[go: up one dir, main page]

Mostrando entradas con la etiqueta Personajes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Personajes. Mostrar todas las entradas

martes, 13 de enero de 2026

Memento

Era un invierno de esos de pampa húmeda y escarcha por todo el patio, la gramilla crujiente y el césped sufrido. La noche pintaba aburrida, encerrados en el casco del campo, mirando de reojo la añosa biblioteca sabiendo que no habría acción porque sus padres merodeaban como buitres esperando la oportunidad de interrumpir cualquier dudosa aproximación. El fogón del hogar calentaba apenas el living mientras que los dormitorios penaban con pequeños calefactores que daban un miserable calor húmedo.
Cenamos en un silencio apenas entrecortado por la estática de una radio que captaba dos o tres frecuencias con un cuestionable gusto musical. Al final, cuando pensamos que no nos quedaba otra opción que irnos a dormir temprano su hermano contó que salía con unos amigos a un boliche de la zona y nos invitó a ir con él; sin dudarlo enseguida nos cambiamos y frente a la mirada turbia de su padre, nos apretujamos en la cabina de la camioneta.
El viaje de media hora por la ruta solitaria se me hizo corto, la cercanía de su piel me distraía y la expectativa de sacudirme el frío de los huesos hizo que ni me diera cuenta de la incómoda posición en la que estaba. Sentía cosquillas en las piernas, la adrenalina o un calambre, no sé cuál de ellos era el culpable.
Al llegar, olvidamos el frío y entramos a ese mega-lugar bailable a sacudir el cuerpo a ritmo de la música, a pensar que es mejor saltar y mover la cabeza que yacer en un catre solitario, en el medio del campo, bajo una impiadosa helada. Éramos jóvenes y lo demostramos en cada canción, en cada potente abrazo, en cada mirada, en cada ardiente beso.
Teníamos algo único.
Al volver a casa, juré que me quedaría allí por siempre.
Y ese por siempre duró un efímero instante.

viernes, 26 de septiembre de 2025

Hola primavera!

 El día de la primavera empezó temprano, el sol alumbró la carpa y enseguida empezó a hacer calor en su interior. El cierre cremallera subió veloz, el joven salió y otro cierre bajó para dar lugar a la primera meada del día, densa y urgente, cargada de cerveza y otros líquidos menos definidos. Alrededor, en un gran espacio arbolado se esparcían decenas de carpas, iglús de diferentes tamaños, alguna que otra casilla y parrillas que ya empezaban a echar humo. Latas, botellas y platos sucios se acumulaban sobre la mesa de hormigón y en el piso, colillas decoraban la tierra junto a piedras y algún que otro pedazo de vidrio.
Abrió los brazos, los sacudió y emitió un fuerte bostezo; los pocos que estaban despiertos lo miraron y lo saludaron con un leve agitar de manos. Abrió un táper y miró qué había adentro: dos pedazos de tarta de jamón y queso, una empanada de carne y varios trozos de asado y hamburguesas; mientras esperaba que se caliente el agua para el mate mordió la tarta distraído. Al mismo tiempo que la pava comenzaba a vibrar, escuchó un quejido sordo que venía desde dentro de la carpa, así que apuró el llenado del mate y se cebó el primero y los dos siguientes para asegurase que no esté muy amargo. Puso el agua en el termo y con el mate listo se metió en la carpa.
Al fondo una cabellera oscura y algo despeinada se empezó a mover; en el otro extremo los pies empujaban la frazada, dejando al descubierto unos estilizados talones. Posó su mano sobre el muslo y la fue subiendo lentamente hacia su nalga; con ternura lo apretó mientras susurraba algunas palabras.
Unos ojos miel aparecieron tras los párpados soñolientos; las comisuras se curvaron hacia arriba en una media sonrisa al ver frente a su rostro el mate humeante.
- Buen día dormilona- dijo a media voz - acá te traigo un matecito calentito.
Se apoyó en el codo y se inclinó hacia ella, apoyó sus labios en los de ella en un tierno beso, apenas mordiendo la piel, apenas sintiendo el brumoso aliento.
Ella se tomó en dos sorbos el mate, lo apoyó al costado de la colchoneta y arrastró su cuerpo cálido hasta el de él, puso la mano en su nuca y alineando sus caderas, empezaron a disfrutar de la primer mañana de la primavera. 

lunes, 15 de septiembre de 2025

Sueño

Ya en el final de un día extremadamente ocupado, después de esa ducha caliente que relaja y se lleva toda la tensión acumulada y la ceniza del estrés, recosté mi exhausto cuerpo en relativa posición horizontal, lo cubrí con un entrelazado de hilos más o menos de calidad y como premio por la actividad realizada en la jornada cerré los ojos queriendo potenciar el estado de inerte relajación que mis extremidades ya sentían.

Y me dormí.
Y así soñé que tenía alas, que podía moverme con eterna libertad en un espacio sin fronteras; allí había miles de seres que no se diferenciaban unos de los otros sino por sonidos muy agradables.
Soñé una cúpula grandiosa que protegía todo el entorno y puertas que se abrían dejando entrar una nueva brisa; en el centro una fuente surtía incansable a quien quisiera servirse un potaje de efecto desconocido.
Allí a la sombra de un muro me reconocí con los ojos cerrados, soñando. Estiré mi mano para intentar tocarme y no eran manos sino cañas de azúcar o ramas de algún frutal incierto.
De golpe, las alas ya no eran livianas y no me podían sostener, empecé a caer hasta que se desintegraron en una arenilla que se alejó flotando y mi cuerpo que ahora no tenía forma reconocible seguía girando sin control.
Mientras, yo caía hacia el fondo en el que se podía ver una pantalla gigante con imágenes de otra época, a veces en colores estridentes, otras veces en diferentes tonos de grises, blanco y negro. Sonidos atronadores e incoordinados no dejaban escuchar ninguna otra cosa, aunque podía imaginar un hilo musical ya que veía las notas flotar de un árbol a otro. 
Y pude ver en mi sueño, lo que intentaba soñar. Porque todas estas imágenes no eran impuestas, eran imaginadas y pensadas por mi.
El personaje soñado, ahora lo podía ver por una de esas pantallas, soñaba que los deseos de todos se cumplían, sin excepción. Eran globos de colores que no se pinchaban, se elevaban cada vez más hasta perderse de vista; uno de ellos se posó en su pecho, al tiempo que abría los ojos y, a través de la pantalla, me miró fijo directo a los ojos.

De golpe, sentí que un peso se acostaba cerca de mis piernas y me despertó sobresaltado. Ronroneando, Canela se enrolló sobre sí, apoyó sus patitas sobre el acolchado y cerró de nuevo sus ojos.

martes, 9 de septiembre de 2025

La ronda del mate

En nuestra sociedad humana, en todas sus variantes de evolución y desarrollo, hay muchas veces que los rituales marcan cierto sentido de pertenencia, de orgullo grupal en sus miembros. Lograr ser aceptado en una tribu urbana, una vez traspasado el umbral de suspicacia que en general las protege, requiere de ciertos méritos personales que acrediten la capacidad individual para ser parte de ella.

No me estoy refiriendo a rituales de origen exótico ni violentos en el primer caso ni de grandes talentos ni méritos extraordinarios en el segundo, si no más bien de aceptación y compartir el gusto por determinadas cuestiones sumamente básicas.

En nuestro país, en cualquier paisaje urbano y en el mero campo, entre miembros de una familia o amigos en un parque, entre un grupo de estudiantes universitarios o la típica visita a la tarde no planificada, siempre está presente el mate como enlace de la conversación, como nexo tácito entre las personas.
 
Con todos los que trabajo aquí en la oficina tomamos mate. Algunos lo prefieren con un poco de azúcar, otros bien amarguito y hay quienes le agregan algunos granos de café. Depende de quien cebe el mate varía el hecho de que sea dulce o amargo y la velocidad de la ronda.

Compartir entre nosotros ese ritual nos hace mejores compañeros, profundiza el conocimiento personal y genera otro espacio íntimo en el cual acercar los espíritus y zanjar alguna que otra diferencia. Estoy seguro que muchas discusiones han sido menos agresivas compartiendo el mate como moderador.

Y les aseguro que el mérito de recibir un reconocimiento con la frase: “¡Che, pero que buenos que están estos mates!” no lo obtiene cualquiera Y ni hablar si lográs que no se lave enseguida, que mantenga ese sabor potente por varias rondas, ahí te ganás el certificado de cebador designado.

domingo, 15 de junio de 2025

Ricos besos siniestros

Que este mundo está hecho para diestros es algo que no es novedad. Cuántos problemas hay con las tijeras que tienen el ojal preconfigurado, las asas de las tazas de café y algunos modelos de mates, para no hablar de los botones de las camisas, los cintos y un montón de cosas más de todos los días.
Y más. ¿Por qué a los malos se les dice que son personajes siniestros? Y siniestros son los desastres o los accidentes también, todo con una connotación negativa. Claro, los que son hábiles en algún deporte o en alguna técnica específica son muy diestros...
Y ni hablar cuando en ciertas escuelas los obligaban a escribir con la derecha, atándoles la zurda a la silla con el argumento de que era una monstruosidad y que iba en contra de los designios del creador.
Igual, dicen que para ciertos deportes, los zurdos tienen ventaja porque la orden enviada por el cerebro (desde el hemisferio izquierdo) tarda menos en llegar porque no tiene que cruzar todo el cuerpo; que será, digamos menos de la mitad de la mitad de un microsegundo. Vaya ventaja.
Pero quiero compartir con ustedes una verdadera ventaja que supe aprovechar con altos beneficios. Hay ciertos movimientos reflejos que bajo determinadas circunstancias son muy fáciles de adivinar.
En cierto domicilio de alguna calle perdida se llevó a cabo una fiesta y en ella una serie de juegos entre los convidados y entre la platea femenina había una en particular que me desvelaba. El juego consistía en apoyar espalda contra espalda y a una orden, girar rápidamente la cabeza hacia uno de los lados; si los rostros no coincidían la dama abofeteaba al varón pero si ambos miraban hacia el mismo lado, se coronaba la acción con un rico beso. Rápidamente me di cuenta que los diestros (hombres y mujeres) giraban siempre su cabeza hacia la derecha por lo que entre ellos había más cachetadas que amor. Aproveché mi condición de siniestro conspirador para recibir bastante cariño; solamente un lance se vio castigado y fue provocado a propósito para no levantar la perdiz de aquellos diestros incautos; del resto de la noche guardo aún el calor de esos labios deseados.
Y con esa sola ventaja me conformo.

miércoles, 7 de mayo de 2025

El gaucho

Profundo y sostenido, desde el alma, con el alma, fue el alarido que el gaucho profirió en medio de la noche oscura.
Había en esta vida muchas cosas que desconocía y por esas no se preocupaba, no era ésa la razón de su pesadilla.
Había en este mundo muchas injusticias, incluso él mismo sufría alguna que otra aunque no lo incomodaba en demasía.
Había también cosas que no entendía y eran estas incomprensiones las que lo desvelaban en las noches calcinadas de la pampa estival.
Escapaban a su entendimiento, por más empeño que le pusiera, por más tiempo que le dedicara a examinar la cuestión, llegaba en cada oportunidad al mismo callejón sin salida de su campera reflexión.
No era limitante su escasa instrucción, sustituida por un agudo sentido de la realidad; no era obstáculo la soledad del horizonte acentuada por la huida de su compañera, siempre encontró predisposición en su perro para auditorio de sus meditaciones.
Nunca se imaginó que la idea se le hiciera carne y al momento siguiente a su alarido infernal que cortó con filo inapelable el silencio sacro de la noche infinita comprendió su condición de célula, de pequeño ser en la grandeza de un mundo que lo excluía con firmeza y se perdió en el camino que remontaba la loma del sur rumbo al corazón del monte huraño, quizás para siempre, quizás sumido en sus cavilaciones.

lunes, 2 de diciembre de 2024

Limón, huye!

La humedad pegajosa del puerto se me mete entre medio de la lana del suéter, mientras estoy acuclillado detrás de unas cajas de madera, algún cajón de plástico y todo con un hedor a pescado que me hace saltar las lágrimas. La oscuridad de la noche se vuelca encima de la embarcación, que hierve de actividad. En dos o tres miradas detecto una veintena de hombres acarreando bultos de diverso volumen bajo la atenta mirada de otros cuatro o cinco hombres armados. Al costado de la fila de camiones, en el borde de la penumbra veo estacionado un lujoso auto en cuyo interior está la persona que me interesa. 

Muevo la pierna para evitar el incipiente calambre que empiezo a sentir y me deslizo de costado hacia la escalerilla que baja hacia el espigón. Entre redes y enormes grúas me escabullo rodeando todo el lugar donde se está moviendo la mercancía hasta llegar a la inmediatez de la parte trasera del auto. Ahora veo que es de color azul muy oscuro, tanto que parece negro. Ahora, en un flash de la memoria, lo reconozco y lo ubico en dos o tres momentos de la investigación, cuando fuimos a allanar la casa de ese senador, cuando quisimos sin éxito proteger a un testigo de una tremenda balacera y tal vez el más personal, cuando explotó un dispositivo en casa de la fiscal, que también resultaba ser mi hermana. 

Una luz cegadora se posó de pronto enfrente mío, a la par que escuchaba el amartillar de un arma cerca de mi parietal derecho. Todo fue bastante rápido, no tuve que mover las piernas que sufrían el cosquilleo del calambre ya que me arrastraron hasta la puerta trasera del auto, para mostrarme el rostro de quien había estado tras toda esta fantástica operación.

- No podías dejarlo, tenías que meter tu nariz en lo que no te importa- me gritaron con desprecio.

- Así somos los sabuesos, no soltamos el hueso hasta el final. -respondí escondiendo mi sorpresa- Nunca pensé que pudieras traicionar así tus principios.

- No pensé que fueras tan inocente -dijo con bronca- todos sabemos que el principio de todo en este maldito mundo es el dinero.

miércoles, 20 de noviembre de 2024

Quebranto emocional

Hay veces que paso de largo, cuando voy apurado, con cosas en la cabeza, tal vez hasta llegando un poco tarde al trabajo porque ya me sé de memoria la secuencia. Pero en general aminoro el paso, me hago el ocupado en mis pensamientos y hasta simulo escribir un mensaje de texto en el celular, me gana la curiosidad morbosa del ser humano.

Y tiene lugar el acto...

La escena es siempre la misma. El auto estaciona frente a la guardería de niños y de él se bajan una mujer y una niña con la intención de ingresar al establecimiento del cual emerge otra mujer con delantal y camperita de hilo. Primero son algunas lágrimas tímidas que bañan las mejillas, los brazos siempre extendidos como buscando refugio, luego empiezan los gimoteos y las palabras que apenas se entienden, ahogadas por el llanto que empieza a ser más ruidoso y por los mocos que asoman por la nariz.
La señorita del establecimiento intenta con suaves palabras pero firme tono de voz convencerla de que es lo mejor, que no pasará nada, que más tarde se podrán reencontrar y jugar juntas y otros argumentos que varían de acuerdo a la imaginación de la docente. De a poco la llorosa va dejando el refugio, el hombro de la docente y ya más calmada recibe ayuda para limpiarse la nariz y secarse las lágrimas, hipando con un poco de vergüenza y mirando por el rabillo del ojo, agradece y se sube al auto rápidamente.

Su hija, testigo de la escena aunque con expresión ausente, corre rauda y feliz al interior del jardín para encontrarse con sus amiguitos.

miércoles, 13 de noviembre de 2024

La gravedad de cualquier asunto

De pronto, el viento que golpeaba su rostro le hizo sentir una inesperada, desconocida sensación de liberación de esas trampas cotidianas que lo atenazaban todo el tiempo. Ya los gritos de su hermana pidiéndole plata para pagar deudas y los ruegos estilo telenovela de la tarde de su madre para que se consiga un mejor trabajo ya no le parecieron tan relevantes. De ahora en más, los problemas los tendrían que solucionar ellas, pensaba mientras trataba de acomodarse el borde de la campera. Ni hablar de los dolorosos desplantes que le hacía Laura, al recordar eso sintió una punzada en el pecho y una pequeña lágrima corrió por su mejilla.
La velocidad en el rostro le despejó aún más sus pensamientos; ahora estaba claro que huía de esa vida que había construido a costa de sus propios sacrificios y modelada y diseñada por extraños que decían interesarse por él. El pelo largo que tantos reproches le había valido por parte de su padre, alimentando sus infinitos prejuicios y sus hirientes comentarios, se tensaba tras su cabeza tironeado por la fuerza del viento.
Imprevistamente, un grito le brotó por la garganta, se fue agrandando a medida que avanzaba hacia afuera y se potenció en su paso sobre la lengua. Desde afuera parecía un grito de terror pero bien sabía él que era un grito de libertad, la contraseña que todos saben y que nadie usa. Se sintió poderoso, capaz de todo y entornando los ojos se sumergió aún más en la velocidad.
En un giro, recordó también el desprecio que sintió en la escuela, el aislamiento al que lo condenaron sus compañeros y la angustia que le hicieron tragarse por tantos años y se le anudó la garganta de bronca. Por fin se iba a sacar este peso de encima, qué mal les había hecho él para que lo trataran así.
Ahí en el veloz desplazamiento encontró que lo que siempre había sospechado, lo que nunca había podido ver con claridad y ahora se le presentaba sencillo, incluso hasta obvio. Desdeñó lo trivial y frunció el ceño menos de un instante por algo que le pareció importante: ¿quién le daría de comer a Chester, su gatito?.
Pero incluso esta cuestión dejó de tener importancia cuando el movimiento uniformemente acelerado de su cuerpo terminó en el momento en que su frente se estrelló contra la vereda.

martes, 29 de octubre de 2024

Nacida y demás

Todo brilla bajo el helado resplandor del sol invernal. Un rayo traspasa el ventanal, reposa sobre la espalda del sillón y termina desparramado bajo la pata de la mesa.
Adentro del living atestado de muebles la atmósfera es cálida y así debe ser. Varias mantas descansan sobre el baúl del living y en las camas de ambas habitaciones, uno nunca sabe dónde y cuando las necesitará tener a mano. También pequeños trozos de tela para enjugar cualquier efluvio encuentran asilo en bolsillos urgentes.
A pesar del paso del tiempo, aún siguen viniendo visitas; el ritual es básicamente el mismo: timbre, abrazos, felicitaciones, regalo, mate, charla varia, saludos y despedida. No podría decir que las disfruto, tampoco que me molestan pero a veces una necesita (en la acepción más vital) de un poco de tranquilidad y silencio. Lo que mi heredera no podrá nunca reclamar es por la falta de presentes, eso no cabe la menor duda.
Todo lo que una madre pueda decir acerca de su vástago podrá ser (y con justa razón) tildado de parcial, el juicio nublado por cataratas de babas maternales impide hacer un despliegue honesto de características, subrayando las enormes capacidades que transformarán a nuestra hija en cualquier cosa sobresaliente que se nos ocurra e ignorando los ya de por sí inexistentes defectos. Los agudos gritos son interpretados como la afinación de una futura barítona, los intermitentes llantos pronostican a la sucesora de Andrea del Boca y los dedos largos auguran cualidades innatas para descollar tocando el piano. Toda ella está concebida para arrasar con los corazones humanos, sin distinción de género ni color, sus pestañas curvas hacen un aleteo hipnótico, sus brazos estilizados confeccionados para estrujar cinturas y sus infinitas piernas vadearán los océanos sin esfuerzo.
Atrás en el olvido quedarán las noches en vela, caminatas alrededor de la mesa aferrada a la esperanza de que sus ojos pronto encuentren descanso y mi cuerpo sosiego. Estas cosas no son más que detalles pintorescos de una relación que se fortalece con cada segundo que transcurre.
Si alguien alguna vez pudiera buscar y no encontrar una definición de belleza, que me llame sin dudar, una foto de ella será más que suficiente para simplificar el concepto.
Fuera, la fría noche se cierra haciendo de los transeúntes pequeñas fumarolas de vapor, la luna vigila espectante la ventana de aquel tercer piso, como queriendo compartir un pequeño momento con el sol que allí descansa.

lunes, 16 de septiembre de 2024

En el kiosko

Ni bien lo vio, supo que tenía que hablar con él. Surgió de su interior ese sentimiento de protección, de querer abrazar y rodear con sus brazos a ese ser que necesitaba de ella, de sus cuidados. De inmediato un sentimiento profundo pero genuino hizo que simpatizara con ese gesto reconcentrado que parecía pintado en su rostro. Se imaginó su persuasivo pero tímido tono de voz dirigiéndose a él, con sus labios muy cerca de su oído, con un acercamiento seguro aunque no agresivo, ella no quería que se la malinterpretara, no pensaba dar muchas explicaciones aunque tampoco quería dar una mala impresión. Menos deseaba mancillar su orgullo de hombre que intuía algo endeble, teniendo en cuenta su ropa de poco gusto y la mirada alerta, un poco a la defensiva. 

Conforme se acercaba paso por paso, iba pensando en cómo reaccionaría él, un poco sorprendido, otro poco apenado y ese gesto se transformaba de golpe en una sonrisa de vergüenza pero también de agradecimiento porque su ego no se había visto expuesto sin necesidad, y ella imaginaba que su advertencia no tenía para nadie mala intención, simplemente el destino había hecho que ella se diera cuenta antes, nada más, nada definitorio. Hasta se imaginó su aroma, un poco de hombre curtido bajo el sol, otro poco de calle recorrida una y mil veces y una pizca de colonia y un escalofrío la recorrió, haciendo que sus rodillas se golpearan entre sí suavemente y un cosquilleo de placer la embargara sin querer. 

Se imaginó cómo a partir de su acercamiento comenzaban a reconocerse cercanos, esos seres que nacieron para compartir el mismo aire. Con una sonrisa cada vez más amplia y pensando en que él agradecería con esa mirada plena de sus ojos pardos, iluminados por la alegría y reflejados en los de ella, que lo mirarían con adoración, con esa conexión que no quería aún aceptar, caminó un par de pasos hacia su encuentro y así poder decirle aquello que le explotaba en la garganta.

De la nada y sin demorar un segundo él sacó un revolver feroz y con voz firme y amenazante, aunque sin gritar, pidió a los presentes que le entregaran el dinero y celulares y cosas de valor. Todos hicieron caso, no valía la pena morir en manos de un delincuente con la bragueta abierta…

miércoles, 24 de julio de 2024

La mesa maravillosa

El patio del pub invitaba al ocio. Espacioso, con varios sectores apartados de dudosa oscuridad, era un oasis de aire puro en el páramo del vicio. La atmósfera veraniega, sofocante durante el día, encontraba en los pliegues de la pared de revoque grueso un atemperador del fresco de la madrugada. Había en toda su superficie solamente un mueble, una mesa de jardín, de duro plástico y un agujero en su centro para que pase el palo de la sombrilla. A las cuatro de la mañana de un viernes de un fin de semana que no destaca en el calendario, Lalo, uno de esos personajes asociados a la noche, de pelo largo y peinados rulos se acercó a la mesa, arrimó una silla y con mirada lánguida miró a Cele y Eloísa, invitándolas con discreción.

- Estuve a punto de cometer un error - dijo Lalo con un susurro-. Casi no vengo. Tenía un asado con los preventistas de Lever.

Eloísa sonrió y emitió unos sonidos apagados mientras lo hacía. El vaso lleno de fernet con cola mantenía el equilibrio en su mano derecha mientras que con la izquierda pellizcaba a su amiga. Enseguida vino el Ciego, un noctámbulo que trabaja en la confitería del centro y en sus noches libres frecuenta los bares para mantenerse en forma y se sumó al grupo de la mesa.

- ¿Qué hacen mis bellezas? - casi gritó. -¿Listas para casarse conmigo? - esto fue más como un suspiro mientras se sentaba.

- Eso pasará el día que me crezca la barba - dijo Cele, una rubia preciosa de ojos pardos, con finos cabellos y poco vello en su tersa, suave piel.

- ¡Uy, que maldad! No seas así con el Ciego, rubia - la amonestó Lalo, aunque en su voz se entreveía su satisfacción.

- Recién llego de afuera, vengo de ver al Gurí y me dijo que el lunes es feriado administrativo. ¿Armamos algo para el domingo? - dijo sin más trámite el Ciego, dando muestras de no haber sufrido consecuencias con el rechazo.

- Todavía no animamos la noche, está bastante tranquilo - dijo Eloísa con evidente animosidad.- Estamos esperando que pase algo.

Estas frases salidas de la boca de esa morocha delgada pero de formas generosas, contundentes, fueron un mazazo en el balance de la charla. Se generó un silencio aturdido, alguno se acomodó en la butaca mirando para otro lado.

- Ey chicas, ¿qué hacen con estos jovatos? - terció el Coti, uno de los dueños del pub, del otro lado de la barra - ¿Les traigo algo para tomar?

- Si, dalee! Algo más de lo mismo. Estamos con mucho calor y sed.- dijo Cele mientras hacía un guiño que vio solamente Lalo.

Al fresco de las bebidas, la charla se animó un poco más, dejando de lado las tensiones y rondando temas más livianos. Sin apuro, Lalo sacó un cigarrillo de esos con filtro de cartón y lo encendió cubriendo la llama del viento con su mano izquierda. El Ciego estaba contando una pequeña discusión de clientes en la confitería mientras las chicas lo escuchaban sin interés. De repente, un grupo de chicos salió al patio arrastrando a un amigo que necesitaba un poco de aire fresco. El ánimo de la mesa no se alteró, miraban muy divertidos la escena.

- Las veces que te habrán tenido que sacar así, en ese estado.- comentó divertida Eloísa a su amiga.- De las mías, la verdad que no me acuerdo. -agregó y luego largó una graciosa carcajada que hacía estremecer su generoso pecho, y por consecuencia los globos oculares de los hombres.

- No te hagas la boluda, si el fin de semana pasado terminaste así. - la condenó Cele. - De hecho, podrías hacer un libro, con varios tomos.

-¡Uh, qué bárbaro! Que amiguita que tenés, cómo te mandó al frente.- dijo el Ciego desde atrás de un vaso de cerveza.

- Hay que mantener la dignidad. Y si no se puede, que sea ahogada en alcohol.- Lalo cerró el diálogo con energía.

El patio comenzaba a iluminarse, el ruido era cada vez más lejano. Los ojos cada vez más escondidos tras los párpados. La mesa maravillosa estaba callada, hundidos los pensamientos en el regreso a casa. Otra noche de fin de semana se acababa. 

miércoles, 20 de diciembre de 2023

Una carta cualquiera

Hola amiga de todos mis órganos vitales! (si pongo el corazón solo, los demás me hacen un paro general que termino en el hospital; el alma se queja pero por otras cosas!)

Preparando unos papeles para entregar (después te cuento para qué) encontré tu, creo, última carta y no pude esquivar el aluvión de párrafos que me generó, así que acá estoy llenando de letras una página que se me ocurre mejor estaba en blanco…

Estos últimos días, por no decir meses, se están haciendo interminables y muy dificultosos de transitar. Uno no sabe a ciencia cierta por qué, pero se hace una muy gran idea. En el buen sentido de la palabra, es tiempo de crisis y, para decirlo en castellano, estoy cagado hasta las patas! Todo el mundo me dice que no me haga problema, que va a estar todo bien, que no nos van a dejar solos, que ya va a pasar y todo eso, incluso yo lo sé. Los sentimientos son una serie de entidades con voluntades propias… Ahora estoy con ansiedad, mañana probablemente con diarrea.

Los papeles culpables de todo esto son lo de la universidad, ya que no sé si te conté (creo que si) lo que quiero hacer es el traspaso de universidad para terminar la licenciatura y así no tener que aguantar las preguntas con dejo de frustración de mi vieja de si ya rendí la última materia. Ya me estoy armando de paciencia, porque es una chorrera de trámites (programas de la carrera y de las materias deben ser autenticados) y no sé que más pasos burocráticos al pedo. Más paciencia…

En el laburo, hay diferente clima, la certeza de ciertos cambios genera un diálogo más tenso e incluso de reproche y trato más difícil de llevar y eso se choca de frente con el contenido ánimo festivo  que aún no ha despegado del todo. Novedad de último momento! Pao consiguió un laburo en Bahía y ya no va a venir más, salvo algún que otro finde para no perder el contacto (y los pesos del plan). No la vi pero creo que se lloró la vida la pobre… En estos últimos tiempos, yo le hice un poco la cabeza (por no poner que la re cagué a pedo) de que se consiga un trabajo en otro lado, que cualquier cosa le iban a pagar más que acá, etc. Ya veremos...

Las colmenas han sido un desastre, se nos murieron un montón y estamos en decadencia, aparte no llueve y el campo es una lágrima (valga la húmeda paradoja) Ahora las vamos a llevar a la pampa a ver que pasa, estoy a full preparando y renovando material. Con el Amicale, también estoy laburando bien, nos cambiamos de sede, pasamos todo el equipo del proyecto de la lengua francesa a sede propia, nos cagamos peleando con los de la AF (viejas malarreadas) y en los próximos días organizamos una cena para recaudar fondos. Ah y también tenemos la asamblea para renovar cargos. También estoy más comprometido con eso, para irme más tranqui y sin tanto cargo de conciencia.

En casa estamos todos bien de salud, más no de carácter! El genio familiar se potencia con la edad (debe ser una característica general). Mi hermano lleva la casa a buen ritmo, ya están en el techo. Los viejos andan bien, ayer fueron a Bahía a ver a la doctora, no hubo complicaciones, control de rutina. Mi hermana ya está mirando el pueblo con cariño, se pasa más días acá que estudiando, no sé que es lo que piensa hacer.

El grupete es un quilombo aparte. Las mujeres son muy complicadas (sobre todo, estas tres). Te resumo, la Rusa está distanciada de la Gorda y peleada con la Negra y la perla es que hay una piba casada que se pasa a los hermanos menores de la Rusa y la Gorda. Hay muchísimas idas y vueltas, que me dijo, que le dije, cosas de mujeres! Los pibes están en la suya y se resume a encontrarse de vez en cuando a tomar una birra y de vuelta a la rutina.

Bueno, espero que hayas llegado al final de estas líneas sin aburrirte, que tus cosas vayan de diez más iva (ya me responderás esta carta, maldita perra!) y sobre todo que no te olvides (para eso, tomá Memorex!) Y te dejo los mejores deseos para poner en el pie del arbolito, bah, lo mejor que se puede conseguir que no es mucho. Porque de deseos vivimos, no?

Te mando muchos besos,!!

martes, 6 de junio de 2023

Desaparecer

En el aula siempre estuvo entre los del fondo, aunque nunca molestó a nadie. Lo más cerca que estuvo de una amonestación fue en una ocasión en que por su naturaleza haragana, por no caminar tres pasos hasta el pizarrón, arrojó el borrador con muy mala puntería (o muy buena), y partió un vidrio que estaba al costado del escritorio. Eso y las consideradas malas compañías le aseguraron una reputación exagerada, insospechada en el colegio (y en su casa). El clima, frío en invierno y húmedo y cálido en verano, desarrollaron en los pulmones de Joaquín un asma crónico que sólo lo molestaba cuando se excedía con la noche o en situaciones amorosas al aire libre. Además trabajaba en algunas changas con el padre o algún conocido que le ofrecía ser ayudante de albañil o pintor, pequeños ingresos que le permitieron en dos años y medio de dedicación armar un Renault Gordini para darle a su travesía nocturna un toque de distinción. Alto, pelo ordenadamente despeinado, campera de jeans gastada casi hasta lo imposible, caminaba por el boulevard a las siete de la tarde, con esa media luz entre penumbra y enceguecedora, típica del atardecer otoñal. Las vidrieras de los comercios le llamaron la atención; se quedó mirando una remera que le calzaría de maravillas a su guardarropa. Su mente estaba en otro lugar, pensaba en ella, ella que se fue sin decirle mucho, tomó el tren y no miró atrás. Prefería pensar que era para que no la viera llorar. Había sido muy importante en su vida como las madres lo suelen ser y ahora se encontraba solo, a la deriva. Metió las manos en los bolsillos, muy al fondo y enfundado tras el escudo de los lentes oscuros caminó hasta la esquina. No te encariñes demasiado con nada, pues todo es pasajero. Nada queda, todo sigue de largo. En la vida no tenés a nadie más que a vos mismo, se decía y el corazón se le comprimía contra las costillas. Arrastrando los pies, cruzó la avenida culpándose de su partida. Algo no había hecho bien, en algo había fallado, él no encontraba motivos para justificarlo y por eso creía que se debía a él que ella no hubiera dudado en tomar esa decisión. Sus amigos lo esperaban frente a la fuente para ir al parque. Los últimos calorcitos empujaban a la gente a aprovechar el verde profundo para charlar y tomar unos mates. Su apatía no desapareció al unirse al grupo y cobijarse en el eléctrico afecto adolescente; en silencio repasaba los momentos que había compartido con ella, agonizando con cada imagen. Los ojos vidriosos velados en su ausencia esquivaban miradas llenas de preguntas de los chicos. No iba a permitir que el olvido invadiera su recuerdo, mientras miraba en dirección a la estación. Los proyectos para el fin de semana, conseguir algo de plata para salir y con quién se iban a encontrar eran temas que llenaban la conversación caprichosa y sin orden. Nada de eso le interesaba, su rostro juvenil estaba teñido de sombras, una oscura tormenta interna le enfriaba la piel y alimentaba su retraimiento. El lejano sonido de una formación del ferrocarril le llegó como una descarga eléctrica, una señal inconfundible entre la bruma. Balbuceó una excusa, que tenía que ir a ver a su hermana por un asunto familiar, rechazó la oferta de compañía de uno de los chicos, y lentamente y con la mirada baja fue dejando el parque. En el momento en que pasaba por sobre el puente, una sucesión de imágenes conocidas se le presentaron como en una película dentro de su cabeza y le generaron incomodidad; entreveía una historia que nunca le contaron, que nadie quiso recuperar del pasado, de la cual él nunca hizo muchas preguntas ni a su padre ni a su hermana. Adivinaba silencios, aquellas reacciones se le hicieron más justificadas, veía las piezas del rompecabezas ubicarse lenta pero consistentemente. Furioso porque lo habían obligado a permanecer al costado de su propia vida aceleró el paso y llegó en cuestión de nada al cruce con la avenida de circunvalación. Que en su momento lo hayan marginado, bueno eso ahora no tenía remedio, pero que no le hayan dado la oportunidad de emitir su propio juicio, de escuchar de su boca lo que había pasado, eso lo ponía de muy mal humor. Se sintió invadido por una profunda soledad, desamparado. En la vida no tenés a nadie, se repetía, ya casi en un murmullo. Ni siquiera a mí mismo.

En ese instante, el pitido de la locomotora se hizo continuo y melancólico. La hermana de Joaquín sintió de pronto la ansiedad de aquellos que pierden algo importante.

jueves, 26 de enero de 2023

Control


Es que él sabía lo que le iba a decir, por eso me dejó hablar. Pensaba que nunca se cansaría de decirle lo que tenía que hacer. Era una costumbre de los primeros años en la universidad en donde lo que decía nunca era tenido en cuenta para nada y se terminaba haciendo lo que yo quería. Aunque era un poco su culpa también, ya que solía terminar dándome la razón, pero esa vez fue diferente. Martín miraba por la ventana y pensaba en que en ese momento su mamá estaría dándole una inyección a algún anciano en el hospital municipal, en que su amigo embalaría otra caja y que pase el que sigue y que Sabina terminaría exhausta su jornada de atención psicológica y que todo eso no era justo. Y más ahora en fechas festivas, diciembre lo ponía nervioso. Dio media vuelta y sin escuchar lo que le estaba diciendo, me interrumpió, indeciso. Acaso fue la primer muestra de rebeldía en su apacible vida, pero le sentó bien, le gustó. Supo también que sería la última vez que lo haría y que no lo extrañará nunca. No se puede pretender como propio algo que nunca nos perteneció, aunque por un momento sintió que no habría nada ni nadie en el mundo capaz de igualarlo si se decidiera.

Lo miré enojado porque nunca me escuchaba cuando le hablaba, le dije que todo era para mejorar, que cualquier cosa que hiciera, tenía que estar en control. Esa era la base de todo, tomar las propias decisiones. No podía ser, no era justo que su supervisor infringiera una y otra vez las reglas del juego y siempre a costa de él. Lo dejé reflexionando; me fui, ofendido y disgustado porque siempre hace lo que le parece, lo que me hace pensar que es inútil expresarle mis opiniones. Siempre era lo mismo cada vez que nos veíamos, se embarcaba en una descripción frenética de lo acontecido en el último tiempo, que bien podían ser dos días o dos meses. Y a uno siempre se le ocurrían miles de comentarios que él metódicamente ignoraba una y otra vez. Tal vez no quería perder el hilo del relato, o no le parecían pertinentes. No le modificaban el punto de vista final, que solía ser apocalíptico. 

Al otro día fue como siempre en forma más que puntual a su empleo que lo irritaba sobremanera, marcó el horario de entrada en su tarjeta en el reloj que estaba frente a la puerta de salida de emergencia, fue al camarín a cambiarse de ropa, ponerse la faja de seguridad y los botines punta de acero y se internó en el depósito de mercaderías pensando que ese día sería diferente. Control, control, se repetía una vez tras otra dentro de su cabeza, la palabra que era frase, que se hacía idea. Caminó unos metros hacia el fondo del depósito, era un galpón enorme con deficiente iluminación y atiborrado de mercancías y se ocultó con el firme propósito de empezar a controlar su vida, no sabía cómo pero lo haría. Y estaba en esos rumbos del pensamiento cuando se cruzó inesperadamente con su supervisor, Qué hace acá González, inquirió descortés el hombre a cargo, Nada, recién acabo de entrar y estoy revisando las tareas que hay que hacer, Pues entonces apúrese porque han llegado dos camiones, uno de artículos de limpieza y el otro de gaseosas que hay que descargar, dijo el encargado en forma desagradable. Martín deseó en ese instante tener el valor de tomarlo del cuello, apretarlo lenta pero firme, con las dos manos hechas puños, ver las sucesivas transformaciones que le deformaban el rostro en horribles muecas, los cambios de color y los sentimientos que variaban conforme el aire abandonaba los pulmones, sofocar los gemidos desesperados y mitigar los sonidos que rebotaban y se hacían eco al golpear los botines en el suelo de cemento alisado. Vio cómo la luz se apagaba de los ojos ya inexpresivos, aquellos ojos que lo habían hostigado por tanto tiempo ya no lo molestarían más. Esta recreación lo dejó agotado, le dolían las manos y los hombros e incluso le sangró la nariz, pero se sentía desahogado, liviano, con un confort que nacía en ese lugar que no se puede ubicar dentro del cuerpo y se expandía hacia todos lados, se le notaba en la forma de caminar, iba como flotando, no le costaba ningún esfuerzo trasladarse. Fue al baño a limpiarse, luego se aproximó al portón de acceso de la mercadería y con ayuda de la zorra, ese carro con accionar hidráulico que hay en todos los depósitos, comenzó a bajar pallets de los camiones y así estuvo todo el día, sin que nadie se metiera con él. Se sorprendió a sí mismo entusiasmado, eufórico, independiente; sí, era eso, se sentía libre, sin ataduras, sin compromisos. Se creía capaz de todo, y así lo siguió creyendo de camino a su casa. Desde atrás de las cajas de sidra y pan dulce que se colocarían la semana entrante, los párpados rígidos, abiertos del encargado confirmaban esa idea.

martes, 6 de diciembre de 2022

El círculo de la vida

 Te escuchaba llorar en la habitación contigua; un llanto apagado, contenido, como que no querías que esas lágrimas te delataran débil, conmocionada; después un breve silencio espeso, como si quisieras recomponerte y un chasquido seco de una cerradura.

Abriste la puerta, entró algo de claridad en la habitación. Empezaste a hablarme, con ese tono que tan bien te conocía, mezcla de amor incondicional y bronca, dejando escapar las palabras por entre los labios tensos. Hablaste de todo lo que pasamos juntos, las cosas buenas y las cosas malas, lo que nos unió en un principio y lo que nos había llevado al abismo más tarde. Hablaste de cómo nos había envenenado las malas intenciones de ciertas personas, de cómo pudimos ser mejores personas juntos en lugar de terminar discutiendo por pequeñeces, por el placer de pelear nada más, por ver empequeñecido al otro cuando tenía que ceder.
En ese momento quise hacer todas esas cosas que te debía, envolverte con mis brazos, darte confort, darte seguridad; besarte las mejillas para demostrarte que me importabas y los labios para demostrarte que te amaba.
De pronto un nuevo silencio, una pausa. Un suspiro resignado, profundo. Entonces dijiste:
- Estoy embarazada. Es tuyo. Fue aquella vez después de que herviste esos fideos horribles. ¿Te acordás?
Quizás, si en ese momento no hubiera entrado tu hermana para avisarte que ya era hora, te habría hecho notar mi alegría, de alguna manera. Pero mi funeral estaba por comenzar, tenías que estar allí para decir algunas palabras y mi cuerpo irreconocible, dentro del cajón, presidiría la ceremonia.

viernes, 2 de diciembre de 2022

En busca del paraíso perdido

Me siento muy cansada, como si hubiera llevado a upa un elefante todo el día. Me encantaría un buen masaje y morirme hasta mañana. No, mejor unas vacaciones por una semana a algún lugar tranquilo pero ya no me quedan días. Mejor, desaparezco y digo, no sé, que se murió un pariente que me me abdujeron unos aliens exploradores y no me importa que me descuenten los días. Y el idiota del vecino que se pone a taladrar la pared a las dos de la tarde, plena siesta. 

Mejor plan es ir a lo de la Pato a ver si sabe algo del primo. ¡Es que olía tan bien esa colonia (tengo que averiguar la marca, para regalarla) que tenía puesta! Es para pasar el invierno como dicen, porque lindo, no es. Y hablando de colonia, huelo a amazona después de una batalla, me vendría bien un baño y ponerme una loción o algo relajante. Ese champú de ortiga que se olvidó el último chongo es su mejor recuerdo, huele a chicle de menta porque lo que era él, ufff, olía a guerrero cobarde, a esclavo traidor, a letrina de baño público. Bueno, algo exagero pero más o menos... 

Me tomo un taxi y enseguida se me calza la cara de culo, es ese infame olor a pinito desinfectante que tienen todos que me pone de mal humor. Claramente necesito un masaje urgente. Menos mal que el taxista no intentó darme charla porque me tiraba del coche en movimiento. Le pagué con un billete inmundo, me olí las manos y aún estaba ahí ese hedor de múltiples pasamanos y sucios bolsillos; gracias que traigo este gel antibacterial que me quedó en el fondo de la cartera, por lo del maldito covid. 

Me bajé del auto y me asaltó un tufo rancio de cloacas y desagües, maldita sea, ¡quiero un mate! Y sin embargo, esta perra no está en su casa, pero si le dije que me esperara, qué clase de amiga es, la voy a llamar e insultar un rato... No, mejor me meto en este salón de belleza, tal vez ese masaje deseado con cremas frescas y lociones exóticas me despejen la mente y el cuerpo. Ah! Qué placer, aromas suaves de jazmines y azahar inundan el aire... Me está agarrando una modorra, me duermo...

miércoles, 26 de octubre de 2022

Cada jueves un relato: Noche de ánimas

 Aunque era de noche, las luces de las marquesinas bien podían competir con el fulgor del sol. La miró de frente, sin vergüenza ni disimulo. Esperaba que, aunque sea frente a ese descaro, ella tuviera alguna reacción, alguna mueca. Sostuvo firme la mirada, incluso pretendió ser, con un gesto de galantería, un poco menos invisible. Como todas las otras veces, fue tan interesante para ella como un poste. A medio camino quedó su brazo, con un amago de saludo, patética estatua de la indiferencia.
Por más que siempre le pasara lo mismo, nunca se terminaría de acostumbrar a su carácter de traslúcido. Los fantasmas también tienen sentimientos, sería una máxima que bien podría enarbolar. Herido en su orgullo, flotó hacia la esquina y de ahí hasta la plaza que estaba cruzando la avenida. Allí podría asustar a un par de desconcertados enamorados que siempre se aprovechaban de las sombras para expresarse su amor en ruidosos húmedos besos.
Sigilosamente, se ubicó sobre el banco y de repente sacudió las ramas del abeto que se estremeció como golpeado por un rayo. Nada pasó, los tórtolos  estaban absortos cada uno en la boca del otro y ni se dieron cuenta de nada.
Abrió con desesperación los invisibles brazos que hicieron flamear la invisible ropa que lo cubría. Ni siquiera estando desnudo podría haber generado alguna reacción. Su indignación creció aún más cuando un vendedor callejero de comidas lo atravesó con su carrito y le dejó impregnado en la nariz un olor insoportable a grasa recalentada.
Frustrado, se refugió en el zaguán de la juguetería a intentar recomponer el orgullo. La existencia de los espíritus no es simple, qué se le va a hacer.

jueves, 20 de octubre de 2022

El mejor de los souvenires

En mi última noche en este paraíso tropical de playa y palmeras, decidí que no era el mejor plan pasarla en soledad. Tomé rápidamente un último sorbo del cóctel y dejé el vaso sobre la mesa; en ese momento, al levantar la vista reconocí su esbelta espalda apenas cubierta por el bolso de playa y bronceada por el sol caribeño. Regresé a la habitación, me duché y salí en su búsqueda. La había visto hacía ya unos días conversando con unos turistas canadienses al borde de la pileta y una vez más apoyada en la barra de la playa esperando su trago frutado. Me invadió la piel y los sueños, se metió en los pliegues de mis pensamientos y así fue que pude conversar con ella un par de veces, de nada en particular aunque mi mirada era explícita, le decía inequívocamente lo que quería.

Me senté junto a ella en el bar y después de saludarla acerqué mi boca a su oreja y le hablé sin mucho decoro. Ella se apartó en un rápido movimiento y me miró con sus ojos brillantes y una media sonrisa en su boca perlada. El murmullo del bar ahogó nuestras voces llevándose los detalles de lo que nos dijimos. En el último silencio, introdujo su mano por debajo de mi camisa y sus yemas quemaron mi piel mientras una mueca traviesa brotaba en su rostro.

No perdimos ni un segundo más de tiempo en las trivialidades sociales.

Llegamos a tientas hasta la puerta de su habitación de tan concentrados que estábamos en explorarnos los cuellos. Su dulce aroma caribeño me intoxicaba, sus labios me inyectaban adrenalina, sus dedos al tocarme me producían descargas eléctricas.

De allí en más nos hundimos en un tobogán infinito de placeres inagotables, de caricias que dejan marcas y besos que arden aún en sueños. Hubo éxtasis en nuestras miradas veladas por párpados incandescentes, profundas vibraciones de nuestros ansiosos cuerpos y salvaje intuición, dedos por doquier, quería que su piel me recuerde. La humedad reinante, los murmullos y gritos de placer coronaron aquella vez. 

El avión salía esa misma tarde con lejano destino, la distancia que pinta de sepia cada recuerdo.

lunes, 10 de octubre de 2022

Invisible

Al principio luché. Me resistí con las pocas armas que tenía a mi alcance. Una frase que pretendía ser irónica; una altisonante respuesta seguida de una mueca soberbia como dando por finalizada la cuestión. Quería hacerme notar y a veces lo conseguía, más por lo papelonero de mi accionar que por las proezas logradas y ni así aún desistía, ni siquiera a pesar de ciertas sonrisas burlonas y de notar la barrera infranqueable que intuía jamás traspasaría. De a poco me fui acostumbrando al entorno mediano, al promedio, a rescatar insignificantes reconocimientos de nadie que merezca la pena. Fui reemplazando los logros pretendidos por las participaciones, porque no desistía en querer hacer algo, si no fuera por los demás, aunque sea por mi mismo. 


Lo que más me dolía eran ciertas situaciones en las que mi voz se perdía sin que nadie la escuchara. En conversaciones, en discusiones, cuando quería llamar a alguien, nunca me escuchaban. De a poco se fue transformando en un susurro, en una corriente de aire fétido que sacaba mi veneno y caía a pocos centímetros de la punta de mi pie manchando el cemento.


Conforme pasó la vida, hasta mi cuerpo empezó a cristalizarse, como si haber vivido tanto tiempo como un fantasma se hubiera hecho una costumbre. A veces la gente me miraba como queriendo asociar ese borrón con un recuerdo, con una persona que alguna vez compartió un fugaz momento; un personaje de reparto es difícil de identificar. Más tarde sólo fui un espejo en el que mirarse y la gente se sentaba frente a mi a comentar detalles de su vida, una especie de confesionario del cual no esperaban nada más que silencio; nunca les importó la ínfima posibilidad de que tenga una opinión ni si me interesaba escuchar semejante perorata.


Al final, y para que no se haga tan insoportablemente largo, me aislé. Fue natural, es decir, nadie se quiere juntar con una figura de cartón pintado, silenciosa, aburrida. De forma constante se espaciaron los llamados, las invitaciones hasta que no hubo más que silencio. Y si uno no sabe manejar el silencio, sumado a la compañía perniciosa de la soledad, es un dúo muy peligroso. Me olvidaron más fácil que olvidar los pecados de la noche anterior, o ni siquiera, ya que no era nada memorable, tal vez ni se dieron cuenta.


Ya sé que para usted, con una brillante placa y un arma en su cintura y para usted, con un título universitario colgando en su consultorio no significa nada ni justifica lo hecho, pero déjeme señalar que ya no seré invisible, que alguien, aunque sea por los motivos equivocados, me recordará.