
Arriesgo una lectura sumergida en los
sentidos del agua. Hablo del 4 de octubre de 2012 en el último encuentro de
Hugo Chávez con su multitud, en que concurren formidables energías de sentido.
El primero es el mito del Cordonazo de San Francisco, que invoca el cordón
franciscano, místico y sacrificial, que coincidió con la llegada del candidato
a la tarima. Para que todo fuese más emblemático, ese 4 de octubre el cordonazo
fue el más recio en muchos años.
El agua vinculó con la bendición franciscana. Era agua que venía del cielo
bendita por Dios mismo. Había gente refugiada del aguacero bajo cobertizos,
pero apenas se anunció que el Comandante se estaba mojando, exclamó en olor de
comunión: «¡Si Chávez se moja yo también me mojo!». Y nos mojamos todos, con el
agua a la rodilla, sorbiendo a Chávez mientras caminaba y danzaba en la
tribuna, eufórico en el clímax de una campaña heroica, en medio de la
enfermedad diabólica que nos lo mantenía cautivo. Aquella lluvia torrentosa lo
purificaba del mal. Pero no solo a él sino a la gente brava congregada por él a
lo largo de una travesía épica, enfrentada al mayor imperio de la historia, esa
potencia obcecada, cruel, despiadada, brutal, en fase que luce terminal, que no
nos ha dado tregua en financiar a sus cipayos pérfidos y perdedores. Esa
multitud electrizada por Chávez durante veinte años en que el heroísmo impregnó
a la nación, inspirada por las grandes bravuras de 500 años de resistencia y
martirios épicos, Guaicaipuro, Gual y España, Bolívar, Ribas, Sucre, Miranda,
Zamora, Maisanta, miles, hasta este novísimo héroe que se inmolaba en escena.
Porque Chávez sabía que venía de una terapia debilitante y que mojarse hasta
los tuétanos era agravar su estado en el mero filo de la muerte, que nos lo
quitó cinco meses y un día después.
El agua es bautismo y esa vez nos sumergimos con él en ese medio cristalino,
celestial, que creó una red líquida entre Chávez y su multitud, que aún dura y
que por ese ardor simbólico se volvió ecuación que nos transfigura en Chávez en
ese adiós hermoso y doloroso que todavía conjura este desvalijamiento sórdido
que una vez más nos inflige esta parodia de burguesía chambona, usurera,
sádica, mediocre y grotesca que no comprende nada.
Roberto Hernández Montoya