ir mejorando en el camino a la virtud, pero el principio de asimetría no es sino una regla conductual que ayuda a la mente propia a enfocarse en las cosas útiles. Es provechoso (aún y cuando uno no conoce tan bien al prójimo como a uno mismo) identificar (lo que uno entiende son) las virtudes ajenas; es provechoso (más aún porque uno se conoce a sí mismo mejor de lo que conoce al prójimo) identificar las faltas propias; es inútil, para el desarrollo de las virtudes propias, identificar los vicios ajenos y criticarlos largo y tendido.

Ésa es la otra virtud sobresaliente en el primer libro de las Meditaciones. Marco Aurelio, en lugar de hacer el inventario de los vicios de sus pares, lo hace de las virtudes ajenas que él ha ido adquiriendo o procurando adquirir.

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Esta semana comienza la lectura grupal de las Meditaciones de Marco Aurelio. Yo llego a ella como estoico contemporáneo converso y practicante. En esta primera entrada, intento dejar algunas pistas sobre la perspectiva desde la que he de abordar la lectura. Lejos de ser un académico o filólogo, soy un principiante que ha ido adaptando las ideas del estoicismo a su circunstancia y su sensibilidad.

Todas las filosofías de vida de la época helenística tenían una cierta noción de propósito de vida. Los epicúreos, por ejemplo, consideraban que el propósito de la vida era maximizar la felicidad verdadera (eudaimonia) mediante una administración sensata y moderada de la experiencia del placer. Por ejemplo, un contraste entre los epicúreos y sus parientes filosóficos, los hedonistas cireniacos, es que éstos aconsejaban entregarse de lleno a las experiencias placenteras, mientras que los epicúreos, conscientes del fenómeno de la habituación y de los estragos que éste podía causar en la capacidad humana de experimentar la felicidad duradera, aconsejaban la moderación. (Por cierto, yo estoy llevando a cabo un experimento epicúreo: llevo cinco años de no beber cerveza; al cumplir veinte años, probaré de nuevo y reportaré si Epicuro tenía razón).

Para no aburrir a mis pocos lectores con una larga disquisición sobre los fundamentos filosóficos (interesantísimos) del estoicismo, baste decir que a los estoicos se los distingue de las otras escuelas helenísticas por las siguientes razones, más o menos: (1) al contrario de los escépticos, los estoicos eran epistemológicamente optimistas, es decir que creían en la posibilidad de adquirir y producir conocimiento (en términos contemporáneos, los post-estructuralistas son los herederos del escepticismo, y los estructuralistas démodé somos herederos de los estoicos); (2) al contrario de los epicúreos, los estoicos consideraban que la vía correcta para procurar la eudaimonia era la búsqueda y la adquisición de la virtud, no la administración idónea de la experiencia subjetiva del placer elevado, ni la evasión del dolor. Ésta, para mí, es una diferencia crucial, y una de las razones por las que, pese a mi atracción por los experimentos epicúreos (como el dejar de beber cerveza por veinte años, por qué no), el estoicismo me atrajo muchísimo más desde que me puse a buscar una filosofía de vida al cumplir cuarenta años de no tener idea.

Pese a que los epicúreos y los estoicos están interesados en acceder a la dicha de la eudaimonia, hay un problema filosófico muy interesante en su disputa, y dicho problema parece prefigurar otras disputas filosóficas más recientes (el utilitarismo de Bentham y Mill es el heredero del epicureísmo, en cierta medida). Si alguien es verdaderamente feliz, diría un epicúreo, es claro que es virtuoso. Si alguien es virtuoso, respondería un estoico, la felicidad verdadera está por dada. Y, claro, la búsqueda de la virtud puede llevarlo a uno al deleite existencial, así como el deleite existencial puede facilitar la excelencia ética, pero hay una diferencia de énfasis que a mí no me parece trivial en lo absoluto: en principio, no siendo virtuoso ni feliz, la búsqueda empedernida de la felicidad me parece un despropósito y la virtud me parece una meta de vida particularmente feliz. (He aquí una de las razones por las que preferí el estoicismo al epicureísmo; después arribaron otras razones).

He aquí algunos enunciados simples que puede servir como un primer acercamiento al estoicismo (a la ética del estoicismo, pues estamos ignorando la lógica y la física).

El propósito del estoico es cultivar la virtud (la excelencia ética).

Por ende, toda decisión de vida de un estoico ha de ser tomada en función del efecto que ésta tenga sobre el desarrollo de la virtud en el sujeto. (He aquí por qué el estoicismo no es utilitarista: en lugar de perderse en cálculos insensatos sobre las potenciales consecuencias de los actos individuales en el sistema circundante, el estoico se limita a pensar en el efecto que sus decisiones y acciones puedan tener en el desarrollo de la virtud: este constreñimiento tiene la virtud, valga la repetición de la palabra, de evadir la arrogancia pretenciosa de quien cree que puede calcular los efectos de sus decisiones y actos en un sistema complejo a su alrededor).

Hay cosas sobre las que uno tiene control y cosas sobre las que uno no tiene control. (La dicotomía de Epicteto).

Una de las cosas sobre las que uno tiene control es la decisión de cultivar la virtud, cualesquiera sean las circunstancias.

En el primer libro de las Meditaciones, Marco Aurelio hace un inventario de las cosas que ha ido aprendiendo de sus seres cercanos. Al tomar en cuenta el marco ético del estoicismo que él practica, las siguientes observaciones me parecen importantes:

(1) Si menciona alguna enseñanza es porque dicha enseñanza le ha sido útil en el ejercicio de la virtud;
(2) Nadie tiene un monopolio de la virtud, y la virtud llega a uno por múltiples vías. (Una virtud ejemplificada en la escritura del inventario es la atención que Marco Aurelio le presta a los atributos emulables de sus seres cercanos);
(3) Es importante reconocer que los atributos éticos propios son a menudo hábitos que uno aprende de otros. (El estoicismo valora la vida en sociedad).

La idea de que uno puede aprender lecciones éticas al observar el comportamiento de los pares es, en particular, importante, pues nos indica que el estoico ha de tener una actitud vigilante y estudiar el comportamiento de sus pares para identificar atributos y cualidades admirables. La emulación y la formación de hábitos son los vehículos para ir desarrollando la virtud.

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Cada vez que me encuentro con algún argumento torpe sobre la caducidad de la métrica me dan ganas de escribir un rap. Pero por si hay alguien que se tome en serio esos alegatos sosos, he aquí una pequeña muestra de cómo saber un módico de métrica puede enriquecer la lectura de un poema fino. El siguiente es un poema de Nicanor Parra:

Un abogado de su propia causa

llega a una tumba equis
del Cementerio Metropolitano
con un ramito de claveles rojos
Se descubre con gran solemnidad
y a falta de florero deposita su ofrenda
en un modesto tarro duraznero
que sustrae de una tumba vecina.

El título es un endecasílabo. Luego vienen un heptasílabo, tres endecasílabos, un alejandrino, un endecasílabo más, y finalmente, en la última línea, en la que el poema da un giro extraordinario, la pluma del poeta desafina. Todos los versos (incluido el título) son clásicos y hacen perfecto juego entre sí (de acuerdo con la tradición), pero la última línea es disonante con el resto. Y, claro, así tenía que ser: no es sino hasta el último verso que el lector descubre cómo desafinan los gestos decorosos del sujeto del poema.

En lugar de arremeter contra la métrica (que es, ante todo, un instrumento descriptivo), los poetas deberían aprender a medir sus versos, y a medirse con sus exabruptos.

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