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El anarquista tranquilo

«Reflexión, escultura de Casto Solano»: Archivo personal

 

«Si hay un espécimen que desmienta todos los malos clichés del anarquista como especie, ése es, sin lugar a dudas, Felipe Alaiz, quien sin dejar de ser fiel al movimiento àcrata a todo lo largo de su medio siglo de vida —discretamente— pública, no se sabe que haya arrojado ninguna bomba, se haya tragado ningún cura, se haya subido a ninguna mesa de café a soliviantar desmelenadamente los ánimos del público ni que se haya jamás rasgado las vestiduras como un energúmeno ante un juez venal o ante un senado hipotecado por el procónsul. Porque a Felipe Alaiz le horrorizaban los ruidos —cuanti más los bombazos—[…]».- Francisco Carrasquer Launed: La eutrapelia de un aragonés irreductible: Felipe Alaiz.

 
 

El 8 de abril de 1959 murió como consecuencia de una esclerosis pulmonar masiva en el Hospital Broussais de París, el olvidado escritor anarquista Felipe Alaiz de Pablo. Falleció igual que había vivido en los últimos años: pobre y solo. Pocos recordaban ya a aquel discretísimo hombre bajito, rechoncho y tocado, casi siempre, con boina. Había nacido setenta y dos años antes en Belver de Cinca (Huesca), hijo de un militar amante de los libros y de ideas liberales que murió cuando Felipe era un niño y de un ama de casa de buena cuna para quien el hijo fue el centro de su universo. Tuvo, además, tres hermanas: Pilar, monja; Clara, maestra, y Mariana, costurera.

Su escasa estatura y sus problemas cardíacos impidieron que fuera piloto o marino, como soñaba el padre; en cambio, pronto destacó por su prodigiosa memoria y sus amplios conocimientos en diferentes campos del saber, fruto, como él mismo reconocía, de su pasión lectora. Pese a su buena aptitud intelectual, no cursó ninguna carrera y empezó a ganarse el sustento escribiendo artículos periodísticos en diversos medios. Influenciado por sus amigos, comenzó a interesarse por la filosofía anarquista que, finalmente, interiorizaría y asumiría manteniéndose fiel a ese ideario hasta el fin de sus días.

En Tarragona convivió con una familia gitana con cuya hija, Carmen, se ennovió formalmente; la cárcel, donde fue internado Alaiz por sus escritos antigubernamentales, y las continuas idas y venidas del escritor de una ciudad a otra, terminarían separando a la pareja.

Hombre educado, frugal y nada fiestero, le horrorizaban los mítines charlatanismo mitinero, los llamaba—  y, aunque en alguna ocasión se prestó a dar conferencias, prefería la soledad de su habitáculo y la compañía de sus cuartillas, su pluma y sus libros; esta actitud y su negativa, ya en el exilio, a buscar un trabajo fuera de esas cuatro paredes pese a su maltrecha economía, que le obligaba a pedir dinero prestado para poder comer, le dieron, entre sus compañeros libertarios, fama de «vago y sablista», aduciendo él en su descargo que su única habilidad eran las letras, aunque no fueran suficientes para su supervivencia.

Amigo de Joaquín Maurín, Ramón J. Sender a quien llegó a reprochar sus flirteos con el comunismo— y, sobre todo, de Ramón Acín al que idolatraba, escribió, tras el asesinato de este último, una conmovedora obra, a modo de semblanza, titulada Vida y muerte de Ramón Acín, donde, en una omnipresente Huesca, Felipe Alaiz describe, con emotiva ternura, las vivencias compartidas en la niñez y la adolescencia, mientras va trazando la trayectoria vital de Acín hasta su fusilamiento en la misma ciudad que viera nacer y desarrollarse su amistad.

Opus hominum

«Río Sadar»: Archivo personal

 

Vagar por el adorable bosquete por el que discurre, manso, el humilde río Sadar es una apreciable regalía para los sentidos. Los pies retozan sobre la hierba enmoquetada de otoño y los chasquidos de las hojas holladas reverberan en los troncos de los abetos, los sauces, los tilos, los álamos boleanas, los ciruelos rojos, los chopos lombardos, los mostajos, los arces, los plátanos, los ginkgos bilobas, las píceas, las secuoyas, los robles, los olmos, para regresar a los tímpanos humanos en forma de bisbiseos que el paseante imagina como retazos de las conversaciones privadas que mantienen las plantas leñosas elevadas en una lengua secreta que solo los herrerillos, cernícalos, agateadores, mochuelos, cornejas, carboneros, petirrojos y otras aves que se asientan en sus ramas, son capaces de comprender.

Quizás —se dice el andarín— fuera una lavandera cascadeña la primera en advertir la tropelía perpetrada este verano, alertando de inmediato a los habitantes de la floresta:
—¡Están matando a nuestros caseros! ¡Los humanos están derribando nuestros árboles!

Cuando a los trinos horrorizados de la lavandera —o de una abubilla o de un gorrión común— se unieron las voces indignadas de los paseantes habituales de la arboleda, cuyo terreno pertenece al campus de la Universidad de Navarra —la del Opus Dei—, ya habían sido talados más de un centenar de árboles y otros ciento setenta y cuatro se hallaban en capilla.

El vocerío no tardó en llegar al Ayuntamiento de Pamplona, que envió a la Policía Municipal a paralizar el apeo y a los responsables medioambientales a investigar las posibles irregularidades cometidas por la Universidad opusdeísta, que carecía de la preceptiva licencia municipal para ejecutar dicha acción.

En su descargo, alegó la Universidad que todos los árboles derribados estaban enfermos —¿TODOS? ¿Los ciento veinticuatro?—, presentando «podredumbre y variación del color, que indican colonización por hongos y bacterias», suponiendo, muchos de ellos, un peligro para los viandantes por la posibilidad de desmoronarse. Definió la deforestación realizada como «consecuencia de un malentendido», a raíz de un informe del área de Jardines del Ayuntamiento de Pamplona, fechado en enero de 2025, en el que aconsejaba la tala de los árboles de la ciudad, por motivos de seguridad, cuando estos presentaran «pérdidas súbitas de estabilidad».

Y así —mientras unos acusan y amenazan con sanciones y otros se justifican; mientras nacen y crecen los artículos periodísticos a favor de unos o de otros, con la afinidad política como principal argumento; mientras los técnicos medioambientales del Ayuntamiento evalúan la salud de los chopos lombardos y álamos boleanas a los que, por el momento, se ha conmutado la pena capital—, el paseante, apeado del arrobo otoñal, contempla el vacío dejado por los ejemplares ajusticiados y piensa en el desconcierto de sus pequeños pobladores, testigos del desastre y obligados a acogerse a la solidaridad de los ocupantes de los demás árboles.

«Fuente del Ibón, en el parque Miguel Servet de Huesca»: Archivo personal

 

Preámbulo

Hace setenta y cinco años nació la Jota de San Lorenzo, la más emblemática del folclore oscense. Surgió en un emplazamiento asaz curioso: A bordo del buque Monte Ayala, que surcaba el Atlántico hacia Sudamérica con un grupo de jóvenes músicos y bailadores de los Coros y Danzas de Educación y Descanso entre los que se encontraban varias joteras y joteros de Huesca con su rondalla.

Durante la larga travesía, entre ensayo y ensayo, los representantes oscenses pensaron que sería buena idea ampliar su repertorio de baile y, así, la joven jotera Sarita Villacampa, que vivía por y para la jota, ideó la coreografía de la que bautizaron como Jota de San Lorenzo, en honor al patrón de Huesca, que tiene una parte cantada que, a día de hoy, no hay oscense que no haya entonado alguna vez: “San Lorenzo, mi patrón. / Viva Huesca que es mi pueblo.  / San Lorenzo, mi patrón. / Las mozas que van por agua / a la fuente del Ibón. / A la fuente del Ibón. / Viva Huesca que es mi pueblo”.

Tomando como punto de partida aquel viaje folclórico, el músico Marko Zaragoza —hijo de uno de los pasajeros del Monte Ayala que tocaba en la rondalla oscense— publicó en 2019 una digna y entretenida novela, La silueta del Monte Ayala, en la que los sucesos reales y la ficción se amalgaman para componer una trepidante historia de conspiraciones y espionaje.

 
 
UNO: Vida y muerte de la histórica fuente del Ibón

Volvamos un instante a la letra de la Jota de San Lorenzo, donde dice… Las mozas que van por agua a la fuente del Ibón. Porque es ella, la fuente a la que alude la jota, la protagonista de este artículo. La fuente del Ibón ya aparece documentada como «antiguo manadero para el abastecimiento de agua» en el siglo XV; sus aguas procedían de un manantial próximo a la ciudad que, por una conducción de piedras, fluía hasta decantarse en la bóveda de la que salía al exterior. Aunque el paso del tiempo fue erosionando su estructura, las reparaciones que se llevaron a cabo en los siglos XVI a XIX en el encajonamiento de la conducción hídrica y la bóveda, pero respetando su apariencia, le devolvieron el viejo esplendor.

El fontanar estaba decorado en su frontal con un escudo en alabastro en el que aparecían cincelados dos ángeles que sostenían una cartela donde figuraban un lienzo de muralla, con su portalón y dos torreones, y una muesca —que eso significa Osca/Huesca, «muesca»— que caía sobre los caños de agua.

Parece ser que, a principios del siglo XIX, el Ayuntamiento oscense consideró que las abundantes huertas que copaban las tierras entre el manantial de origen y la fuente, podían ser un foco que contaminara el agua de boca, así que mandó construir, en distintos puntos de la ciudad, ocho nuevas fuentes de abastecimiento para sustituir a la emblemática del Ibón que, pese a todo, siguió siendo  —a la par que la fuente del Ángel, otro surtidor histórico—  la fontana de referencia y punto de encuentro de mozos y mozas, congregados con sus trajes de domingo en las inmediaciones para flirteos y requiebros, como así se había hecho «de toda la vida».

Pero, señoras y señores, en los años cincuenta del siglo XX llegó a Huesca el progreso en forma de Plan de Desarrollo Urbanístico ¿trazado sobre plano desde Madrid…? Y como los señores ingenieros de la capital de España no habían pisado Huesca en su vida —no se me ocurre otra explicación— tuvieron la portentosa ocurrencia de dibujar una calle allí donde, desde hacía quinientos años, se ubicaba la fuente del Ibón. El servil alcalde oscense dijo amén y la fuente icónica, la más entrañable para los oscenses, fue destruida. Solo se salvó el escudo de su frontal, que alguna mente algo más lúcida de la Casa Consistorial decidió que no merecía caer bajo los picos y martillos destructores y mandó que lo guardaran en el Ayuntamiento donde, al parecer, continúa, aunque bastante deteriorado.

 
 
DOS: La fuente del Ibón de las nuevas generaciones

En la década de 1960 el Ayuntamiento de Huesca acometió la ampliación del parque Miguel Servet. Entre los nuevos espacios que se crearon hubo uno que pronto llamó la atención de la ciudadanía: Una fuente llamada… del Ibón. No se trataba de una reconstrucción de la fuente histórica que había estado emplazada a menos de doscientos metros de la recién construida sino una especie de ¿homenaje?, ¿desagravio? a la fontana medieval cuyo derribo había causado tanto pesar en quienes la consideraban un símbolo oscense. La novedosa fuente del Ibón solo se asemejaba a la desaparecida en el nombre. En nada más.

Tuvo la gallardía el Ayuntamiento de no usar el frontal de la anterior para evitar más controversias de las que hubo, pero se dejó caer que, algún día, volvería a erigirse la icónica fuente con su primitiva arquitectura y su escudo en alabastro. “¿En qué lugar?”, preguntaba la gente. “Cerca de donde estuvo siempre”, respondían. Cerca, claro, porque en el sitio original se yergue un edificio de oficinas y viviendas que no se va a demoler para dar gusto a los oscenses nostálgicos.

Para las nuevas generaciones, que habían oído hablar de la antigua fuente del Ibón pero solo conocían la del parque Miguel Servet, el discreto rincón de la fuente sustituta fue un remanso. La de charlas, besos, risas, lecturas, lametones y juegos que habrán tenido lugar allí, en ese banco de piedra que tantos secretos guarda y en esa mesa encementada que, si tuviera un atisbo de vida para escribir sus Memorias, haría sonrojar a más de uno o una.

La fuente del Ibón del parque Miguel Servet brilla, desde hace años, con luz propia; ya no es un remedo de la antigua ni se pronuncia su nombre con cierto retintín. Este verano, dentro de las actividades organizadas por el Ayuntamiento en el programa Huesca es otra historia, la que se ha llevado a cabo en el entorno de la fuente del Ibón ha sido la que más público ha concitado.

Bajo la dirección del escritor oscense Óscar Sipán, acompañado al violín por Daniela Nikolova, se ha desarrollado en este espacio del parque la actividad titulada Crímenes en la fuente del Ibón, en la que, durante ocho sesiones que han reunido a un total de 2.080 personas, Óscar ha hecho viajar a los presentes por algunos de los crímenes ocurridos en la ciudad desde finales del siglo XIX, además de visitar algunos de los lugares donde se cometieron.

Al éxito de la iniciativa y a su excelente desarrollo hay que sumar la interactuación entre narrador y asistentes, la presencia entre el público de descendientes y allegados de víctimas y victimarios, incluso la de un forense que aportó su experiencia personal sobre uno de los crímenes que se estaban relatando, y, cómo no, el inigualable marco del entorno de la fuente del Ibón, idóneo para sumergirse, en las noches veraniegas, en estas muertes a mano airada.

«En armónico desorden»: Archivo personal

 

Runrunean las hojas muertas que las púas metálicas del rastrillo acorralan y apiñan en colorido desorden. Húmedas y exánimes, se dejan amasar por infantiles manos enguantadas que desbarajustan los montículos redondeados que va componiendo Lurditas, la alguacila, asiendo el mango tubular de la herramienta, mientras observa a la solícita chiquillería de la Escuela, con sus brazadas de bractéolas, yendo de la hojarasca al contenedor de compostaje y a la inversa.

 

Lurditas, ¿las hojas muertas tienen alma?

 

Manda la tradición que los jóvenes intervinientes que desfilarán esta tarde noche guiando hasta el cementerio, con la luminosidad de sus candelas, a los espíritus de las personas muertas extraviadas en las trochas de la sierra, muestren la pureza de sus corazones mediante el sacrificio, y, en el Barrio, es costumbre, desde que se reinstauró la Procesión de Almetas [1] y Totones [2], que los niños y niñas de la Escuela, protagonistas de tan singular comparsa, ofrezcan un día de recreo escolar para realizar tareas comunitarias y así exhibir, ante el vecindario y los entes sobrenaturales que contemplan los aconteceres humanos, su buena disposición, actitud que detesta Patetas, el diantre malandrín que pulula, incorpóreo, por estos lugares, porque le hace perder energía para atraer adeptos a su causa.

 

Yacen las hojas muertas en el vientre del fosal que ampara su sueño eterno. Ajenas a la luz y el cierzo, quizás, en los primeros espasmos de la putrefacción, añoren las ramas de las que pendían, vivas y ufanas, anfitrionas de pajarillos retozones y diligentes arañas. Ya no serán testigos de la magia fantasmal de la última tarde noche de octubre ni de los cuerpos infantiles cubiertos de sayones y túnicas que recorrerán, entre risas, cirios y tembleques, la hoy concurrida senda que lleva al camposanto.

 
 
 
NOTAS

[1] En el Alto Aragón, ánimas de los difuntos que fallecieron violentamente o dejando asuntos pendientes; se pasean, invisibles, entre los vivos y son tan queridas como temidas.
[2] Id., ánimas guardianas de los cementerios; al igual que el Coco, tienen fama de llevarse con ellos a niñas y niños que permanecen despiertos durante la noche.

«Autorretrato de Helios Gómez»: Archivo personal

 

[…] El imperdonable olvido, la inmoral indiferencia, la obscena amnesia ante artistas que no se fueron y, que siendo conocidos luchadores contra los sublevados, permanecieron en España sometidos a una brutal represión, es más lacerante por cuanto su memoria no hay que rastrearla en países remotos. Sus obras, publicadas antes, durante y después de la guerra, son suficientemente conocidas, están tan a la mano que, encontrarlas para homenajear su memoria con el merecido trofeo de la difusión, quizás no entrañaría más esfuerzo y gasto que el que emplean los partidos políticos sólo en un día de campaña. Este es el caso de un dibujante singular, el sevillano Helios Gómez, un dibujante anarquista; un comunista pintor; un poeta con la biografía preñada de luchas y fracasos. Esta es la historia de un dibujante, poeta y soldado que sobrevivió a la barbarie tras empeñar su vida entre el negro de la tinta china y el rojo de la sangre derramada en este desmemoriado país que él, como tantos otros, defendió desde la inquebrantable atalaya de sus convicciones: en una mano, el fusil; en la otra, un lápiz.-  JUGUETES DE LA INERCIA: HELIOS GÓMEZ, EL DIBUJANTE SOLDADO (1905-1956), José Luis Castro Lombilla.

 

A Helios Gómez, rapsoda visual de causas imposibles en la Europa abatida por las trompetas de la guerra y la venganza, le cercenó la parca el sueño igualitario a mediados de septiembre de 1956, con poco más de medio siglo de vivencias trashumantes que, en imaginario carromato ideológico, le hicieron recorrer España, Francia, Bélgica, Holanda, Austria, Alemania, Argelia y la extinta URSS, ya como reconocido artista plástico, ya como perseguido político por sus ideas anarco-comunistas y su público compromiso con la II República Española por la que combatió con la creatividad y el fusil.

Gitano, andaluz, trianero, poeta, pintor, celebrado cartelista e imaginativo muralista, Helios Gómez pagó su compromiso libertario con la cárcel, las penalidades  —que serían la principal causa de su muerte, dos años después de ser excarcelado—  y el olvido por decreto.

En el último sexenio que pasó privado de libertad en la cárcel Modelo de Barcelona, dedicó sus minadas fuerzas a la realización de un mural, a modo de oratorio para los condenados a muerte, conocido como la Capilla Gitana, donde, en impresionantes frescos, aparece la Virgen de la Merced rodeada de personajes de rasgos agitanados y negroides. La obra empezó siendo una propuesta que le hizo el capellán de la prisión —al que apodaban La Araña Negra— y que Helios, rojo y ateo, aceptó, contra todo pronóstico, como si intuyera que aquellos muros dolientes iban a ser los portavoces de su último acto revolucionario.

La personalísima obra del artista fue cubierta, en 1998, con varias capas de pintura, en incomprensible y aberrante acción que la Dirección de Servicios Penitenciarios de la Generalitat justificó «por razones de higiene» [sic]. Semejante atentado contra la libertad de expresión llevado a cabo, paradójicamente, en la España democrática, levantó inmediatamente protestas entre quienes conocían la existencia de tan peculiar Capilla, apremiándose al Departamento de Cultura de la Generalitat a remediar el horrendo estrago causado a las pinturas situadas en la celda número 1 del primer piso de la cuarta galería de la Modelo.

Tras veinte años de reivindicación —por parte de la Associació Cultural Helios Gómez y la Plataforma Ciudadana Fem nostre l’espai de la Model— para restituir la obra carcelaria censurada de Helios Gómez, la Generalitat encargó al Centro de Restauración de Bienes Muebles de Cataluña el delicado proceso de decapado y recuperación de la Capilla Gitana, Bien de Interés Cultural que, a día de hoy, se halla en la última fase de rehabilitación.





ANEXO
Gitanos en la Guerra Civil Española, pdf, de David Martín.

«Perspectiva desde el mirador»: Archivo personal

 

En el Reino de los Mallos la Naturaleza todavía no se ha engalanado con la indumentaria de entretiempo y hasta el Sol parece remiso a mermar la fortaleza de sus rayos, que se abaten, con ínfulas veraniegas, sobre los andarines detenidos en la primera zona de sombra que han encontrado circunvalando los Mallos de Riglos. “Hala, y venga verde y más verde… Se nos han chafado las fotos otoñales. No he visto ni una seta, solo esos pedos de lobo que salen en cualquier parte”, se queja Jenabou. “Pues ríete tú de los pedos de lobo, niña, pero que sepas que, durante siglos, fueron un preciado regalo de la naturaleza. Las esporas tienen propiedades cicatrizantes y antisépticas”. “¿Las usaban las brujas?”. “¿Qué brujas ni qué gaitas? Las usaba cualquiera que conociera sus beneficios medicinales”.

 

Dan cuenta de las castañas que les preparó Mariliena en la freidora de aire, antes de salir. “Os pongo poquetas para que no os fartéis, no vaya a ser que luego no me comáis lo que tengo intención de preparar”, les advirtió.

 

Entre las moles de tonalidades ferruginosas de los mallos —de los que Sender decía que eran «los centinelas de las huestes del Diablo»— se entrevé el Gállego como una serpentina cerúlea que marcha hacia la llanura, hacia el Ebro, sabiéndose amado y defendido por quienes viven y se asoman a sus orillas para reseguir con la mirada los caireles de espuma de sus aguas bravas. Porque es su río; el río del Reino; su río, que nace gabacho para aragonizarse nada más cruzar el Portalet;  su río, el romanizado Gallicus a quienes sus gentes denominan Galligo, aunque ese nombre no tenga cabida en los mapas hidrográficos peninsulares.

 

La brisa sabatina que oxigena sus pulmones les sabe a torroco deshidratado, a virutas de madera, a panizo, a nuez moscada, a migas humedecidas, a ternasco asado y a minglana con azúcar, mientras salvan la distancia que separa la cancela de la torre donde aguarda Mariliena.

«La Escaladora en el tramo final de la vertical»: Archivo personal

 

—¿Pero toda esa ferralla llevabas incrustada en la rodilla…?
—De ferralla, nada. La placa y los clavos son de acero y de aleación de titanio.
—Pues te puedes montar una acería.

La Escaladora, con la pierna reposando entre almohadones, sonríe mientras él tantea los clavos intramedulares [FOTO], depositados en la mesilla del hospital, que le ha extraído hace menos de tres horas la cirujana, la misma que se los implantó, hace un año, a raíz de un accidente que le fracturó la rodilla. El Accidente. El Estúpido Accidente. Ella, la Escaladora, tan ágil y segura, rampando —ora con cuerda, ora a pulso— en el rocódromo; afirmando, en posturas acrobáticas, manos y pies en las coloridas presas ancladas en la pared o emulando a los treparriscos en las calizas verticales que amurallan los barrancos de la sierra. Imbatible su resistencia, inmune a los rasponazos inmisericordes de las rocas, asida con firmeza a los agarres con las manos impregnadas de polvo de magnesio y las guedejas de su cabellera asomando bajo el casco protector. La mente de él retrocede casi un cuarto de siglo atrás, la primera vez que reparó en aquella niña de ocho años que vacacionaba en el Barrio; ella jugaba al fútbol en la plaza con la grey infantil; él, veinteañero, leía un libro en la terraza del bar del Salón Social. De repente, los gritos de la chiquillería dejaron de escucharse y él, sorprendido por el súbito silencio, levantó la cabeza y vio a la niña, de pie, sobre el tejado de la abadía, lanzándoles el balón a sus compañeros de juego; había trepado por la fachada del edificio, apoyándose en los salientes de los ladrillos de adobe, para recuperar la pelota encallada entre las tejas. “¡Quieta ahi!”, le gritó, corriendo hacia la abadía. Pero ella ya descendía, muy despacio, tanteando los ladrillos con los pies. Cuando llegó abajo, se lo quedó mirando y, ladeando la cabeza, le preguntó: “¿Se lo vas a chivar a mi madre?”. Regresa al presente y mira a hurtadillas a la Escaladora, que juguetea con el mando a distancia del televisor, y piensa en los giros del destino, ese destino que rehuyó comprometer las incursiones roqueras de la Escaladora a varios metros de altura pero no la hurtó de resbalar sobre la encimera de la cocina —a la que se había subido para limpiar los armarios superiores— ni de caer, rodilla en tierra, en el embaldosado de gres, a ochenta y ocho —ridículos pero lesivos— centímetros de distancia.

Bichos

«La vaca refitolera«: Archivo personal

 

Para Olmo —el sobrino nieto oscense de María Blanca, la vecina— todos los animales son bichos. Pero pronuncia con tal efusividad la palabra que, si la escuchara y comprendiera el más tiquismiquis de los animales voluminosos que pueblan la sierra, se sentiría halagado. Además de a los animales, Olmo, que tiene cinco años, adora los puzles, a los futbolistas del Huesca y a Jenabou —la hija quinceañera de la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio—, que ejerce de niñera a ratos y le narra divertidas historias de bichos parlanchines además de llevarlo y traerlo por todos los corrales, establos y vericuetos del pueblo donde gallinas, patos, ocas, cisnes, yeguas, burros, vacas, ovejas, cabras, cerdos, perros, gatos… han acabado formando parte del zoo pinturero que el pequeño ha atesorado en su creativa imaginación.


Hace dos domingos, María Blanca y Olmo pasaron temprano por la casa de la veterinaria a llevarles un plato con papanași [FOTO] que había hecho Anca, la joven rumana que trabaja en la Casa de Turismo Rural. En ese momento llamó Carmelo, el pastor, al móvil de la veterinaria para pedir ayuda porque dos de las ovejas se habían caído desde el puntón cercano a los pastos y yacían —no sabía si heridas pero, en cualquier caso, estaban vivas— en un repecho, a unos cinco o seis metros por debajo de la cima. La veterinaria y Étienne se aprovisionaron de cuerdas, avisaron al forestal para que les echara una mano y, en el vehículo del último y con Jenabou y Olmo dispuestos a no perderse nada, partieron por la pista de tierra que atraviesa el sotobosque. Fue el pequeño quien, recién iniciada la pendiente cercana al meandro del río, avistó a la rabosa a través de la ventanilla [FOTO], pese a la distancia entre el animal y el vehículo. Por fortuna, el bicho desapareció como por ensalmo y se pudo contener a Olmo, que, entre hipidos, quería bajar del coche para ver a la zorra de cerca. “No podemos parar aquí, Olmo, cariño. A las rabosas no les gusta que las molesten, y, además… ¿no ves que se ha marchado…?”, le decía Jenabou. “Joder con el crío de los cojones… ¿Para qué lo habéis traido?”, refunfuñaba el forestal.

El último tramo hasta el puntón lo hicieron caminando, con Olmo subido a la espalda de Etienne. Carmelo aguardaba en la cima. ”Una se ha despeñau”, anunció lacónico, ”pero la otra aguanta en el repalmar”. Fue la veterinaria la que descendió y sujetó con cinchas a la oveja superviviente, que no tardó en ser izada, con mucho cuidado, por los otros tres. El bicho rescatado resultó no tener sino pequeñas erosiones en las patas y se incorporó al rebaño comunal como si jamás hubiera estado a punto de descalabrarse. A Olmo, ignorante de la muerte de una de las ovejas, lo entretuvo Jenabou con Bretona [FOTO], uno de los ejemplares de la yeguada de monte que comparten pastos con el rebaño ovino del pueblo y la vacada de Casa Ginés. La yegua reconoció el silbido de la adolescente —que ha estado montándola durante el verano, ayudando a los guías que realizan recorridos turísticos a caballo— y acudió junto a su amazona deleitando al pequeño Olmo con sus cabeceos y chillidos semejantes a la risa.

A la oveja muerta la dejáis para los pobres buitres. No la saquéis de ahí”, pidió Carmelo antes de que se marcharan, dirigiéndose, sobre todo, al forestal. “Ya se verá”, respondió este. Cuando salvaron el desnivel para dirigirse al vehículo, aparcado donde se interrumpe la pista, aún tuvo Olmo otro encuentro con uno de sus queridos bichos: Una de las reses de la vacada de Casa Ginés se plantó delante de los rescatadores, como si quisiera cumplimentarlos. Y así se mantuvo, inmóvil, con los ojos fijos en el grupo, mientras el vehículo avanzaba pista abajo. Casi habían llegado al pueblo y todavía continuaba Olmo, girado hacia la luna trasera del vehículo, con el adiós en la mano.

«Catedral Ortodoxa de Alejandro Nevski, en Sofía»: Archivo personal


Nunca había aspirado tanto humo de velas e incienso”, comentaba Marís cuando se dirigían al monasterio de Rila, a menos de dos horas de Sofía. En la capital búlgara, les habían maravillado dos de los templos visitados: la catedral patriarcal de Alejandro Nevski [FOTO DEL INTERIOR], de estilo neobizantino —una de las diez iglesias orientales más grandes del mundo—, construida a finales del siglo XIX y que lleva el nombre de un príncipe medieval ruso defensor del Cristianismo Ortodoxo, y la de Santa Nedelya [FOTO], erigida en el siglo X pero remodelada y reconstruida en los siglos posteriores; en 1928 un atentado con bomba, no solo la destruyó por completo, sino que se cobró la vida de 128 personas. Sin embargo, ningún templo es comparable al complejo espiritual que se alza en las faldas de las montañas de Rila y que tuvo sus inicios en una cueva; en ella vivió, en el siglo X, el eremita Iván Rilski —San Juan de Rila—, santo milagrero venerado en Bulgaria —que lo honra como patrón— y en los países limítrofes. El monasterio [FOTO] posee un claustro pentagonal y, como todos los templos ortodoxos, los muros interiores están profusamente decorados [FOTO], [FOTO]. El paisaje que lo circunda es espectacular, con lagos glaciares, cumbres de 3 000 metros y exuberante vegetación que embellecen, aún más, esta magnífica construcción religiosa en la que llegaron a residir trescientos monjes, aunque, en la actualidad, solo lo hagan unos diez.

Sofía, al igual que Bucarest y otras capitales del antiguo bloque comunista, muestra esa arquitectura brutal y nada comedida de su pasado reciente: edificios de amplitud desmedida cuyo uniforme de hormigón los convierte en inquietantes; sus moles grisáceas y rugosas parecen avasallar las construcciones más antiguas e incluso las modernas. No es de extrañar que Yoly y Asier, amantes de las novelas de Graham Greene y John le Carré, observaran la ciudad como si sus calles y avenidas fueran escenarios montados al aire libre para asistir a las correrías de los contraespías de la vieja guardia roja. Escuchándoles fantasear, tanto Étienne como la veterinaria y Marís, imaginábanse a un sicario de la Darzhavna Sigurnost —vestido con un terno arrugado y armado con un paraguas con una cápsula de ricina oculta en la contera— aguardando la salida del infiltrado X, que hacia hora en el patio de butacas del Teatro Nacional Iván Vazov [FOTO], fingiendo interesarse por la obra representada. “Pero como se trata de hacer una pedorreta a las películas de espías con finales cantados, diremos que, pese a percatarse la víctima del peligro que corría y huir hacia el metro para esconderse entre las ruinas romanas anexas del Complejo Arqueológico de Serdica [FOTO], no tuvo escapatoria”, concluyó Asier.

Septiembre, 2025

«Trajes típicos búlgaros en Veliko Tarnovo»: Archivo personal


A modo de prólogo

Nada sabían de los Dimitrov —y muy poco de Bulgaria— los dos viajeros y las tres viajeras que planeaban poner rumbo al país balcánico la ultima semana de agosto, pero, unos días antes de hacer las maletas, cuando la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio le contó a maman Malika los lugares que pretendían visitar, ésta le dijo: “Entonces tendrás que pasar a saludar a los Dimitrov, que viven en Plovdiv. Haré unas llamadas para saber la dirección y te la diré”. “Pero maman, si no tengo ni idea de quién es esa gente y…”, protestó la veterinaria. “Estamos emparentados. Una de las primas Gherghina de Rumanía está casada con un Dimitrov. No puedes ir a Plovdiv y pasar de puntillas por la casa de nuestros parientes. Solo tienes que darte a conocer y saludar en nombre de nuestra familia. La prima no te conoce a ti pero sabrá de quién eres nieta. ¿Qué te cuesta?


La familia Dimitrov

Los Dimitrov son descendientes de un grupo de romaníes kalderash rusos que, a finales del siglo XVIII, emigraron a Bulgaria y se instalaron en la histórica ciudad medieval de Veliko Tarnovo [FOTO], enclavada entre tres colinas y bañada por el río Yantra. Allí, en la llamada Ciudad de los Zares, donde surgió el Primer Imperio Búlgaro, trocaron su oficio de artesanos del cobre por el de constructores, arreglando caminos y levantando y reconstruyendo casas. Un enfrentamiento con las autoridades de Veliko Tarnovo —del que los Dimitrov actuales afirman desconocer las razones— tuvo como consecuencia una orden de destierro contra la familia, que se asentó en Plovdiv, donde continúan residiendo. Una rama de la familia sigue trabajando en su propia empresa de construcción, habiéndose especializado en la rehabilitación y mantenimiento de edificios históricos por todo el país y, por supuesto, en el Casco Histórico de su propia ciudad, donde se han recuperado joyas arquitectónicas del Renacimiento búlgaro [FOTO], [FOTO].


La Ciudad de las Siete Colinas y un gueto

En compañía de Vesela, una búlgara no gitana estudiante de Historia, novia de Georgi —nieto por vía materna del patriarca de los Dimitrov—, y atendiendo a sus muy completas explicaciones en inglés, los cinco viajeros procedentes de España recorrieron Plovdiv que, habitada de manera ininterrumpida desde hace 8 000 años, es la ciudad más antigua de Europa. Se trata de una población protegida por siete colinas y bañada por el río Maritsa, que fue fundada por Filipo I de Macedonia, padre de Alejandro Magno. La puerta medieval Hisar Kapia [FOTO], asentada sobre cimientos de la época romana, que sirve de entrada a su Casco Histórico, es solo un aperitivo de las excelencias que aguardan al otro lado. Bulgaria fue territorio conquistado por los Romanos —los emperadores Galerio, Maximino el Tracio y Justiniano I nacieron en tierras búlgaras— y, como en todos los lugares donde se impusieron, dejaron su magnífica impronta; en Plovdiv se puede admirar una sección restaurada [FOTO] del Estadio Romano de Filipópolis —el resto de secciones se hallan sepultadas bajo el pavimento de la calle  peatonal y los cimientos de varias viviendas, aberración común a tantos lugares—, que cuenta la historia de una construcción de doscientos cuarenta metros de largo y cincuenta de ancho, con capacidad para 30 000 espectadores [FOTO DE LA MAQUETA], en la que se celebraban diferentes eventos como los Juegos Píticos, similares a las Olimpiadas. Otra muestra de la presencia romana es el Teatro Romano, en el que, como en el caso del de Mérida, se realizan concurridas representaciones teatrales y operísticas.

Plovdiv es un museo vivo de la historia desde el Neolítico hasta nuestros días; una ciudad de pendientes por las que sube y baja el pasado y se abraza al presente; donde los monumentos, las tradiciones [FOTO], las mezquitas, los templos ortodoxos [FOTO]  y la diversidad étnica son la prueba de un crisol de culturas. Pero, a la vez, como en otras ciudades europeas, Plovdiv posee un segundo rostro que los viajeros descubrieron a espaldas de sus gentiles anfitriones: el gueto romaní de Stolipinovo, ubicado a las afueras, en el que la miseria ajena golpea a quienes se aventuran a cruzar la invisible alambrada que separa dos mundos que, levantados uno junto al otro, no pueden ser más opuestos. Y ese segundo mundo, paupérrimo y descorazonador, oculto al turismo gozoso, pregona el fracaso de una sociedad que no ha querido o sabido actuar con justicia.

Agosto, 2025