ha sido un año de cambios aparentemente pequeños pero con carga de profundidad.

De (con muchísima ayuda familiar, cómo si no) conseguir tener casa propia y dejar atrás la incertidumbre del contrato de alquiler, la provisionalidad de la vivienda, las subidas inasumibles, el no poder hacer reformas o poner el piso a tu gusto porque es de otros. Ha tocado acostumbrarnos a las dimensiones reducidas, donar libros y buscar mobiliario minimalista; a vivir sin ascensor, prever lo que necesitas antes de subir a casa, hacer las compras a poquitos al volver del trabajo o del paseo; a pasar lo que llevamos de crudo invierno sin calefacción, cubiertos de ropa y acurrucados al lado del radiador: el pasillo es como los de la casa de mis abuelos en el pueblo, un espacio gélido, ignoto, al que procuras ir tan poco cómo sea posible. Vamos haciendo nuestro este espacio en el que – temperaturas aparte – nos sentimos a casa desde el momento en el que entramos.
Una base segura en este mundo tan inestable, ahí fuera.
Hemos cambiado un barrio céntrico, limpio, ordenado, rico, pero también frío e impersonal, por otro más caótico, oscuro, ruidoso y lleno de vida: en mi calle se oyen idiomas distintos, las tiendas de fruta y las barberías están abiertas hasta medianoche, los críos juegan a futbol y van en bici.
Ha sido un año de cambio de horarios en el trabajo, de vivir al revés que el resto de los mortales, trabajar fines de semana y librar en días laborables y darte cuenta de que muchas veces no sabes en qué día vives; readaptar las rutinas y asumir que la frontera entre el tiempo libre y el de trabajo se vuelve más porosa, para lo bueno y lo malo; de tener más tiempo libre y aprender a usarlo sin sentirme culpable.
Un año de lecturas, de cines, de amigas, de siestas, de ciudad, de cocinar, de volver a aprender idiomas.
De manifestaciones, de dolernos por Gaza, de temer la oscuridad que parece haber al final del túnel; pero también de volver a las clásicas en busca de esperanza.

2025 ha sido el año en el que A. ha llegado a la mayoría de edad. Ya no tengo niños: son jóvenes adultos, que buscan su lugar en el mundo, cuestionan todo y me enseñan cosas que no sé. Que maravilla poder seguir acompañándoles, hacer camino juntos.
También ha sido el año en el que hemos perdido a P. No es la primera persona que se me muere, pero sí la primera que es una de las nuestras. Una metástasis tras otra, hasta que su cuerpo dijo basta, junto a una ventana en la que se veía el mar. Que consuelo tan pobre, saber que el mar fue su último paisaje. No quiso funeral, pero en la fiesta de despedida nos reencontramos las de siempre, las que seguimos viéndonos pero también otras a quién habíamos perdido la pista; recuperar esas relaciones no compensa de la marcha de P; pero es un poco como un regalo que nos deja.









