Luís Beltrán GuerreroCreo en ti, Padre, creador de patrias sobre el corcel y la espada en el pasado; desde el bronce, el mármol, el lienzo y el libro en el presente.
Creador de hombres libres con tu pensamiento que traspasa épocas y fronteras; creador de nobles, legítimas ambiciones de soberanía cultural y económica en el hemisferio.
Creador de ejemplos y mantenedor de virtudes: voluntad, perseverancia, coraje, idealismo, paz cimentada en el derecho, justicia entre ciudadanos y Estados, muerte antes que indigna vida, resistencia ante la adversidad: Casacoima, Pativilca.
Creo en ti, hijo de Amilavaca, trasplantado Deucalión, heredero de las tablas de Moisés y los preceptos del Pretor, concebido étnica y culturalmente en el crisol de tres razas –indígena, española, africana- síntesis de todas las razas de la tierra: árabes, hebreos, godos, moros; y de la raza espiritual que es el idioma, que del Lacio y la Romania vino.
Creo en ti, Señor de la Realidad y la Esperanza, que oíste los vítores de Carabobo, Junín, Pichincha, Boyacá, Ayacucho; y oyes ahora gritos y clamores, el altar que sucumbe ante el sangriento, morado estrépito; el hogar que padece por sutil espionaje; y sollozos de sofisticadas torturas; y madres de ojos extraviados y manos en aspas, buscando, locas, a los hijos desaparecidos.
Creo en ti, que en los infiernos de la gloria, no has descansado todavía por falta de paz y amor sin condiciones, sin lágrimas ni miedo, desde Río Grande a la Patagonia; en el mundo todo.
Creo en ti, que algún día has de venir antes del Apocalipsis, no a juzgar, sino, después de habernos animado en los máximos esfuerzos, a contemplar la dicha común, contentos en el trabajo sin dependencia, deshechas las amarras del préstamo usurario, de la tecnología esclavista y de todos los productos de la ciencia sin conciencia.
Creo en ti, que desde el Chimborazo nos darás la vida perdurable de tu espíritu inmortal, si somos humildes para confiar en tu enseñanza y en tu acción, limpios pecho y mente, dinámicos los brazos.
Creo en ti, Padre en el cielo de Historia, que engendrarás futuros mejores si sabemos oírte, escucharte, seguir tus pasos de menudo gigante.
Creo en ti, porque confío en la Nación de Repúblicas que concebiste, integradas no sólo Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú, Panamá, Venezuela, sino las otras fraternas, la de Morelos y Juárez, las de Centro América con hombres por volcanes; las del Caribe, con José Martí, que recibió tu consejo de bronce, y Petión generoso y Jamaica hospitalaria, alumbradora de cartas que valen por batallas; las de San Martín y O´Higgins, en donde únicamente deben flamear las banderas criollas, latinas.
Creo en ti, grande en la eternidad de tu figura, muerto frente al mar, bajo el denuestro de los ingratos, descamisado, con Jesús y Alonso Quijano por compañía de majaderos, Tú, que empleaste vida, fortuna, entendimiento, en hacer de los esclavos, ciudadanos.
Creo en ti, Padre-Libertador, porque a tu lado trabajan por construir la América nuestra, la de la Guadalupe y la Coromoto, la de hispánica lengua, Bello, Montalvo, Martí, Hostos, González Prada, Rubén, Rodó, Sarmiento, Reyes, Vasconcelos, Gallegos, Asturias, Franz Tamayo, Albizu Campos, Sandino, Gabriela, Pablo, Juana; unos por la unidad del habla, otros por la unidad de la acción; todos por la integración moral y la soberanía espiritual.
Creo en ti, que estás en el cuchillo y en la rosa, en el abismo y en la estrella, rector de una galaxia de pueblos explotados todavía, sol y luna, todas las estaciones: primavera, verano, otoño, invierno; todas las estaciones del tiempo y del Calvario, de la agonía, de la muerte y la resurrección.
Algún día compartirás el Paraíso de nuestra honrada ventura por el trabajo y no por el mesianismo; no por el maná transitorio que el Diablo expulsó en su huida. Somos sólo los ricos herederos de tu gloria, que sin comprender, hemos dilapidado.
No nos abandones, Padre, ni en la miseria ni en la desdicha, ni menos en la casual prosperidad. ¡Enséñanos a ser, no a parecer, a ser con raíz propia, con propio tesón, sin prestadas galas, para coronarnos un día con doradas espigas de maíz, azules pascuas y frutos del cafeto, gustando de nuestro pan, de nuestra miel, de la linfa de nuestros manantiales, a la sombra tuya, Samán!
Cuanto podemos ser está en tí, que abres triunfal la brecha del porvenir. Líbranos del fácil éxito, Padre, Maestro, Guía. ¡Oh Simón, grande hasta en la pequeñez de tus hijos!
Creemos en ti, Bolívar.