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jueves, 22 de septiembre de 2011

Call It A Day



Ha pasado mucho tiempo desde esto. Cuando Bill estaba en el grupo, cuando Mike no se teñía, cuando Peter estaba delgado y guapo y lucía camisas normales, cuando Stipe tenía pelo. Más de 30 años, casi los que tengo yo, aunque en mi vida entraron hace 20.

Ayer se separaron oficialmente como grupo, sin polémicas, con tranquilidad, con la cabeza bien alta. Hay que saber marcharse, y no todo el mundo puede. A muchos no nos sorprende porque la posibilidad la barajábamos hace tiempo y no nos equivocamos mucho, pero no por eso entristece menos. Su mejor momento musical había pasado, pero incluso lo peor de ellos es superior a lo que muchos desearían tener alguna vez en toda su carrera. Una carrera con éxitos, con prestigio, con trabajo y con honestidad hacia ellos mismos y hacia sus fans.

Sus fans. Yo entre ellos, y junto a mí muchos más: Deca, Ark, Lili, Jas (allá donde estés), Quango, Mer, Mabi, Andy, Lou, Eli, Zhy, Wendy, Begg, Liz... Lo mejor que me ha dado la banda. Gente con la que he empecé a vivir en cierto modo de la manera que yo quería, con la que compartí y sigo compartiendo recuerdos, anécdotas geniales que acuden en tropel a mi mente ahora mismo, conciertos, vacaciones, momentos muy personales (buenos y malos) y algunos de los mejores años de mi vida. Gente a la que quiero.

No puedo olvidar el primero de los seis conciertos en los que estuve, lleno de emoción, ni el último en 2008, lleno de euforia, aunque en el fondo sabía que era el último, pero fue el mejor, el más vibrante. Como si no llevaran 30 años.

Soy una fan afortunada: me han firmado discos, he hablado un par de veces con ellos, les he visto actuar siempre desde la primera fila, le he tocado el culo a Michael Stipe... (un momento, a mí eso me daba igual, pero a Stipe le apeteció darse un baño de masas utilizándome como si fuera la silla BÖRJE...).

Echaré de menos muchas cosas.

La música no.

Ésa, seguirá conmigo.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Los fines de semana nos vamos al pueblo

Incluso la reina Isabel II de Inglaterra dice cosas como ésa. Claro que el pueblo al que se refiere es Windsor, y 'la casa del pueblo' es un castillo cuya extensión es casi la de cinco campos de fútbol, y cuya historia se remonta a casi 900 años atrás.
Windsor, en el condado de Berkshire, a unos 30 kilómetros de Londres, es una pequeña y muy próspera (mucho, a juzgar por las casas y los coches que se ven allí) ciudad a orillas del Támesis que alberga una de las residencias oficiales de la reina. Ni que decir tiene que es un lugar precioso y tranquilo (a pesar del turismo) para vivir, aunque supongo que no está al alcance de muchos.




Los británicos, que no sólo tienen verdaderas maravillas, sino que las saben conservar y vender muy pero que muy bien, han mimado su patrimonio y hacen que los casi 20 euros que pagas por entrar aquí (audioguía incluída) merezcan mucho la pena. Además, esa entrada tiene la ventaja de que con sólo sellarla el día que la adquieres, te sirve para entrar el resto del año, y si encima compras tu billete de tren anticipadamente por la web, el precio del viaje se reduce de 24 libras a 8. Jugando bien sus cartas, quien vaya a estar una temporada por Londres tiene excursión a Windsor asegurada.



Pero la que tenía la excursión asegurada era la reina Victoria, a la que construyeron la estación justo en la puerta de su casa, no fuera a ser que le hicieran rozadura los zapatos de tanto andar. Hoy día sigue funcionando con un pequeño apeadero (hay otra estación al otro lado del castillo), pero está reformada y convertida en galería comercial semi cubierta.





El recorrido por los terrenos, edificios y exposiciones del castillo bien ocupan la mañana, sin ir demasiado lento ni demasiado deprisa. Tanto es así, que está permitido salir y entrar del recinto para comer o descansar con la debida identificación.



Pero no será porque no haya lugares de descanso en el interior. Cualquier rincón se puede convertir en zona de relax, con unas magníficas vistas o un jardín espectacular, como éste construido en el foso de la Torre Redonda. Un foso que jamás tuvo agua como era lo habitual, y en su lugar algún rey de cuyo nombre no puedo acordarme decidió darle un uso más estético que defensivo, ya que la época en la que te invadían un día y el otro también había quedado muy atrás.

Me voy a recrear poniendo fotos del jardín porque es una preciosidad, y su acceso parece la entrada a un lugar secreto.










Evidentemente no se pueden visitar las dependencias privadas de la reina, pero sí que se visitan las estancias que hoy día aún siguen sirviendo de alojamiento a invitados oficiales, la impresionante colección de arte y la capilla de San Jorge.





En la ostentosa capilla del castillo se han celebrado matrimonios, funerales y entierros de algunos de los monarcas más conocidos e importantes de la historia. Allí yacen por ejemplo el rey Carlos I, el rey Jorge III (el de 'La locura del Rey Jorge'), el rey Jorge VI (el de 'El discurso del Rey') con su esposa, o el mismo Enrique VIII.



Como decía, Windsor es un pueblo bonito y con mucha vida, y a la hora de comer hay bastante donde elegir.



Quizás el lugar más conocido es la Casa Torcida, o The Crooked House of Windsor. Como veis, esta casa de casi cuatrocientos años está realmente torcida, y no debido a un capricho del arquitecto, sino a que la madera de roble con la que fue construida estaba demasiado húmeda y así se quedó.



Originalmente fue una carnicería, proveedora oficial del castillo, e incluso tiene un pasadizo secreto que comunica con él, hoy día bloqueado, por el que se dice que algún que otro rey salía para acudir a su cita secreta. Hoy día y desde hace 30 años es una casa de té, en la que se puede desayunar, almorzar, merendar y cenar casi como si fueras el personaje de un libro de Enid Blyton.



Estoy pendiente de probar ese sitio en alguna ocasión, pero de momento nos decantamos por un almuerzo ligero en la estación, suficiente para darnos energía para la siguiente visita, que estaba tan solo cruzando el puente...