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Archive for enero 2026

«Panorámica londinense desde el mirador del Sky Garden»: Archivo personal



Siete horas y media antes del crucero fluvial

Todavía no eran las ocho de la mañana y ya había recorrido Jenabou, impaciente, cuatro o cinco veces todo el enmoquetado de las zonas comunes del hotelito —cama y desayuno— menos caro —es un decir— de las proximidades —otro decir— de la Torre de Londres. De tanto en tanto, se acercaba a la mesa con un «¿pero termináis de desayunar, o qué?» y, sin esperar ninguna respuesta, reiniciaba el paseo para terminar sentándose en un sillón tapizado con una tela a cuadros escoceses que, si ya era feísimo por sí mismo, un cojín redondo lleno de margaritas le daba la estocada final.

Si en aquel momento hubiera entrado un clon de miss Marple, con una mañanita protegiéndole el torso, gorrito ornamentado con puntillas y mitones de hilo de Perlé, precediendo al engolado Hercule Poirot, con toda su melindrería a cuestas, es posible que los tres ocupantes del comedor no hubieran dedicado ni dos segundos a saciar su curiosidad. En cambio, si se hubiera tratado del fantasma de la escritora Anne Perry del brazo de su personaje William Monk, comandante de la Policía Fluvial del Támesis en el siglo XIX, los grititos de aceptación y entusiasmo de la adolescente hubieran erosionado los cimientos de la atemporal hostería —bed and breakfast— de mister Chambers.



Cinco horas y media antes del crucero fluvial

Con medida puntualidad británica, consecuencia de un trayecto pedestre a ritmo de marchadores olímpicos con algún que otro «sorry» lanzado a otros peatones, habían logrado evitar la cola para la visita al mirador del Sky Garden y, tras pasar todas las medidas de seguridad, ser de los primeros en tomar el ascensor de alta velocidad hasta la planta treinta y cinco para acceder al paraíso: Una bóveda acristalada cubriendo tres plantas con un extraordinario jardín tropical y 360º de vistas impactantes de la metrópoli, con el Támesis, imponente en su improvisado abismo, haciéndole mohines —o eso percibía ella— a Jenabou que, obnubilada, incluso se había olvidado de respirar y apenas reaccionó al «¿estás bien, corazón?» de la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio.

Sentada ante un vaso de agua y unas tortitas japonesas colmadas de crema, mermelada de frambuesas y tropezones de galletas de chocolate [FOTO], la joven había sacado de la mochila el Libro; no un libro cualquiera, sino EL LIBRO, el ensayo que la había conectado definitivamente con el Támesis desde que se lo regalara Étienne a finales del pasado noviembre y posara sus ojos en la primera línea. Mudlarking: Historia y objetos perdidos en el río Támesis, el libro de Lara Maiklem que le había devuelto a la memoria las novelas de la colección William Monk, de Anne Perry, y al personaje de Scuff, el niño mudlarkbuscador en el lodo, sería su traducción— que, como otras criaturas abandonadas de la era victoriana, esperaba la bajada de la marea fluvial del Támesis para hurgar en el fango de la orilla en busca de tesoros que revender para conseguir comida.



Crucero —con té de la tarde y merienda— por el río Támesis

Entretenidos en el mercadillo navideño del paseo peatonal de The Queen’s Walk, en la orilla sur del río, se habían visto obligados a coger un taxi para llegar, con tiempo sobrado, al muelle de la Torre, donde los habían convocado, con quince minutos de antelación, para proceder al embarque. La zona del comedor —con espléndidos ventanales panorámicos que facilitaban las vistas del exterior fuera cual fuese la ubicación de la mesa en la que el personal del barco acomodaba al pasaje— se llenó de sonrisas y susurros en tanto la nave iniciaba su singladura y la voz del audio sugería una mirada a la Torre de Londres que, lentamente, iba quedando atrás, en su permanente dique térreo, aguardando el regreso de aquellos aventureros urbanos que surcaban la vieja Londinium a lomos del mareal y salobre Támesis, guardián de historias, lances, gentes y objetos sepultados en el barro.

Los ojos de Jenabou, que tantas ficciones y realidades escritas del Támesis habían absorbido, miraban ora el Big Ben, ora el London Eye. Y el Shakespeare’s Globe y el gigante The Shard… Pero, sobre todo, escudriñaban el río como si esperaran que, entre un puente y otro o a la altura del Palacio de Westminster, emergiera de las aguas ligeramente enturbiadas un trirreme romano con una vela desplegada y chorreante de limo. Quizás por eso apuró, sin percatarse, su segunda taza de té —bebida que aborrece— mientras mordisqueaba un scone de pasas y arándanos.

Diciembre, 2025

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«Océano de nubes II»: Archivo personal

 

Como una magna extensión del cobertor níveo de la cumbre, un manto movedizo de lechosos nimbostratos crea la ilusión de una inmensa meseta bajo cuyos rizos algodonosos se ocultan los escarpes de rocas carbonáticas, las dolinas, simas y cuevas que forman el paisaje kárstico de la sierra de Aralar. A ratos, las ráfagas de viento glacial acuchillan el cuerpo del observador que, amagado bajo una de las crestas, contempla, arrobado, el océano de nubes que se despliega a menos de un metro de sus pies, como incitándole a una zambullida, con la vacua promesa de los brazos todopoderosos de la diosa Mari y sus jorguinas deteniendo la mortal caída. Un desganado rayo de Sol le roza la mejilla derecha y él ladea la cabeza hasta sentir en la piel su tibieza, primero, y una ligera quemazón después, como si Herensuge, el dragón de siete cabezas, hubiera sustituido al astro rey en su labor de distraer el frío del rostro contemplativo.

No sin cierta indolencia, el espectador de nubes abandona su improvisado cobijo y desciende, al ralentí, el albo camino de regreso por la misma pendiente sinuosa de la ida, donde las huellas de sus botas, sumidas en la nieve, permanecen visibles, aisladas y escarchadas, hollando la virginidad del suelo inmaculado. Tras algunos kilómetros por diferentes trochas y pasiles, apenas llegado al cruce donde los aficionados realizan rutas de esquí de fondo, escucha las voces de Jürgen y Jenabou a los que, finalmente, vislumbra, con los esquís al hombro, dirigiéndose a la intersección donde él aguarda. Traen las caras congestionadas y unos andares pausados que denotan fatiga.

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«El ultimo refugio»: Archivo personal

 

La ONU, desde su creación, siempre fue un enorme paraguas incompleto. Provisto de varillas, contera, tacos y bastón, el poder de veto del Club de los Exclusivos —China, Francia, Reino Unido, Rusia y EEUU, protegidos por buenos impermeables— impidió cubrir su armazón metálico con la correspondiente tela protectora, dejando expuestos al resto de miembros a la vorágine de la ínfulas de los cinco países que se pasaban por el forro de sus intereses cualquiera de las resoluciones, por muy mayoritariamente que fueran votadas; que se lo pregunten, por poner un caso ejemplarizante, al Estado de Israel, que, gracias a las impugnaciones del amigo americano, ha salido indemne de cuantas reprobaciones se han dictado en su contra desde el organismo internacional.

En este contexto, ese esperpéntico show estadounidense invadiendo un país ajeno para secuestrar, a sangre y fuego, al presidente del mismo y a su esposa y pasearlos por el morboso universo audiovisual mientras el Pennywise macarra de los USA escenificaba una rueda de prensa trufada de amenazas urbi et orbi, es otro de los sapos que se ha visto obligada a tragarse la organización que agrupa a 193 países. Otro sapo. Y van…

Si en semejante tesitura se halla la que, en principio, es la corporación protectora mundial más importante, ¿a qué instancia van a encomendarse los países intimidados? ¿A Dios? ¿A Belcebú? ¿A la bruja Avería?

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«Sede del Gobierno de Aragón»: Zarateman

 

¿Pero de verdad se merece esta tierra nuestra estos dirigentes…? ¿Estos irresponsables…? ¿Estos barfulaires —así, en aragonés, que cantamañanas, la traducción que le corresponde en castellano, carece del deje de desdén de la aragonesa—…? Todavía no nos habiamos recuperado del dolor por las tres personas fallecidas en Panticosa por una accidental avalancha de nieve —a las que hoy se suma otra víctima más en el valle de Bielsa—, cuando saltaban las alarmas en la comarca de la Jacetania: El Departamento de Sanidad del Gobierno de Aragón había dado su consentimiento para trasladar a Formigal la única UVI móvil de Jaca —la que cubre todos los pueblos de la comarca— con motivo de la retransmisión de las Campanadas de Mediaset desde la estación de esquí aragonesa. ¿Pero en qué mente con un mínimo de neuronas en buen estado cabe semejante barbaridad? ¿Qué criterio siguió el Departamento de Sanidad para decidir que una comarca pirenaica, que duplica y hasta triplica su número de habitantes en estas fechas, ha de ceder su único Soporte Vital Avanzado Ambulante para proteger un evento mediático dejando sin servicio al resto del extenso territorio? ¿Qué, entonces…? ¿…les quitan la UVI móvil y reparten por la comarca unas medallitas de santa Orosia para que, en caso de apuro, le recen unas jaculatorias…? Y menos mal —menos mal— que, en estos tiempos, las noticias montan sobre botas de fibra óptica y, cuando lo dictado por Sanidad recién llegó a Jaca, las plataformas ciudadanas —que habían luchado durante meses para que el servicio estuviera cubierto las veinticuatro horas de cada día de la semana— ya clamaban contra semejante arbitrariedad, dispuestas a no consentir la tropelía. Y, por el bien común, el alboroto repercutió: Sanidad tuvo que recular y enviar a Formigal una ambulancia de Soporte Vital Básico desde Escarrilla.

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