Huérfanos

No sé por qué lo hice, pero hace poco le di una paliza al tipo del bar.
Cada día paso por delante, el tío suele estar sentado en la terraza, una mesa alta, un taburete. Es el dueño del bar. Cafés y cervezas. Nada de experimentos ni cocina moderna, nada de raciones con ínfulas. Eso hay que reconocérselo. Pero el tipo se te queda mirando, cada día y en cada oportunidad. A veces una sonrisita asoma. En alguna ocasión entré a por tabaco. El tío odia tener que atenderte, es una pequeña celebridad en el barrio por eso. Tiene una gran barriga, es tan feo como se puede esperar de un hombre de su edad y clase social. Da lo que promete. Y sorprendentemente tiene pareja, una mujer que no daña la vista. Debe ver algo en él, sé que están casados. El amor es un espejo deformante. Desconozco si tienen hijos, pero probablemente no; son ya de una generación en que eso se empezó a demonizar con alegría.
El fulano se me quedó mirando, como siempre. Pero esta vez le sostuve la mirada. El tío se rio, murmuró algo. Dije:
–¿Qué?
Murmuró otra vez.
Me llegué hasta donde él y le aticé en la cara, todo lo fuerte que pude, con la mano abierta. Y me debió gustar la sensación, porque le di otra hostia igual de seguido, y el mamón cayó al suelo. Ahí aproveche para patear su barriga de Jabba el Hutt. Asomaba bajo su camiseta promocional Granini.
Tomé conciencia y miré alrededor. No había nadie, al menos no cerca.

Cabía esperar una denuncia, una visita de dos agentes diversos, quizá un mozo con buena presencia y una chica menuda disfrazada de poli. Pero no pasó nada. Imagino que el tío se quiso hacer el machito. Quizá le contó a su mujer que había sufrido un atropello y fuga.
Nunca he sido un tipo violento, sino más bien aburrido, incluso diana ocasional del bullying en el colegio. Tímido, lo cual significa tímido con las chicas, y un estudiante mediocre. Carne de almacén y cadenas de montaje.
Si me buscas entre semana, para matarme a hostias, por ejemplo, me puedes encontrar en el polígono sur de la ciudad, conduciendo una carretilla elevadora de una nave a otra. Puedes preguntar por mí, yo mismo saldré a la calle y nos veremos las caras. Exceptuando el viernes, casi quiero que pase.
El asunto del gordo abrió algún tipo de espita dentro de mí. Me siento generoso con la violencia, como si hubiera estado reprimiendo algo demasiados años, casi cuarenta.
Cuarenta años de “sí, Bwuana”. Primero el colegio, eterno, luego la edad adulta, los jefes, e incluso algunas humillaciones en la vida personal, que en realidad son las peores, porque puedes prever que te den por culo un martes, pero no un sábado o un festivo.
No es que quiera justificar la violencia. Cuando la ejerces suele ser porque una parte de ti se ha vaciado de ideas propias o conciencia. Es muy difícil dejar toda la mente en blanco. Dicen que eso se consigue con el yoga, pero yo no sé nada de eso. Cuando le aticé al barman mirón, me sentí bastante conectado con la tierra, si he de ser sincero, como si por primera vez no fingiera en modo alguno.
La sinceridad suele funcionar más contra la gente que en su favor. Pero sobre todo la hablada. La mayoría la temen y la desprecian. Nadie quiere sinceridad, y por regla general los que van de sinceros son unos imbéciles de categoría. Llegado cierto punto, es mucho más honesto y educado un puñetazo en la boca.
Incluso a los niños se les miente durante gran parte de su infancia, como parte de una educación sana. No podrían soportar el noventa por ciento de la verdad de la vida. Se les protege de la verdad.
Por no hablar de que además ser sincero no te exime de estar equivocado. Las palabras mandan a mucha más gente al psicólogo o al suicidio que algunas hostias puntuales.

Está claro que he estado pensando en la violencia, pero no en las armas de fuego, a las que no tengo acceso, y además no me conectan con mi animal interior, si se puede decir así. Ni siquiera las armas blancas me tientan. Hay nobleza en los puños, en las manos, las rodillas o la cabeza (algunos ilusos creen que sólo sirve para pensar). Ahora mucha gente que es o finge ser muy sensible, abomina los deportes de contacto; reaccionan con caras de asco o miradas de mal disimulada superioridad. Esa gente que cree tener las claves del progresismo, pero al parecer no de un progresismo para el mundo real. Son los que lloran (ya literalmente) si ven cómo un tigre caza una gacela. Confunden a los cervatillos con el dibujo animado, y tienen una cruzada –casi siempre meramente teórica– contra las corridas de toros, mientras disfrutan por otro lado de los resultados de ese viejo mundo, ya sea comiendo carne o con el confortable y contaminante aire acondicionado en casa.
Ellos son los no violentos. En sinceridad no quieren que desaparezca la violencia, quieren que otros la ejecuten por ellos. Los más sinceros ahora suelen ser los más mentirosos. Los más empáticos son los menos empáticos, los empáticos parciales, los empáticos políticos. Podría decir sin pensar los nombres de diez personajes públicos que están en contra de los toros y a favor del terrorismo. O que más bien sudan de los toros y consideran que el terrorismo es legítimo si jode a alguien que a ellos les cae mal. Guerra no, pero terrorismo sí. Como es lógico, no suelen estar muy informados. Emociones y consignas heredadas controlan sus ideas.

Desde que todo es político, todo es mentira. Porque casi nada es político. Las religiones seculares están pegando fuerte. Me parece mucho menos ridículo creer en Dios que creer que lo personal es político.
Como sea, está muy mal visto considerarse ideológicamente huérfano. Antes se decía que si no votabas es porque eras de izquierdas; estabas jodiendo a los tuyos con tu abstención. Ahora si te declaras apolítico, es porque eres de derechas. Como siempre ha pasado, no hay manera de convencer a un creyente. Antes todo era por la gracia de Dios, y ahora por un partido político, o por un solo político; o aún peor, por una moda. Ahora tendría una buena amistad con Jesús, incluso sin creer en él. Creo que hubiera sido un obrero liberal, o un autónomo. Se parecería al perfil del hispano que huyó viniendo a Europa y se ríe de los “comunistas” que sólo han mamado capitalismo.
No es que yo me considere liberal. De hecho hace mucho que ni siquiera me considero. Los demás ya lo hacen por uno, quiera uno o no.

Voy a visitar al cowboy. Por estos lares se refieren a él como el cowboy suicida. Habla con ligereza de ello, cuenta chistes sobre colgarse en el granero o comer hasta reventar.
El cowboy iba conmigo al colegio. Luego nos perdimos la pista, nos echamos alguna que otra novia, nos dejaron, nos quedamos solos, perdimos interés en las cosas normales, y después también en las nuevas.
Ni siquiera es nihilismo, sólo una suerte de plácido desencanto, con puntuales accesos de rabia. Hoy le visito para hablarle de mi nueva relación con la violencia. Hasta ahora sólo se trataba de las películas o el arte. Ni siquiera me había peleado de crío, ni aun siendo un chavalín en los noventa, cuando hasta te podían felicitar por hostiar a según quién. Siempre he sido pacífico y pasivo. O aún peor: inofensivo y pasivo.
–¿Entonces le has pegado a alguien? –me pregunta.
–Sí.
Estamos sentados en su peculiar salón. Sólo faltan las viejas y aparatosas cámaras de John Ford apuntándonos.
–¿Y cómo te sentiste?
–No lo sé. Real. Físico.
–No como un bárbaro.
–No. Como un ser humano.
–Y antes no era así.
–No… Sólo de una forma… vaga.
–La civilización tiene sus pegas. Pierdes el contacto con la realidad.
–¿Tú te has peleado?
–De crío. Bueno, de chaval, en algún bar.
–Pero el alcohol…
–Sí, no era muy consciente, la verdad.
Con el cowboy puedo hablar de lo que sea. No se considera una buena persona (tampoco mala, supongo), así que nunca te deshumaniza, nunca pone caras. No tiene redes sociales. Es una buena persona.
–Es interesante –dice.
Se llama Víctor, en realidad. También fue un niño. Recuerdo cuando se puso triste porque le iban a poner gafas. Debíamos tener doce años. El patio del colegio. Voy a ser un cuatro ojos, decía. Le preocupaba dejar de gustar a la niñas.
–¿Y tienes previsto atizarle a alguien más?
Un tono neutro, no juzga, sólo es curiosidad.
–La verdad es que no me faltan ganas. Pero no soy capaz de hacerlo indiscriminadamente.
–Seguro que surgirá alguna oportunidad, no te preocupes.
Se levanta a atender el agua hirviendo. Siempre que vengo a verle, prepara té. Hace un par de años reiniciamos nuestra relación. Pantallas. A él no le gusta mucho salir, así que de vez en cuando vengo a verle. Vive a las afueras, casi en el campo. Un trabajo remoto, informática. Nunca habla de eso, y tampoco de sus potenciales relaciones. He detectado algún aroma a bisexualidad. Lleva el cabello siempre muy corto, y canoso, las canas aparecieron pronto, fue uno de esos casos prematuros.
–Hace poco visité una iglesia, está cerca de aquí –dice–. Ni siquiera sabía que existía. Un día podríamos hacer una pequeña excursión.
–Ah. Sí, por supuesto. ¿Ahora te interesa eso? ¿Estás leyendo la Biblia o algo así?
–No. Pero últimamente siento… no sé, ¿la presencia de Dios?
Habla totalmente en serio.
–Vaya…
–Ese asunto del suicidio ya no me tienta como antes.
–¿En serio? Se te veía ilusionado, pensando cómo lo ibas a hacer, cuándo…
–Me sigue gustando la idea. Pero no me gusta eso de jugar a ser Dios. La muerte es una decisión demasiado seria.
–No sientes que sea tu decisión.
–Algo así… Y tampoco me hacen ya demasiada gracia asuntos como el aborto, si te digo la verdad. Será que me hago viejo. Aunque sigo pensando que ha ser legal, con médicos profesionales y toda la pesca.
Un silencio.
–Así que ya no te vas a suicidar.
–No. Creo que no.
–Bueno, yo diría que en general es una buena noticia, ¿no?
–No lo sé, es lo que hay. La verdad es que el suicidio tiene muy mala prensa, pero es lo que tiene la muerte, se la tienen que comer los demás, tú ni te enteras. Imagínate estar consciente en tu propio funeral; sería de lo más humillante para muchos.

Al día siguiente cojo el tren. Voy a ver a alguien, no sé muy bien por qué, hay una vaga posibilidad de sexo. Cuando te sacas el carnet de conducir, no te obsequian con el vehículo que le otorga sentido, y yo nunca he tenido ganas de comprar uno, o de patear las ruedas con las manos en los bolsillos para comprobar la presión, o de insultar a otros conductores. Tampoco me muevo tanto, no lo necesito para el día a día, y mi idea de un buen día es una posición cómoda y un buen libro o una película. De las series me estoy quitando; todo está siempre a medias, todo es jodidamente narrativo, todo se empieza a joder hacia el capítulo seis. Es mejor esperar a que las terminen y ver las que sospeches que son para ti.
Delante tengo sentada una chica joven, veintitantos. Nunca he sido un mirón, pero la vista se me va sola a sus piernas. Tan bien torneadas, cruzadas, conformando bellas formas con los músculos y los tendones. Se me ocurre que podría fotografiarla sin que se dé cuenta. A mi lado tengo a un gordo que no tiene manías para invadir mi espacio. Estoy empezando a sudar, y a la vez a tener una erección. El gordo huele que apesta. Ni siquiera está sucio, creo, es su olor natural, un tufo fuerte, cargado de experiencias de mierda y putadas. Debe hincharse a comer para combatir el dolor. La chica mira por la ventana, alterna entre el paisaje y su móvil. Yo sujeto también el mío, y en cierto momento el gordo empieza a roncar. El tío está agotado de sí mismo. Es comprensible.
Oscurezco la pantalla, disimuladamente, me aseguro que de que el flash está desactivado. Me resulta emocionante actuar como un pervertido, de repente, por primera vez. Aporreo el botón silenciosamente, captando quince o veinte imágenes de esas piernas, mientras el cuerpo del gordo sigue contemplando la solución del infarto. Incluso grabo un video de unos segundos.
La chica se baja en la siguiente parada, e inmediatamente me invade una profunda sensación de paranoia.
Lo sabe.
Se ha dado cuenta.
Me lo ha visto en la cara.
Va a ir a la policía.
De algún modo van a lograr saber quién soy, dónde vivo, me van a fichar, me van a poner en una lista de pervertidos, junto a pedófilos y tarados que se abren la gabardina ante las mujeres en la calle, y menean su polla apestosa.
Tardo nada en manipular el móvil y empezar a borrar las fotos. Después busco la manera de borrarlas de la nube, y de la nube de la nube. Es increíble la de formas que tiene la tecnología de pillarte por los huevos.
Estoy convencido de que así tampoco estaría a salvo. Si dos polis rápidos me esperan en la siguiente parada con la chica señalándome con el dedo, estoy jodido. Me espera un merecido proceso de humillación. Quizá mi foto acabe en las noticias. Puede que incluso una en el tren: mi jeto mirando el móvil con cara de aliado feminista.

Cuando salgo a la calle, tardo un buen rato en calmarme. Acabo entrando en un bar, pido una botella de agua. Voy al servicio y me lavo la cara y la nuca. Me miro al espejo, tengo cara de culo. Descompuesto por la paranoia. Me vuelvo a echar agua en la cara. Gasto medio rollo de papel higiénico para secarme, para intentar lograr un aspecto corriente, el hombre común, el varón buscando al equivalente femenino que tenga la amabilidad de corresponderle en un intercambio carnal.
Nunca he ido de putas. No es que sea un moralista, ni con las putas ni con los puteros, pero supongo que mi entorno ha sido lo suficientemente cristiano u ordenado para que esa opción me parezca desaconsejable.
Ahora las nuevas religiones siguen demonizando la prostitución. Supongo que el primer sospechoso habitual para cualquier creyente, es el sexo. El segundo seguramente sea la riqueza, pero ahí son más laxos; en cuanto pillan tajada, les cambia el vocabulario.
Mi cita es una vieja conocida, una casi novia del pasado, una de esas situaciones en que la amistad chico/chica parece imposible. Hay quien dice que lo es en cualquier caso, a menos que medie alguna barrera, como que la chica sea novia de un amigo, o una prima, o mucho mayor que tú, o menor… Pero muchas veces todo eso tampoco evita la tensión, algo que se tiene que resolver de un modo u otro. Ella tenía novio en su día, pero aun así nos vimos cinco o seis pacatas veces. Antes nos comunicábamos con comentarios sagaces, memes, recomendaciones literarias, amabilidad por su parte e intentos de parecer interesante por la mía. Entonces un día quedamos. Yo le llevo ocho años. Ella estaba a punto de irse de erasmus, lo que me afectó de una forma intensa e inesperada, porque sé lo que pasa con las chicas monas de erasmus, tengan novio, amigo o planes de boda. A ella lo que le pasó fue un portugués. Al segundo día me contó –dando rodeos– cómo parecía imposible que no follaran como conejos antes o después. Un chica discreta y estudiosa, poco fiestera, algo tímida, pero al tercer día el lusitano (hasta vi una foto del fulano…) la rellenó de carne sin contemplaciones. Quién le podía culpar. El chaval tenía también novia en Lisboa o donde fuera. No se puede competir con un erasmus. Primero fue un portugués y luego un chico de Oslo, y ahí le perdí la pista. El erasmus era en Berlín.
Ahora ella es una mujer de treinta y un años; curra en una editorial y ha tenido una relación larga con un pelirrojo (he investigado…), un diseñador gráfico con cara de buen chico y polla misteriosa. El cowboy siempre dice que los tíos lánguidos o de apariencia floja, a veces esconden un secreto. Uno los ve con una mujer atractiva, y es como si algo no cuadrara. A veces es porque tienen mucha pasta, pero no suele ser el caso. Se combinan una serie de elementos, quizá un curro atractivo, sólida estabilidad, una lengua hábil en varios sentidos y un miembro de veintidós centímetros. Nunca se sabe. Jane Austen no se sigue leyendo por nada. Lo que cambia suele ser el envoltorio, dinámicas que disimulan que seguimos siendo hombres y mujeres, distintos y acojonados. Hay quien dice que se incorporó a las mujeres al ámbito laboral simplemente para doblar los beneficios. Yo no pondría la mano en el fuego, pero soy bastante aficionado a la Navaja de Ockham, y creo que suelen ser políticos y empresarios con ganas de crecer los que, a veces, traen de rebote el progreso.
Nos sentamos dentro de una cafetería. Hemos estado hablando los últimos días digitalmente, retomando y recordando cosas del pasado. Ella es más guapa que antes, como si tuviera más claro quién es, aunque dice sentirse perdida tras su ruptura con el pelirrojo. Dice echar de menos casi más al perro. Al parecer el tío tenía un perro estupendo, una especie de rollo a lo Niebla, una bola de pelo jodidamente encantadora. También tenía (el pelirrojo, no el perro) una casa en el campo, de sus padres, un lugar de ensueño, parece ser, rodeado de sonidos como de audio ambiental para relajarse leyendo.
En fin, me habla de todo eso y yo escucho, encantado, aunque no me importe un carajo su pasado con ese zanahorio de familia bien. Incluso estaban viviendo juntos en un piso, de alquiler, bien situado, buenas vistas, dinero de los papis. Intuyo la mitad de la información. Lo cierto es que parece haber rechazado una vida trufada de placeres, holgada, el tipo de rutina urbanita con puntuales paseos por el campo con la que muchos sueñan. El pelirrojo ha tenido que ser un auténtico gilipollas para que ella decidiera huir de todo eso.
Cuando me toca, sólo puedo hablarle de una vida disfuncional. Funcional por los pelos. Tengo que recurrir a bromas y driblajes dialécticos. Ni trabajo guay, ni mucha pasta, ni papis pastosos, ni casa en el campo, ni perro de Heidi, ni dulces perspectivas. Aunque no puedo quejarme de polla, eso es cierto. Pero eso ella no lo sabe. Es un asunto que Jane Austen decidió omitir. No solo por el miembro, pero no solo de caballerosidad y herencias vive el hombre.
Bebemos café y caminamos mucho por la ciudad, llegamos hasta el puerto. No lo sé, pero quizá ella me esté estudiando como maromo potencial. Quizá me imagine delante de sus padres, con mejor ropa y algún diálogo ensayado. Un futuro al menos entretenido a medio plazo. Creo que no le importa demasiado mi trabajo, tampoco es una hermana Bennet, y desde luego yo no soy el Señor Darcy.
Es agradable, una bonita tarde. Y acaba no pasando nada.

Unos días después me descargo en un compañero de trabajo. No hay confianza, es de otra sección, se lleva bastante con los camioneros. Es un perfil típico, un heviata viejo con pendientes y tatuajes; huele a rancio, se cree gracioso, tiene calva y melena a la vez, y si le ves de paisano siempre lleva camisetas de Manowar o Motorhead sin mangas. Un cliché andante. Hasta puedo coincidir con algunos de sus gustos, y no tengo problemas con los chistes verdes, pero el tío es un vacilón de baratillo, un caso de potencial futuro mendigo al que Patrick Bateman acuchillaría con gusto.
Mentiría si dijera que no llevaba tiempo buscando una excusa. Aquí no se trata de hacerse el héroe.
Empieza a correr un rumor. Dicen que el tío ha violado a cierta chica de la empresa. La ha empujado a algún cuartucho de las escobas, no ha podido resistirse al olor de la juventud, a la tersura y delicadeza, a todo lo que él no tiene. Me hace pensar, nunca he tenido un caso así cerca. No es justificable, pero es imposible que los violadores se extingan. No es una cuestión de educación, formación, familia o hábitos; simplemente a veces el animal gana. El animal es útil en ocasiones, pero otras veces toca la correa y estar bien atadito. Los instintos, como todo lo demás, sirven para lo mejor y para lo peor.
Yo no podía saber si la violación se había producido, pero sí sabía que el tío es un cabrón con las mujeres. Y con los hombres. Con estos últimos ya había tenido muchos roces, incluso en la empresa. Es lo que tienen estos gilipollas, están muy a favor de la igualdad, y los hay en muchos ámbitos, ahora sobre todo en el mundo mediático y la política. En general no se me ocurre idea más pésima que la igualdad. La igualdad de derechos es la excepción a la regla.
Lo que seguro era real es el manoseo a la hora de comer, los pellizcos en los culos femeninos, y también en los masculinos, aunque estos no se sexualizaran.
El típico abusador bisexual. Un clásico de las cárceles, una realidad demostrada.
Le pillé yendo hacia su coche en el gran aparcamiento del almacén. Habíamos terminado el turno de tarde. Yo me había adelantado, para pillarle desprevenido. No había nadie cerca, y los focos del aparcamiento ciegan a todo el mundo.
Estaba abriendo su coche y me abalancé sobre él. Le tiré al suelo, pero dejé que se levantara. Me posicioné como si tuviera idea de boxear, le invité a mi ritual violento.
–¿Qué cojones de te pasa, tío?
La voz ronca, bebedor funcional. Yo no decía nada, sólo quería dar leña. No quería pelear, sólo pegarle, pero quería que fuese consciente de lo que pasaba.
Empecé a lanzarle golpes, y casi no se cubría. Parecía pasmado de que alguien le estuviese agrediendo. La chulería le había sido útil toda su vida, las pintas, la promesa de joderte si te despistabas. Un bullie recibiendo. Le di fuerte, en la cara y la cabeza; seguía sin decirle nada, no era una venganza, no estaba salvando a nadie ni siendo el Dexter del extrarradio. El heviata cayó al suelo, sangrando por la nariz y la cabeza. Creo que empezó a rogar que parara. Me habría gustado ser tan depravado como para quitarle a tirones los pantalones y follarle el culo hasta que sangrara.

Una parte de mí había hecho el cálculo. Sucedió lo mismo que con el barman gordinflas. El siguiente día apareció por el curro como si nada. Una gasa en la cabeza, la cara marcada, un cuadro. Pero apenas hablaba. Le oí decir que se había peleado, una historia inconcreta, un bar, una mala pasada del alcohol. No podía admitir que había sido yo, perfil históricamente inofensivo, no podía denunciarme. No podía comportarse como un maricón, un chuloputas que no podía ser lo que parecía a la hora de la verdad. Para él se reducía a eso.
Es una costumbre bastante masculina, creo. Tragar. Incluso tragar por saber que lo merecías.
Si lograba dar sólo con este tipo de perfiles, podía machacarlos sin consecuencias. Y había tíos así de todas las clases y apariencias. Últimamente intentaban ser más disimulados; izquierdosos de pose, con discurso brillante y vacío, siempre lo bonito por delante de lo sensato. Actores de su propia vida que luego babeaban a las tías y traicionaban a los tíos. Hijos de puta producto de la política pop.
Las cosas se han ido mezclando en cuanto a las apariencias y las ideas. Pocos parecen decir ya lo que piensan de verdad, y al final los tíos siguen siendo tíos, y las tías, tías.

–¿No te parece que el sol brillaba distinto cuando éramos críos? –dice el cowboy.
Un par de semanas después. Estamos bebiendo té.
–¿La polución? –murmuro.
He seguido hablando con María. Así se llama. No hemos vuelto a quedar, pero la posibilidad se palpa en el ambiente. Aunque también podría estar completamente equivocado.
–¿Crees que es tan sencillo?
–Supongo que hay más contaminación ahora.
–No sé… Yo diría que es por los ojos de niño. Ya no tenemos ojos de niño. Lo que cambia la arquitectura y la luz no son un puñados de arquitectos o políticos pijos, son los años.
Al rato nos vamos a esa iglesia. Unos veinticinco minutos a pie por caminos de tierra. Merodeamos por la zona y al final nos dejan entrar. Dentro todo huele a viejo y limpio. Quizá el mejor y más significativo olor posible. La historia que se cuenta a sí misma. Quizá los sentidos sean los únicos historiadores fiables. Captan lo que queda del pasado y te lo transmiten sin filtros, sin política y desinteresadamente.
Nos sentamos un buen rato en los bancos de madera. Mi amigo Víctor, siempre cambiante con los años en su forma de ver el mundo, parece rezar alguna oración de cosecha propia. Cierra los ojos algunos minutos. No quiero interrumpirle. Parece un ritual demasiado sofisticado ahora para dos tíos que se criaron entre un sólido y burlón ateísmo. Tanto que se nos ha llegado a atragantar.
Esa forma de ver el mundo que compite en ignorancia con la del católico fanático.
Nos acercamos a ver algunas imágenes más de cerca, estatuas, pinturas.
Al salir, el cowboy dice:
–Me da vergüenza haber desconocido esto hasta ahora.

Decidimos ir a ver a Carlos. Carlitos. Su nombre artístico era Paul Topper. Se dedicó al porno durante doce años. Primero como actor, después como director. Ahora está totalmente apartado de ese mundo. Colabora puntualmente con publicaciones de cine, teatro, literarias, algunas extranjeras. Se ha reconvertido; ha ayudado el tener un montón de pasta descomunal de sus años en lo más alto del folleteo profesional. Aprendió a follar en al menos cinco idiomas; después acabó de aprenderlos hasta tener nivel casi de traductor para la ONU.
Tiene diez años más que nosotros. Fornicó bajo los focos cuando el cine porno aún era cine, películas. No le gusta en lo que se ha convertido, videos de escaso minutaje en los que nadie es capaz de hacer algo más que sacarse la polla o abrirse de piernas. Echa de menos los tiempos en que un actor porno podía llevar un traje de gángster; cuando las actrices fingían seducir al fulano, aunque sólo fuera el butanero. Ahora esas escenas sólo se dan entre “madres adoptivas” y actores escuálidos e imberbes con miembros descomunales. Ellas aún se esfuerzan, pero ellos ponen cara de vaca viendo pasar el tren. Da igual lo que les hagan.
Carlitos tiende a la hipérbole, pero le entendemos.
–Sentaos, por favor.
Su casa está tan apartada del núcleo urbano como la de Víctor. No es espectacular en tamaño, pero es bonita. Un par de personas se encargan del jardín y la limpieza. El cowboy lo conoció yendo a uno de esos encuentros, una especie de fiesta temática del Viejo Oeste. Asumo que Carlitos le contó su historia, y Víctor quedó fascinado por su capacidad para cambiar su vida y reinventarse.
Carlitos siempre tiene un tema. Algo que le ronda la cabeza. Puede ser una película, una canción, un país, una calle, un hombre, una mujer, una serie, incluso un objeto o arrebato espiritual. En esta ocasión nos lo hace saber enseguida.
–Millie Bobby Brown.
Asentimos.
Sí, la muchacha, la niña. La que ya no es una niña. La niña de los ochenta ficticios. La que ya quizá haya tenido más experiencia vital y sexual que Víctor y yo juntos. No puedo incluir a Carlitos en esa ecuación, claro.
–La actriz, ya sabéis.
–¿Qué tiene, veinticinco? –digo.
–No. Veintiuno.
–¿En serio?
–Es una de las cosas que me fascinan. De alguna manera quiere que pensemos que tiene vinticinco, o incluso treinta… No sé cómo describirlo, he estado pensando mucho en ello, pero hablar sobre ello es distinto. Mille Bobby Brown es, a sabiendas o no: la choni definitiva.
Asentimos.
–Algunos creen que es Rosalía, por ejemplo, y hay algunas otras candidatas, sin ninguna posibilidad. Pero creo que el reinado de Millie Bobby Brown es evidente. Es la choni soñada, la reina choni, la novia que muchos querrían, una especie de choni ilustrada, la veinteñera treintañera, moderna y a la vez tosca, exagerada con el maquillaje, encantada de tener esas tetas, y feliz con la idea de no enseñarlas pero dejar claro que están ahí.
Asentimos.
A veces hay que encajar lo que Carlitos dice sin darle muchas vueltas.
–Tampoco os descubriré que… sí, es muy joven y la hemos visto crecer y todo ese rollo, pero es innegable que está buenísima. Está buenísima de ese modo en que no todo el mundo diría que lo está, lo que le da ese aire campechano, como a vecina deseable, follable hasta las trancas… No sé si me pilláis.
Asentimos.
–Le estoy dando vueltas. Me han pedido un artículo sobre nuevos valores del cine moderno, y ahora siempre quieren que hables de chicas, de mujeres, más bien, normalmente mayores, quieren declaraciones sobre salarios comparativamente bajos o episodios de abuso, todo ese rollo les chifla. Ya se está pasando la moda, pero me han aceptado la idea de Millie, aunque sea una chica joven y guapa. No lo sé, quizá no les parece tan guapa y por eso han aceptado el artículo. Si les propones hablar sobre una Sidney Sweeney, se creen que te la quieres follar o algo así, y que como no puedes, al menos escribes sobre ella. Creen que la verás como un pedazo de carne joven, les preocupa mucho que pienses en sexo o alguien piense en sexo. Aunque el ejemplo de Swenney no está bien tirado, porque ella no tiene problemas en usar esas armas, motivo por el cual algunos la odian, algunos incluso de verdad.
Y asentimos.
–¿Queréis algo de beber, por cierto?
Negamos.
–No –dice el cowboy–, pero tengo una pregunta.
Víctor quiere saber si Carlitos conoce la iglesia, su nuevo hallazgo.
–Sí, claro que la conozco. He ido con Tania.
Tania es la pareja de Carlitos desde hace casi dos años. No viven juntos, pero les gusta esa dinámica de cada uno en su casa y, quizá, Dios en la de todos. Es una mujer de treinta y tantos, bellísima a mi parecer, y que parece algo apurada cuando nos juntamos unos cuantos, pero esencialmente es un encanto.
–La verdad es que fue idea suya. Ella es bastante creyente, o mucho, no consigo que hable de eso. Creo que piensa que me voy a burlar. No se da cuenta de hasta qué punto no soy el tipo de hace veinte años. Supongo que es un peaje que debo pagar.
–Parece que os va bien –aventura Víctor.
–Va genial, que yo sepa, sobre todo para mí… Supongo que les pasa a muchos tíos. Están con una mujer estupenda, y la pregunta les corroe: ¿cuándo se dará cuenta de que merece algo mejor?

Cuando me vuelvo a encontrar con María, parece estar parlanchina, como si hablara de lo que no hablaría con su círculo de confianza. Caminamos por el centro, y la ciudad está tan atestada que en cualquier momento alguien podría tirar de su bolso o meter la mano en mi bolsillo buscando mi móvil o la cartera. Se respira una suerte de lógica desconfiaza: esa a la que ahora llaman racismo. Bonitas políticas de quienes viven ajenos a ellas. Los que deciden, normalmente no deciden para ellos. Los políticos son la versión institucional del “Haz lo que digo, no lo que hago”.
Personas que han vivido décadas aquí en relativa paz, de repente se han convertido en furibundos racistas en la versión oficial. Y los punkis que ahora rondan los cincuenta tacos y hace treinta años componían contra la televisión, ahora son tertulianos o incluso políticos. La fantasía que se convierte en realidad que se convierte en pesadilla. Ahora gobiernan ellos, pero siguen hablando del poder y el capital, siempre hay alguien por encima de ellos. Ellos nunca son el poder.
María me pregunta si no me siento como un padre sin hijos.
–No sé qué decirte…
–Yo cada vez pienso más en mis padres, en su vida, su rutina organizada en torno a algo que no era su propio ego o placer.
Es una conversación densa, y no soy muy bueno improvisando.
–No es que ahora quiera ser madre. Precisamente lo que me preocupa es el miedo que me da eso, todo me da miedo, sólo quiero tener tiempo y dinero. Lo demás me parece demasiado, excesivo. Por un tiempo incluso me empecé a percibir como una víctima simplemente por ser mujer. Empecé a coger el autobús para trayectos que antes hacía andando completamente tranquila.
–Me cuadra…
–Me empecé a preguntar por qué tenía miedo. Y era tan sencillo como que había sido víctima de una campaña de miedo.
–Hum…
–Y el miedo se me pasó, pero ahora ha vuelto. Vivo aterrada con la posibilidad de que me pase algo y el agresor no sea blanco… La diferencia es que esta vez es un miedo propio.
Claramente tenemos una conexión mental, un motivo más para la conexión carnal, pienso yo.
–Primero el feminismo me metió miedo cuando no lo tenía, y ahora el antirracismo me condena la mitad de las veces que tengo miedo.
Un padre sin hijos. Me he quedado pensando en eso. He oído hablar bastante de eso últimamente. De la pérdida de propósito, de la cagada que es el no creer en nada, religioso o no, en nada personal, humano. Vivir así, sin cuidar de nadie realmente, sin ver crecer o aprender a nadie, sin formar una familia, sin estar cansado pero feliz; cansado pero lleno de vida, dentro de ti y a tu alrededor. Me veo pensando la manera de volver a los años sesenta. Logro decir algunas de estas cosas en voz alta. Los sesenta con sus roles pero sin su rigidez, esa clase de reflexión que hace que algunos piensen que quieres “devolver a las mujeres a la cocina”. La gente ahora lo quiere todo, carreras prestigiosas, casas bonitas, hijos, todo a la vez, lo quieren todo y lo quieren ahora, quieren vivir en los sesenta y en 2025. No quieren tener que elegir, y por supuesto no quieren pensar en la responsabilidad personal, en los pagos que van a tener que afrontar por quererlo todo. Capitalistas y anticapitalistas a la vez. Capitalistas y comunistas. Todo a la vez y más bien mal, para ellos es mejor que sólo una cosa bien hecha. Todo y al menos un viaje potente al año, dos viajes, y salir a comer, a cenar, y los niños y las niñas, y comprar las nuevas ideas, y desecharlas después, burlar sensatamente en privado la opinión bonita y el eslógan, mientras se vocea con orgullo en público. Hablar sin saber pero con convicción, la lluvia ya no es lluvia normal (eso lo sabes tú), los jóvenes ahora son fascistas, el liberalismo destruye el mundo. Tienes tus dictaduras favoritas, condenas los conflictos terribles con la boca grande o pequeña, según, no sea que alguna idea extraña manche tu perfil teóricamente virtuoso. No vayan a pensar que piensas alguna vez en lugar de mojarte, posicionarte, dedo arriba o dedo abajo. Ahora los demás son emperadores romanos antiimperialistas.

Esa noche follamos en su piso.

Empiezo a hacer las cosas de otra manera. Limpio el piso constantemente, porque ahora viene María a veces. Parece que han pasado mil años desde que aticé al gordo del bar y al heviata del curro. Pareciera que eso me ayudó a soltar lastre, a volver a ser algo parecido a una persona, como eran las personas antes. Tenían defectos y estaban sujetos a su época, pero solían tener un propósito. Ahora propósito se suele ver como sinónimo de cárcel. O de que te has vuelto loco y vas a empezar a trajinar con monedas virtuales o levantarte a las cinco de la manaña a hacer pesas. Incluso se ha puesto de moda estar gordo como una ballena para demostrar tu falta de propósito. Querer mejorar es cosa de fachas. El truco está, parecer ser, en ser facha por dentro y, de ser necesario, gilipollas por fuera. Mucha gente vio que se puso de moda ser gilipollas, y se vistieron con ese modelito durante un tiempo. Toca ser gilipollas y decir gilipolleces, ok, pero si no os importa quiero ser feliz, o al menos estar bien, no quiero ser una foca nihilista sin sentido del humor y con una colección interminable de tintes para el pelo.
Cosas de la moda, pero no hay nada más viejo que desear tu infelicidad para los demás.
Cosas de la izquierda inexplicable de los últimos años, que ha hecho que mi odio a la derecha de antaño palidezca por comparación.
Ahora no quiero cuentas con entes ideológicos cerrados. Procuro ver y escuchar a las personas. En algunos casos para amarlas o aprender de ellas; en otros casos, la mayoría, para dejarlas en paz. Y puntualmente ya veremos.
Se va produciendo una dinámica de pareja y amigos con o sin pareja. No hay niños, eso sí, no se nos puede pedir tanto. No lo pienso mucho, no lo intelectualizo, y sobre todo no lo ideologizo. Me gusta mi pareja, a la que intento no constreñir ni apabullar, y me gustan mis amigos, imperfectos y huérfanos como yo.

La sensación es que el mundo se desmorona a nuestro alrededor. Voy con María a todos lados. A veces sacamos al cowboy de su casa de madera, y hasta vemos a Carlitos, en ocasiones solo y a veces con su pareja.
Hoy, ya varias semanas después de mis arrebatos violentos, María y yo entramos en un gran centro comercial, uno nuevo, varias plantas, mucha tecnología, muchos libros y cómics. Un pequeño paraíso, y todos están aquí, como siempre: los fachas, los anticapitalistas, los punkis viejos, los cayetanos, las familias, las parejas, y hasta ese nuevo batallón de gente sola que ya hay doquier, tíos y tías de no poca edad que buscan consuelo en el siguiente libro u objeto, fetiches para llenar huecos de los que no se llenan nunca así.
Paseamos entre tiendas y todo huele bien y se ve en alta definición, no importa si es una pantalla o una dependienta. Todo lo que nos rodea es bonito, y por tanto nada es gratis. Y necesario casi nada lo es tampoco, no en un sentido estricto. Cosas del primer mundo, que se ha hecho a sí mismo generando asfalto sobre cualquier camino de tierra, real o metafórico, para poder cobrarte el peaje. Es frustrante hasta que piensas en esos países cuyos mercados alimenticios tienen siempre las baldas casi vacías.
En lo que pienso en todo eso, oigo un petardeo, parece que lejano. Y luego, gritos.
Cojo de la mano a María, miro hacia arriba, desde donde llegaba el ruido. De algún modo, desactivo una parte de mi cerebro, quizá la que se encarga de la autosupervivencia. Veo una figura con pasamontañas en el tercer piso, sujetando algo, un rifle, un Mauser, vete a saber. Y a saber de dónde lo ha sacado.
Le digo a María que se vaya corriendo, por favor. La agarro por el brazo, como si me sintiera obligado a hacer lo que voy a hacer.
–¿Qué haces? –dice ella, desconcertada por primera vez conmigo.
–Vete, por favor. Ahora mismo salgo. Vete.
Han caído ya dos cuerpos, empiezan a crecer charcos densos de sangre bajo ellos. De algún modo consigo que María se largue, y busco las escaleras mecánicas para subir. Al segundo piso. Al tercero. ¿Dónde vas?, me pregunto. ¿Qué vas a hacer?
Es un hombre solo, pienso. Un solo hombre. Lo más probable, por la forma de actuar, es que sea occidental, blanco, un caso de rabia y confusión. Un paisano.
Lo más fácil, pienso, es que ahora no sea capaz de hablar, y que le atasque cualquier palabra ajena que no sea de odio.
Habla con él como hablarías con un suicida, me digo. Eso es un asesino a veces.
Empiezo a caminar con parsimonia por la tercera planta. Ya todo el mundo debe haber salido corriendo, pero quizá los haya escondidos, paralizados por el miedo en algún rincón o ascensor.
–Eh, colega –le digo, con toda la calma que sé reunir.
Apoya el arma sobre esa sólida baranda de centro comercial familiar. Otea por la mirilla, no debe ver ya a nadie.
Estoy más cerca y digo:
–Oye, colega.
Algo me dice que si me oye hablar, no gritar, si me puede humanizar mínimamente en una interacción directa con él, no me apuntará. No será capaz. Es la primera vez que hace algo así, seguro. Posiblemente no haya matado ni insectos antes. Parece rondar los treinta.
Toma atención por fin.
Baja el arma, como si ahora le pesara mucho más.
–Oye –le digo–, ¿ya está?
Le digo:
–¿Ya está?
Por un instante pienso que se apuntará a la barbilla y se volará los sesos.
Pero deja el rifle en el suelo, como si de golpe le asqueara. Mira a su alrededor, mira hacia abajo, la zona de tiendas, la entrada. Creo que le ha dado a cuatro personas. No sé si alguna estará muerta. Quizá haya suerte y se salven todas. Quizá no.
Oigo sirenas lejanas.
El hombre se quita el pasamontañas. Es un chico. No tendrá más de veinticinco años. Tiene el pelo castaño, desordenado. Un chico guapo. Está llorando como si tuviera cinco años.

Jugar a los animales

Año 2010

Daniel tenía un gran miembro, es innegable. Simplemente quería estrenarlo. ¿Quién le podía culpar? Dieciséis añitos para diecisiete. Veintidós centímetros para veintitrés (no era tan fácil ser preciso con la regla).
Venían de vacaciones los tíos de Daniel. Agosto ardiendo. La prima de Daniel.

Sólo coincidían un par de veces al año. Calentones evidentes del joven varón. Escuchimizado, malas notas, confusión. La prima era bonita; cara pícara, muchas pecas, voluptuosa e ilegal. Pero no para Daniel.

¿Ella qué quería? Crecer, ganar dinero, prosperar. Sandeces, si preguntabas a Daniel. Claro que a él nadie le preguntaba nada. Recibía órdenes y algunas humillaciones.
Él quería lo que incomoda a los puritanos de cada época.
Tenía condones. Dos XL.
Una vez casi lo logra, una chica en una discoteca de tarde. Una paja solitaria en casa.

Un día fue a la piscina con su prima. Ella no le odiaba, parecía. Era un paso. Ella iba en biquini, los hombres la miraban, los viejos la miraban, los casados, los peligrosos y las lesbianas, aunque casi nunca había lesbianas.
Daniel sentía que debía protegerla, aunque pesara menos que la culpa de un adulto. Ella, siendo una sílfide, era más corpulenta que él.
No hay manera, pensaba. Nunca me follará, pensaba. Y mucho menos se la follaría él.

Aquella tarde en la piscina, Daniel, derrotado, decidió mentir;
Sé que esto está mal, pero te quiero.
La prima se rió de él.
Ya lo sé –dijo.
Más tarde buscaron un lugar para estar solos. Lo buscó ella. Daniel no lo podía creer. Revisó los condones en su cartera. Hacía nada que tenía cartera. Se empezaba a sentir adulto.
Se colaron en un pajar. Encendieron una bombilla polvorienta.
Daniel enseguida se puso erecto. Su prima no le daba importancia a todo esto. Daniel era su objeto. La gente no era tan intensa, a veces sólo era gente. Aunque el tamaño sorprendió a la muchacha, y decidió jugar con el miembro.
Daniel aguantó poco, ella sólo uso las manos, no vio necesarios otros métodos o viejas usanzas. La chica entró en ataque de risa ante el chorreo adolescente, que se vertió todo en el suelo. El perro de alguien se coló en el pajar, y dio buena cuenta del charco caliente.

Daniel quedó satisfecho. Daniel no quedó satisfecho. Al día siguiente la prima actuaba como si no hubiera pasado nada. Era perfectamente consciente de su poder. Antes Daniel no la quería, era verdad, pero ahora se sentía arrebatado por ella. Había algo que él no merecía pero quería con todas sus fuerzas. O al menos eso sentía. Pensó que eso debía ser el amor.
Pasearon juntos por el pueblo y compraron helados en uno de los tres bares. Se sentaron en una terraza, y Daniel miraba cómo ella lamía. Ahora toda ella era provocación consciente. Ella jugaba y ella decidía. Él llevaba los calzoncillos pegajosos. Ella le dijo:
¿Te follarías a una cabra?
¿Qué? Claro que no.
¿Y te follarías a una cabra si luego pudieras follarme a mí?
– …
Daniel consideró que era una pregunta difícil. La más difícil que le habían hecho en su vida.
Lo digo en serio –dijo la prima.
No pienso follarme a una cabra.
Si te la follas podrás hacerme lo que quieras. Por delante, por detrás…, lo que quieras.

¿No te fías de mí? Sólo lo veré yo, y no habrá ninguna prueba. Nunca lo sabrá nadie.

Daniel. Te haré lo que quieras. Me podrás hacer lo que quieras todos los días, las tres semanas hasta que me vaya. No me importa, ya lo he hecho antes.
¿Ya lo has hecho?
Claro que sí, muchas veces. El verano pasado tuve un novio, ¿no te acuerdas? Tenía veinticinco años. Lo hicimos todo.
Qué… ¿qué quiere decir todo?
Ya lo sabes, tonto, lo que tú quieres hacer.
Daniel no sabía qué pensar. Tenía claro que no tenía ganas de follarse a una cabra, pero quería follarse a su prima más que nada en el mundo.
Fue el mejor verano de su vida –dijo la prima–, no lo dudes.
Si le hubiera dicho que se comiera las heces de la cabra, quizá ya lo estaría haciendo. Pero follársela
Tienes para pensarlo todo el día de hoy. Mañana ya no estará en pie la oferta. Tú verás.

Él sabía que ella no tenía interés en hacer nada con él. Quizá no le asqueara, pero no lo deseaba como él. Había visto videos de tíos y tías haciéndolo con animales, sabía que él, si se decidía, no iba a ser el primero.
Por la noche salieron en familia, con los padres. Se sentaron en una terraza. Daniel y su prima se fueron luego por su cuenta a la feria. Compraron chucherías.
Bueno, ¿te has decidido?
Sí. No quiero hacerlo. Quiero hacerlo contigo, pero no con un animal.
Lo había pensado toda la tarde. No había manera de encajar a la cabra en la ecuación. Las personas no contaban esas cosas cuando hablaban entre risas de su vergonzoso pasado. Había cosas que no se podían convertir en un chiste, a no ser a través de la humillación. Esto no se articulaba así en la mente de Daniel, pero lo sentía en todo su ser.
¿Estás seguro? Bueno, puedes probar con una chica del pueblo, pero suerte con eso, no es que haya muchas, y no te veo yo muy ligón, perdona que te lo diga.
Me da igual. Una cabra no, eso no se hace, no puedo…
¿Una cabra no? ¿Prefieres un cerdo? ¿Una gallina…?
No, no voy a hacer eso, que no.
Bueno, tú te lo pierdes. Mi novio del año pasado lo hizo y no se murió.


¿¿Él lo hizo??
Que sííí, que lo hizo. Al principio no quería, como tú. Pero luego bien que se lo pasó conmigo, y se iba en cuatro días. No tenía tanto tiempo como tú.
La prima se empezó a reír.
Una vez se corrió tan fuerte que se cagó encima. Qué asco… Y yo se la estaba chupando, haciendo el 69. Le gustaba que me meara… en su boca y todo.
¿Él se folló a una cabra…? Eso es mentira.
No, no es mentira, te lo juro por que se mueran mis padres ahora mismo. Pero no tengo pruebas, le prometí que no habría pruebas, como a ti.
Eran las once y veintitrés de la noche. Daniel tenía que decidirse antes de las doce. Su prima iba escasa de ropa, cabreando a sus padres y atrayendo miradas, siempre mordiendo o chupando algo, chupa chups, piruletas… y se hizo con un bocadillo de salchicha en una paradita. Daniel iba con una exagerada erección, fácilmente visible si uno detenía la mirada en sus tejanos oscuros.
A las doce menos cinco dijo:
Vale. Lo hago.
¿Sí?… ¡Qué guay!
Sí, pero… Si al final no puedo…
Oye, no tienes que hacer el kamasutra con la cabra, sólo follártela.
Pero tengo que…
Sólo hay una condición. Tengo que ver cómo te corres. Pero tiene que ser cuando estés a punto. No vale dejar enseguida a la cabra y meneártela como un mandril.
Ya…
No es para tanto, tú piensa en todo lo que haremos luego.
¿Y si me arrepiento?
Pues no pasa nada. Pero no haremos nada tú y yo…

Decidieron que lo harían al día siguiente. Que lo haría él, vaya. Ella ya sabía dónde podían hacerlo. Un hombre que conocía tenía un corral, unas pocas cabras. Era ganadero, un tío de casi sesenta años, viudo.
Te cuento lo que hay –dijo la prima–. Le he prometido a Cipriano que si nos presta su corral y una cabra, me lo haré con él.

¿Qué…?
¿Te vas a follar al tío?
No le des tanta importancia, además no va aguantar un minuto, está babeando, está solo.

Está desesperado.
Me lo podrías haber contado antes…
¿Por qué? ¿Qué más te da?
No me hace mucha gracia que…
¿Que folle con él? Oye, mira… Lo dejamos y ya está. Ni la cabra ni el tiparraco ni…
Pero igual llamó a la puerta de la casa. Sabía que Daniel no iba a retractarse. Al menos aún no.

El tío tenía vacas, sobre todo, pero también tenía cinco cabras. Las tenía para producir leche, hasta les había puesto nombre. No parecía que las quisiera hacer carne. Aun así no las trataba desde luego como un urbanita a su mascota. Las cabras eran cabras, y las personas, personas.
Tenía una tele antigua y estaba atronando un espisoio de Scooby-Doo. Daniel no veía tan claro eso de trincarse a una cabra mientras Velma resolvía un caso.
El tipo los condujo al corral. Apartó a una de las rumiantes, la sacó de una cuadra.
Pues aquí tenéis. Yo me voy para dentro, no quiero saber nada.
Estaba claro que lo sabía todo. Pero quería… lo que todo el mundo quiere. Quizá no se tratase sólo del sexo, quién sabe. Hasta Daniel intuía ya que hay gente muy sola. En los pueblos y en las ciudades.
Se quedaron solos en esos diez metros cuadrados de corral, rodeados de muros de piedra. La cabra hacía sus sonidos de cabra de tanto en tanto. Esos gritos de internet. La mayoría de gente sólo ha visto cabras en el móvil.
Daniel se acariciaba la entrepierna por encima de los pantalones. Miró a la cabra, le dio por mirar luego al cielo. Lo atravesaba un avión comercial, como un mosquito metálico, muy arriba. Se le pasó su madre por la cabeza, sin saber por qué. Planchaba en su cuarto, siendo él muy pequeño. Recuerda cómo entraba la luz del sol a las cinco de la tarde. Tenía otitis, un dolor de oído quizá debido a la piscina municipal. Era feliz. Ahora no era consciente de que aún, a sus dieciséis, era demasiado joven para ser realmente infeliz. Vivía con una familia razonablemente funcional, sus padres le querían, tenía amigos en el colegio, en la ciudad, jugaba al fútbol, al baloncesto. Discurría mientras miraba el avión, su estela.
Bueno, Daniel, ¿lo haces o no…?
La prima se había subido la camiseta y se había quitado el sujetador. Le enseñaba unos pechos blancos y más grandes de lo que él pensaba; unos pezones claros, rosados y con gran aureola.
Estas serán tuyas, tú verás… Pero si no lo haces…
Se baja la camiseta y se cruza de brazos;
Me parece que me vas a decepcionar.
Daniel escuchó algo y se volvió. El tipo viejo estaba masturbándose, mirando por la ventana a la prima.
Ella se percató y volvió a levantarse la camiseta.
¡Acaba, pero ya no hacemos nada, viejo! Por ansioso.
Daniel volvió a buscar el avión con la mirada. Luego llegaría a pensar que el avión le salvó, aunque no supiera por qué.
Lo siento pero no puedo.
El tipo salpicó la ventana.
La prima se puso el sujetador y se entremetió la camiseta en los pantalones cortos. Murmuró yéndose:
Hombres…

La prima estuvo molesta el resto del día. Pero no por la perspectiva de no follarse a su primo, sino porque no se había salido con la suya. Es evidente que no estaba acostumbrada, y menos con los varones sanos en cuanto al sentido de la vista.
Por la tarde volvieron juntos a la piscina.
Sabrás que ya no vamos a hacer nada. Pero nada de nada. ¿Lo sabes, no?

Tú te lo pierdes, primito.
Daniel ya no se sentía como antes. ¿Excitado? Sí, fácilmente. Pero nada parecido a enamorado. Pensó que la cosa había terminado bien. Hubiera sido lamentable que ella se tirara a ese fulano sólo por haberles abierto la puerta de casa. ¿Él sólo tenía que hacer eso? No era justo.
Esa tarde la prima estuvo muy concentrada, mirando a su alrededor. Sabía que podía elegir, y que la posibilidad de fracasar era escasa (y aún lo sería menos en tres o cuatro años). Su primo sencillamente era demasiado pequeño; como ella pero varón; no entendía cómo funcionaban las cosas. Haces un sacrificio y obtienes una recompensa. Pero seguro que habría otro chaval, o un hombre de verdad, alguien con quien jugar a los animales. Así lo llamaba ella para sí. Le excitaba de verdad que fueran capaces de hacer algo asqueroso con tal de poder tenerla. Jugar a los animales.
Venga, alguien, seguro que había alguien.
Tíos feos, tíos mediocres, o cansados, de resaca, tíos excesivamente bronceados. Perdidos, en muchos casos. Solos, en muchos otros. Tíos casados y tíos arrejuntados. Ningún gay, probablemente; un pueblo demasiado pequeño. Quizá hubiera alguno, pero maldita sería la casualidad. Ahora muchos eran de fuera, pero en bañador no eran tan distintos. Sí había jóvenes guapos, algunos, pero eran demasiado activos, tenían novias, citas, grupos de amigos, planes, opciones, demasiadas opciones. Eso no quería decir que fuesen a pasar de ella, pero había objetivos más complicados que otros.
Pronto le echó el ojo a uno en concreto. Un chaval de unos veintipocos, casi guapo, una melena rubia, cara de lerdo. No parecía el más popular. Estaba con un grupito, puede que fuera el blanco de las bromas y las putadas. Era muy probable que estuviera desesperado, solo aunque acompañado. Un buen chico con mínimas posibilidades de pillar cacho. Puede que incluso virgen.
La prima se levantó y fue hacia él. Daniel ya apenas la volvió a ver, y sólo volvió a cruzar palabra una vez más con ella.

Dos semanas después, en fiestas, se unió a una peña: Los Colgaos. Una noche, haciendo la ronda alcohólica de local en local, visitando al resto de peñas, vio a la prima sentada en el regazo del chaval. Él parecía drogado, más allá del alcohol, drogado de ella. Se estaban morreando, lenguas a la vista. Ella era la que controlaba.
Cruzaron las miradas;
¡Primito! ¿Cómo te va la vida, colgao?
¿Quién es ese…? –dijo el chaval.
Pues mi primito, ¿quién va a ser?
Y Daniel no podía dejar de pensar que el chaval se había trincado a una cabra. Carne con carne, el orificio del animal, el pelaje… Ni siquiera sabía cómo se hacía eso, por dónde, en qué postura…
Al día siguiente decidió hacerle una visita al Cipriano. Le preguntó, le presionó. Cipriano, envalentonado y seguramente desquiciado desde hacía tiempo, le dijo que le daría la información si Daniel se dejaba hacer sexo oral.
No pienso hacer eso, pero si no dices qué ha pasao, mañana todo el pueblo sabrá a qué te dedicas con las cabras y las niñas de fuera.
Cipriano volvió a la tierra de golpe, habló y habló. Sí, la prima había vuelto hacía unos días, con un muchacho rubio, mayor que ella. Dice que él no vio mucho, pero que estuvo una media hora con la cabra, intentando ponerse erecto, con la prima desnuda por el corral. Al final el chaval lo logró: la prima sacó a Cipriano al corral y se lo tiró delante del chaval y la cabra.
Reto conseguido.
No digas nada, por favor, muchacho, que me buscas la ruina.
Daniel se fue convencido de que ese hombre se tiraba con regularidad a la cabra. Esa misma noche, con toda esa historia sucia y asquerosa de jugar a los animales, se masturbó pensando en su prima. En su poder más que en su cuerpo.

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Año 2025

Daniel pensaba que rondando los treinta ya tendría una familia. O que al menos estaría construyendo una. Una historia de moda: antes las cosas sucedían, pero ya no. Antes crecer era una certeza, ahora es una idea anticuada. Ahora la excusa suele ser la economía. Suena a excusa sólida. Es mejor que decir que no quieres cambiar pañales y dejar de ser el protagonista de tu vida. Quizá haya más narcisismo que problemas económicos, piensa Daniel. Más egoísmo. Un egoísmo natural producto de nuevas crianzas. Gente muy moderna para la que cuidar de los demás ha de ser sobre todo un trabajo remunerado.
Por amor al arte es mucho más fácil comprar una bandera de Palestina. Un hecho real y a la vez una fantasía sobre tu bondad.
Daniel vive en un cuchitril, curra en una oficina, y ha tenido tres relaciones serias (o algo así). Ahora vuelve a estar solo. Una parte de él quiere ser como sus padres; la otra quiere comprarse la dichosa bandera. Podría hacer la dos cosas, pero lo cierto es que lo de ser padre le da mucho vértigo, y lo que pasa en Palestina le puede importar más o menos lo mismo que lo que pasa en Somalia, Yemen, Nigeria, Siria… No le acaba de cuadrar esa idea de la empatía selectiva, o la proyección de un supuesto descontento personal hasta que el mundo sea un lugar razonablemente pacífico para todos. Además, si ya le da miedo la idea de tener hijos, ¿qué coño va a hacer él con el asunto de Palestina o cualquier otro?
A nadie le gusta que maten gente, o que haya terrorismo, hambre, violaciones…; pero si ser bueno consiste en jerarquizar las desgracias por moda, territorio e identidad para hacer un dibujo heroico o comprometido de tu figura anónima y carente de poder, Daniel no lo ve claro.

A veces se pregunta cómo le irá a su prima. Aunque no es tan difícil saberlo, al menos en parte. Cuando Daniel lo piensa ahora, cree que sólo había dos opciones: la prima y la tele o la prima y la política.
Ha optado por la dos, claro.
Ha llegado a lo más alto mediáticamente. Él se puede hacer una vaga idea de cómo. Empezó varias carreras, conoció a mucha gente, a muchos tíos, a algunos con influencia. A veces Daniel ve a un presentador que ha estado en la órbita de la prima, y se lo imagina intentando tener sexo con una cabra, un cerdo o una gallina.
Pero seguramente ya no se trate tanto de juegos. O sí, si recordamos que los humanos siguen siendo animales. Durante el auge del me too, acusó a dos celebridades de propasarse con ella. Ambos fulanos han desaparecido del ámbito público. Esa fue su carta de presentación a nivel nacional. De una tele local pasó a la tele pública del gobierno central. Ahora cumple con todos los requisitos de etiqueta que exige el canon de la buena persona oficial: feminista, antirracista, anticapitalista y otros tantos -istas, y ahora está también tremendamente preocupada con la situación en Gaza. Se ha teñido el pelo de Barbie desde que se revalorizó la muñeca, y participa como tertuliana en al menos tres mesas relevantes y una emisora de radio.
Daniel se imagina a veces un reencuentro con ella. La ve como una de las mujeres más peligrosas con las que puedas tratar; y es sin duda la persona más peligrosa que él ha conocido. Sigue teniendo un atractivo físico indudable, de hecho mucho más que cuando era jovencita. Se ha fraguado una carrera recorriendo el camino de la arpía oportunista. Habla en plural mayestático, en nombre de todas las mujeres, y los hombres siguen cayendo a sus pies, en esta sociedad –dice ella– que sigue siendo injusta y opresiva para con ellas.
Una tarde Daniel decide investigar ratón en mano sobre algunos asuntos del pueblo. Algunas caras conocidas. Hace años que no vuelve por allí. El pueblo es un recuerdo de la infancia, demasiado brillante, sobre todo cuando tenía diez, once, trece años. Ha logrado enterarse de que Cipriano ya murió. Preguntó cómo, pero nadie ha querido decírselo, sólo el cuándo. Es difícil no pensar que ha podido enfermar debido a ciertas prácticas, y que después no se haya tratado, y vete a saber… Daniel sólo espera que no se lo encontraran muerto en el corral con la ropa por los tobillos. Ese hombre no era trigo limpio, está claro, pero ahora es incapaz de no tenerle compasión.
Su último recuerdo nítido es el de la escena en el corral. El avión comercial, los pechos jóvenes y blancos, la negativa, el dar calabazas a la cabra, el episodio de Scooby-Doo (ha llegado a intentar buscarlo). Ahora, a los treinta, otra vez se siente ya mayor, igual que pensaba serlo ya a los dieciséis. Se pregunta si eso le pasará a todo el mundo. No saber estar nunca en el presente. El sol entrando por la ventana mientras su madre plancha y su padre hace el turno de tarde como guardia de seguridad en una joyería. El pasado es infernal, es lo peor, dicen. No recuerda haber visto infeliz nunca a su madre. A su padre lo recuerda cansado, pero nunca amargado. Daniel sigue dando golpes de ratón, buscando, intentando llegar a algo. No a una conclusión, pero al menos a una buena idea.

Cuentos de verano: El antirracista

El antirracista antes no era antirracista. Y tampoco era racista. Se crió en un hogar razonablemente tranquilo, y totalmente blanco. Un páramo caucásico frente al mar. Sus padres no le maltrataron, no tiene hermanos y aún no ha tenido ningún problema realmente grave. Tampoco se le ha muerto ningún ser querido. Nunca ha pasado hambre, desde luego, y nunca ha tenido trato de confianza con ningún extranjero (“racialiado”, como diría él, o no).
El lucrativo mundo del activismo semiprofesional llamó pronto a su puerta. Conoció a una chica la mar de concienciada. Apenas sonreía y siempre tenía cosas que decir sobre dos o tres lacras sociales. Siempre las dos o tres mismas cosas.
La muchacha, crecida en una familia pudiente y blanca como el kéfir, estaba muy cabreada con sus padres. El motivo es que eran sus padres, ella su hija, y no tenían absolutamente ningún problema reseñable. Les había ido más que bien. Un auténtico infierno para una universitaria sensible del primer mundo.

Al principio, el antirracista, cuando aún no lo era, no tenía gran interés en las proclamas de la muchacha. Le gustaba cómo su vagina joven y tersa se contraía alrededor de su miembro cuando lograban quedarse solos. Después de haber llegado al orgasmo –lo que la hacía sentirse dolorosamente hetero y del montón–, enseguida recuperaba la compostura activista. Insultaba a su padre, hombre blanco, privilegiado y hetero. Y a su madre, por haber tenido la desvergüenza de hacer cosas como parir, cocinar o sonreír.

No todo sucedió tan rápido, claro. La vida tiene sus tiempos. El antirracista era un crío más. No se sintió más extraño que nadie en la pubertad. Nunca se sintió atraído por algún amiguito, enseguida le llamaron las faldas. Nunca fue un extraño en su cuerpo. Creció viendo dibujos apropiados y anuncios libres de tabaco o ludopatía. Se aburrió a menudo durante largos veranos, comió más o menos sano, se bañó en la playa, en piscinas, en ríos, estrenó ropa con regularidad, y no tenía roces importantes con sus padres. Ni siquiera cuando empezó a salir de noche, poco antes de saborear las mieles juveniles de la superioridad moral.
Por fin una generación iba a salvar el mundo. E iba a ser la suya.
Estaba clarísimo. ¿Cómo podían no verlo los demás? Incluidos sus padres, algunos compañeros de la universidad, profesores, y toda esa gente pobre y reaccionaria, increíblemente ignorante y desagradecida.
Bueno, quizá no estaba tan convencido de todo eso. Pero le gustaba salir, hacer esos nuevos amigos, individuos cabreados, con discursos de lo más interesantes, inteligentes, siempre con los libros correctos bajo el brazo. Podías leer sobre lo rancia y profundamente estúpida que había sido la gente a lo largo de la historia. Costaba creerlo, esos patanes blancos yendo por ahí en barcos, caballos, tanques, quemando el mundo, bombardeándolo, sojuzgándolo.
Era tan claro. Prístino. Trolls contra hermosas aves multicolor. El Bien y el Mal en la Tierra.

Y la gente seguía siendo ignorante. La mayoría aún lo era. Era un tema inagotable. Con él llenaban horas de podcast. Toda una oportunidad llegada de la mayor plataforma pública. El antirracista empezó a reconocerse como tal. Antirracista, antifascista, antisionista, antimachista… Era lo lógico, era de cajón. Le encantaba cómo se estaba dibujando, cómo estaba creciendo. Esto debe ser eso que llaman “madurar”, pensaba. El mundo no era tan complicado, ¿no?, sólo estaba jodido por gente mala y egoísta.
La gente se desvinculaba de las grandes causas. Ellos no tenían un podcast, no sabían elegir los símbolos ni expresarse combativamente en la red.
Los peores eran los viejos. Los tíos viejos. Esos cerdos equidistantes, cínicos, los liberales, los fachas de derechas e incluso algunas anticuallas de la izquierda. Todos viejos y equivocados. Daba grima mirarlos, escucharlos, aguantarlos sin que se murieran de una puñetera vez.
El antirracista nunca envejecería, ni su novia. Se les arrugaría la piel y tendrían sus achaques (planes de morir no había), pero siempre serían jóvenes y luchadores, encarrilando las cosas, haciendo justicia. Y no como esos superhéroes fascistas. Haciendo justicia de verdad. Repartiendo equitativamente, derribando todas las fronteras y limando todas las diferencias. Todos de la mano, superando por fin al hombre blanco, caminando hacia un amanecer que ya había tardado demasiado en llegar.

De eso se trataba. Sólo hacia falta la voluntad para llevarlo a cabo.
El antirracista, sin embargo, se dio cuenta de algo: cada vez decía menos lo que pensaba.
Eso hizo que cada vez pensara menos.
Llegó a la conclusión de que era mejor no hacerlo. No había que escuchar las voces disonantes. Eran estúpidos o alienadas, tarados. Tenían ideas terribles interiorizadas, leían a escritores varones muertos hace dos siglos, estaban tan desviados de la verdad que no podían darse cuenta.
Fue entonces cuando surgió la vocecita. Siempre acaba surgiendo una. Puede desaparecer un tiempo, pero acaba volviendo, un taladro de punta fina en tu mollera. Hacedora de insomnio y remordimientos. Una fábrica demoníaca de perspectiva. La maldición que te hace pensar, leer libros que disienten, contrastar enfoques. Saber más para descubrir lo poco que sabes. Puro cáncer terminal para un activista.
El antirracista llevaba eso en secreto. Cuanto más procuraba no pensar y seguir las consignas correctas, más a menudo surgía la vocecita. Estaba cenando tan pancho con su novia y el grupo más concienciado de la uni, desarrollaba alguno de sus luminosos razonamientos, y ahí estaba:
Colega, ¿qué estás diciendo?
Quizá era normal tener dudas. Puede que las cosas no fueran tan sencillas, y que por eso el mundo fuera como era. Conflictos enquistados, y la terrible idea de que las cosas no siempre cambian para bien. A veces sólo cambian. ¿Llegaría el terrible día en que les darían la razón a sus padres en una sola coma?
Pero era sencillo, ¿no? Tratas bien y te tratan bien. Tienes cien y cedes cincuenta. Si tienes cincuenta, veintinco. Se trataba de que nadie se quedara atrás. Daba igual cuánta gente se juntara en el mundo, o en el mismo país, y lo diferentes que fueran. Si abrías los brazos y les acogías, ¿qué problema podía haber? ¿Qué otra cosa te podía inquietar que no fuera un impulso xenófobo o racista ante la posibilidad del bienestar de los demás?

El antirracista llevaba tiempo escuchando a los cauces de la ultraderecha decir que había un problema de inmigración ilegal. O incluso de inmigración a secas.
Ay la “ultraderecha”…
Percepciones terribles de toda esa gente tan poco preparada, tan llena de miedo, tan influenciable. Los fachas de siempre, pero también obreros, hombres y mujeres diciéndole sin complejos a reporteras que su barrio estaba jodiéndose a marchas forzadas, y que era principalmente por la inmigración descontrolada.
Declaraciones deleznables, increíblemente injustas, incomprensibles.
Ajá…
Joder… ¿Había alguna forma de librarse de esa puta voz en la cabeza? Ya era claramente invasiva, inadmisible.
¿Hola? Pero si soy tú.
No, él no odiaba a los extranjeros, ni a los inmigrantes. Era una buena persona, se preocupaba por los derechos de los demás. Estaba luchando por hacer un puto mundo mejor, ¿vale?
Vale, Braveheart.

¿Cuál era un problema de verdad grave y preocupante?
El turismo.
Blancos ricos que venían a la ciudad a…
¿A gastar dinero?
Blancos ricos y rubios, escandalosos. Ruidosos. ¡El balconing! ¿Hay que soportar de verdad a esos hooligans borrachos por nuestras calles, por nuestros barrios?
Tienes razón. Muy grave. Generan múltiples empleos y riqueza, pero el balconing, sí… y se ponen calcetines con las chanclas.
¡Exacto! Y no se puede ir a Venecia o a París, está infectado de invasores rojos como gambas. Qué asco.
En Francia están muy preocupados ahora por el turismo, sí…
¡Claro que lo están!
El turismo era muy tema, y era muy real, ciudades bellísimas colapsadas en verano. Era el auténtico problema con los extranjeros, el problema de la gente normal, de la gente con la cabeza bien amueblada. Blancos extranjeros con recursos que vienen a pasar una semana. Absolutamente insoportable.
Pensaba en todo ello mientras vaciaban una terraza llena de guiris en Barcelona. Metralletas de agua, chorros a presión que ni en Pornhub. Todas esas familias cojoneras con niños corriendo como Forrest Gump. Eso sí que era justicia social. Luego salía el dueño del restaurante y empezaba con sus soflamas capitalistas y fascistas. Pues chorrazo en toda la cara. Con el fascismo no se dialoga, al fascismo se le combate.

Eran días gloriosos, acciones en plena calle, actividades que objetivamente mejoraban el mundo. Mucho mejor que las meras manifestaciones. Era cuando mejor se lo pasaba el antirracista (si dejaba el sexo de lado), era como llamar a una puerta y correr. La versión útil. Sentía que formaba parte de algo.
Pero no estaba radicalizándose como era debido, era muy consciente de ello. Una noche vio sin parpadear una entrevista de hora y media a Juan Soto Ivars. No podía dejar de mirar. Para el grupo no era más que un fascista mediático de pelo churretoso, un valuarte claro de la extrema derecha. Y ahí estaba el antirracista, incapaz de dejar de escuchar, y cuanto más lo hacía, más humano veía a ese gran peligro para la convivencia y la democracia.
Se hubiese sentido mejor si al final del video hubiese tenido que vomitar la cena. No fue así.
Ese día la vocecita se apagó.

Quedar con el grupo era cada vez más incómodo. La ideas se daban por hechas, lo que había que pensar, lo que te tenía que cabrear, lo que tenías que aplaudir. Había multitud de medios y fuentes de información, pero sólo algunos era buenos, decían la verdad. Los otros era reaccionarios, desinformación, bulos, llamadas al odio.
Un día, al antirracista, se le ocurrió sacar cierto asunto a colación, contraviniendo claramente las normas implícitas de la conversación. Dijo que su abuela se estaba quejando de que su barrio estaba cada vez peor, que le daba miedo salir a su paseo de las tardes. La mujer hablaba de “esa gente”. Esa gente ya había cometido varios atracos, agresiones y violaciones con penetración. El antirracista no hablaba en tono de burla. La vocecita había colonizado su enfoque, aunque él controlara el tono.
Provocó un silencio sepulcral. Nadie quería seguirle el hilo, y tampoco querían llamar fascista a su abuela, aunque claramente lo fuera. ¿No? Había algo de divertido en sacar el rollo clasista ideológico. Los pijos con pasta se burlan de la ropa o las casas de los pobres, y los pijos izquierdistas de las ideas que ellos perciben insensibles y producto de la ignorancia. Pobres y encima ignorantes, “fachapobres”, idiotas que no saben ver los peligros reales, lo que está por venir. El cambio climático que están provocando con sus coches baratos y aires acondicionados; los fascistas a los que votan, los medios a los que escuchan, que les lavan el cerebro de pobre. Ellos, como activistas, sabían cómo funcionan las cosas, en las ciudades, en los pueblos, en los barrios. La gente es imbécil, no se entera de nada. Da igual las veces que se lo expliques.

El antirracista ya no decía que era antirracista. Tampoco decía que era racista, porque no lo era. Y por supuesto no podía decir: “Yo no soy racista, pero…”. Ciertas construcciones se interpretan de una sola manera, nunca en su significado neutro. El exantirracista se volcó definitivamente a escuchar otras versiones de la historia. Análisis de choques culturales, nuevos viajes al pasado para intentar explicarse el presente. Era bastante fácil separar a los cuerdos de los cantamañanas. En el fondo él sabía que nunca había conocido a un racista. Sólo llamaba racistas a aquellos que no le daban la razón. También sabía que su grupo era consciente de ello, pero esa especie de bullying ideológico, de hachazo a la conversación, era efectivo. Te ahorra tener que pensar. Eres el bueno, estás con los buenos. Punto. Las teóricas buenas personas se violentan con las explicaciones que perciben complicadas.

Poco a poco las dudas, los matices, fueron tomando forma en las cavilaciones del exantirracista y a la vez no racista. Autodenominarte antirracista era una forma de llamar racista todo el mundo. Era un modo interesante de habitar el mundo como universitario blanco acomodado. También había algo delicioso en la crítica a tu propia raza, en la culpa presente y restrospectiva. Ser bueno y consciente, “sacrificado” por encima de la media, da gustito. Claro que no se trataba de eso. No era mejor que nadie. Era un imbécil. Lo descubrió relativamente rápido. Él no quería salvar el mundo. Quería comer bien, vivir bien, vestir guay, tener amigos, y sobre todo follar, tener una novia, una follamiga, lo que fuera. En este caso era una activista boba, pero podía haber sido panadera, o una deliciosa pija de derechas.
Era todo una farsa, un descontrol emocional de chavales jóvenes expuestos a la política no en su forma administrativa, sino como moda con la que posicionarse (“lo personal es político”). No en la izquierda o la derecha, que también, sino en la jerarquía de ganancias potenciales y follabilidad.
Encontrar a un activista profesional que desee que las cosas mejoren, es como encontrar un unicornio dando por el culo a Sailor Moon. Cuando abres un negocio, no quieres vender tu mercancía un mes o dos y luego retirarte al campo a comer bayas. Quieres que tu negocio se perpetúe; a ser posible que crezca. Quieres chupar bien de la teta pública; y una buena forma ahora, es contar el cuento de terror del capitalismo blanco.
El exantirracista empezó a escribir un diario. Ni siquiera se atrevía a abrirse un blog, y mucho menos a compartir sus ideas en redes sociales. Era un caudal interno, uno nuevo, lo sentía como agua fresca, cristalina. Ni siquiera pensaba en términos de verdad o razón: sólo intentaba entender.

Surgió una noticia. El exantirracista ya sabía que empezaba a resultar sospechoso en su grupo. Claramente los medios de la extrema derecha le estaban sorbiendo el seso. O quizá había hecho amigos pijos, un par de “cayetanos” que le estaban confundiendo, llenándole la cabeza de pájaros liberales. En el grupo no cabía ni remotamente la posibilidad de que ciertas ideas se pudieran poner en entredicho.
La noticia era que un chico negro había apuñalado hasta la muerte a un conocido activista blanco cercano a Black Lives Matter en Nueva York. Todo delante de su novia (también blanca y activista), que se apoyaba de espaldas a la pared y se llevaba las manos a la boca. Todo grabado por la cámara de algún comercio. Toda la secuencia nocturna; el intento de atraco, el ademán aparente de intentar dialogar con el atracador por parte del atracado, y enseguida las seis puñaladas y el posterior registro de bolsillos.
La novia compareció al día siguiente y dijo que esperaba una “investigación ética” en el marco del respeto a la comunidad negra, que estaba segura de que el asesino de su pareja era una persona necesitada, y que ya la había perdonando.
El exantirracista siguió la noticia con interés. Había algo turbio como nunca había visto en todo el asunto. Incluso en esas circunstancias, la primera declaración de la activista, ya bastante entera apenas unas horas después de los sucedido, era sobre la raza.
Se empezó a hacer muchas preguntas al respecto, no sobre la raza, sino sobre la obsesión con la raza. En eso los antirracistas ya superaban en número a los racistas. Algo bueno, se podría pensar, excepto que el antirracismo ya formaba parte de una industria, y para la mayoría de activistas sería mucho, mucho más difícil ganar dinero en el ámbito privado. Ese ámbito plagado de gente corriente, ni racistas ni antirracistas, sólo paisanos que compartían espacio sin problemas con inmigrantes, en negocios, terrazas, parques… y que si acaso sólo se quejaban del aumento de delitos, debidos a la carencia de gestión política de la inmigración, y no desde luego al color de piel de nadie. Había factores culturales, choques religiosos, explicaciones complicadas de las que ponen nerviosas a las buenas personas.

Ese enfoque destrozaba la utopía del mundo feliz por carencia de fronteras. Todo eso podía envenenar tu imagen por asociación. ¿En quién narices te habías convertido?, ¿en Trump? Dentro de la lógica de los packs ideológicos (tan exitosos como la Coca-Cola), si eras crítico con la política de fronteras abiertas, seguramente también eras –además de racista y xenófobo– machista, homófobo, y un gilipollas que agarraba a las mujeres por el coño en las fiestas.

Todo va junto, sucede a la vez. El tiempo es una ilusión, dicen algunos. El exantirracista, curiosamente, había sido el segundo en salir disparado del grupo. Le dejó su novia y durante un tiempo caminó solo por los pasillos de la universidad. Marcado. Era sospechoso de todos los crímenes de la humanidad. Ahora funciona así. Eres parte de la solución o parte del problema.
El primero que se fue del grupo, bastante pronto en realidad, era un chico caribeño. “Racializado”, entró como un cohete a formar parte de las filas de los más sensibles y concienciados. Se enrolló con una de las chicas, y por unos meses todo fue a pedir de boca.
Claro, un día salió el tema de la inmigración. O más bien él decidió hablar sobre ello. Resulta que el chico no quería delincuentes en el país, y menos aún extranjeros, porque le jodían la imagen a él y a los suyos. Por si fuera poco, había vivido en Estados Unidos, y dijo que Obama había deportado a más gente que Trump. Que incluso Biden había deportado a más gente que Trump… Así que no entendía muy bien ese pavor que les provocaba el rollo de las deportaciones con Trump.
Una auténtica bomba.
Le ignoraron gradualmente. En su calidad de “racializado”, no le podían dar la patada de una sola vez. Cuando entendió por fin, fue cuando su cachonda novia blanca le dio puerta.

El exantirracista no recordaba haber sido muy duro con él, aunque desde luego le había retirado la palabra. El racismo de los antirracistas es un fenómeno poco comentado. Cuando consideran racista a alguien “racializado”, son incluso capaces de lanzar insultos racistas contra él. Es como si los hubieran ido acumulando, y por fin tuvieran una ocasión de soltarlos.
El odio suele ser un motor primordial para los activistas. El exantirracista lo fue descubriendo en su periodo de marginalidad. Las personas a las que insultan los antirracistas, los compañeros “díscolos”, los tíos de la calle, los obreros, los “cuñados”, albergan mucho menos odio, suelen ser más inteligentes, y a diferencia de un antirracista, no suelen ser racistas en absoluto.

El fin del periodo universitario coincidió con uno de esos días aciagos. El antirracista había sido no racista, antirracista, y ahora… no sabía lo que era. De hecho se parecía bastante al chico que entró en primero. No odiaba a nadie, no tenía nada muy claro y no sabía muy bien qué hacer. Su periodo de más crispación, odio y confrontación por las razas y los “colectivos”, fue con el grupo activista. Una época que había durado dos años, y durante la cual se pasaba el tiempo detectando “racializados” por la calle, mirando con desconfianza a los blancos, envidiando a los currelas sentados comiéndose el bocadillo con árabes, latinos o negros. Estaba cabreado, inquieto, y hablaba como si su país fuera Estados Unidos.
Una pedrada impresionante, pensó luego. Pero tuvo suerte, se salió de ahí. No era una secta suicida, pero sin duda un suicidio de neuronas. Hay gente que ya no sale de esas dinámicas, él lo sabía. Algunos llegan a ganar pasta con eso, y no con un simple podcast: acaban en la tele nacional. O en política. Antirracismo, nuevos feminismos, fanatismos cuquis patrocinados.
La profesión de ser bueno.
Pasó los últimos días de universidad confraternizando otra vez con el chico caribeño, y con algunos frikis de los videjuegos y el anime. Cercanos al mundo youtuber, alguno tenía cierta inclinación quizá demasiado liberal (era difícil no acabar tronado por confrontación en la universidad). Al menos parecían tener los pies más en la tierra, no estaban cabreados todo el día, y no pensaban que J. K. Rowling fuese la materialización del Diablo, entre otras chorradas de TikTok por el estilo.
Hubo una ceremonia de graduación, el típico paripé peliculero al aire libre. Parecía mentira que aquellos años hubieran tenido que ver con estudiar. Aquí se cursaban carreras de Humanides, de todas formas. Quizá eso fue parte del problema. Quienes estudiaban de verdad seguramente no tenían tiempo ni ganas de jerarquizar tonos de marrón. Las mentes de ciencias, no digamos los estudiantes de Economía, parecían tener más contacto con el mundo real. No estaban para pamplinas, “colectivos”, banderas o siglas identificativas. Sabían que se les consideraba en parte los malos, pero les daba igual, porque ellos sí estaban aprendiendo el idioma universal.
Por desgracia para eso había que esforzarse. Y mucho. Era más guay ser buena persona. O al menos pasar por una.
Esos futuros inversores, empresarios o economistas, no estaban presentes. El exantirracista estaba rodeado de los próximos profesores de secundaria. La perspectiva daba bastante miedo.

En el césped y ante un pequeño escenario con un atril, acabó esta etapa vital. Sillas de madera ocupadas por padres y tutores legales. Aunque aquí era todo “padres y madres”, “alumnos y alumnas”, “profesores y profesoras”. Nadie desaprovechaba la oportunidad de pisotear la economía del lenguaje, lo cual no era más que otra economía que odiaban. Además ayudaba a rellenar discurso y dejaba clara tu posición en el espectro ideológico: eras de los buenos. Y las buenas. Palabras como alumnado o profesorado acababan demasiado en o, asumió el exantirracista, que nunca llegó a hablar del todo ese idioma virtuoso de los escollos.
Hubo una crisis, claro. Un día feliz era un día perdido: blancos sonrientes regodeándose en su blancura privilegiada. Una alumna lo debió percibir así, porque, desde el atril, interrumpió su discurso sobre lo importante que era detener el avance de la ultraderecha, para exigir una silla o asiento o cojín para un perro (¿él no merecía esas comodidades?). Y también agua, porque obviamente –decía ella– el animal estaba deshidratado. No podía creer que en una universidad que “se las daba de sensible a los problemas de todos, todas y todes”, estas cosas se descuidaran de un modo tan flagrante.
La chica había conseguido lo que quería en realidad: ser la protagonista del día. El perro era su excusa. O eso pensó el exantirracista. Y no solo él, porque algún padre se atrevió a reír o incluso verbalizar en voz alta que la muchacha debía estar borracha. La ceremonia no era larga, era ella la que la estaba alargando. Era absurdo, pero alguien se puso a buscar al menos agua para el perro de aguas de los padres de alguien, que además decían que no pasaba nada, el bicho estaba dormitando y perfectamente bien.
–¿Qué está pasando? –cuchicheó el padre del exantirracista a su lado.
–Aquí las cosas funcionan así, papá. Las chicas quieren ser el centro de atención, y los chicos quieren tener sexo con las chicas. Es lo de siempre. Sólo han cambiado las herramientas para lograr los objetivos.
Una señora con sobrepeso, una bedel, trajo un bebedero lleno de agua para Rufi. Así se llamaba el chucho, un encantador peluche blanco que se desperezó, olió el agua, dio dos lametazos y pasó olímpicamente del asunto.
Por fin la licenciada del atril sonrió como una villana de Disney Channel, y la ceremonia pudo seguir su curso. El perrito gustó de dar luego algunos lametazos más al agua, porque ahora la ceremonia sí se estaba alargando.
Llegaba prácticamente el final del mundo, decía, y era por los excesos de los años ochenta y noventa, la gente vieja, la gente del pasado, estúpidos echando humo con sus vehículos y lanzando mierda al cielo con sus barcos y criando vacas para que se tiraran pedos. No lo decía así, hablaba en Escollo, si se puede acuñar un nuevo idioma. El exantirracista sonrió para sí ante la idea. Hombres malos y mujeres víctimas, decía la muchacha, la causa trans, decía, la farsa de la biología, la esclavitud de la ciencia, el fascismo de los youtubers, el porno maligno, la prostitución, el fútbol, los deportes competitivos, la mala distribución de los patios en los colegios, el heterpatriarcado multitentáculos, la mala comida, el cine normalizador de violencias, los dibujos animados, Quentin Tarantino, Elon Musk, el demoniaco trumpismo, la invasión de campos de golf, los científicos ricos locos, los terraplanistas, los Burguer King, la gente que come carne…
–¿A esta chica le gusta algo? –susurró el padre del exantirracista.
Y se empezó a oír un chillido, un lamento perruno. El perro de aguas tenía espasmos en el suelo. Quizá era porque no le habían traído una silla, murmuró alguien. La gente empezó a tomar atención por el imprevisto. El discurso se detuvo. Se notaba cierto alivio en el ambiente, aunque el perro hubiera enfermado claramente. Uno de los profesores cogió el bebedero y lanzó el agua. Lo olió y arrugo el ceño. Llamó a la bebel. Estuvieron hablando unos minutos, mientras los dueños del perro atendían a Rufi.

La gente llevaba rato puesta en pie. La chica del atril se tapaba la cara con las manos, en posición de espera.
Pronto corrió la noticia.
Rufi había muerto.
Ni siquiera dio tiempo a prisas ni carreras.

Luego se sabría que la bedel, nerviosa perdida ante las exigencias de la chica licenciada, y quizá sabiéndose culpable de un montón de calamidades climáticas como miembro de la generación X, trajo el primer trasto que pilló y lo llenó de agua con una manguera que se utilizaba para regar un rosal concreto del campus. Parece ser que algunos cacharros tenían costras resecas de cierto limpiador de piscina altamente tóxico.
O quizá la maligna mujer fan de Nirvana había echado algo expresamente en el agua, lo que parecía más que poco probable.
Se armó la marimorena.
Los dueños del perro rompieron a gimotear. El hijo de los adultos que llevaban al perro, subió al escenario a confrontar a la chica. Nadie oía lo que decía, pero ella gritó:
–¡¡Era especismo!!
La madre del muchacho se llegó hasta el escenario y la moñeó. La cogió del pelo y pegó un tirón hasta desequilibrarla. Luego siguió tirando, arrastrándola. La gente estaba pasmada, pero todos sabían perfectamente lo que había ocurrido. Podías abroncar a los adultos, pero no engañarlos; aguantaban tus bravuconadas, incluso disfrazadas de activismo. Sonreían cuando desdoblabas el lenguaje y fingían que tú sabías mejor que ellos cómo funcionaba el mundo. Pero lo cierto, pensó el exantirracista, es que sólo podías intentar controlar los detalles, como asegurar la integridad de tu perro.
Sólo detalles.

Lograron separar a la madre de la licenciada, que lloraba desconsolada, no por haber provocado indirectamente la muerte de un perro (a nadie en su sano juicio se le ocurría culpar a la bedel), aunque eso no le hiciese gracia, sino porque le había salido el tiro por la culata. El plan era disimular la verdad, como casi siempre; en este caso, que ella era una ignorante, una persona a medio cocer que solía insultar e intentar humillar a gente mucho más inteligente y exitosa que ella.
Pero en lugar de eso se había cargado a un perro.
La última imagen: su padre llevándola del brazo hasta el coche familiar, conducido por un chofer. Un Jeep Grand Cherokee. La licenciada entrando al asiento de atrás birrete en mano. Se oye algo que le pregunta su madre:
–Hija, ¿no te sentaría bien volver a pensar lo que piensas?

Celebración acabada. Además acabó para todos. Recogieron el perro, las sillas, el escenario, y dejaron el lugar sólo para los bichos y el sol.
Media hora después, se activaron los aspersores.

Cuentos de verano: El periodista

El periodista suele tener suerte. Se le ha acusado de tener un discurso sesgado, pero oye, ¿quién no lo tiene? Una carrera llevadera, un periodo de rebotar de aquí para allá, y por fin, el oscuro objeto de deseo: la tele pública nacional. Y una mujer joven, claro. No una cualquiera, o sí, pero una cualquiera con ambición. Ni periodista, ni política, ni empresaria, ni por supuesto relacionada con las profesiones de verdad, en las que abunda la gente seria, esos elitistas creídos, yonquis de la meritocracia.
El periodista sabe que los contactos son vitales, son lo que cuenta. Los méritos son como un buen libro: se puede quedar metido en un cajón para siempre.
Él está dispuesto a ser el contacto para ella. A varios niveles. No es que sea tonto; sabe que ella es idiota perdida, compradora compulsiva de modas, completamente irritante, altruista de boquilla, obscenamente desinformada, analfabeta total para cualquier tema mínimamente complejo. Una combinación letal de ignorancia supina y confianza absoluta. El periodista cree que ha de ser cosa de los espejos. Ella se mira y acaba seriamente convencida. El uso más obvio de la autosexualización, mientras critica la sexualización de otras, por supuesto. La muy imbécil no tiene ni idea de nada, pero conoce los atajos a salvo de principios. Es una cuestión de actitud. Puedes ser el protagonista sin ningún tipo de esfuerzo previo. Vas a una cafetería abarrotada, pides tu café, vuelcas la mesa y gritas que el mundo se acaba, y voilá: protagonista. No hace falta nada más. Los mecanismos de la fama son sencillos. Sólo necesitas un contacto.
Y ahí llegó el periodista, con un objetivo y la entrepierna bien cargada. El sexo linda con la fama y el dinero. Un clásico que raramente falla.

Si te vas un tiempo atrás, ahí tienes al periodista, tumbado cada noche antes de dormir, pasando reels y peinando el TikTok de la “furcia-activista”, como él la llama para sí. Todo culo y tetas, mirando a cámara con ojos de bizcocho relleno de chocolate. Y tuitea, obviamente, muy punky ella. “Claro que la izquierda es superior moralmente”, “Yo la chupo, y qué pasa”, “Harta de niñatos sexualizándome por internet”, “Son naturales, os jodéis”, “Que todos los tíos hetero sois unos violadores en potencia, es evidente”…
Una auténtica creadora de contenido.
El periodista tuvo sus dudas. Él es un tío tirando a feo, como casi todos, sobre todo con la edad. Pero enseguida entendió que ella obviaría eso. Hay elementos de mucho más peso. La fama, sí, pero sobre todo la PASTA. Ya había logrado tener un programa matinal, propaganda para el gobierno. Esta vez toca izquierda. Ya se sabe, cuantos más impuestos, mejor país. Siempre funciona. O no siempre, pero qué coño importa eso. El periodista sabe que lo suyo es atenerse al relato. Sólo puedes ahorrar de verdad si ganas pasta gansa, al menos durante un periodo de tu vida. Lo ideal, y él lo sabe, sería una dictadura blanda, o dura, qué más da, mientras él forme parte de la plantilla. Las vidas de lujo se suelen construir así. El periodista no ha hecho las reglas. No hace falta que tu discurso sea sofisticado, sólo hay que saber cuándo levantar la voz. Ahí fue cuando se le encendió la bombilla.
Una tetona lerda total con tres millones de seguidores en TikTok, una auténtica exprimidora de semen joven (y adulto). No muy guapa en realidad, maquillada siempre con la pistola de Homer, pero con un cuerpo explosivo, de los que hacen perder la cabeza al varón hetero mínimamente saludable. Es una cuestión de contexto y exposición. Tu novio, tu marido, un par de copas, el lugar adecuado… Se la tirarían como monos chutados de adrenalina. Nueve de cada diez.
Y el periodista no es la excepción.
Ya estaba en el tren de la pasta. Ahora quería también a la chica; ya tiene cincuenta palos, se la merece. Está harto de tías intelectualoides que se creen especiales por andar amargadas y no llevar escote o un vestido jamás.
Ahora quiere a la gran guarra y estúpida, sexo a lo Sade, el tiempo que dure. Dos años, tres, cinco, lo que sea. Se lo merece, joder. Puede venderse, y a su profesión, pero nadie le va a arrebatar el Gran Polvo.

El enchufe funciona, y ahí está, cada día en tertulias y debates políticos, como tres cabezas que te hablan, dos con jugosos pezones y una tercera con boca y relato. No es buena para convencer, de hecho apenas sabe hablar y provoca un tremendo rechazo, pero da audiencia. Sólo ha tenido que succionar el agradecido miembro del periodista hasta dejarle con cara de bobo baboso. Ahora son pareja. Él la mantiene en la pantalla de todas las teles del país, y ella a cambio le hace lo único que sabe hacer.
Se presentan como la vanguardia del feminismo y el socialismo. Auténticos guardianes de la verdad, un muro de contención contra los bulos. La pasta gansa fluye, rico dinero público, de nadie, no tienen que mirarle a nadie a los ojos.
Auténticos soldados contra el fascismo acechante.

La chica es pura burla para su profesión (la del periodista), para la política, la propaganda, el sentido común y el buen gusto. Pero el periodista sabía que mucha gente la apoyaría. Y lo hacen, porque hay mucha, mucha gente muy lerda, votantes futbolizados, y porque ella habla el “idioma del pueblo”. Es una cuestión de militancia. Ella sólo sabe eslóganes, como cualquier buen retrasado mental forjado de ignorancia y emociones a flor de piel. Pero esos eslóganes tienen una fuerza popular muy difícil de contrarrestar en un debate. La mayoría de explicaciones bien razonadas requieren de tiempo y alguien que te escuche. Justo las dos cosas que menos abundan.
Es como intentar debatir con un terraplanista.
El verano es el mejor momento para el periodista. Ambos van a la playa, ella se pasea en tanga de un lado a otro, se mete en el agua, hace sus monerías de chica Bond versión porno. No hay como saber que por la noche vas a tener sexo sucio con una chica Bimbo de veinticinco años que cree estar oprimida en 2025. O eso piensa el periodista.
Es tremendo cómo uno se puede acostumbrar a mentir ante las cámaras. Y quizá a veces digas la verdad. Lo importante es que eso no importa. Importa lo contante y sonante, lo tocable, como tener una de esas tetas gordas en la boca mientras la putilla hipócrita te monta, pidiéndote pícaramente y en voz alta que la violes después de haber dado esa misma tarde las estadísticas (falseadas) por violación en España.
Hay momentos peores, está claro, como cuando a la chica le da por hablar de política con él. Y él tiene que fingir –sin que nadie les vea– que ella tiene recursos, opiniones sólidas, preocupación por los más necesitados. Nadie dijo que el camino hacia el Gran Polvo fuera fácil.
Ni siquiera recuerda ya el periodista cuáles eran sus opiniones reales sobre las cosas. Cuando era joven era bastante competitivo, algo que ahora se considera de lo más problemático en sus círculos. También recuerda su primer polvete, una chica con una cicatriz realmente fea en la cara. Se la estuvo beneficiando durante meses, hasta que encontró a una intacta.
Su entorno era vagamente de izquierdas, más bien apolítico, gente con problemas reales. Hace muchos años que no tiene contacto con esa gente. Ahora se dedica a protegerla, que es lo que da pasta de verdad. O no a protegerla, sino a decir que la protege. Jamás podría ser bombero, por ejemplo, ni mucho menos policía o militar, lo que estaría muy mal visto también en su entorno inmediato. Si hicieras un mapa de calor basándote en la hipocresía, la pasta la encontrarías donde la cosa está que arde. Políticos listillos, activistas mediáticos, periodistas “comprometidos”… El dinero de verdad –nada de calderilla– se decide y reparte en reuniones discretas entre espabilados cuyos principios murieron con el milenio. Personas con dos caras que ríete tú del Doctor Jekyll.
Muchos fingen que desconocen eso.
Siempre le ha fascinado al periodista el aguante de la gente. Cada vez que sale del estudio, piensa que alguien vendrá y le pegará un puñetazo en la boca… A veces lo desea; presentar al día siguiente con media cara como una berenjena, decir que un ultra de la extrema derecha le ha agredido de forma totalmente gratuita. Pero no hay manera; por mucho que llames fascista a la gente, por mucho que les llames racistas o machistas; por mucho que les insultes, reposadamente o a gritos, nunca se convierten en todo eso. Siguen siendo paisanos y paisanas irritantemente dignos, aguantando tu jeto de piedra cada día, viral tras viral, aunque les señales como el malo del presente, el pasado y el futuro. Es fascinante.

Las tareas de un periodista cambian. A veces hay que ayudar a hacer un mundo más puro y recatado, con cierto tufillo islámico (la nueva sensación), y a veces hay que exigir libertad, biquinis y sexo en la playa. Todo depende de la deriva del relato.
Es la versión de la realidad de los medios. Pura fantasía ético-moral de reconstrucción o distorsión de los hechos. Nunca ha sido tan fácil informarse, y nunca tan difícil informarse bien. A veces, piensa el periodista, tienes que esperar a que alguien te cuente la verdad grabando con su móvil. Si eso te interesa, al menos, si es que no tienes un duro. Si tienes dinero, ¿qué cojones importa la verdad? La realidad es un problema para quien tiene que lidiar con ella.
Incluso las personas realmente privilegiadas, sin embargo, han de andarse con ojo.
A la tonta del bote le gusta mucho follar en lugares públicos, por ejemplo. El periodista no lo haría, pero es cuando más cachonda se pone ella, cuando cuando más guarra se vuelve y más fuerte se corre.
Tienen un hueco favorito entre rocas junto a una cala siempre llena de bañistas. Basta que alguien vaya por ahí de paseo, y podría encontrarse a la tertuliana de moda meándose en la boca del Che con Iphone.
La enchufada a lo grande, que frente a las cámaras es toda una monja posmoderna, en privado suelta todo lo que tiene. Le pone cachonda que la puedan pillar, y de paso arrastrar al presentador estrella de las mañanas.
No estarían haciendo nada malo, ¿o sí?, pero la vergüenza es moneda corriente, y ahora más que nunca.
Los rumores han pasado de moda. Ahora te graban la cara y la voz justo mientras haces eso que dices que nunca haces. La tecnología ha vuelto la realidad más cómoda, pero también más cruel, conectada como para volverte loco.
¿Si una tertuliana lerda defeca en el pecho de un periodista de éxito a sueldo del gobierno, pero no hay nadie para verlo, qué sucede exactamente?
La historia está llena de árboles que se caen sin que nadie los vea.

Hay dos formas de hacerte famoso: hacerlo muy bien o hacerlo muy mal. Desde hace tiempo abunda la gente que pugna por hacerse un hueco en la segunda categoría. Es cierto que es más fácil hacerlo muy mal que hacerlo muy bien, pero también es verdad que en ese grupo hay mucha más competencia. Ser un auténtico capullo, un comeculos de políticos y poderosos, no tiene ningún mérito. Necesitas esa chispa de gilipollas definitivo, ese razonamiento que bordea la subnormalidad, tal y como se usaba el término en los años sesenta. Debes demostrar que casi no sabes leer, que no entiendes bien los números, los símbolos, que no tienes remota idea de historia, y que tu única herramienta es el eslogan. Puedes parecer una buena persona, pero como un bebé o un perro, a ser posible eliminando el encanto de estos. Si eres hombre, ayuda tener un físico extraño, fácil de recordar, y si eres mujer puedes optar entre eso o la sexualización evidente.
Como sea, si ya has logrado la fama, tarde o temprano los grupos editoriales importantes acudirán a ti. Van a querer un libro, con tu jeta en la portada y tu nombre. Claro que la mayoría de gente ni sabe ni quiere escribir un libro. No hay problema, la editorial te pondra el juntaletras, algún escritor frustrado que necesita llenar la alacena. Así que el negro de turno, talentoso pero pobre como una rata, se reunirá contigo, quizá habléis o te grabe. Intentará convertir tu vida, por patética o aburrida que sea, en algo merecedor de varias generosas tiradas y pingües ventas.
La tertuliana boba acaba teniendo a su propio negro. Un chaval de treinta y pocos, dispuesto y amable. Se han reunido ya varias veces, el periodista desconfía algo de todo ese rollo tan jodidamente educado. Lo más cerca que debe haber estado ese tío de follar de verdad, habrá sido alguna novia de larga duración que se pregunta si hacerle un mamada a un hombre es una treta del heteropatriarcado. Al periodista no le cabe duda de que si el tontaina tiene una sola oportunidad, se la meterá a la tertuliana como si le cronometraran.
En el libro la muy lerda se presenta como la víctima empoderada feminista definitiva. Frágil pero a la vez fuerte, feliz pero llorando sin parar. Sumamente tolerante, pero molestándole casi todo y casi todos. Pretende, por supuesto, ser un ejemplo para las niñas, porque dice que han tenido muy pocos referentes femeninos. Al parecer ella les va a enseñar a triunfar chillando y quejándose cada día sin falta. La fórmula femenina del éxito.
Dispersión ideológica, contradicción como norma, gilipolleces modernas y fotos exquisitas. El periodista se conoce todo el proceso. Él publicó su propio libro. Tampoco lo escribió él, pero era, en teoría, un apasionante viaje por su niñez, juventud y madurez, hasta convertirse en el referente que es hoy. Premiado dentro de su empresa y saludado como una de las más lúcidas y templadas plumas de la profesión.
No fue muy bien.
La tertuliana es más ambiciosa. Se lo toma en serio, como si de verdad se hubiera convertido en escritora. Es como una ricachona que se emociona viendo cómo la mujer del servicio le cambia los pañales a su hijo.
El periodista se pregunta si fue buena idea formalizar tanto la relación. Tras unos meses viviendo juntos, la tontaina ya se cree Lady Di. Por lo menos no parece que quiera ser madre. Tiene ese rollo antifamilia nuclear de los veintitantos. Es exactamente el tipo de tía que a los cuarenta, perdido parte de su capital sexual, está sola y se pregunta dónde están los hombres buenos. El periodista ha visto ya decenas de casos así. Y una vocecita le dice que puede pasarle lo mismo a él.
Una cosa es cierta: esta chica no es para el largo plazo, ni siquiera para el medio plazo. Esta chica es un juguete de Navidad, y él un niño ansioso. No tardará en ver algo más brillante, dejar de lado a esta mentecata, e intentar alcanzar la nueva luz con las manos.
Y así repetirá la jugada, hasta que ya ninguna quiera probar un poco de la buena vida. Al menos con él.

La bobainas, aunque parezca mentira cuando la oyes hablar, tiene nombre propio, una pequeña dosis de pasado, recuerdos, e incluso personas que la quieren. Una de las grandes maldiciones de la modernidad, es la optimización de la deshumanización del prójimo (que ella, por cierto, practica algremente), pero también la autodeshumanización, que ha unido a la tontaina y el periodista. Han aceptado que miles de personas les consideren pura basura mediática, mientras les defienden perfiles militantes a los que ellos desprecian y siempre querrán lejos.
La práctica de instrumentalizar colectivos por intereses políticos y económicos, ha fabricado nuevos monstruos, figuras que insisten en invocar las desgracias del siglo XX (los clásicos de la deshumanización), casi deseando que vuelvan, y que la gente no piense en el potencial del siglo XXI.
El periodista a veces se da miedo, se siente humano, como si volviera a tener quince años, proyección de futuro, esperanza, cosas terribles que sentir, cosas que pueden destruir a un adulto. Planes, ilusión, sueños (Dios santo…), buenas intenciones… Ese chaval acabó cuando la carrera musical de Chumbawamba. Lo dejó atrás igual que la guitarra eléctrica que le regalaron de crío. Igual que a la chica marcada, la cultura del videoclip y la canción del verano. Ahora a veces escucha de refilón a Len, Steal My Sunshine, y sonríe, como si esa canción fuera lo único que queda, su último centímetro de humanidad.
Le queda menos de la mitad de su vida. Lo ha probado más o menos todo. Ahora, casi cada noche, folla como el yonqui se mete heroína. Duro, agarrando a la tertuliana como una muñeca de trapo, entre especial y especial sobre “masculinidad tóxica” o “malos hábitos de los jóvenes varones con el porno”. Modelando una realidad en abstracto mientras vive la suya, encarnada y enrojecida. No pocos han puesto en entredicho su relación, hablando de la diferencia de edad, su “poder” como varón pastoso y el posible interés de la tertuliana, ajeno a una atracción honesta. Hay algunas cosas que no saben. El periodista podría remover con su miembro una sopa para veinte. El periodista no habla mucho en privado, no es exigente fuera del ámbito sexual, es una persona completamente distinta a la del “hombre deconstruido” y preocupado que frunce el ceño cada mañana en plató.
La realidad para él es el cuadro de Dorian Gray, donde se va deteriorando mientras el tío de la tele se vuelve más y más virtuoso, al menos dentro de esos parámetros ideológicos sólo razonables para los acríticos militantes.
Pero hay muchos, mucha gente dispuesta a comprar la máquina de ejercicios engañabobos de la teletienda. Su versión político-social.
¿Qué es él, se pregunta, sino un presentador de teletienda?

La cosa se empieza a torcer visiblemente cuando la tertuliana mónguer se hace un canal de Youtube.
En su video de presentación comenta que sufre mucho. Dice tener un 120 de CI, y que eso le supone un problema grave por exceso de empatía. No puede soportar las injusticias, por pequeñas que sean. Sufre un dolor casi físico viendo informativos o sus fotos favoritas de bombardeos en Gaza. Los perros o gatos abandonados le joden el día. Dice haber rescatado animales y acudido a llamadas de socorro de amigas con ataques de ansiedad por culpa de hombres. El mundo es un lugar horrible para ella, insoportable, porque el resto de gente es insensible a las desgracias, pero ella no puede pasarlas por alto. Carga con los males de todos quiera o no, dice tener “ecoansiedad” y un miedo atroz al “avance de la ultraderecha en Europa”. Asegura no ir sola por la calle sea la hora que sea, aterrada por la posibilidad de los piropos masculinos o alguna terrible violación en manada.
Llora al minuto cinco de video, incapaz de contenerse, procurando no estropearse el maquillaje. Los hipidos hacen que sus tetas asomen aún más sobre el top negro. Es todo un espectáculo, piensa el periodista, una especie de performance voluntaria descontrolada: la versión para “suscriptores premium de entre toda su audiencia televisiva. Los que quieren aún más de ella, tendrán un video semanal en su canal: Strong Carla.
Consigue veinte mil suscriptores de una tacada. Al quinto día desactiva los comentarios.
En el segundo video, habla de los deleznables comentarios que le dejaron en el primero. Auténtico odio “machista”. Habla de todo lo que tienen que sufrir día a día las mujeres, siempre en plural mayestático. Habla de “todo el trabajo que aún queda por hacer”, y de que el canal se le ha llenado de ultras de la extrema derecha, que era lo último que ella quería. Dedica diez minutos a un comentario que la acusa de “follamoros”. El resto, unos veinte minutos, gira en torno a sus tetas, que al parecer le han estado robando el protagonismo todo este tiempo; cosa que ella no sabía, asegura, porque tiene todo el derecho a vestir como le dé la gana. Esta vez el top es rojo, se le marcan claramente los pezones; la palabra woman serigrafiada.
En el tercer video habla del segundo video. Es increíble, asegura, lo que hay que aguantar sólo por ser mujer. Dice que su pareja, el periodista, no tiene que soportar esta avalancha de “masculinidad frágil”. Ya no desactiva los comentarios; el periodista asume que ella sabe que los comentarios van a ser su único contenido. Ella se muestra, la gente se ríe de ella, ella se enfada, la gente se ríe más, ella llora, etcétera.
A partir del séptimo video, empieza a hacer directos. Cada viernes por la tarde, Strong Carla en Twitch, comentando la actualidad social y política. Llama a sus “seguidoras” (siempre en femenino): “Ardillitas”.
En el primer directo enseña objetos, algunos con valor sentimental real, intenta describirlos, explicar su historia. El periodista lo ve desde otra habitación. Empieza a sentirse realmente mal por ella. Ve que parece intentar abrirse de verdad, mostrar algo auténtico, hablar desde sí misma. Es doloroso de ver. Es imposible. Surgen comentarios de burla a chorros, pura inercia imparable. Es mucho más que demasiado tarde para lograr que la persona, sea como sea, se imponga ya al personaje. El juego rentable era que la odiaran, y ese es el final del juego.

El periodista decide cortar. Ya no sabe cómo hacer una lectura cínico-placentera de la relación. El sexo funciona, funciona de narices, pero ambos saben –ella también, supone él– que, despojado del resto de capas que fortalecen las relaciones, sólo es o bien un juguete, o una palanca para abrir cajas fuertes.
El periodista conoce relaciones serias con diferencia de edad, y él no se siente como Hugh Hefner con una rubia de veinte añitos del brazo. Pero todo el mundo entiende lo que hay, cómo se construyen los edificios sólidos versus cuando sólo quieres una tienda de campaña para meter mano a Laurita.
Nadie esperaba que el fin de semana de camping durase para siempre.
Un año y siete meses. No está mal. Un buen puñado de polvos, que él recuerde. Lo malo es que no va a ser tan fácil encontrar a otra tan dispuesta. La tertuliana era capaz de deletrear c-o-n-c-u-b-i-n-a-t-o con la boca llena de orina del periodista.

La tertuliana nota algo en la presentación de las tertulias, bajo su nombre ya no pone “Analista política”, sino “Activista”.
El periodista se muestra algo distante. Parece cavilar algo desde hace días. Sólo es el mismo de siempre follando, culeando como un desesperado, corriéndose con esa cara límite de quien no sabes si disfruta o se ha dislocado el hombro. Se pegan y se insultan como siempre, y él se deja humillar con la sumisión total habitual. Lo cierto es que se han sido fieles el uno al otro; ambos lo saben. No todos pueden decir lo mismo, piensa el periodista. Hay dignidad en ello. Puede que no sea la relación más ejemplar, pero ha sido una sola relación, sin actores secundarios, sin una divorciada con ganas de marcha o un profesor de yoga “femilisto”.
El periodista decide hacerlo en una fiesta. ¿Por qué no? Piensa que ella ya lo sospecha. No la cree capaz de montar un numerito con gente pija delante, gente con móviles y ganas, unas ganas enormes de que le pase algo malo o vergonzoso a alguien que no sea ellos.
Es una fiesta en alto. Una amplia azotea preparada para recibir a los ricos más horriblemente bronceados y obscenamente forrados del país. Al menos un puñado de ellos. Ejecutivos, mandamases, algunas celebridades, algún actor y algunos de los llamados “pijoprogres”, casi todos emparejados, buscando lo que sea menos sentido o sensibilidad. Lo habitual en los círculos del presentador.
Hombres y mujeres maduros, y de vez en cuando alguna chica joven que está follando a cambio de pasta con algún famoso y sin embargo no es puta. En el caso del presentador, es tertuliana. O “Activista”. ¿Eso es un peldaño por encima o por debajo? El periodista no lo tiene claro.
También hay algunos miembros del “colectivo”. Los mismos jerifantes que antes se reían de ellos, ahora los utilizan como bandera mientras se ríen de ellos. Hasta les han promocionado literalmente una bandera, para que entiendan cómo funciona el percal cuando empiezas a estar integrado. “Conoce tu lugar, maricón”, parecen decir.
Curiosamente muchos están encantados con esa filosofía de corral. Guetización ideológica en favor de la normalización. Un plan adecuado para la revitalización de las inercias políticas. Darle algo de fuerza a la homofobia (que andaba de capa caída) fortaleciendo los códigos identitarios. Basta con decir lo necesaria que es la Cabalgata del Orgullo cada año, y todo va sobre raíles. O eso piensa el periodista. La mascotización del marica, como un perrito trayéndole las zapatillas al político de turno.
Qué monada.
Cuando llegan a la fiesta, todo son murmullos. Apesta a final complicado, piensa el periodista. Quizá no sea buena idea hacerlo ahora, pero está decidido. Pimero un par de copas o tres, beber con buen ritmo. Es mejor que ella no beba más que él. El alcohol podría envalentonarla. Hay un par de barras, los camareros van de blanco, las camareras casi desnudas. El anfitrión es un youtuber de izquierdas, uno de los pocos relevantes. Ha conseguido llegar alto en el ámbito público. Un buen alumno, piensa el periodista, un capullín más tonto que un zapato, pero todo energía y clichés humanitarios; mucho dar voces, mucho enarbolar a los dictadores demoniacos, las mujeres violadas y los niños muertos correctos. Parcialidad potencialmente rentable, siempre que no lo intentes en el ámbito privado.
El chaval les da la bienvenida. La verdad es que están entre las caras más conocidas, suelen ser bien recibidos en todos los saraos, a la gente le sigue impresionando la fama, no importa cómo la hayas conseguido.
La tertuliana lleva un vestido blanco con escote corazón; todo rebosa y grita sexo, un desbordamiento mamario (natural, es verdad) como carta de presentación y no te atrevas a mirar, mamón.
Su presencia es la más estridente, desde el maquillaje tipo cara de pastel, pasando por el vestido con minifalda y hasta llegar a los zapatos de tacón de aguja. Todo curvas y puterío alegre que contrasta con su cara de malfollada en el papel de oprimida de profesión. A muchos ricos les gustan las modelos tendentes al estilo Auschwitz; chicas también con mala cara, pero debido al hambre y la confusión. El periodista prefiere el estilo pelota antiestrés: buenas tetas, buenas caderas y buen culo. Agarre y juventud. Ya tuvo sus raciones de piel y hueso. Ahora piensa en agenciarse a una buena latina, una chica tierna y voluptuosa que esté poco interesada en el mundo de las ideas modernas por conocer de primera mano el comunismo. Una billetera bien nutrida a cambio de mil polvos.
–Oye –dice la tertuliana–, ¿qué te pasa?
–Nada, ¿qué me pasa?
–A ti te pasa algo…
Pasan demasiadas cosas, piensa el periodista, ese es el problema. Hace seis meses que tendría que haber hecho esto, antes de que se enraizara. Ahora tiene su ático lleno de trastos de la putilla; cachivaches de moda y maquillaje, libros de autoayuda, dos armarios llenos de sus trapitos, potes por todos lados, dos máquinas de ejercicios (una cinta de correr y una bici estática), agua embotellada de una marca rara (no quiere beber otra) y una nevera (hay dos) llena de intentos de veganismo frustrados.
Imagínate lo que va a ser eso. Ella yendo y viniendo para llevarse cajas. Desmaquillada (cuando se enfada no se maquilla), lo que la hace parecer una luna enferma de ojos minúsculos y boca de buzón. El drama, más fingido o menos, puede ser insoportable. Ella ya se ve en el tren del dinero, la bendición del braguetazo, el paso mediático natural de la tonta chillona a la tonta chillona con pasta. Pero ahora tendrá que seguir sin él.
–Vamos a tomar algo –dice el periodista.
Los cócteles tienen nombres de mujeres relevantes de la historia. Puedes tomar un Marie-Curie (tequila con jugo de lima y menta) o ponerte pedo a base de chupitos Rosa Parks (tequila solo, por alguna razón). Otro vacuo gesto del anfitrión sobre el que tiene un video en su canal. La mitad del planeta como minoría. A algunos tíos se les hizo la boca agua hace ocho o nueve años, cuando vieron la posibilidad de presentarse como la excepción entre los bárbaros varones. Bastaba con sacrificar una buena parte de dignidad, y quizá lograran unas braguitas como trofeo. El periodista sabe que algunos lo lograron, al menos durante un tiempo. Luego la cosa empezó a oler. El “aliado” empezó a resultar incluso más patético que el currante de toda la vida al que ahora se acusaba de “privilegiado”. Ya es casi mejor parecer un “cuñado” que un “aliado”. Era un juego de odio identitario, no podía ser tan sencillo para un hombre librarse de la quema.
Aun así algunos insistieron. No les importaba, no tenían “masculinidad frágil”, ya les podían llamar aliados o huelebragas. Ellos serían especiales. Siguen sentados con la caña de pescar, pacientes, vigilantes, como dueños de videoclub empecinados. Ni siquiera las denuncias a algunos de sus iguales por acoso sexual, les arredra.
El anfitrión es uno de ellos. El periodista lo fue, por supuesto, aunque se bajó rápido de ese barco. A veces toca hacer un especial sobre el varón blanco de mediana edad como villano definitivo, pero es capaz de capear el temporal.
Su mente no para de divagar. Hay un par de fotógrafos dando vueltas, uniendo a grupitos para inmortalizar el momento. Cuando les toca a ellos, la tertuliana y el periodista procuran poner buena cara. Ella sonríe; no está acostumbrada, le sale una mueca de cabrona de telenovela. Pero saca culo y pecho, y sabe que con eso basta. El poder más controvertido de reconocer en la actualidad, quizá un nuevo tabú: el poder sexual de las mujeres. Que no se relaciona sólo con el sexo, obviamente, y que sólo encuentra su equivalente masculino en diez o doce tíos famosos en todo el mundo. Brad Pitt, puede, algún jovencito asiático, el pesado de Pedro Pascal, y poco más.
–Mira –dice el periodista, que ya no puede más–, tú sabes que esto ya no funciona, ¿no?
Una pequeña pausa.
–¿Me vas a dejar…?
Es como si hubiera recibido una carta del banco con malas noticias.
En Navidad se empeñó en llevarle a la casa de sus padres. En fin de año fueron a algo parecido a una reunión de swingers. Ni siquiera participaron. Los padres de él están muertos, lo que es un alivio para el periodista. Les echa de menos, pero a veces es una bendición que no puedan verle, en la tele, en la realidad o en sueños. No es creyente, tampoco, así que no está preocupado.
–Sí, quiero dejarlo… Lo siento.
–Eres un hijo de puta…
No grita, pero su expresión casi puede asomar a través del maquillaje.
–Eres un hijo de puta. Me has utilizado. Hijo de puta…
–No, bonita. He dejado que tú me utilices a mí. No te enteras de nada, cariño.
Me has utilizado.
–¿Puedes no gritar?
–Me has utilizado, cerdo.
–Ahora estarías en la calle si no fuera por mí, idiota de los cojones.
–Me has utilizado, me has hecho perrerías…
Empieza a llorar. Es difícil saber si actúa o qué siente en realidad. Ambos están atrapados en la ambigüedad desde hace mucho. La verdad es un fenómeno burdo y poco rentable del mundo real. Algo accidental.
–Te voy a denunciar, hijo de puta. Tengo marcas por todo el cuerpo.
¿La víctima nace o se hace?, se pregunta el periodista.
–He grabado cada polvo que hemos echado en casa, atontada. ¿Te pensabas que iba dejar eso al azar?
Un móvil bien colocado, el viejo, perfecto para ciertos menesteres aún. La tertuliana diciendo todo tipo de barbaridades. Cabalgando un día, por ejemplo, mientras hablaba de la envidia que le tenía a esa “marrana” de “la manada”, que esa tía se lo había pasado teta, “la muy guarra”. Una colección de perlas a la altura. Una crónica sobre el feminismo mediático en la intimidad.
–¡Es mentira!
–Denúnciame y lo sabrás…
–¡¡Es mentira!!
–A lo mejor hasta te beneficia, ni siquiera sé si es legal, pero todos lo verán, de eso me encargo yo, no te preocupes.
–Hijo de puta…
Ya todos miran, claro.
Fuera música.
Y algunos graban.
El periodista se decide por uno de los móviles, como si fuera su cámara de todos los días.
–Chicos, no sé qué va a pasar a partir de ahora, pero sólo quiero daros un consejo. Uno importante, ¿vale?: Siempre que folléis, GRABADLO TODO.
La tertuliana llora y grita, derrengada, sentada patéticamente en el suelo. Una señora intenta levantarla con el brazo derecho, en el izquierdo tiene un chihuahua.
La tontaina no se quiere poner de pie, quizá porque está afectada de verdad o quizá porque la graban unas quince personas. Esto podría ayudarla a acumular otro buen montón de pasta, una gira por los platós mejor pagados, un impulso evidente para su libro, una explosión histérica de ridiculez social e ideológica convertida en otra sustanciosa lluvia de billetes.
El periodista se queda mirando la escena, esperando ver cómo resuelve ella su teatrillo.
La mujer tira de ella, y el chihuahua se escapa de su otro brazo. La tertuliana se zafa, y su culazo de novia porno se estrella contra el suelo justo cuando el chihuahua pasaba por debajo.

Se han oído crujir algunos huesos. El perrillo tiembla, deforme, aplastado, emite ruidos punzantes, gorgorea, un momento terrible. La tertuliana, desesperada (corre peligro el plan de explotar su ruptura), intenta hacerle el boca-morro a animal. Algunos han dejado de grabar. Otros no pueden dejar de hacerlo, pasmados. Al menos dos personas han ido a vomitar lo más cerca que han podido de algún lavabo. Alguien toma la determinación de envolver en una toalla al chihuahua y correr hacia el ascensor.

La presentadora, rubia de mediana edad, atractiva, la reina de las tardes, dice:
–Esta preciosa criatura que ven en sus pantallas, es Tipi.
Tipi es un chihuahua y parece un chihuahua. Resulta relajante la mera realidad no tener uno y no oírle ladrar.
O eso piensa el periodista.
–Pasaron tres horas desde el accidente y hasta que le atendió un veterinario para eutanasiarle.
Un pequeño “oooh” apenado del público. Puro espíritu de magazine de tarde.
–Hoy tenemos con nosotros a…
Sí, la tertuliana ha conseguido igualmente su gira por los platós. Más odiada si cabe que antes, pero también con más resonancia, más memes, más ruido. Nada positivo, pero todo de lo más rentable.
–Buenas tardes, Susana.
Se ha puesto el vestido verde. El periodista la vio alguna vez con él. Han pasado casi tres semanas. Es su primera comparecencia después de usar su culo para algo distinto a la autoexplotación sexual.
Por la tele parece más de lo que es, ella, toda ella. Parece alguien. Aunque sea alguien ridículo, infame.
Quizá yo no sea mejor, piensa el periodista. Justo en el mismo instante, Lupita, a la que conoció hace unos días (limpia en casa de unos vecinos, una pareja, la mar de progres ellos), le practica una lenta y delicadísima mamada. A Lupita no le interesa batir récords, sólo vive el momento. Tiene diecinueve años, una fantasía chocolateada. Unos pechos de ensueño, exuberantes, curvas naturales hacia la cintura y un culo proporcionado. La generosa guitarra latina.
–Ya pedí perdón a la baronesa, y lo vuelvo a hacer.
La extertuliana llora desconsolada en la tele. Puro empoderamiento otra vez.
–Soy animalista, y lo que sucedió es lo peor que me ha pasado en la vida.
–Bueno, lo peor será para el perrito, digo yo –interrumpe una colaboradora; pelo rojo, corto, cara de arpía, una versión de la extertuliana con treinta años más.
–¡Eso es injusto!
Parten la pantalla, se ven distintas imágenes pixeladas de Tipi espachurrado en la fiesta pija. Da para preguntarse qué pensaría Passolini de todo el asunto. De todo este siglo.
El periodista se corre en la boca de Lupita. Piensa si los vecinos sabrán algo. Quizá también se tire al tipo; tiene perfil de “aliado”. Ciudadanos de bien. Viven de derechas y votan izquierdas. Lujos del primer mundo. Lupita sonríe mientras se limpia la cara con el dorso de la mano derecha. Una “fachilla” huida del comunismo rampante con el que fantasea parte del Occidente capitalista.
La extertuliana mira a cámara y dice:
–Señora baronesa. Le juro que nunca quise hacer daño a Tipi. Tipi me encantaba, usted lo sabe, sus ojitos, su… era un perrito muy cariñoso. Espero que usted se reponga pronto del disgusto, y también del susto que ha tenido con su salud… Nada más.
El periodista se incorpora. El pene una trompa aún supurante; la ropa por los tobillos.
Lupita va a salir del piso, pero se detiene. Hay ruido fuera.
–Sal cuando quieras, bonita. Me da igual lo que piensen. Hace mucho que me da igual.

Cuentos de verano: El político

Año 2025. El político decide adelantarse a la familia. Se lleva su toalla y el parasol, se extiende crema solar. Se tumba. Puede que incluso dormite un rato. La playa queda a tiro de piedra del apartamento. No siempre se duerme bien de noche con una vieja vacaburra que en tiempos fue tu luminosa mujer; o dos niñas y un varón que se parece tanto a ti que dan ganas de sacrificarlo.
La niñas son su tesoro, eso sí, un motivo sólido para hacer el bien, el mal o lo que se tercie. Labores de padre.
El chavalín tenía no sé qué deberes veraniegos del cole, o quizá la tarea diaria de algún cuaderno vacacional infernal (idea de la madre). La mediana lidiaba con un chicle de melón en el pelo (pegado por ella misma). La mayor está ensimismada, atrapada entre los dieciséis y los diecisiete años. El político teme por un embarazo prematuro a manos de algún chaval vagamente conocido, hijo de algún colega. Algún mastuerzo en torno a los veinte con tendencia a babear por lo nuevo y terso, por lo no excesivamente manoseado. Quién les puede culpar, piensa el político. En cualquier caso, si dicho chaval acaba existiendo, una paliza controlada es una forma clásica y efectiva de hacerle reflexionar. Lo del médico abortista para la niña es cosa chupada.

El político gestiona la típica preocupación. Alguien le podría reconocer. Aunque él no es lo que se dice una gran celebridad. Es casi un soldado raso, uno muy bien pagado, cabe decir. La política tiene varios cauces para crecer económicamente. La gente no es tan tonta, ya sabe cómo funcionan las cosas. De vez en cuando ponen el grito en el cielo, se tiran de los pelos durante unos días. Pero la opinión general de los medios y círculos sociales más respetados, es que el pago de impuestos sin límite necesariamente definido ha de ser la nueva religión. Los que se atreven a monitorizar el proceso, han de ser ultraliberales que quieren que tu abuela muera a causa de un sistema rígido de sanidad privada. Banqueros disfrazados de médicos.
–Lo cierto es que la gente es una enorme fuente de cuantiosos ingresos asegurada. –Eso le dijo al político una vez su mentor–. Ni los negocios, ni la abogacía, ni las ventas ni, por supuesto, la medicina o la enseñanza. La gente. La gente es el mejor negocio para los tipos sencillos como nosotros. Siempre pagan, y a menudo incluso te apoyan. Te aplauden por permitirles que te llenen el bolsillo. La gente, amigo mío. Procura meterte y mantenerte en ese negocio.
La política es el negocio de la gente. Eso es lo primero que aprendió el político. A veces no es fácil, eso sí, es un tira y afloja, hay algunos rebeldes que no quieren pagar; los pretenciosos, los empresarios malos (¡id a por ellos!), u otros espabilados que se marchan del país para pagar menos y a políticos –dicen ellos– más honrados.
Pero lo cierto es que la inmensa mayoría paga, con más o menos gusto. Se trata de apelar a sus emociones básicas, hablarles del escenario ideal que proporcionan los impuestos. Tu abuelita seguirá viva, en las carreteras te mueres de gusto; los parques, los colegios, los carriles bici, el tendido eléctrico, los bancos multicolor para sentarte a ver ancianos jugando a la petanca… Un paraíso proporcionado por la sagrada declaración de la renta.
Así es como hay que hablar al populacho. Quien no sonríe de oreja a oreja pagando, es porque está en contra de ese paraíso, porque son insensibles, egoístas, sociópatas trajeados que odian a tu abuelita.
Y funciona. Funciona que te cagas. La pasta circula de narices, el flujo nunca cesa, y el político ahora respira relajado, solo, agradecido a ese mundo mullido y fresco sobre el papel, lleno de gente sensible y profundamente desorientada. El paraíso existe gracias a ellos, aunque no sea para ellos.

A veces, eso sí, hay que mezclarse con ellos. La enorme, inabastable dignidad de la pobreza, empieza a rodearle. Algunas familias y grupos comienzan a tomar posiciones en la arena. El político echa un vistazo, espera que sus gafas de sol no le desvelen como brillante piel de camuflaje.
Tías viejas gordas y señores fofos y demacrados; parejas más jóvenes, ellas casi siempre follables, ellos con cara de bobos; algún grupo de jovencitos, a menudo fibrados y deseosos de lucirse; y algún grupo de chicas, quizá crucen alguna mirada con los chavales, puede que esta noche algunos forniquen como conejos universitarios. El político les envidia un poco, claro, aunque él también echa sus canitas al aire. Joder que sí. El sexo suele andar cerca del dinero.
Hay una gran variedad de chicas para el político, él las cataloga: las agradecidas, las serias pero increíblemente buenorras, las profesionales, las legales (por los pelos), las guarras, las risotas, incluso las meonas y cagonas… Un pequeño ejército de mujeres jóvenes que se mueven por elección propia entre colegas y colaboradores. Y claro, los hay que prefieren a los chicos… Nada nuevo bajo el sol. Y a veces, sólo de vez en cuando, una “caramelo”. Chicas de los catorce o quince hasta los diecisiete, que quizá sepan o no lo que hacen, pero están dispuestas.
El político sabe que algunos compañeros también gustan de explorar el terreno aún más infantil, pero la verdad es que eso a él le llama poco. Los que hacen eso arriesgan demasiado. Un colega lo llama: el terreno de los “dibujos matinales”. Les suele dar igual un niño que una niña. Por supuesto todo por la vía de la trata de personas. Hay multitud de gente perdida en el mundo, y todos tienen algo que dar.

Esta es mi gente, piensa el político. Sentido de propiedad. Es una zona pija de la costa, pero hay de todo. La mayoría son mansos y serviciales, pero seguro que hay algunos rebeldes, esos egoístas insensibles, vigilantes fiscalizadores. Empollones económicos que siguen usando la calculadora después de los veinte años. Espabilados de derechas, en su mayoría, aunque cada vez más desencantados de izquierdas también. Los pobres siempre sienten esa necesidad de ubicarse en el espectro de las etiquetas. Las coleccionan como las únicas condecoraciones (invisibles) que van a llevarse a la tumba. Antes al menos había soldados por estos pastos. Héroes de guerra, pobres también, pero con historias que contar, con medallas producto de la experiencia cruda y directa.
Ahora solo hay nietos y bisnietos de soldados, pimpollos nunca maduros y pijas de nacimiento, crecimiento y muerte. Les han construido un mundo relativamente pacífico, muchísimo más vivible de lo esperable. Pero no les basta. Desagradecidos de todo signo. Guerrilleros de lejos e inofensivos y pusilánimes de cuerpo presente. Creen que los políticos son todos unos hijos de puta.
–Los políticos –le dijo su mentor– estamos entre los pocos que sabemos de verdad cómo funciona el mundo; cómo es la gente según el contexto y la oportunidad. No es nihilismo, es sencillamente el irrefutable mundo material. No se puede negar el mundo material.
También es probable que haya algún periodista presente, ahora –con suerte– desmotivado y fuera de servicio. Los que logran tener presencia nacional, no son más que otra clase de políticos. Son la clase alta del chofer de un ministro o la muchacha que le limpia la casa.
A veces son pura y directamente putas, una versión indigna. Putas de lujo, aunque a menudo con menos límites y condiciones que una puta de lujo. Y como ellas, ganan un pastizal. Algunos más que ellas, claro. El periodismo era tan obviamente corruptible que ya ni siquiera se disimula. Propagandistas con verborrea pútrida e invasiva de tertuliano del corazón veinticuatro horas en la tele pública. Puro contenido engañaviejas, increíblemente efectivo. Tanto que a ningún poderoso le importa que se le vea el cartón desde la Luna. Funciona, piensa el político, así que, como dijo algún sabio, ya os pueden dar por el culo cien neandertales.

La tranquilidad total dura poco. La familia está de vuelta. La vacaburra, el crío inquietante y las dos niñas, no por queridas menos porculeras.
La mujer del político sabe de sobras que el político folla por ahí habitualmente, quizá a veces con niñas, menores en plena pubertad. Posiblemente haya contribuido a la muerte de alguna “manzana podrida”. Puede que haya frito a hostias a alguna mujer más de una vez, o la haya asesinado y mandado enterrar en algún vasto terreno de la piel de toro.
Nunca se sabe.
Hay pastillas para ella, inventadas para personas como ella, para que te dé todo lo mismo. Tiene hijos, tiene vida de rica, tiene un piso que no se lo salta un torero, una casa grande y blanca con piscina, y un apartamento fastuoso en la playa. Incluso un yate que apenas usan. Quizá ir drogada es el precio que se paga por la holgura, por los coches bonitos, el servicio, los terrenos, la cuenta bancaria inagotable. Ella sabe que esas cosas pueden durar para siempre, excepto cuando no lo hacen. Todo lo que su marido ha construido como otro Fausto más, podría desmoronarse de un día para otro. Hay gente con apenas dinero, con una vida paupérrima, limitada por todos los flancos, que está dispuesta a investigar. Suele ser gente que quiere para los demás lo mismo que tienen ellos: nada.
Nada como no tener nada para ser una persona ejemplar. Raro acceso a decisiones complicadas, a tentaciones serias, a placeres de reyes a cambio de un principio o dos. Ser bueno suele depender de un número.
El político observa a su hija mediana. La madre le ha pegado un tijeretazo grotesco al chicle de melón. Ahora la niña parece una loca con permisividad para el machismo islámico. La mayor mira su móvil, desesperada, parece siempre a punto de llorar. El político a menudo ha temido que la muy boba se suicide. Lo hacen bastante a esas edades. La mayoría de veces por chorradas, roces en redes sociales, fotos que les causan desagrado, chavales que prometen amor para poder mojar, paridas, memeces de fan que persigue estrellas pop que ahora ni siquiera son buenos artistas.
–Lucía.
–…
–Lucía, qué te pasa…
–…
–Qué miras ahí…
–Papá, ¿puedes dejarme en paz?
El político sabe que su hija será una auténtica pija insoportable. También cuando tenga treinta, cuarenta años. No sabe si una pija como las de toda la vida o, Dios no lo quiera, una pija izquierdista con aires de salvadora planetaria. En los círculos de izquierdas encuentras auténticas aberraciones, personalidades que parecen pedir a gritos la combustión espontanea a modo de eutanasia divina. Son la versión obscenamente hipócrita de los pijos de derechas.

Algunas personas aminoran el paso cuando ven al político tras sus gafas de sol, con su barrigón y rodeado del cuadro familiar. El pequeño ha empezado a cavar un agujero en la arena. Parece un niño corriente, pero al político siempre le ha dado mala espina. Podría ser un auténtico demonio cuando crezca. O aún peor, podría escoger un camino templado de éxito, quizá como escritor o algo así; avergonzarse de su padre, convertirse en uno de esos elementos de la farándula que parecen tan positivos, cuando en realidad viven exactamente igual que todo el mundo, tendiendo hacia lo liberal, cuidando su propiedad privada, dejándose de hostias a la hora de la verdad. Como ese actor que hizo una campaña a favor de la okupación, y cuando le ocuparon una propiedad a él, preparó pasamontañas, fue con tres colegas armados con bates, y echó a los okupas a palo limpio de su bonita casa.
Pasa todo el tiempo. Todos montan el escaparate de su personalidad. No es que quieran parecer pacíficos, quieren parecer buenos, virtuosos, concienciados. Patrañas, si preguntas al político. Cuando lo aterrizas todo, cuando te centras en los hechos y no en toda la palabrería abstracta, sólo quedan personas. Personas que quieren cosas. A ser posible que les sobren cosas. Que haya margen, margen suficiente para estar tranquilos. Si no hay cosas, no sobrevives, si no hay cosas, no llega el amor. Si no hay cosas, no hay manera de salir adelante.
La torre es una preciosidad de diseño y color, pero los cimientos están hechos de putas cosas. Que se pueden tocar, o meter en cajas, acumular, alquilar, vender, cambiar.
–Acumula cosas, amigo, ten cosas, ten propiedades, ten donde estar, donde sentarte o ejercitarte, con que protegerte. Útiles, inútiles, caprichos, recuerdos, banalidades, fruslerías. Llena una o dos casas de cosas, compañero, hazme caso.
El político tiene un grato recuerdo de su mentor. Pese a todo. Le pillaron hace cinco años buena parte de esas cosas. Su ordenador estaba repleto de material pedófilo. Colores pastel por todas partes, fotos y videos capaces de hacer vomitar a Ted Bundy. Adultos hechos y derechos sudando con criaturas que iban desde bebés hasta niños y niñas de seis, siete años. No más. El mentor, pues, era también un violador de la peor calaña. Lo que hace dudar a veces al político sobre su querencia por acumular cosas. ¿Eso acabó incluyendo también experiencias, dolores dulces, placeres perversos?
Se pregunta cómo debe ser la vida de un pederasta en la cárcel. Nunca ha ido a verle, a veces se siente culpable por ello. El político se analiza a sí mismo y, dado que ha conocido más casos (no investigados) de pederastas con poder, se pregunta si él sería capaz de excitarse con infantes. Alguna vez ha visto parte de ese material, y ha sentido náuseas. Algún colega llegó a preocuparse al respecto. No, el político no quería saber nada de todo eso, ni siquiera para chivarse. Luego tu nombre acaba por todas partes asociado a esa basura, y la gente se confunde echando hostias.
Ha llegado a sospechar que, si no tiene estómago para eso, tampoco podría llegar a presidente, o al menos a ministro de cartera.

No es que el político crea que todos los políticos de peso son unos pervertidos psicópatas de ese calibre, pero sí podrían ser capaces de actos parecidos o equivalentes, de esa catadura moral. Como político debes saber cuán bajo estás dispuesto a caer; eso podría determinar lo alto que puedas llegar. Nuestro político se sentiría más tranquilo si al menos viendo esas fotos repugnantes, esos videos, le diera la risa o algo así. Lo comentaría con algún tarado de esos y podría decir algo tipo:
–Cómo os pasáis. Sois de lo que no hay, ja ja.
–¿Sí, verdad?
Como si fuera guay destruir personalmente vidas desde la raíz, pero el político prefiriera jugar al poker online.
La mayor sigue enganchada al móvil, cabreada porque no ve un carajo con el sol, el maldito brillo de la vida real. Amargada, cabreada, deprimida, hermética. Es imposible saber si le ha pasado algo grave o es una chorrada más. Quizá tenga la regla, pero cualquiera le pregunta. No sabes si sólo está enrabietada o planea cortarse las venas en el amplio jacuzzi del apartamento. Tiene el sentido del humor de Tony Montana. Ahora encima todo es jodidamente emocional, mucho más que antes. Hace que los críos sean aún más hostiables que en los ochenta o noventa, y ahora para colmo no se les puede tocar.
Son receptores de un torrente de advertencias extremadamente bobas sobre equilibrio sentimental y “salud mental”, de pajas ideológicas sobre lo jodidos que están por poder comer caliente y dormir bajo techo todos los días. Por vivir en lugares razonablemente seguros. Por tener una familia mejor o peor. Por tener hermanos, regalos en Navidad, en el santo, en el cumpleaños, o por haber aprobado algún puñetero “examen importante” que sus padres saben no significará nada a medio plazo. Seguridad, amor, calor en invierno, aire acondicionado en verano, tiempo libre a raudales, consolas carísimas, ordenadores diversos, plataformas digitales, Ipads, maquillaje, cámaras, el canal de youtube, los bailes para TikTok, todas las oportunidades habidas y por haber para que puedan hacer literalmente lo que quieran… Al parecer, un auténtico infierno para estas zorras infantiles y este Damien que cualquier día les rebanará el cuello mientras duermen.
–Lucía…
–…
–Lucía.
–…
Lucía levanta la mano derecha lentamente, sin dejar de mirar el móvil, y le saca el dedo medio a su padre.
–…
Cuando baja el baja el brazo, el político, calmo y con la mejor dicción, le dice:
–Lucía, no me mires si no quieres, pero escúchame bien: Quiero que comprendas que no tienes salida. Ni la tienes ni la vas a tener. Lo tienes todo y eso no significa nada para ti, y no lo va a hacer jamás. En parte por culpa mía y de tu madre, pero ahora eso ya es lo de menos. No hay vuelta atrás, hija. Eres una niña desgraciada, vas a ser una chica desgraciada, y después serás una mujer desgraciada. Sólo me sabe mal ya por los tíos que se crucen contigo, porque estoy convencido de que puedes destruir a cualquiera. Te miro y solo veo un pozo sin fondo de mierda oscura y maloliente, con muy buen aspecto, eso sí. Tengo colegas viejos que harían cosas innombrables contigo. Puedes encontrarlos en mi agenda, sé que me revisas los papeles buscando billetes o tarjetas. Espero que te fijes muy bien en tu madre, porque tu caso va a ser aún mucho peor. Ella te parecerá una adulta infeliz y desgraciada, ¿no? Pues dudo que tú llegues a su edad, porque si algún día te miras en el espejo y logras ver a través del maquillaje, te vas a querer matar para no tener que volver a mirar la asquerosidad inmunda de persona que eres.
El político se levanta de la toalla mientras deja ir el aire, como si acabara de echar una gran cagada. Aliviado, un asomo de sonrisa.

Quién sabe, piensa, puede ser que haya funcionado. Nunca nadie le ha hablado así. No puede zarandearla ni pegarle una bofetada. Incluso gritarle estaría mal visto. Así que ha probado algo distinto.
Su hija mediana se llama Tiara. Por algún dibujo animado, no lo recuerda bien. Tiara es una niñata, pero aún es dulce y no tiene problemas para demostrar o verbalizar amor. Es sin duda la favorita del político. Ahora se va adentrando en el agua, la vista puesta en ella y su mujer. Cuando ha firmado o destruido papeles, el político pensaba en Tiara. Cuando ha negociado sonriente y bajo cuerda con auténticos hijos de perra que pueden acabar sangrando el país, ahí estaba Tiara, su luminosa sonrisa.
Casi todo lo malo se hace por amor.
El político juega un rato con su niña, mientras su mujer se sumerge para recolocarse el pelo, y vuelve paso a paso, no sin dificultad, hasta la orilla. Allí sigue el crío inquietante, cavando y cavando, y Lucía ahora no mira el móvil, aunque tampoco parece más contenta.
El político piensa en su mujer, la vacaburra, sobrenombre que nunca ha dicho en voz alta. La quiere por lo que fue, y le apena por lo que es. Sabe que ella también siente pena por él. Tienen varias casas llenas de cosas, eso es indiscutible. Cuando eran jóvenes y encontraron piso, follaban como ahora dicen ciertos activistas que no se folla o debe follar. Quizá follaron tan duro que gastaron esa carta. Les gustaba humillarse, verbal y físicamente, mearse el uno en el otro, incluso a veces jugar a la coprofagia o provocarse el vómito. Había algo de excitante y retorcido en la vida de pasta y lujo que proyectaban, sin vergüenza, sin sentir ningún tipo de apuro, actuando según las reglas, que se irían estirando según fueran pasando los años, creciendo los gastos, aumentando el número de hijos, personal, espacios, aventuras.
Ahora su mujer no es una de esas cincuentonas ricas recauchutadas. En algún momento se bajó del barco de la abundancia. Pero sólo filosóficamente, claro está… De joven era una abogada cabrona, lista y muy reclamada. Ahora, quién sabe. El político no, desde luego.

Cuando sale del agua con la cría, su mujer y el niño se han ido a caminar por la orilla. Puede verlos a unos cien metros. Quizá ella comprenda mejor al crío. Pasa más tiempo con él. Las niñas parecen más cosa del padre. Inercias naturales, supone el político. No sabe lo que es una familia normal, o si eso existe. Aunque apuesta a que cualquier otro estilo de vida es peor que el familiar. El familiar acumula casos disfuncionales o terroríficos simplemente porque es el más socorrido. La mayoría de veces la cosa sale bien, o al menos alcanza unos resultados aceptables. El amor conyugal es una cosa rara en extremo para el político. Parece que al principio fuera tan intenso como articicial en el fondo (un engaño de tetas firmes, culos tersos y pollas motorizadas); que después se atenuara hasta aparentemente desaparecer, y que, en el largo plazo, te dieras cuenta de lo que querías a la persona: cuando ya la has perdido. El amor auténtico, si se manifiesta, lo hace al final y de forma contraintuitiva.
Siempre recuerda el funeral de su suegra. El viudo, un hombre de casi noventa años, lloraba desconsolado, literalmente gimoteaba. Nada existía a su alrededor; su pareja, cincuenta años juntos, había desaparecido para siempre.

El político también fue joven. Tanto como para ser una persona neutra, digamos, bienintencionada, sin ganas de líos. Su cabeza atesora imágenes, cada vez más y más distorsionadas, recuerdos de recuerdos. Todo pasó ayer, casi literalmente, en aulas, bares, cafeterías y discotecas. Recuerda a ciertos amigos, a amigas bailando Matador de Los Fabulosos Cadillacs cada santa semana. Con los años las caras empezaron a cambiar, llegaron las rayas de coca en los lavabos de confianza, y pronto la política –un sistema de redes clientelares fabuloso– llamó a su puerta. Alguien que conocía a alguien que podía mover ciertos hilos. Los mismos que le descubrieron el subidón de drogas duras o después la mujer como objeto multiusos, como una navaja suiza orgánica que igual servía para follar duro que para ganar votos. Una vez despojada –de cara a la galería– de personalidad, capacidad para decidir y sentido de la responsabilidad personal (paradójicamente para reividincarla), tienes un sujeto político cojonudo con el que comerciar: La VÍCTIMA. La guerra de clases acabó, perdió interés. Ahora tocaba la batalla identitaria.
Mujeres, negros, maricas, trans, inválidos, capullos, gilipollas… Siguen siendo gente. Forman parte del negocio, y de repente se convirtieron en cartas de valor incalculable para que la pasta siguiera fluyendo más allá de carreteras, pensionistas, hospitales o el carcamal de tu abuelita. Ahora a la abuela y su ciática se sumaban un trillón de “minorías” que necesitaban una montaña inmensa de recursos para… lo que fuera. La terminología va saliendo sobre la marcha. Ideas, frases pegadizas, eufemismos, pequeñas y grandes historias de sufrimiento, de dolor, y ricas falacias anecdóticas. El mundo es como lo cuentes; sólo necesitas un buen batallón de tertulianos y periodistas para llevar la buena nueva. A nadie le amarga una casa más grande, un coche más molón, un yate pintón o algunos viajes de ensueño. Una plácida existencia patrocinada por el “colectivo”.
En ese mundo reside ahora la familia del político al completo. Después de pasar el día en la playa, toca ponerse ropa blanca y muy fina para acudir a una cita. En el club nocturno de la penúltima planta del Hotel Vela –que debió destruir parte de la fauna marina de la zona–, hay una reunión hoy poco política en realidad. Un puñado de familias bien situadas, algunas más brutas que un arado (ser político o empresario no significa que tengas cultura o formación de nada), se han reunido para celebrar el cumpleaños de un jefazo. El presidente de la empresa textil más acaudalada del país. El político sabe que también habrá una fiesta alternativa, laxa, digamos, de esas en las que el dinero se luce de verdad. Maromos podridos de pasta ocupando algunas habitaciones de un hotel de confianza. Las propinas esa noche darán para mucho más que una cena cuca en La Tagliatella. El dinero público a veces es tan público que acaba en manos de Trixie, que es capaz de encestar pelotas de ping pong en copas pequeñas de anís expulsándolas con la vagina.
Normalmente cuando hay niños no hay putas, y cuando hay putas no hay niños. Normalmente. No hay políticas transversales; el dinero es transversal. Es capaz de relacionarlo absolutamente todo, y lo hace.

–La gente odia, siempre, sólo cambia la forma, la dirección, la intensidad, si acaso, pero esa energía no desaparece, sólo se transforma. Esa energía es un chute de enormes proporciones, rayos ultravioleta para alimentar sin descanso las placas al servicio de los políticos, que la transformamos en poder.
–Y de ahí a la prosperidad, la familia, la pasta gansa y la vagina de Angelina…
El político a veces mantiene conversaciones con el fantasma –él sí aún libre– de su mentor.
–Si hombres y mujeres parecen vivir en relativa armonía, aviva la llama como un pirómano. Ve todos los días al grupo de las chicas y diles que los del curso B las están llamando putas… Si los blancos y los negros parecen convivir sin mayor problema, levántate con conviccion agitando y señalando un paquete de conguitos. Busca cualquier grupo, divídelo en dos, y cuece a fuego lento.
Hay formas de reconducir el odio, la rabia, la frustración, que con el tiempo se fueron volcando en los videojuegos de tiros, jugar al frontón, machacarse en el gimnasio o perseguir algún reto personal. Todo eso hace que la gente no trabaje para el político. Tienes que traerlos de vuelta. Comprometerles. Decirles que el camarero es machista, que tu vecino es racista, que los chavales están persiguiendo gays y trans para darles una buena tunda.
–Hay que hacer no que peleen, sino que se peleen. ¿Sabes cuántas formas de “arreglar” eso podemos inventar? Cada una de ellas con una caja registradora, amigo.
El político ha perdido la cuenta de los cubatas. Hace rato que Tiara grita, se quiere ir a casa, está muerta de sueño. Lucía está desaparecida. ¿Muerta? Quizá. El niño se ha perdido: la madre lo busca por todas partes, desquiciada. Los presentes ríen a mandíbula batiente, ocupados en sus murmullos. El chavalín podría haber caído por el hueco del ascensor. Podría estar espachurrado abajo a modo de lasaña infantil. El político echa un cálculo del dinero que tiene. Tiene tanto que algunos de sus colegas tendrían tranquilamente una cita romántica con su hijo de ocho años. Una cena con velas para la internet profunda.
El secuestro sexual, otra posibilidad.
La madre grita por todas partes el nombre del crío. También podría haberse tirado por alguna ventana. O a lo mejor sólo le ha dado un buen trago a una botella de lejía. En ocasiones los niños sí parecen tener un sexto sentido, una vocecita que les dice: HUYE.
El político coge a Tiara como si fuera un paquete de Amazon retrasado.
–Vámonos, hija, esto no me huele bien.
Es un horror, pero buscar hijos desaparecidos borracho lo rebaja todo. El miedo, las posibilidades. Tu cerebro está ocupado en otras cosas.
Lucía está tirada en un sofá que pareciera transparente y bailarín. Está inconsciente. Por lo menos ya no está siempre con el móvil, piensa el político.
–¡Lucía! Nos vamos.
La chica abre los ojos, uno, luego el otro, verdes, eléctricos como los de su madre. Se levanta a cámara lenta, como si vivir bien fuera una auténtica putada. Entre los presentes encontrarías al menos cinco o seis tíos que la preñarían gustosos en el cuarto de las escobas, que aquí debe ser como el piso de una buena persona. Para estos tíos lo que pasa en Las Vegas se queda en Las Vegas en todas partes.
El retoño aparece un rato después. El puto crío. A saber dónde ha estado, pero lleva algo en la mano.
No tiene buena pinta, el político no se quiere engañar, aunque sea algo que se le da fenomenal.
Parece un hueso. Pútrido, ensangrentado. ¿Una tibia? ¿Una costilla?
La madre se lo quita y lo tira como si fuera un juguete. Abraza al niño como si no hubiera cien preguntas en el aire.

Es todo un proceso. Llamadas, lloros, una denuncia en firme… Al parecer una de las ricachonas alojadas en el hotel –una viuda cuyo marido se lo dejó todo excepto poderes mágicos– tenía un perro magnífico, su única compañía fiel (también cuando vivía su marido). Un hermoso beagle.
El niño estaba merodeando tres plantas más abajo, y la viuda multimillonaria debió dejar la puerta de su habitación abierta, porque el perro andaba a su suerte pisando moqueta por todas partes. Al parecer el hotel es “pet friendly”. O eso o la viuda hizo política y resolvió el asunto dándole un sopapo a alguien con un fajo de billetes.
En el video captado por la camara del pasillo, el niño no se defiende del perro, como su madre especuló desde el principio. No hay ninguna pelea por la supervivencia. El crío dobla una esquina y lanza una patada brutal al despistado animal en la cabeza. Después saca un cuchillo de gran tamaño de sus pantalones, y lo empieza a blandir como si el perro fuera Janet Leigh.

Por suerte la calidad de la imagen no es óptima, pero el político ve confirmadas sus retorcidas sospechas.
En la cocina del primer piso faltaba un cuchillo.
El perro se llamaba Cancerbero.

En lo que llegan las fechas de ir a juicio, un día el político mantiene una conversación larga con su hijo. La quinta o sexta de toda su vida.
–¿Qué hiciste, hijo?
–¿Eh?
–El perrito…
–Ah…
–¿Te hizo algo?
Están en el césped de una piscina privada. Fiesta de chicos. Unos cuantos fulanos adinerados traen a sus hijos varones. La pedrada del dueño de un club de golf. Toda la propiedad es suya; está divorciado y va por ahí con una chica trofeo de diecinueve años desde hace un año. Él tiene cincuenta y dos. Ningún hijo reconocido, aunque hay un chaval mulato clavadito a él visitando despachos últimamente. Él lo cuenta como si le hubiese llegado una multa de tráfico.
–¿Te hizo algo o no, hijo?
Una chica del servicio llega con una bandeja. Cócteles color naranja que beben todos, también los críos. Casi sin alcohol.
–¿Aquí hay muchos gays? –dice el crío de pronto.
El político toma aire. No sabe si el crío le esquiva o de verdad ha estado pensando en eso.
–¿Por qué lo preguntas?
–Porque son todos hombres.
–Bueno, una chica muy guapa te acaba de traer un cóctel.
–No, pero ella no está en la fiesta.
Desde luego que no. Es mejor no hablar de ella.
–Hijo, ¿qué pasó con el perrito? No te había hecho nada.
–Claro… Es que… no hacía nada.
–¿No hacía nada?
–Estaba ahí, mirándome, sin hacer nada.
Un bleagle muerto por ocioso.
–¿Y por eso le hiciste… eso?
–Me crucé varias veces con él, y no hacía nada.
Los famosos ángulos muertos de las cámaras. La información que le falta al mundo.
–¿Por qué no le dejaste en paz?
–Le agarraba y no hacía nada, le daba en la cabeza… y nada.
–¿Y por qué robaste el cuchillo?
–…
–¿Eh?
¿Tenía otro plan? ¿Mejor no preguntar? ¿Qué le pasa a este crío?, se pregunta el político. Ve los mismos dibujos bobos que todos, las mismas chorradas psicotrópicas infantiles. No entra en internet sin supervisión. Su madre no le deja. No tiene móvil, y los móviles adultos están cuidadosamente bloqueados. Apenas hace vida activa fuera de casa. Sólo va al colegio, y el profesorado dice que parece una planta. Sólo tiene un amiguito, con el que se junta para estar en silencio acompañados. Nunca está en la calle, no digamos en el campo. Los niños ahora son básicamente gatos caseros con ínfulas. Es lo que prefieren los padres modernos: hijos criados en condiciones de laboratorio.
Antes, de crío, salías de casa un sábado y volvías siete horas después con las rodillas peladas y riendo como loco. No era la crianza perfecta, pero costaba imaginarse a ese crío haciendo ritos satánicos con perros multimillonarios.
–Bueno. Ya hablaremos… ¿No quieres bañarte?
–…
–Yo voy a bañarme.
Mientras se dirige a esa piscina testigo de nos pocos rodajes porno (el anfitrión hace sus pinitos como productor), el político se pregunta si el crío no acabará siendo pasto de centros de menores, primero, y luego de lujosas cárceles para hijos de políticos y empresarios. Hay gente que es así. El escritor Dennis Lehane lo llamó: “vivir de noche”. Hay personas a las que no les interesan en absoluto los cauces éticos y estéticos habituales o más visibles. La moral es completamente opcional para ellos. Suelen ser de auténticos extremos. Pasan de la violación, la tortura o el asesinato, a leer la Biblia como cosacos católicos que hacen que San Pablo parezca un tibio.

Dicen que las desgracias nunca vienen solas. Si le preguntas al político, es totalmente cierto. Y en absoluto arbitrario. Algún dedo metafísico te señala durante un tiempo, y dice: A ESE. Hay que equilibrar algún tipo de energía universal, y a veces toca poner el culo. Exista Dios o no, para algunos la matrix es evidente. La sienten, la respiran, hay algo, un orden, un plan, al menos una jugada o apuesta.
Pasados unos días, una cuenta anónima le envía un archivo por whatsapp. Más de una hora de video. Por un instante el político se teme lo peor posible. Luego respira aliviado. Sólo es su hija, la mayor (aunque menor), follando con dos mozos (¿veintitantos?) encapuchados, fibrados y bronceados como extras de Pacific Blue. Podría haber sido su hija atada a una silla, y esos mismos tíos ejecutando un show de muerte lenta con la imagen más nítida y varios micros cerquita y muy bien calibrados.
Él ha visto algunos de esos videos.
Quien sea el atontado, le pide cincuenta mil euros o publicará el video de su niña bonita peinando todo el catálogo de categorías hetero de Pornhub. La verdad es que lo ha pensado algunas veces: quizá la niña se acabe haciendo actriz porno. No es de las mejores opciones, pero tampoco de las peores. Si tuviera que elegir para ella entre actriz porno o activista a lo Greta, se vería en un buen aprieto.
No tiene claro lo que debe hacer, y la situación es irritante, pero mentiría si dijera que se siente muy apurado. Ni siquiera ha cerrado el video. Uno de los chavales está debajo de ella, el otro encima. Penetración anal y vaginal. Hay un plano fijo desde el pie de la cama, pero a veces alguien mueve la cámara y va al detalle. Un lunar justo en el perineo. Una rozadura en el cachete izquierdo del culo. Y ella habla, habla sin parar. Esa es la clave del video, en realidad. Hay una diferencia de edad, y una frontera legal, pero la gente no se chupa el dedo. Una chica como ella, con su nivel de desarrollo físico, fornicando activamente con chavales de veinte… Lo que más llamará la atención es ella diciendo:
–Mira, papá, ¿te gusta? Sé qué te gusta.
Gemidos, suspiros, insultos y exigencias.
–Oye, tú, no te corras fuera, eh…
La cara sudorosa de Lucía en primer plano. No hay condones a la vista. Hace dos días cumplió los diecisiete. La fiesta fue encantadora. No para ella.
–Papá, ¿me parezco a mamá cuando te la follabas? ¿Te pone verme?
El político pone el modo horizontal. Es un video bastante profesional.

Cuando acaba todo, con un remate previsible, facial y detallado, el político elige entre las opciones y hace un par de llamadas.
Es lo que mejor sabe hacer.

Un mes más tarde. Un verano eterno. Incluso para un adulto con una vida realmente intensa. Una de esas en las que pasas de la libertad de rico a la cárcel en menos de lo que se masturba un adolescente.
El político se ha vuelto a adelantar a la familia. Hoy fuma un puro diez centímetros más grande que su pene. Veintitrés centímetros de oloroso tabaco curado y no precisamente barato. Teniendo en cuenta el último mes, no está de mal humor. La última fue ayer. Su mujer le confesó que ha estado tirándose a un chaval de veintiséis años. Parece ser que el muchacho folla como si la quisiera matar de deshidratación. El político no dijo gran cosa. Era comprensible. No tenía sentido enfadarse, al menos en voz alta. Él no ha podido practicar mucho últimamente, aunque cada vez está más a gusto con una chica de veintidós años (o eso dice ella) llamada “Meñique” (o eso dice ella). Se han encontrado un par de veces. Meñique nunca va al baño sin grabarse y mandárselo al político. Tiene todas las redes sociales posibles. La conoció en un encuentro del partido; militantes y simpatizantes. Fue de puro milagro; la mayoría de votantes mujeres presentes en esos actos son viejas fofas amargadas, normalmente feas como un pie de troll. Las llamadas “charos”. En opinión del político, no hay entre ellas un sólo pezón decente que llevarse a la boca. En la tele sí hay presentadoras guapas, propagandistas, pero es todo puro cinismo. Un cosa es defender políticos a cambio de un montón de pasta, y otra muy distinta tirárselos.
La familia baja a la playa. La vacaburra infiel con coartada. El niño psicópata. La guarra de la mayor. Y Tiara, aún (parece) con un historial limpio.
El niño pasó por un proceso amañado. Iba a entrar en un centro de internamiento, un lugar lleno de críos tarados con embudos en la cabeza. El político hizo un trío “legal” con el juez (un colega) y la vejestorio multimillonaria. La tía aceptó dinero; bastó con un buen puñado. No lo necesitaba, pero poner la mano debe ser lo único que sabe hacer. Cancerbero estará bien en el cielo de los beagles, que, sospecha el político, debe ser un maldito infierno.
El asunto de la mayor fue un poco más complicado, pero no mucho más. Un cerebrito informático, un par de tíos de Inteligencia, y un matón de dos metros y ciento treinta kilos. Se localizó a uno de los follarines. Un brazo roto. Nada para un joven de diecinueve años. Se regeneran como largartijas. Tuvo más suerte que Aron Ralston, que era el plan inicial.
El otro follarín (el que había enviado el video, de hecho) se acojonó y empezó a pedir disculpas en modo insistente y patético. Aún no, pero ambos podrían tener un buen futuro en el mundo de la política. La delincuencia institucionalizada es muy permisiva con el patetismo.
Lucía no dijo nada. El político tampoco. Por bendita suerte esos idiotas sólo disparaban balas de fogueo. Ella ha vuelto al móvil, a callarse como una tumba, a maldecir mentalmente su vida de privilegios. El político ha visto que ha empezado a hacer “activismo” por redes sociales. Se ha puesto los pronombres y la bandera de Palestina por todas partes. Es evidente que lo hace para intentar joder a su viejo. Le importa tanto Palestina como el mendigo de la esquina.

La mujer del político, de mejor humor ahora que se siente engrasada otra vez por fin, camina hasta la orilla. Ha perdido algo de peso, ha ganado brillo al mirar. Vuelve la cabeza, ve a su marido tumbado boca arriba en la toalla. El gordinflón seboso coleccionista de venéreas da una calada al puro. Ella no se ha enterado de nada. De casi nada, al menos. Aunque ha reducido el consumo de pastillas. El chaval que se está tirando le envía mensajes sin parar, fotografías. Casi siempre su polla gorda y venosa desde todos los ángulos posibles. Otras veces aprieta el vientre o se abre el culo para ella. Y videos, videos de él machacándosela hasta que su glande escupe chorros de semen, leche, lefa caliente y joven pringándolo todo.
¿Quieres ver algo?, le pregunta ella ahora.
Le hace una foto a su marido, su gran panza de Jabba el Hutt invadiéndolo todo.
¿Qué es eso?, dice el chaval, claramente decepcionado.
El político, dice ella.

Cuentos de verano: Tebas

Qué calor. Evaristo se abanica con la mano derecha, y al verse reflejado en un escaparate, se resulta a sí mismo de lo más afeminado. Un mariconazo, como diría su abuelo, también Evaristo. Ni siquiera era homofobia, sólo utilizaba las palabras que tenía a mano. Maricones o no, la mayoría de los tíos eran para él unos debiluchos, unos flojos “de tres pares de cojones”.
Evaristo abuelo, Evaristo padre y Evaristo hijo. Evaristo hijo ahora ya no es un chaval, pero tampoco un viejo. Divorciado hace tres años (sin hijos), cerca de los cuarenta, encargadillo de almacén, y ahora unos días de asueto en el pueblo familiar. Poco que hacer. Los amigos envejecen y el paisaje… bueno, uno no sabe si ha cambiado mucho. Tampoco lo tiene tan claro con los amigos, con los que ha perdido contacto. ¿Alguien se convierte realmente en eso que llaman adulto? ¿Es algo que se es o algo que se finge?
Quizá debería haber tenido hijos. Intentar arreglarlo con su ex y tener uno o dos bebés, quizá dos a la vez. Hay gente que hace eso. Se habla mucho ahora de lo poco que luchan las parejas por superar los obstáculos. Bien es cierto que Tania, su ex, le pilló en plena faena con una de sus amigas. No deberían haber fornicado como conejos en esa piscina al aire libre. ¿Qué puede hacer un hombre ante una oportunidad así? La mayoría no se someten a tentaciones; o mejor dicho, la mayoría no están expuestos a tentaciones, porque la mayoría son tirando a feos, y luego a gordos, y después a viejos. A casi ningún varón se le tiran encima las mujeres. Pero ese día, a una hora rara y temprana de la tarde, Evaristo se presentó con su toalla en la piscina, casi desierta, y fue ahí mismo, en el pueblo. Y la Nuri, esa mujer rellenita y con dulce sonrisa, estaba tumbada tras un árbol, o debajo de él, según se mire. Evaristo fue a saludar, se sentó con ella y se pusieron a charlar. Todo la mar de inocente. Y la muchacha, ya treintañera y recien separada de su último novio, dejó que el calor y la situación la trastornaran tanto como para meterle boca a Evaristo. El hombre mediocre, que de normal tiene que esforzarse tela marinera para pillar cacho, de golpe tenía a esa mujer franca y natural metiéndole la lengua hasta la garganta, sobándole el bañador por la entrepierna.
Fíjate tú.
Piensa en lo que haces en ese momento si puedes. Hay quien lo hace, pero muchos otros no. Quizá tenga algo que ver la inercia de la perpetuación de la especie. Shyamalan se equivocó. La naturaleza no te empuja al suicidio, te sugiere amable e insistentemente que te folles a la vecina como el animal que eres.
O sea, ¿quién te has creído que eres?
Evaristo se lo ha justificado de mil maneras, pero lo cierto es que ahí estaban, jodiendo a perrito tras un árbol que no podía hacer nada para ocultarles, y que quizá tampoco quería.
Ni siquiera tuvo que correrse también la voz. Tania llegó y vio el corrillo de gente. Ni con siete u ocho personas mirando eran capaces de dejar de darle… A veces no hay marcha atrás posible. De hecho el caos, la vergüenza, lo inapropiado, los mirones… todo eso hace que sea aún más excitante el comportamiento sobrevenido, sometido a la carne.
Y Tania separó el corrillo con las manos, y ahí lo vio, antes que nada su cara, la cara fofa y roja, el jeto de salido de Evaristo mientras llegaba al orgasmo. El varón medio superado claramente por las circunstancias. Unos lo llamaron débil, pero otros no dudaron en declararlo víctima. La Nuri no está poco buena, decían algunos después. Es que esa tía es una guarra de campeonato, decían otras. Y también hubo un consenso generalizado: Evaristo, contra todo pronóstico, tenía una buena señora polla.

Tenía, y tiene. La cuida como al hijo que no ha tenido, como a la hija por la que no tiene que preocuparse por los tíos feministas de nuevo cuño.
Ahora entra en la tienda y busca ciertos pastelitos de lo más sabrosos. Su madre quiere morir gorda como el Hindenburg, y quizá quemarse de la misma manera.
Evaristo piensa en la Nuri. Pese a haber descargado dentro de ella como un camión volcando cemento para los cimientos de un rascacielos, ella continuó teniendo la regla puntual como las hermanas Bennet acudiendo a la hora del té.
Quizá era la práctica.
Durante un tiempo, Evaristo llegó a pensar que le debía una a la naturaleza. Semejante polvo sin condón ni bebé no podía quedar sin castigo. La gente antes pensaba que era Dios quien te castigaba. ¿Pero quién lo hace realmente?, ¿Gaia?, ¿Shiva?
O quizá fue un polvo de elegidos. Alguna fuerza benigna decidió que esas dos buenas y esforzadas personas podrían follar una vez a pelo más o menos sin consecuencias.
A veces Evaristo entra en paranoia y se queda mirando a los críos que vagan por el pueblo, con el pelo claro, quemado por el sol y acartonado por el cloro. No, la Nuri no le haría eso. Además ahora sería un bebé, empezaría a decir mamá, papá, o lo que digan ahora.
Tiene previsto ir a verla. Las viejas del lugar dan por hecho erroneamente que han seguido follando después de aquel episodio. Evaristo pasa unos treinta días en total al año en el pueblo.
La suele visitar en esos lapsos, al menos casi siempre. A veces ella ha tenido algún medio novio, con una pequeña punzada de celos por parte de Evaristo. Uno no elige lo que siente, sólo lo que dice que siente.

Se come un pastelito de camino. Se cruza, no sin apuro, con Tebas. Tebas es como una idea, un concepto, una novela de Patrick Rothfuss, una peli porno en el archivo de la policía, una larga estancia en la cárcel, un secreto terminal, un colocón viendo Asesinos Natos, un viaje a Bora Bora con una mochila llena de maría… Tebas es más cualquiera de esas cosas que una chica de dieciséis años.
Evaristo la mira un momento, y descubre que ella ya le estaba mirando, sonrisa en los ojos, ninguna palabra. Aquel día llegó a verle el miembro, violento y venoso. El padre estuvo a punto de agredir físicamente a Evaristo en la piscina. Ahora cuando se cruzan, el hombre le deja claro que lo tiene fichado. Está convencido de que Evaristo le echaba miraditas a Tebas mientras bombeaba con la Nuri.
Evaristo no tiene claro que no fuera así. En todo caso no fue algo premeditado. Tebas ahora es como una criatura feérica (aún una niña, pero díselo a un emperador romano, o a un huno, o a cualquier pedófilo, que ya la descartaría automáticamente como víctima), pero entonces tenía doce o trece años. Evaristo no es un moralista posmoderno ni un curilla travieso.
La gente no ve las edades a primer golpe de vista, ve los grados de desarrollo físico.
A menudo hay un desajuste importante entre la percepción y el resultado moral.
Tebas ahora es más la Lolita de Adrian Lyne que la de Nabokov. Pero tampoco es que se parezca a Dominique Swain. Tiene el pelo corto, le cae a la altura de los hombros, ondulado, un color pajizo, brillante, y una figura generosa, bonita, proporcionada y natural, no una atrofia físico-mediática tipo hermanas Kardashian. Pero lo que atrae más, pareciera, es la conjunción entre su busto y su cara, sus ojos claros, su nariz pecosa, su aparente impunidad. Ahora su imagen ya es demasiado poderosa para no trascender la edad. O eso piensa y calla Evaristo.

–Tebas es una pirámide, y los chicos de su edad los esclavos. Me pregunto cómo debe ser tener tanto poder a esa edad. En el mundo mediático se ve al revés: ella es una víctima y los chicos no solo sus amos, sino también potenciales agresores. La realidad predominante no suele salir por la tele. Supongo que carece de interés informativo.
La Nuri perorando. Se han sentado en su jardín.
–Se me ha quedado mirando como si me estuviera puntuando –dice Evaristo.
–No le interesan los chavales de su edad. Para ella sería como abusar de niños.
–¿Quieres un pastelito? Hay muchos.
–¿No son para tu madre?
–Sí, pero cuantos más comamos nosotros…
–¿Sigue comiendo sin medida?
–Sí. Creo que quiere morir comiendo.
–Ya estás flipando…
–No, creo que lo ha llegado a verbalizar.
–¿Crees?
–A veces habla con la boca llena. Yo procuro no escucharla demasiado.
–Dame uno, entonces.
Bocaditos de bizcocho, crema y chocolate. La antesala de la sala de espera del médico.
–¿Una pirámide, decías?
–Sí, más o menos… Ellos la construyen, es imponente, sudan alrededor de ella, se desesperan cuando anda cerca, es como de otro planeta y les sirve como tumba.
–Pero algún noviete habrá tenido.
–Corren historias…
–Ajá.
La Nuri mastica.
–Tú no largues nada, pero ha habido un par de divorcios con enjundia en el pueblo.
–No me digas…
–Tú lo entenderás mejor que yo, supongo.
–¿Yo?
–Bueno. La acabas de ver.
Qué decir. Evaristo duda en decir lo que piensa.
–Bueno, es una cría.
–Ya, pero sabes que no funciona así.
–…
–Di lo que piensas, hombre, no soy una presentadora de la tele, esto no es un podcast brilli brilli.
Evaristo coge un pastelito.
–Yo creo que… se suele pensar que los tíos talluditos no ven guapas a las chicas jóvenes. O mejor dicho, que no deberían.
–Pero ya me dirás cómo…
–En cierta forma es como si a los cuarenta ya no te pudieran gustar estos pastelitos.
–Hum… Esa analogía está bien. Me recuerdan a un chaval que hay por ahí.
–Y el caso es que… La novedad al crecer no es que te dejen de gustar físicamente las chicas que rondan los veinte, es que descubres que las mujeres que de joven te parecían viejas, en realidad también te atraen.
–Exacto. El gran descubrimiento: también te pirran las lentejas.
La Nuri coge otro dulce.
–Deberíamos ir a la tele a contarlo –añade–. Las obviedades ahora son como grandes revelaciones. ¡Miradnos, nos gustan los pastelitos!

Evaristo sale por la tarde, baja a la zona del polideportivo al aire libre. Le gusta ver a los chavales jugar al fútbol, como él hacía de crío. Hay una pequeña grada de tres grandes escalones, y tras ella una valla de metal pintada de verde. Ahí te puedes acodar bajo una línea de árboles. Es un lugar habitual para los jubilados, que aquí no tienen apenas obras que ver. Si acaso son ellos mismos los que deciden reformar su casa, a menudo por aburrimiento, para hartazgo de sus sufridas señoras.
El calor aprieta. Evaristo suele llamar la atención cuando vuelve al pueblo. Aún está algo reciente el episodio del folleteo público, y además esas cosas no se olvidan fácilmente.
De lejos ve venir a Fátima. No se siente cómodo con la idea de entablar conversación. Esa media sonrisa irónica de ella, que de todas formas practica con todos. Intimidantemente guapa, dos años mayor que Evaristo, morena, una extremeña contudente, no hay una equivalencia masculina de ella en todo el pueblo.
–Qué pasa, Eva.
–Qué pasa, Fa.
Se quedan un buen rato callados, viendo a los muchachos darse balonazos, competir, insultarse, llamarse puta, maricón, pijo, manco, capullo. Genuina amistad masculina. Aquí aún no han llegado las élites moralistas y literales.
Cuando el Evaristo y la Nuri chingaban, nadie se puso a grabar. Había mucho que ver pero nada que compartir, nadie necesitaba inmortalizar la experiencia para que fuera completa. Evaristo suele pensar que el mundo real reside fuera de los grandes núcleos urbanos. Mientras las ciudades se van alienando y entonteciendo, en los pueblos aún se cuentan chistes. Y hasta se ríen.
Fátima no suelta prenda. Estuvo años con uno, luego rompieron (se asume que ella lo dejó a él), no tuvieron hijos. No parecía que tuviera sentido que se fuera del pueblo sola. Aunque eso no quiere decir que esté inactiva. Hay algunos suertudos que se la cruzan en verano. El primo de alguien, el hermano forastero de algún amigo, o hasta algún casado que luego se se tiene que inventar una historia para llenar diez horas de ausencia.
Fátima no se te tira encima, le gusta charlar, marear la perdiz, pasear, inventar, contar anécdotas, las adorna, tira de la lengua a los demás, les invita a contar algo también, no importa si no es verdad. Seguramente la verdad no le ha dado muy buenos resultados.
–¿Ya has visto a la Nuri? –dice.
–Sí. La he visto esta mañana.
–Y no te quedas ya con ella o qué.
–¿Quedarme con ella?
–Claro, hombre. Ella se quiere quedar contigo.
Fátima recuerda el suceso de la piscina como algo completamente natural, o así lo cree Evaristo.
–¿Ella te ha dicho que se quiere quedar conmigo?
–Claro que no, Eva, esas cosas no se dicen, una las suelta sin hablar, y se quedan por ahí, flotando en el ambiente… No es tan difícil percibirlas.
–Ya…
Evaristo siempre piensa de una forma imprecisa cuando se trata de la Nuri. Le gusta verla, pero no está seguro de que ella quiera formalizar nada. Le importa un carajo que les vuelvan a ver juntos por ahí, pero supondría volver al pueblo, o arrancarla a ella de él, cosa que probablemente no le apetezca un carajo.
–Bueno, es cosa tuya, tío.
Fátima zanja el tema, ella tampoco quiere hablar de sí misma. Es una panadera libre y rural, vive razonablemente a gusto y cubierta, lejos del mundanal ruido. Algo así.
–¿Tú estás bien? –pregunta él. No quiere parecer insensible.
–¿Yo? Sí. A mí no me falta de na.
–Bueno…, me alegro.
Cuando rondaban los veinte ni de broma se habría atrevido a mantener una conversación así con Fátima. Si sigue siendo claramente imponente a la vista, cuando era jovencita resultaba un ocho mil sentimental. Los chavales no se atrevían a entrarle; puede que eso se convirtiera en un problema para ella. Hubo un tiempo en que algunas mujeres notablemente atractivas no entendían por qué no recibían piropos, proposiciones, cuando ahora algunas se quejan de recibir demasiada atención de ese tipo. Evaristo recuerda a Fátima sola la mayor parte del tiempo. Era demasiado para cualquier chaval del pueblo. Como si en lugar de conocerla tuvieran que domarla.
Es posible que Tebas sea la nueva Fátima, una idea que aunque obvia parece tener todo el sentido. No está claro que tengan el mismo carácter. Evaristo decide verbalizarlo. ¿Por qué no?
–Hay una muchacha en el pueblo que me recuerda a ti.
–¿En el pueblo?
–Sí. Me recuerda a ti hace veinte años.
–En el pueblo…
–…
A Evaristo le cuesta creer que no haya hecho enseguida la conexión, por burda que le pueda parecer.
–Tebas –dice él finalmente.
–¿Tebas? ¿La de los camisones?
Es un apodo.
–Esa Tebas, sí.
–¿La de que el padre te quiere freír a hostias?
–Pues sí…
–Ah… ¿Y en qué me parezco yo a esa?
–No es que te parezcas, es… la actitud…
–Oish, Evaristo… La actitud, dice.
–Sí, es una muchacha llamativa, digamos, y… bueno.
“Corren historias”, quería decir.
–“Una muchacha llamativa”… No te recuerdo yo a ti tan charlador. Antes me acercaba, te decía hola, y decías hola y adiós.
–Ya…
–Pues si la Tebas se parece a mí, que se apriete los machos.
–…
–Nah, es más lista que yo.
Evaristo no sabe leer bien a Fátima. No está seguro de si está razonablemente satisfecha con su vida, o si se arrepiente de no haberse ido del pueblo, hacer otra cosa, etcétera. Lo cierto es que sabe bien que ahora en la ciudad hay muchas, infinidad de mujeres más insatisfechas y jodidas que ella. No tiene nada claro que fuera inteligente animarla a salir del pueblo y qué sabe él, quizá desarrollar algún talento que desconoce de ella. Hace veinte años hubiera sido distinto. Ahora parece que las ciudades han llegado a un punto de colapso por la vía de la modernidad. Parece haber muchos más pijos y gilipollas, sobre todo con poder, y de todas las “sensibilidades”. La gente está empezando a mirar atrás con otros ojos, gente perfectamente lúcida, que sabe separar el grano de la paja. Y atrás, en parte, está ahora Fátima. Quizá en el lugar correcto.

Evaristo sabe una cosa. Cuando se le mete algo en la mollera, por mucho que intente arrinconarlo, tiene que salir por alguna parte. Tiene que culminar en algo. Una gran cagada, quizá. El futuro de casi todos los grandes planes, suelen ser grandes cagadas.
No es que él tenga ningún plan. ¿No?
El asunto es Tebas.
Es un problema de narices, uno de los buenos, de los que se inventa uno mismo, de los que te sacas de la manga. Como si echaras de menos un buen puñetazo en la cara o una humillación pública memorable. Un buen quilombo.
Una parte de él quiere volver a verla. Ni siquiera sabe por qué. Si lo piensa sin tapujos, no cree que fuera capaz de tener nada carnal con ella. No cree ser inconsciente hasta ese punto. Aunque esas líneas siempre han estado ahí para ser cruzadas. Ahora hay gente que adora esas cosas, señalarlas, ser los guardianes de las líneas, se creen la mar de originales recuperando puritanismos viejos como el mundo. Evaristo no cree ser el enésimo varón maduro que se fija en una mujer niña o niña mujer. No es original, también pasa al revés, aunque la tendencia, parece, suele ser la del macho que persigue a la hembra joven, a menudo encantada de ser perseguida. Los guardianes de las líneas, para resultar más dramáticos, suelen hablar de las chicas –a menudo mujeres, en realidad, en los veintitantos– como si fueran siempre idiotas perdidas, y que así toda la responsabilidad recaiga en el varón, que además muchas veces no se libra de ser más tonto que un zapato, por más edad que tenga.
Tebas es un montón de cosas, pero Evaristo empieza a preguntarse si no la ultiliza para canalizar una suerte de nostalgia por su juventud. Puede que lo único que sienta sea una profunda insatisfacción con el presente, con cómo el presente habla y se presenta y se regodea, despreciando el pasado y metiendo miedos ideológicos respecto al futuro. Un presente dominado por esos pijos y gilipollas, los más peligrosos quizá los menos temidos. Los que llevan pieles de altruista, de animalista, de ecologista, de empático definitivo, de ser omniconsciente y omnisciente con margen para actuar. Esos pijos y gilipollas. Porque no es lo que dicen ser, es lo que son.
La gente del campo los tiene clichados desde siempre. Y ahora más que nunca.
No cabe duda que el desastre también podría llegar de manos de un gran ultraliberal megalómano, pero Evaristo se ha cansado de los izquierdistas cínicos, de los supuestos justicieros materialistas y antiespirituales. Son muy poco interesantes, mucho menos creativos de lo que parece y más destructivos, pero sobre todo mucho menos inteligentes de lo que pensaba.

Al acercarse la fecha de vuelta a la ciudad, se siente mohíno. Puede ser la típica actitud de culo de mal asiento. Cuando vivía en el pueblo quería largarse, pero ahora cuando viene…
Apenas ha visto gente en realidad. A la Nuri la ve muy puntualmente, no quiere agobiar, y ella es muy celosa de sus cosas. También existe esa energía indefinida entre los dos, poco clara. Es como si fuera mejor no darle mucho margen a eso. A cierta edad no necesitas estar siempre con gente. La gente es para pequeñas dosis. O eso piensa Evaristo.
Sus padres no salen mucho. Un paseo muy temprano, o tarde cuando se va el sol. Evaristo lee mucho en la terraza, que da a la sierra. Todo lleno de vida, sin gente. Algún buitre dibuja círculos, muy arriba. Más arriba están los trazos blancos, los aviones comerciales. Si el día es muy claro puedes ver cómo les brilla la panza, o incluso algún color definido.
Evaristo cuadra las fechas para que los últimos días sean los de la Fiesta Mayor del pueblo. Siguen construyendo una plaza portátil, haciendo lo de las vaquillas y los toros. De crío veía esa práctica de forma neutra, digamos, era lo que se hacía. Luego empezó a sentir rechazo. Pero no era un rechazo realmente personal, sino más bien ideológico, o ni siquiera, sólo de rebelión contra sus padres. No cree que haya mucha gente cuyo rechazo a lo taurino tenga algo que ver con los animales.
En su última deriva en su forma de ver el mundo ha vuelto a esa neutralidad de cuando era crío, aunque ahora esa mirada sea producto de una digestión, de haber tenido que aguantar el ruido del mundo durante algunas décadas. No se ha vuelto taurino, no se sienta a ver corridas por la tele, pero le interesan muy poco los discursos antitaurinos, que no se le antojan sinceros, que son más de pose que producto de una reflexión coherente. Ve arrebatos morales que parecen disfraces baratos de carnaval, nunca ropa de uso diario.
No tiene problema en ir un rato a la plaza, aunque no se coma todo el espectáculo. Obviamente la gente no va a la plaza porque guste de ver sufrir a los animales, como dice a menudo el bobo discurso del bobo activista de turno. La gente aquí va porque hay otra gente, porque se reúnen de un modo distino, porque hay cerveza, se canta, hay música, y luego se van todos juntos a la verbena. La gente que se dice ahora es mala, casi nunca es mala, sólo es gente.

El último día de Fiesta Mayor, se siente el último día. Esa noche, después de los toros, después de cenar por ahí algo rico, comida de pueblo, Evaristo sabe que al día siguiente sólo queda preparar el equipaje.
En dos días marcha.
Se ha unido parcialmente a una peña, “Los colgaos”. Llevan una camiseta azul, delante un dibujo del juego del ahorcado, detrás el nombre. Una camiseta para llevar cuatro días, para guardar hasta el año siguiente.
Le prestan una a Evaristo el último día. Se siente honrado. Le ven como a una especie de ratón de biblioteca. Fátima está en la peña, también el Juanjo, un amigo de la infancia. La Nuri está en otra, “Las alienadas”. Camiseta rosa claro, una imagen de Jordan Peterson por delante (serio, iracundo), el nombre por detrás.
En el local de Los colgaos, beben como es debido antes de salir a hacer la ronda. Las peñas salen y visitan el feudo de otras peñas. Todas deben tener una buena reserva de alcohol, de refrescos, puede que algo para picar, aunque eso es secundario. Es un sistema de visitas y cortesía que da pie a todo tipo de excesos, amores y lloreras.
Evaristo le da cincuenta euros a Fátima, como si le pasara droga. Allí todos han contribuido y él estaba de gratis. Ayer ya se puso fino con ellos después de los toros.
–Vale, pero que conste que yo no te he pedio na –balbucea ella, la camiseta hecha un nudo por encima del ombligo.
Hay peñas mixtas, pero también algunas que deciden ser sólo tíos o tías, como Las alienadas. Ayer Evaristo pudo ver también a Tebas a distancia. “Las Khalifa”. Camisetas verde claro, por delante el dibujo de unas gafas de pasta sobre un vago perfil femenino, por detrás el nombre y la parte trasera del perfil. Un grupo de chicas entre los quince y los veinte años riéndose de sus padres, que por supuesto no saben oficialmente quién es Mia Khalifa.

Evaristo esto y Evaristo lo otro. Evaristo lo ha notado, está agotado de habitarse. Hay gurús neoliberales que hablan de lo importante que es ser el protagonista de tu vida. Evaristo aquí y Evaristo allá. Pero, ¿se puede escapar de uno mismo, del puto nombre que le han puesto, de la cara pocha en el espejo, del pasado vacío o malamente llenado? Evaristo va con el resto callejeando, medio borracho, intentando bajar el ritmo de mame de las tetas de plástico, cristal o metal.
La verdad, piensa, es que no es exactamente el protagonista últimamente. Ha pensado en Tebas más de lo que estaría dispuesto a reconocer. Maldiciendo la edad; la de él, claro, no la de ella. Y sabe que ella difícilmente habrá pensado en él. No ha de ser buena señal sonrojarse estando solo.
Entran en las peñas, los locales, “Lo capullos”, “Los pringaos”, “Las lecheras”, “Lo mamones”.
Las Khalifa.
Un gran surtido de alcohol que no distingue entre mayores o menores. Hay una pared llena de imágenes de Mia Khalifa. Montajes. La incursión de la IA en el pueblo. En una es la Virgen de Guadalupe. En otra es la Virgen del Puerto. La Virgen de Bótoa, la de la Cueva, la de Piedraescrita. Todas bien tapadas, piadosas, con busto generoso y grandes gafas de pasta.
Y la Virgen de Tebas.
Pero esta tiene la cara de Tebas, y monta una Harley aparcada junto al pesebre el veinticinco de diciembre. Parece haber cumplido una misión. María la mira con desconfianza junto a la cuna del neonato. José consulta cohibido su Iphone. Jesús se parece sospechosamente a la nueva Fátima.
Evaristo se siente como si Radiohead hubieran sacado su segundo disco. “Coño, esto distinto, es interesante”. Es como si estuviera descubriendo a Extremoduro. Como si su primea paja hubiera sido hace dos años.
Todo a su alrededor retrotrae. Ni los detalles de modernidad suavizan la sensación. La esencia continúa intacta.
Es una bobada, piensa. No tiene sentido que esté nervioso. Además si ella le nota raro, se pondrá rara aunque no haya pensado un solo minuto en él. Y él se confundirá, por que se sabe un bobo, el típico tío demasiado civilizado, ahíto de ciudad, el arquetipo no pacífico, sino inofensivo, ridículo, incapaz de actuar con normalidad ante una chica guapa.
Tebas llena vasos de plástico con vodka y naranja, tapando parcialmente su propio poster.
Evaristo recuerda su época adolescente, alguna sensación fugaz de una lengua ajena en la boca. Un huerto, una habitación a las tres de la tarde, una sudada brutal, veranos que olían como huele este, pero sólo aquí, en el pueblo. Y quizá es el alcohol, pero casi siente ganas de llorar. Más cuando Tebas le mira, porque está delante. Le reconoce, el gesto relajado, la mirada amable, pero la fiesta se toma en serio.
–Evaristo, ¿vodka o whisky? También tenemos ginebra. O refrescos.
Evaristo tiene ganas de salir a cazar mamuts, quiere construir una iglesia, avivar una hoguera para cocinar un jabalí. Montar un nido colosal con el resto de buitres del pueblo. Bajar la luna con un lazo como James Stewart.
Evaristo quiere respirar humo, como el Narrador cuando se sintió traicionado por Tyler Durden.
–El vodka está bien –murmura.
–¿Con naranja?
La misma voz parece saber a naranja.
–Sí, con naranja.
El hombre adulto de pie de milagro, descompuesto, con distintas energías colisionando dentro de sí.
Quizá sea demasiado joven en realidad, piensa Evaristo. Quizá esté demasiado entero. Debería tener una pata de palo, un ojo a la virulé, experiencias directas con la muerte. Ni siquiera se han muerto sus padres, o algún amigo, un hermano, un lindo bebé antes de empezar a vivir.
Quizá así, piensa, me daría igual Tebas.
Sí, le diría la Nuri, pero sabes que no funciona así.
Evaristo bebe un largo trago de su vaso, demasiado cargado. Tebas no bromea con la bebida.

Después de unos minutos mirando más de la cuenta, vagando, bebiendo. Después de haber ido a que Tebas le sirviera otro vaso bien cargado (el tercero), Evaristo sale a fumar, como si estuviera prohibido fumar dentro. Se siente como si pudiera ver una nave extraterrestre sin inmutarse. Una pistola apuntándole ahora sería un pequeño incordio. Tiene cosas más importantes en las que pensar.
De golpe tiene a Fátima delante de él. Muy bien, adelante.
–¿Quieres que le diga que salga a hablar contigo? –dice.
–¿Q… Qué?
–Mi versión Disney Channel, que si quieres que salga a hablar contigo.
–No sé de qué hablas, Fátima.
–Coño, Evaristo, que todo el mundo lo sabe, hasta el Papa nuevo lo sabe. Ya te dije que esas cosas no se cuentan, se desprenden solas.
–Joder…
–Estamos en el pueblo, cariño.
–Muy bien muy bien… y ¿qué quieres que…?
–Evaristo…
–…
–Evaristo, mírame… ¡No pasa nada, tío! Si hablas con ella, igual te sienta bien, te sueltas un poco, joder. Te va a dar un infarto.
–Mierda…
–Aquí no pasa na, tío, os conocemos a los dos.
–Tiene dieciséis años, Fátima…, no viene a cuento.
–Tiene diecisiete.
–Tengo dieciocho –dice Tebas, que camina hacia donde están, con dos vasos de plástico.
–…
–…
–Casi. Toma, Evaristo, tira eso, que ya es como sopa.
–Hale… –dice Fátima mientras se aleja– a charlar un poco, que no sa muerto nadie por charlar…
Se quedan mirando el culo de Fátima. Parece que lo supiera, y aún se da la vuelta y dice:
–¡Tebas, no te pases!

Esto es turbio de más, piensa Evaristo, infame. Ahora ya saldría esposado de cualquier plató de televisión. Se le fusilaría en cualquier podcast. Estaría muerto civilmente en cualquier red social o a cien kilómetros a la redonda de cualquier micrófono.
Caminan hacia el campo de fútbol de tierra, mayor que la cancha del polideportivo. El equipo local ya no existe. Un tercio del terreno ahora es un centro para párbulos. Niños y niñas rurales. Da para preguntarse cuántos de ellos querrán vivir en el pueblo o fuera cuando sean adultos.
Soy Humbert Humbert pero en bermudas, joder, bisbisea Evaristo.
–¿Qué dices?
Tebas se ha cortado la camiseta de la peña por debajo de los pechos, ha hecho una especie de remiendo. Los tejanos, ajustados, y zapatillas deportivas. Luce esa capa de sudor de todos los que están en un pueblo de noche bebiendo de peña en peña. Un sueño de juventud.
–Tebas, ¿qué estamos haciendo?
–Pues paseando, ¿no?
–…
–Tranquilo –se ríe–, no soy tan literal.
Ella le guía hasta la zona de los antaño banquillos para los equipos. Estructuras de obra con tejadillo. Haría falta un grupo de obreros con maquinaria pesada para hacerlos desaparecer.
Para ella es mas fácil encaramarse que para él.
Arriba, el cielo del pueblo. Quizá tan estrellado como hace veinte años.
–Tebas, ¿qué hacemos aquí?
–Tienes que hacer algo con eso, Evaristo.
–¿Hacer algo con qué?
–Yo soy mu tranquila, pero contigo parece que se va a estrellar el avión todo el tiempo, tío.
–…
–Por qué miras pallá… Las casas están lejos. La Nuri no te va a ver.
–No estoy pensando en la Nuri.
Una pausa.
–Tú sabes que esto se soluciona rápido, ¿no?
Evaristo niega con la cabeza.
–¿Qué se supone que…?
–¿Qué decías de Humbert Humbert?
Se puede sudar mucho más de lo que uno cree.
–Tú sabes que la Lolita tiene doce años, ¿no? –sigue Tebas.
–…
–¿Sabes lo que hice yo con doce años?
–No… no creo que quiera saberlo.
–Aparte de verte a ti chiscando con la Nuri.
–Eso fue después, creo. No sé, me bailan los números hace ya mucho…
–Perdona por lo de mi padre, por cierto.
–¿Cómo?
–Puede ser que le contara una milonga para joderle, y el hombre no sabe si creérselo o no…
–¿Que le contaste qué…?
–No mires pallá. Mi padre está con mis tíos. Ahora estará frito, contando batallas.

–Tebas…
–…
–… qué le contaste a tu padre.
–Nah. No le dije mucho, sólo lo insinué.
–Joder, joder…
–No te preocupes. Seguro que se fía más de ti que de mí. ¿Quieres saber lo que hice con doce años o no?
–No. La verdad es que no.
–No seas tan curioso, Evaristo… Pues fui a una excursión. A Grimaldo. Fui con una amiga y su primo… Su primo era un poco como tú, más feo, más o menos, bueno…
–Ajá…
–Era un crío de ciudad, con el coche de sus padres, los bártulos, las vacaciones, un poco pijos y toda la pesca.
–Hum.
–Pero hazme caso, hombre. Mira cómo ya te aburro, hay que ver…
–Es que no se a dónde vamos con esto, Tebas.
–¿Pero es que tienes prisa?
–Un poco pijos y toda la pesca, ¿y…?
–Vale. Pues el caso…
Tebas se reacomoda, se acerca más a Evaristo, sin aparente intención.
–Pues el caso… es que el niño a mí me gustaba. ¿Y sabes qué pasó, Evaristo?
–…
–…
–Qué.
Tragar saliva.
–¡NADA!
–…
–Porque tenía doce años, Evaristo… Y normalmente a los doce años no pasa nada si estás lejos de los políticos y los moralistas… A los trece, tampoco; vamos, es difícil. A los catorce, bueno, quién sabe, un besín, aunque igual eso pue ser antes. A los quince… ¿Qué sé yo, Evaristo? A los dieciséis… Joder, pues yo con dieciséis recién cumplidos, pues pasó lo que pasó. Con un tío mayor que yo. Porque era tarde, era verano, fuimos lejos de la peña… y yo quería ver cómo era eso de dar y recibir, Evaristo.
–…
–No te quiero engañar, desde entonces la cosa ha estao movidita. A veces ha sido mejor y otras veces el pavo no sabe dónde está el norte, el sur o la farmacia del pueblo.
–Ya…
–Te estoy intentanto calmar, Evaristo. ¿Estás más calmao?
¿Qué decir? La situación no está tan clara.
–Normalmente –añade Tebas– cuando alguien te… interesa, digamos, cuando oyes hablar a esa persona, la mayoría de veces te empieza a interesar menos. Porque habla. Ya no es para tanto. Habla cualquiera. Tengo un montón de opiniones de mierda, Evaristo. No te haces una idea.
Evaristo, algo agitado aunque menos tenso, se echa de espaldas en el tejadillo.
–No sé qué decirte –dice–. Se supone que soy yo el que tiene que decir un montón de cosas aquí.
–Qué cosas, ¿cosas como del tío mayor a la niña tonta?
–…
–¿Como en la tele?
–Sí, porque tú eres la niña desamparada, ¿no?
Tebas se estira también.
–Ayyy… Estoy tan desampará… Aburrida como una mierda casi siempre, será.
Se ve pasar de lejos a Las alienadas. La Nuri y algunas conocidas.
–Mira, la Nuri –murmura Tebas.
–…
–¿Sabes que es imposible que nos vean, no?
–…
–¿Se ha enfadao alguna vez contigo?
–No… Nunca.
Se hace un largo silencio. Las dos de la madrugada. Evaristo se pregunta si Tebas tendrá hora de llegada. Normalmente en los pueblos pequeños no hay tanta preocupación por ciertas amenazas. Los padres se preocupan más por lo que te puedas meter, por lo que te puedas follar, por determinadas consecuencias químicas.
Todo se hace andando, un pie por delante del otro, todos se conocen, todo es familiar. No es el mundo perfecto, pero es un órden cercano a la convivencia ideal, aun con sus propias contrapartidas.
–Evaristo…
Murmurando. Una larga pausa.
–Qué…
Otra pausa, aún más larga. Tebas se sacude un bicho del pecho.
–Yo creo que hay que hacerlo todo…
–…
–Para zanjarlo… ¿No…?
Tebas pone algo en el pecho de Evaristo. Evaristo lo toca antes de mirarlo. La textura gomosa. La mano de ella por ahí abajo.
Nota sus dientes en el lóbulo de la oreja izquierda. O así lo recordará él.
Y luego un fundido a negro. Más o menos así.

Despierta entre las seis y la siete. Ella sigue ahí, dormida parcialmente sobre él. Le vienen imágenes. Ella encima, casi todo el tiempo, sus pechos, esas tetas, la piel blanca… Luego algo de trabajo a perrito. Imposible parar… Se le antojaba imposible que sucediera, y ya está hecho.
Imágenes de la policía metiéndole la cabeza en el coche. Su cabeza camino a la puta cárcel, con el resto de cabezas inmundas y pervertidas.
Pasa en las mejores familias.
Y otras veces con suerte fuera de ellas.
No es para tanto, se repite después. Ella sigue dormida sobre su pecho. Debe divertirle joder a sus padres, a su padre, que todo el tiempo ha sospechado de Evaristo.
No hay mucha luz, pero ahora la luz es una cuestión vampírica.
Evaristo mueve el hombro de ella.
–Tebas… Tebas…
–Jo… Cinco minutos más…
–Tebas, hay que irse.
La muchacha se incorpora. Se restriega los ojos.
Se vuelve a apoyar en él y le mira fíjamente;
–Evaristo. Hay que irse… O nos descubrirán los aldeanos.
Se visten como buenamente pueden.
–Evaristo. ¿Algunas vez has conocido a alguien capaz de guardar un secreto?
–Las verdad es que no.
–Pues ya conoces a una.
–…
–Voy tirando, ¿vale?… No te creas mucho la brujería del pueblo. ¿Vale?
–…
–Todo depende de ti.
–O sea que ya lo sabe todo Dios, ¿verdad?
–La verdad es que sí. Pero tú y yo sabemos lo que hay. Y quien a ti te importa, también.
–Ya…
–Te veo en la piscina. Aunque sea de lejos.
–Vale.
–Tonto.
–Ni que lo digas.
Una sonrisa de despedida.

Cuentos de verano: Apetito por la destrucción

Estoy tumbado boca arriba. Es algo que suelo hacer. He abusado, de hecho. La inactividad tiene mala fama. Se han lanzado mensajes contradictorios al respecto. Yo no tengo una opinión como tal. Cada vez tengo menos opiniones. Es una actitud que suele irritar a la gente. Quieren saber qué pensar de ti. Cuando no lo saben, tienden a pensar mal. Necesitan opinar.
Estoy en un pueblo extremeño. Casas de Millán. No sé mucho de él, pese a tener un fuerte vínculo sentimental. Mis padres crecieron y se conocieron aquí. Pasé muchos veranos aquí de crío, y luego dejé de venir muchos años. Ahora, consagrado mi fracaso adulto, he vuelto. Es una forma de hablar. Digamos que ya no tengo todo el futuro por delante. La energía mengua. Cuesta corregir el rumbo. Es complicado.
Mis padres vendieron su casa de aquí, así que me quedo unos días con mis tíos. He venido solo, me he empeñado. Mis progenitores no entendían nada. Pero si nunca quería venir, decían. En mi familia nunca hemos sido muy sentimentales. Una contradicción de tal calibre no se puede intentar explicar. Un arrebato, un rollo de hacerse mayor. Qué sé yo. Igual es la nostalgia. La nostalgia tampoco tiene buena fama. Se considera poco aconsejable, paralizante, una especie de tensión arterial del alma que podría infartar tu vida. Aunque puede que sólo sea miedo. El miedo suele ser el sentimiento estrella, lo que hay al otro extremo del amor, dicen. A menudo van juntos, pero es una conversación que ni en mil vidas tendría con mis padres. Ellos contemplan las cuestiones prácticas, tocables, todo lo demás son estorbos, escollos y tonterías.

Estoy tumbado boca arriba. Rodeado de cruces de piedra. Algunas tienen la formación del Calvario. No es un cementerio, es un prado de hierba consagrado a las creencias de abuelos y bisabuelos. Ya no hay casi creyentes. El pueblo se está vaciando. Se está perdiendo la religión, pero en mi opinión también valores de peso que antes ordenaban y daban sentido a las cosas. Ahora todo lo anterior al año dos mil se considera nocivo, “tóxico” (la gente adora esta puñetera palabra), rancio, etcétera. Es un nuevo tipo de ignorancia, creo, o quizá no tan nuevo. Esa tendencia a demonizar aquello que no viviste, que no entiendes, que ni sospechas.
Por regla general, ahora la gente que más presume de empatía y sensibilidad, es la menos empática con diferencia, la más boba y cruel.
La idea es pasar una semana aquí. Tengo el billete de vuelta comprado. Como digo, no sé bien por qué he venido. No tengo esperanzas de haberlo averiguado cuando me vaya. Podría haber venido en coche. Diez horas. Ni de coña. No tengo ninguna querencia masculina por las palizas de conducir, ni coches ni motos ni camiones. Quizá un avión, uno de los más cabrones, un avión comercial, doscientas vidas a mi cargo. Una tragedia potencial.
Ahora, tumbado boca arriba, pensando en cosas radicalmente inútiles, a una hora excesivamente calurosa de la tarde, de esas horas en que aconsejan beber agua y esconder a los abuelos, descubro que no estoy solo.

Dos críos revolotean entre las cruces. Tan pequeños como para tener miedos sólo fantásticos. Me recuerdan a mí a esa edad. Hasta que veo a los padres. Los padres deben tener mis años, quizá algunos menos. Lanzan advertencias en todo momento. Tanto él como ella, dos señoritas Rottenmeier nacidas en los ochenta. De las que se ven, sospecho, como un paso enorme en la evolución sólo porque antes se podía fumar en los bares.
Buenas tardes –dicen.
Buenas tardes.
Sé parecer de lo más pacífico.
Se sientan en un banco no muy cercano. Ese banco no estaba ahí cuando yo era como estos críos.
Me pongo a comer plantas. Me gustan las raíces de casi cualquier cosa. Ojalá conocer los nombres para recomendar algunas exquisiteces. Saco una lupa de mi bolsillo. Esto sí es un gesto claro de nostalgia. Un clásico.
El calor es abrasador, idóneo. Veo un escarabajo cerca dando tumbos entre las descuidadas briznas de hierba. Uno de los niños se acerca a verlo.
¡Kira, no molestes al señor! –dice una voz.
¡No pasa nada! –levanto el brazo. Kira… Ahora siempre les ponen nombres de niños especiales.
Con todo, es una oportunidad de educación al estilo de los noventa.
Mira –le digo al chavalín.
El niño se pone en cuclillas
Hago hábil uso de la lupa. El rayo se reconcentra en el caparazón del bicho. No se entera de nada, y se empieza a quemar. Me recuerda a algo.
¿Lo ves?
El humillo…
Uala… –murmura él.
¿Su primer contacto con el lado oscuro? ¿O humano? No me extrañaría que sus padres fueran veganos.
Toma. Hazlo tú.
El crío coge la lupa. Sigue al escarabajo con denuedo. Sonríe. Quizá sea también la primera sonrisa de muchas ante el mal ajeno.
¿Tiene esto lógica aquí entre cruces?
¡Kira, venga, que nos vamos ya! –vocea la madre, que acaba de recibir alguna llamada importante.
El niño deja de experimentar con el bicho, ya frito. Como si yo no pudiera oír la voz de sus padres, se acerca y me dice:
Me tengo que ir.
Me alarga la lupa.
No. Te la regalo.
¿Sí?
Claro que sí. Pero no les digas a tus padres lo del bicho.
Vale.
O díselo, me da igual.
Vale. Me tengo que ir.
Muy bien. Adiós, guapo.
¡Adiós! –ya corriendo.

La historia continuó. Suele hacerlo cuando te has mostrado mínimamente desafiante.
Sólo contaré hasta que se puso aburrida.
El mismo día, cenando con mis tíos (mi tía cocina mucho mejor que mi madre, y no digamos que yo…), viendo una corrida de toros (comentada por mi tío), rodeados de fotos de mis primos y sus hijos (alguien habrá de tenerlos), sonó el timbre de la puerta. Un ruido desagradable en un pueblo pequeño, donde predominan los avisos verbales, las intromisiones toscas pero amables. El timbre es casi un anuncio de malas noticias.
Mi tío Fernando, contrariado, se levanta a abrir.
–Quién coño…
Luego se oyen enseguida las voces de la madre de esta tarde. Sigo comiendo arroz. Ha sobrado del mediodía. Mi tía Goya suele hacer el doble de lo necesario. En todo.
Entonces empiezo a oír las risas de mi tío. Y la indignación de la madre aumenta. Parece llegar un tercer murmullo, supongo que del padre de los chavalines. Los habrán dejado con sus abuelos.
Mi tío entra en el salón, intentando contener la risa.
–Oye –me dice–, esta tarde has hecho amigos, ¿no?, están ahí…
–Pues diles que pasen…
Eso no ayuda a que mi tío se calme.
–¿Están los chavalines? –susurro.
–Qué va…
–Pues diles que pasen, en serio. O sea, si a ti te parece bien.
–A mí me da igual, muchacho, tú sabrás.
Mi tío vuelve a la entrada y hay otro intercambio, aunque ya sin risas.
Las risas vuelven cuando la puerta se cierra y mi tío Fernando aparece otra vez en el salón. Solo.
–Que dicen que nanay, que se van a Madrid mañana y tienen que madrugar… Conque un escarabajo pelotero, eh…
–No sé si era pelotero. No se le veía muy brasileño.
Humor para mi tío.
–Eso dice la mujer, ¡ay el escarabajo pelotero!
–¿Alguien me puede explicar lo que está pasando? –vocea mi tía.
–No pasa nada, tía. Cosas de la ciudad.
–Uy. Amigos tuyos.
–No, no los conozco. Pero me los conozco.

Colapso

Si miras a tu alrededor –para poner de relieve ya el aspecto narrativo– todo el bar intenta parecer una película de los ochenta ambientada en los años cincuenta.
La nostalgia es una de las drogas actuales más potentes. Puede que lo sea más que nunca antes. No sé hasta qué punto es mala, tóxica, paralizante, pero hay millones de consumidores. Es un pozo sin fondo de cultura pop, apología de la juventud y refritos. Y es que el ahora produce bollycaos que ya no saben como antes en todos los ámbitos. Cine, televisión, infraestructuras, negocios.
Yo soy uno de los yonquis del pasado más evidentes. Pero la gente no se sienta en círculo para hablar de estas cosas. Los alcohólicos y los drogatas siguen teniendo el monopolio de la chapa terapéutica.
El antes, como fuere, siempre ha sido un tiempo en el que, por poco que te empeñaras, podías desafiar incluso la ley de la gravedad. No me extraña que se llamara gordo al niño gordo de la clase. No por ser incorrecto carecía de lógica. El pasado debería ser ese momento en que podías llegar de un salto a la mitad de la piscina. ¡Bomba va!

No me preguntes la edad. Digamos que a veces me afeito para ocultar las canas. Encima ahora hay puretas que van por ahí como si fueran Slater en Salvados por la campana. No muchos, claro, pero los suficientes para que te sientas como el niño gordo.
Ojalá me hubieran insultado lo suficiente de crío. No es que estuviera gordo, pero sí que era un gilipollas de aúpa.
Algunos –o alguna, más bien– diría que en ese sentido aún me conservo bien.
Quizá tengan razón, pero una dosis generosa de educación a la vieja usanza me habría venido de rechupete.
Mis padres lo intentaron, eso sí, me dieron algunas buenas tundas. Hostias y gritos nada desdeñables. Pero claramente se quedaron cortos.
Por no hacer, ni siquiera hice la mili. La quitaron y me quedé huérfano de auténtica mano dura (ese poquito de fascismo desatontador). Imagínate las siguientes generaciones. Piensa en esos chavales que han crecido después del 2000. No puedo sino echarme a temblar.

Por si fuera poco, ahora hay muchos temas importantes, delicados, que carecen casi totalmente del necesario contrapeso del humor. De modo que quedan codificados y se convierten en losas, grandes monolitos opacos que aplastan a quien pillan debajo.
El humor no solo te da un respiro, también descodifica, desnuda, desprograma, debilita a los vampiros emocionales, a los propagandistas, a los idiotas de todo signo. Esa gente indeseable –y a veces muy popular– lleva ya demasiado tiempo con la sartén por el mango. La única nota positiva es la evidente debilidad de ese discurso estreñido de concienciatas posturetas. Su declive sólo parece cuestión de tiempo.

Recuerdo que estoy en un bar. Acompañado, pero eso ahora es lo de menos. Me han arrastrado a un show de stand up. Tres cómicos que van a intentar que la gente se ría en tiempos de “justicia social”.
Si el cómico no es realmente valiente (y ya hay MUY pocos así), sólo tiene dos vías. La primera es el humor político unidireccional; simple y llana corrección política (y por defecto, propaganda). La segunda, ya muy de moda: interaccionar con el público. Planteas una premisa, o quizá ni eso, y empiezas a tocar las pelotas a los que han venido a verte (a veces pagando…).
El primer cómico hace justo eso. Es recurrente ir a por las parejas. El ideal es que sea un chaval con una amiga. Que no sean pareja en realidad, jugar con la idea de que él querría que fueran pareja, o al menos follarse a su amiga de buen ver. Es más fácil que prepararte un material de verdad, y si alguien dice algo controvertido, por lo menos no eres tú.
La segunda cómica no mejora las cosas. No interacciona con el público, pero intenta desplegar una buena muestra lo que algunos llaman ahora: “humor feminista”. Esta categoría suele tener como principal herramienta el chantaje emocional. Para empezar es el tipo de humor que debe hacerte gracia no porque te la haga, sino porque –teóricamente– estás de acuerdo con el argumento de turno.
Yo diría que Ricky Gervais o Bill Burr no son graciosos por ser provocativos, ni por la temática, sino por cómo controlan los tiempos y la temperatura de la sala, con aplomo e inteligencia, sin complejos, con total seguridad y una vis cómica aplastante. Y nunca, jamás, se unen en serio a corrientes ni se etiquetan.
El tercer cómico opta también por la interacción con el público (la anterior al menos se preparó el monólogo, aunque fuera una sucesión de chistes lésbicos arrítmicos sobre pollas pequeñas…). Se enfrasca en una discusión con –otra vez– tintes sexuales sobre plátanos y pepinos con un grupo que parece llegado en un autobús del imserso. Risas escandalosas muy localizadas, muchos sorbos a cubatas y ganas de salir a fumar.
Los cómicos parecen destinados a acabar igual que los dueños de videoclub.

Cuando por fin estamos fuera, es un placer poder respirar el aire fresco de febrero. Ese mes de la chatarra.
No es fácil sacudirse la incomodidad de una sesión desastrosa de comedia. Yo opto por callar y aspirar fuerte de mi cigarrillo. Carlos sin embargo dice:
–Vaya una putísima mierda.
Se podría concluir que somos más exquisitos de la cuenta. Quizá con razón. Carlos, informático raso de profesión (y ahora telefonista comercial), iba a la universidad cuando yo ya curraba en almacenes y talleres. Ambos nos hemos fraguado un futuro mediocre como es debido. Quizá haya cierto placer malicioso en ver a alguien fracasar sobre el escenario.
No somos una pareja gay, sólo un par de aburridos amigos hetero. Blancos como la leche y sin planes de cambiar de género o sexo. Él está divorciado, sin hijos. Yo ni siquiera eso. Soy lo contrario a esa gente obsesionada con dejar huella. Si se olvidan de mí a los cinco minutos de haber muerto (lo que es probable), lo agradeceré con creces. Si son ciertos los últimos rumores sobre la supraconciencia, prometo no venir a incordiar a nadie en mi versión fantasmal.
Me limitaré a mirar.

Cenamos en un sitio de amigos hetero; comida rápida con estilo. Una franquicia, pero no muy conocida, todo muy consciente. En la pared han enmarcado un artículo de The New York Times alabando el bocadillo de jamón que preparan aquí. La vida está llena de misterios.
Nos llenamos la boca de sabores conocidos e insultos velados a los cómicos de la noche. Nos rodean grupos de chavales que podrían ser nuestros hijos de haber dejado embarazada a alguna animadora en la edad de las grandes pajas.
No es que ahora ya no nos masturbemos, pero ya nada es lo mismo. Ni los hombres ni las mujeres ni el porno.
Tampoco las chicas. Las veinteañeras parecen bastante sobrevaloradas cuando ya estás lejos de esa edad. De vez en cuando ves alguna realmente guapa, pero no coincide con el tipo de muchacha exuberante que te ponía a silbar como una tetera cuando tenías dieciocho años. Con el tiempo tomas conciencia de que una mujer adulta de verdad es infinitamente más atractiva que una niña venida a más.
Además la entrada de lo político en el ámbito pop, ha puesto de manifiesto más que nunca lo jodidamente idiotas que pueden ser los veinteañeros. Siempre lo han sido, pero antes parecía haber cierto grado de autoconciencia. No hay nada más ridículo que un ignorante poniéndose serio y pedagógico.

Nos separamos con monosílabos vagos, y cuando llego a mi cuchitril, hago un esfuerzo para ver qué ofrece la programación porno de banda ancha.
La verdad es que me siento cansado, y todo está lleno de tatuajes y piercings por todos lados, incluidas las partes más íntimas y erógenas. No es que tenga nada en contra de la decoración corporal, pero suelo preferir el color carne y no tropezar con hierros. Creo que hay un tipo muy específico de persona al que le puede quedar bien toda esa cacharrería y tinta. En la mayoría de casos hubiera sido mejor que continuara siendo una práctica de nicho.

Acabo por irme a dormir sin el ritual adolescente. La noche puede complicarse de verdad, sobre todo si has tenido roces con la ansiedad. Al menos es sábado. Si se complica, siempre puedo incorporarme sin prisas y chutarme una tila doble. No importa cuándo me levante. Aunque mañana tengo una comida. Un plan extraño, una de esas citas inesperadas, quizá un marrón. Nunca se sabe.
Comencé a hablar con una mujer por Internet. Más que una mujer, una excompañera del colegio, pero ya una mujer, sí, aunque en la mayoría de mis recuerdos tiene unos diez años. En primero una vez me preguntó en serio si me casaría con ella.
Al día siguiente se estaba dando besitos con el Dani, un niño mono de los cojones que ponía alerta incluso a las maestras.
Cosas de guapos.
Yo era un niño de los de hacer bulto. Si mi pupitre un día estaba vacío, se preguntaban durante un buen rato quién faltaba. “¿En serio no estamos todos?”
Me enamoraba parcialmente de todas las profesoras. Olían bien y hablaban con dulzura si hacías lo que te mandaban.
Yo era el auténtico niño pasivo. Tenían que llenarme de tareas y directrices para que mi actitud tomara vida.
Todo fue bien hasta tercero o cuarto de EGB.

Me despierto hacia las cinco de la mañana. La rutinaria visita al lavabo. Tengo la espalda cargada y me duele bastante el brazo izquierdo. Desde hace unos diez años. También noto desde hace unos meses una sensación rara y constante en el dedo índice de la mano izquierda.
Intento mear sin perder el hilo del sueño. Si se cuela cualquier pensamiento mínimamente significativo, podría costarme media hora de dar vueltas en la cama.
Tengo suerte. Lo siguiente es que despierto razonablemente descansado hacia las ocho y cuarto con la luz matinal.
Me levanto casi de un salto. Con una nota de entusiasmo, me digo a mí mismo:
–Me voy a misa.

No es una cita obligada, pero desde hace un par de años a veces voy a la iglesia los domingos. Nunca he sido creyente, pero de un tiempo a esta parte me han empezado a caer mal muchos ateos. Hasta ahora no había tenido una relación adulta con el interior de una iglesia (y por favor, ahorrémonos los trilladísimos dobles sentidos). De crío iba a los Salesianos. Sé lo que es ir a misa, o incluso a confesarse, pero eran prácticas que carecían de significado para mí. Eran mejor que estar en clase.
No es que ahora me confiese (aunque no lo descarto), pero me gusta el estado de ánimo que me provoca el estar dentro de una iglesia. Sobre todo así, por elección propia. No en una boda, y mucho menos en un funeral.
Me gustan los bancos de madera, los olores, el silencio, apenas interrumpido por el cura o el rezo de turno. Quizá para los fieles es rutinario, pero para mí es un refrescante remanso de paz. Quietud auténtica y balsámica.
Me pongo en pie, me siento. Cumplo órdenes. Canto si hace falta. Ojeo el misal. Alguna vez incluso he metido los dedos en el agua bendita antes de salir, y me he persignado.
¿Tendrá algún valor de existir otro plano este ritual mío de no creyente?
Algunos ateos se chotean de la vida eterna diciendo que lo importante es lo que hay antes de morir. No se dan cuenta de que la creencia ya opera antes de morir. Mucha gente se sujeta personal y discretamente a símbolos, objetos o lugares para sentirse mejor. No veo por qué el hecho de que sean religiosos ha de suponer necesariamente un problema.
El conocimiento científico –logros evidentes aparte– parece haber evolucionado gradualmente hacia una suerte de blindada cerrazón que conlleva no poca –y orgullosa– ignorancia respecto al mundo y quienes lo habitan.
Cuando salgo de la iglesia, siento que se me ha compensado por el bochornoso show de comedia de ayer.

Quizá lo de comer con mi excompañera tampoco sea una cita obligada, pero sería feo cancelar el encuentro poniendo una excusa cutre. He tenido unos días para echarme atrás. Puede que ella tampoco esté tan segura de querer pasar por esto. Aunque fue ella quien lo propuso. Hablamos bastante vía digital. Bastante en abstracto. A lo mejor me vio algo perdido, pasado de moda, ingenioso pero inofensivo. Demasiado alejado de ciertos ambientes para ser un “aliado” feminista. Y eso la acabó de convencer.
¿De qué? No lo tengo muy claro.
Los “expertos” en citas no recomiendan quedar a comer para un primer encuentro. Tampoco ir al cine. Y prácticamente nada que no sea tomar un café con la puerta del local cerca. Pero no somos exactamente desconocidos. Compartimos larguísimas horas de aburrimiento en edades en las que tienes cero tolerancia al mismo.
Recuerdo días en que rompías a reír sólo de puro bostezar. Horas lectivas que duraban como un mes cuando tienes más de treinta años.
Ahora tienes demasiadas cosas en la cabeza para aburrirte. Sobre todo si te sientes parcial o totalmente fracasado respecto a tu vida. En contra de lo que algunos dirían, creo que la ansiedad es lo que hay al otro extremo del aburrimiento. El aburrimiento está muy cerca de la felicidad. Y la felicidad –la auténtica, sostenible y duradera– tiene que ver sobre todo con la tranquilidad.

Llego al lugar, se llama Glaciar. Creo que es un restaurante tirando a pijo. Conozco bien su terraza, y al menos el café es bastante caro. Entro y pregunto por una mesa para dos. Llego con antelación. Una parte de mí quiere quitarse de encima el asunto. La otra querría pasar un buen rato de sexo hacia el final del día. Supongo que ella espera al tipo que hay en algún lugar del espectro entre esos dos.
De todas formas suelo amoldarme a la situación. Incluso en el peor de los casos, si me descubriera con alguien que no encaja en absoluto conmigo, sé escuchar y asentir. Puede que no con un interés extraordinario, pero sí con educación. Lo malo es que ahora después siempre estás localizable. Nunca tienes exactamente una vida propia. Esta nueva dinámica ha sumado ciertos aspectos a la naturaleza de un encuentro así. Ahora hay gente que se da aires hablando –proyectándose– en términos de “responsabilidad emocional”. Dicho rasgo recaería sobre todo en el varón, que debe reconocer la autonomía, fuerza y talento de la mujer que tenga enfrente, y a la vez tomar las riendas, responsabilizarse de todo lo que pase entre él y ella.
En teoría, claro.
Por suerte la mayoría de gente no piensa en esos términos ideológico-esquizofrénicos. Por regla general la gente es bastante tratable, aunque tengan sus cosas. Yo desde luego las tengo.
Hablo en un contexto occidental medianamente equilibrado, claro está. Y no me las doy en absoluto de ir cien años por delante. En lo que a mí respecta, hombres y mujeres son distintos, ninguno es mejor que el otro, y no tengo ningún problema con eso.

Cuando ella llega, levanto el brazo. Más guapa que yo, más arreglada que yo, más perfumada que yo. Y seguramente descubra enseguida que también es más inteligente y práctica que yo. Es una tendencia habitual en mi trato con las mujeres. De normal suelo creerme bastante listo, pero sólo en comparación con otros fulanos de mi misma especie: varones adictos al café y los cigarrillos, merodeantes, funcionales por los pelos. No es tan fácil describir al ser anodino.
Sonreímos y nos damos dos besos.
De crío me daba un subidón enorme si lograba hacer reír a una niña. Me recuerdo relajado, original y creativo. Un niño que ya está muerto. O al menos en coma, con puntuales momentos de lucidez. A veces da tiempo para un chistecito, un comentario ingenioso, a ser posible orgánico dentro de la conversación. Y rápidamente se impone tu edad para dejar claro que ya no eres un proyecto.
No verbalizo nada de todo esto, obviamente, creo que tengo el ánimo alicaído. Aún no soy exactamente un viejo, aunque desde luego apunto maneras.
Creo que es por el brillo que desprende ella. Podría tener un trabajo apasionante (no lo recuerdo), hijos modélicos, un exmarido que no es un capullo, una vida bien organizada. Y también sexo cachondo y frecuente. Quizá pueda probar algo de eso, pienso.
–¿Entonces escribes? –pregunta ella tras los prolegómenos.
De golpe tengo que recalibrar mi actitud. Creo que le hablé de eso, sí, como para sonar interesante, con la cabeza llena de inquietudes y lucecitas.
–Sí, escribo. Más o menos. Cada vez escribo menos. Cada vez me cuesta más. No lo sé. Pero me gusta hacerlo, sí.
Tiro a todo lo que se mueve, a ver si acierto una.
Antes pensaba que era bueno escribiendo. Ahora ya no lo sé. Simplemente sigo haciéndolo. Es una placentera inercia. Te da la oportunidad de ser un donnadie de una forma interesante. Cuentos, algún intento de novela, algo de poesía (aunque con eso me rendí pronto). Por supuesto nunca he publicado, digamos, en serio. No más allá de algunas antologías colectivas, colaboraciones, aventuras por correo electrónico. No he ganado dinero con ello. Sólo algunas monedas para café, tabaco o libros de segunda mano.
–¿No has intentado publicar? –pregunta ella.
Claro que sí, hablemos de mí. Ni siquiera soy ese fulano. Me siento tan escritor como biólogo o astronauta.
–Sí. Bueno, no mucho.
Ahora todos tienen consejos para escribir y publicar una novela exitosa. Pero no tienen su propia novela exitosa. Pasa con casi todo. Escribir, publicar, ligar, follar, ganar mucho dinero, ser feliz, morir, resucitar… Hay gente que tiene las claves de todos los temas capitales, y te las detallarán por un módico precio.
–He leído tu blog –dice ella.
Una frase que era emocionante en 2008.
Ahora sólo quedan con blog los que no querían un blog, sino ser el nuevo Albert Camus, o la versión minimalista de Margaret Mitchell.
–Vaya –digo–, eso no siempre es bueno.
No me siento cómodo cuando alguien me confiesa eso. Es como si hubiera estado hurgando en el historial de mi ordenador.
Halaga de una forma bastante entusiasta mis relatos, quizá incluso sincera. Yo activo el piloto automático de la prudencia, un gesto neutro, alguna pequeña sonrisa (sin dientes), silencio. Activo este modo también si me dicen algo insultante, o en todo tipo de eventos de compromiso: bautizos, bodas, funerales, cumpleaños. Y una vez inflitrado en un bar mitzbah. Me ayuda cuando me siento desubicado.
Al fin y al cabo es culpa mía. Publico los relatos y, aunque ellos no vayan a la gente –como sucedería con un autor relevante–, la gente puede ir a ellos.
Uno más bien se imagina leyendo una buena crítica en papel. No tienes que enfrentarte con nadie.
–La cruda verdad es que soy supervisor en un almacén, Lola. Del turno de mañana, eso sí, todo un logro.
–Ya me lo dijiste. Pero uno no es una sola cosa, ¿no?

Lola siempre me ha parecido un nombre bonito. No Lolita, y mucho menos Loli, sino Lola. Lola era una niña cargada de electricidad, inquieta e imparable, carismática (tanto que yo he accedido a volver a verla en persona, nada menos). Todos querían a Lola, y la protegían. Al paso de los años además fue ganando en belleza, un proceso imparable de transformación, de pony a intimidante unicornio adolescente. Era fuerte y tenía personalidad, pero algunos chicos preferían verla como una frágil flor, para ser sus caballeros andantes versión Disney Channel. Ella se dejaba querer, incluso hacía el papel si era necesario, pasando por una pequeña Miley Cyrus o Topanga.
Algunos aún recordarán el fatídico día en que, con dieciséis años, ya montados en un autobús para una salida escolar, Lola apuró la hora para, con toda entrega y sin asomo de apuro, morrearse en plena calle durante unos quince minutos seguidos con un chaval ajeno al colegio y mayor que ella.
Todos fingimos que no nos importaba. Tenía novio, vale, un noviete. Un tío duro, mayor, con moto (una Honda), un mostrenco de dieciocho años. Un gañán fibrado cuyo único mérito era haber nacido un poco antes y oler a gasolina.
Luego arrancó la moto, juraría, haciéndose notar, despidiendo un humo negro a modo de advertencia.
Aquel día desapareció parte de la magia. Aunque por supuesto todos continuaron adorando a Lola, y alguno incluso, en un acto desesperado, intentó competir con ese Pijoaparte motorizado. Lo imaginábamos pegando palos en joyerías y defendiendo a su madre de su padre maltratador. El chico problemático con el que follar en lugares publicos mientras tus amigas aún pegan fotos de Luke Perry en la carpeta.
Lola estaba viviendo su aventura sexual de iniciación, quizá torpe al principio, pero totalmente satisfactoria y fogosa enseguida, y probablemente irrepetible. O al menos eso pensé yo, sobre todo con los años.

Ahora Lola me dice que anda sola, y que le está dando duro a algo llamado: pilates somático.
Creo que en occidente nos lo hemos creído demasiado. A veces me dan ganas de arrancar el tapón de las botellas y tirárselo a los peces desde el puerto.
Me habla de flexibilidad y respiración, pero que en esta disciplina no es tan importante.
–Se trata más bien de tener una cierta conciencia del movimiento, para desarrollar la fuerza inherente del cuerpo.
–Ajá… Una vez oí hablar del “caminar consciente”. ¿Tiene algo que ver?
Si me preguntas si compraría toda esta clase de prácticas que a día de hoy me parecen pijadas con un cierto tufillo a filosofía de secta que acaba con miniserie en Netflix, a cambio de tener una temporada de sexo motero de lavabo público, te diría que sin dudarlo.
No me cabe la menor duda de que muchos tíos, millones a lo largo de la historia, han fingido interés por las cuestiones más rebuscadas o vacuas con tal de poder acceder físicamente a alguien como Lola.
Pero al fin y al cabo las extrañezas son la norma, no la excepción. Yo mismo estoy yendo a misa, y me estoy planteando seriamente una sesión de confesión, aunque no sé exactamente qué quiero confesar. Creo que es sólo por opisición al ejército de terapeutas con Instagram que hay por ahí atendiendo ya a miles de personas que no necesitan terapia, y que estarían mucho mejor si nadie les hubiera metido miedo con la avalancha pedagógica sobre la “salud mental”.

Me sincero a medias con Lola. Lo del pilates somático es algo que se me escapa, nunca he acabado de entender las disciplinas de ejercicio tan concretas, y creo que si no las entiendes no puedes practicarlas como es debido. Eso si no son sencillamente estiramientos y ejercicios normales con etiquetas artificiosas. Y en ese caso tampoco me interesan.
Ella sin embargo entiende perfectamente mi nueva costumbre de ir como turista a la iglesia. Tampoco soy capaz de explicárselo bien, pero no muestra ningún tipo de fanatismo a favor o en contra de la religión. Estoy encantado paseando con ella, pero a la vez me resulta difícil hablar con claridad. Será un rollo típicamente masculino, quizá biológico, pero la presencia de una mujer con auténtico poder sexual puede ser algo a lo que es difícil sustraerse. O sea, separar la cuestión física de la mera conversación. En casos específicos (como un encuentro tan único para uno), una parte de ti tiene que estar plenamente activa y todo el tiempo trabajando, como una suerte de Hal 9000 que, mientras intentas razonar, mantiene tus manos quietas. O tus ojos.
“Dave, has mirado su escote”.
Juro que no.
“Dave Bowman, un vestido es un vestido, no un envoltorio de regalo”.
Nunca he dicho que lo sea, Hal.
“Dave. Aunque ciertas nuevas corrientes aseguren que a las mujeres les parece muy considerado que les digas que quieres tener sexo con ellas, no deberías verbalizar ciertas cosas”.
Lo sé, Hal.
“De hacerlo, podrías trastocar los planes de la misión”.
No vamos a Júpiter, Hal, cálmate. Sólo paseamos con una vieja compañera.
“No es eso lo que dicen mis parámetros, Dave”.
No lo es. Pero intento que Hal se tranquilice. Aunque Lola ya no es un unicornio adolescente, es una yegua con todas las letras. Cosa que suena bastante mal. Como si la pudiera subastar. A algunos les resulta violento que les recuerden que son animales. Se creen que por coleccionar funkos y saber que van a morir, eso ya les aparta del mundo material.
Empieza a atardecer. Es ese momento de febrero en que a las siete de la tarde hay resquicios de luz. Rodeamos un gran hotel justo enfrente del mar. Ahora podría asaltarnos alguien, podría ser mi gran oportunidad de ser por fin un caballero a la Disney Channel.
Voy a confesarme ya. Pero este no es material para ningún cura. Sólo es un pequeño episodio vergonzoso. Y es que en el último curso los profesores organizaron un baile en el gimnasio del centro. Una “discoteca”, decían. Abriría de tres a cinco de la tarde. En lugar de hacer clase podríamos hacer un rato el ganso.
Pero algunos se lo tomaron en serio, y comenzaron a formarse parejas.
En mi generación quizá se empezaba vislumbrar ya la infantilización galopante que estaría por venir. Yo estaba harto pero a la vez encantado de ser un chavalín. Me interesaba muy poco llegar hasta donde estaba mi padre o cualquier otro adulto. Me gustaba esa sensación de inexperiencia, de que nadie esperara mucho de ti. Si además destacabas un poquito en algo, al hacerlo de joven se te asumía un doble mérito.
Ahora me parece patético.
Pero no siempre fue así. En generaciones anteriores sí había ansias, ganas de crecer. Y esa actitud aún persistía en algunos de mis compañeros. Vieron esa “discoteca” de tarde como una oportunidad para jugar a ser adultos. Algunos chicos se maquearon por encima de lo normal, sobre todo las parejas de chicos y chicas, que estaban dispuestos a actuar como si tuvieran edad suficiente para saber perfectamente de qué va el mundo.
Otros no, muchos nos quedamos apoyados en las espalderas, con ropa de crío y esperando a que pasaran las dos horas. Era mejor que estar en clase, pero no mucho mejor que ir a la capilla del centro.
No recuerdo quién se encargaba de elegir la música, creo que el profesor de gimnasia. Ya sólo tengo el recuerdo del recuerdo, pero sé que Lola estaba allí, y no estaba emparejada, porque se supone que aún follaba con el motero atracador de viejas.
El caso es que una niña se me acercó. El profe estaba poniendo canciones lentas, y la niña me dijo que Lola quería bailar conmigo.
No me lo creí y me sonreí, dando a entender que era un pardillo, pero no tan pardillo para creerme semejante trola.
Pero Lola estaba en medio del gimnasio, en actitud de espera, y miraba por el rabillo del ojo.
No, no, no. NO. Era demasiado para mí. Yo no hacía esas cosas. Yo iba por ahí, iba al cine con colegas, quemaba mi Walkman, jugaba al fútbol, me embarraba, traficaba con revistas porno…
Bailar con Lola en ese contexto (¿bailar, ademas?), a la vista de todos, corriendo el riesgo de que el motero me fichara e hiciera planes… NO.
En un arrebato, le dije a la mensajera que me iba, que ya me tenía que ir. Eran las cinco menos veinte (recuerdo con precisión mi reloj Casio). Nadie se iba a ir hasta las cinco. Pero yo me fui. Evité el contacto visual y salí por patas.
Tocaban vacaciones. Semana Santa. No estaba para eso. Estaba relajado. No hacía sentido que yo hiciera eso.
Me fui convencido de que me había librado de una broma de mal gusto. Lo más probable era que me acercara a Lola y ella me preguntara qué coño me pasaba (aunque para ser justo nunca había sido así de antipática con nadie…). Hubiera sido la burla de los tres cursos (A, B y C) por siempre jamás.
Sí. Sin duda había esquivado una bala.

Sólo que no fue así. A la vuelta de las vacaciones lo descubrí. Porque me lo dijeron, y porque Lola tuvo un par de gestos secos conmigo. Silencios. No es que fuéramos muy amigos, pero era simpática con todos, y también conmigo. Te ayudaba a sobrellevar la rutina. Era bonito que te saludara o te hablara, que te hiciera una broma que ni siquiera era una broma, sino una forma de decirte: “estás ahí, lo sé”.
Pero yo estaba por debajo en la jerarquía de popularidad, eso era evidente. Y ahora creo que ella no pensaba en esos términos. Sí, puede que debiera haber sido más lista, comprender las diferencias entre “los suyos” y “los míos”, pero también era joven e inocente (como yo). O quiza es que quiso pasar por alto todo eso.
Había una canción, Popular, de Nada Surf, una banda de rock alternativo de los años noventa. Tiene una profusa letra, y siempre recuerdo una parte, cuya traducción es algo como: “Mi madre dice que soy una trampa. Soy popular”. En esencia es la ficción de un chico que habla sobre sí mismo como el triunfador del instituto, el que sabe cómo vestir y llevar el pelo, cómo tratar a los demás, el que folla con la líder de las animadoras. Etcétera. Cuando descubrí la canción, por aquellos tiempos, siempre me hacía pensar en Lola. No lo intelectualicé entonces, pero está claro que yo no era el chico popular, y aunque ella no era animadora –ni mucho menos una animadora arpía de película–, no compartíamos clase, excepto el aula en sí, claro.

Mientras paseo con ella en presente (qué tangible y violento es el presente), saco el tema con torpeza.
Primero pensé que ni siquiera se acordaría. Hay cosas que se nos quedan en la cabeza, y que otros olvidan con una facilidad pasmosa. Pero Lola se acordaba.
Se me ocurre que puedo pedir perdón. Y sin darle una vuelta, lo hago.
–¡No hace falta que me pidas perdón! –dice.
–Bueno. Pero siempre lo he recordado.
–Éramos unos críos.
–Está claro que no éramos como ahora, por lo menos.
A veces me cuesta encajar las piezas, pero esto del perdón ha surgido porque es algo a lo que le he estado dando vueltas. Creo que tiene que ver con mis escarceos católicos. No es que escuche mucho al cura, pero está claro que tiene sus hits, y supongo que tira de ellos cuando no se siente muy creativo.
Como sea, me he fijado en que ahora ya nadie perdona. Ahora todos condenan, señalan, mandan a la hoguera. Les encanta.
El perdón se ha convertido en algo raro de encontrar, como si ya fuera una práctica anacrónica, quizá por su asociación con lo religioso, o porque no estamos mejorando como especie tanto como creemos.
Ahora se condena. Por lo pequeño y por lo grande, por lo pasado, incluso por lo pasado asociado a tus “iguales”, o hasta por lo inexistente. Ante la duda: se condena. Hay personas ahora con una altísima autoestima, convencidas de ser auténtica y plenamente buenas, abiertas y empáticas, incluso mucho más de lo normal, y que a la práctica son unas auténticas hijas de puta.
Si pueden contribuir a hundir a alguien, lo harán sin dudar, y si ese alguien pide disculpas, le volverán a condenar, “¿cómo se atreve?”.
Y claro, habrá casos concretos en que el perdón no es posible, o quizá ni siquiera recomendable, pero el perdón es a menudo una herramienta útil. Podrías ayudar a alguien a mejorar, aunque luego ya no puedas insultar más a esa persona, humillarla, acusarla. Y oye, entiendo que es una putada, porque entonces tienes que dedicarte a tus asuntos, cosa que no te apetece una mierda.
Es comprensible.

Acaba por no pasar nada. Enseguida se percibe en el ambiente la decisión femenina tomada. Es la única decisión que cuenta.
No hay malas vibraciones en absoluto, ni incomodidad, pero tampoco aflora el deseo necesario. Quizá debería haber cuidado más mi aspecto, o usar algún tipo de colonia. O limón. Seguro que el limón sirve para algo.
Lola dice que al día siguiente tiene un montón responsabilidades adultas (es recepcionista en el Edificio Iris, el rascacielos de cristal que parece un consolador caro). No tiene hijos, por cierto, pero me cuenta que abortó una vez. Eso parece agriar por un instante su ánimo. Supongo que esa experiencia ha matizado su idea sobre el sexo, ya muy alejada de los moteros cachondos. Quizá esté decidiendo si soy el término medio adecuado entre el aliado baboso feminista y el delincuente de toda la vida.
Para ser justo, me he mostrado algo aturdido. Y tampoco se trata de valorar una cita en base a la presencia o carencia de sexo, ¿no?
La acompaño hasta cierta zona poco aconsejable. Llama a un Uber.
Cuando llega el coche, nos despedimos con un abrazo y dos sonoros besos (su mano derecha en mi nuca). Me dice:
–¿Nos mantenemos en contacto?
Hace el gesto de manipular el móvil. No habla por hablar.
–Claro que sí.
–Me ha encantado verte. A lo mejor otro día…
–Cuando quieras, Lola.
–Vale. Pues hablamos, ¿vale?
–Por supuesto.

He pensado seriamente en darme al alcohol. Podría ser una buena salida para mí. Las drogas duras no me convencen, demasiado drásticas, con todo su instrumental y suciedad. Pero el alcohol también tiene una buena historia sobre perder a lo bestia. Podría ser mejor que la mediocridad.
Me gusta ese sonido del hielo y el cristal, la petaca perpetua, el estar pero no estar, el descuido, el sudapollismo de aliento rancio.
A veces estoy a punto de pedir una copa de cerveza significativa, la primera de un futuro y largo relato de derrota y patetismo, pero siempre acabo con un café delante. Sólo utilizo el alcohol como lubricante social. Y cada vez quedo con menos con gente.
Me he informado, he leído sobre grandes alcohólicos, y también a grandes alcohólicos. Me gusta el material de la gente turbia, en eso voy a contracorriente. Ahora hay gente que no quiere leer a autores que hayan sido conflictivos o delincuentes, o simplemente unos capullos (o que se diga que lo han sido). Dicen ser demasiado sensibles para poder separar obra de autor. Yo más bien no sé juntarlos. Tengo mucha intimidad con algunas grandes obras, pero los autores sólo son sombras para mí. Normalmente me interesan poco, y a menudo son hijos de sociedades y tiempos muy ajenos.
Pero el reciente e insistente señalamiento a los artistas conflictivos, ha hecho que en cierta forma me ponga de su parte. No porque apruebe lo que hayan hecho, que además casi nunca lo sé (tampoco los que les señalan), sino por mi renovada relación con el perdón, y porque sería hipócrita por mi parte verbalizar alguna especie de indignación, sobre todo con autores que básicamente me han mantenido vivo. No me cabe la menor duda de que la literatura, el cine y la música me han empujado lejos de las ideas suicidas. Y estoy seguro de que ha sido así para millones y millones a lo largo de la historia.
Como digo, además esa obra surgida de fuentes controvertidas no solo no me aleja, sino que me atrae. Me interesa el legado estético por encima de cualquier otra consideración. Me cautiva sobremanera la belleza –sea más o menos oscura– que haya podido crear alguien realmente jodido o dañino.
Es un contraste irresistible, algo que quizá se comenzó a fraguar en mí –por tonto que suene– con los primeros discos de Oasis. Esos hooligans descontrolados en sus inicios, que sin embargo luego eran capaces de crear y ejecutar canciones y discos relevantes, perdurables.

Es lunes por la mañana y ahora tengo aliento a café, y a tabaco, y de una pasta de máquina, una delicia industrial de las que te empeoran la salud y a la vez te hacen dar gracias por estar vivo.
Hablo con mi superior.
El director es un gordo canoso rubicundo que parece a punto de reventar, quizá gracias en parte a las pastas de máquina. Él mismo suele hacer chistes sobre su inminente muerte. Le gusta darle vueltas al colesterol, la tensión, los infartos… incluso los ictus. Se monda con todo eso. Se le sospecha una vida familiar complicada, tediosa, quizá acribilliada por la rutina, que es algo así como la tensión arterial de los matrimonios, su asesino silencioso.
Quizá no sea tanto la rutina como la desmotivación.
No suele hablar de todo eso, pero le encanta darle vueltas a la idea de irse a tomar por culo. Suele hablar en esos términos. Lo que no quita que sea un buen profesional. Nunca falta, nunca pierde el control, nunca –sospechamos– quiere pasar en casa un minuto más de lo necesario.
A las horas extras las llama: tiempo de regalo.
Tiene dos hijos, pero ya vuelan solos, han formado sus propias franquicias familiares. Viven en el extranjero, creo que uno Portugal, y el otro en algún otro lugar más relajado fiscalmente. La gente cree que sólo se van del país los youtubers, las celebridades. Pero lo cierto es que la presión fiscal está disparando la venta de maletas. Y desde luego, en contra de lo que algunos piensan, no son sólo los multimillonarios los que se van. Algunos sólo intentan salir de pobres, montar algo, emprender, ser autónomos con ciertas garantías, lo que hoy en día a veces se ve como una especie de locura liberal y fascista a la vez. Sólo ven con buenos ojos que emigres si pasas hambre, a menos que vivas en un país comunista, que entonces llega el pantallazo azul…
Qué se yo, a lo mejor intentar que no te quiten la mitad de lo que ganas –por muy consciente que seas de la utilidad de los impuestos (también del malgasto…)– sí te convierte en una persona horrible.
Pero supongo que hay gente con una gota de ambición. No es mi caso, ni desde luego el del gordinflón sonriente de mi jefe, que se ha levantado otra vez a aporrear la máquina de diabetes. Ambos tenemos espíritu de almaceneros.
El día que me propuso el puesto de supervisor, me dijo:
–Vas a ganar un poco más, pero no te preocupes, no mucho más. Harás más horas, eso sí, pero con menos trabajo físico. No lo sé, muchacho, es cosa tuya.
–Acepto.
Total, no iba a suponer un gran cambio, ni siquiera uno pequeño. Una parte de mí querría ser como uno de esos empresarios incipientes con ilusiones. Levantarme de vez en cuando con ganas de crecer, de hacer algo más que pringar sin variaciones (con esa especie de resignación judeocristiana…). Pero requiere de demasiado trabajo, motivación, dirección, ideas, riesgo, visión empresarial… No. No me ilusiona triunfar en la distribución de palets de detergente por todo el país. Durante unos quince minutos quise ser escritor. Ni siquiera uno bueno, pero al menos de éxito. Eso era otra cosa. Te podías imaginar pasando por listo ante guapas entrevistadoras, o estudiantes que jamás lograrían tu estatus, pero lo del dinero por el dinero…
No es que tenga nada en contra del capitalismo. No porque me chifle, sino porque tampoco lo entiendo muy bien, y además no voy a ser yo quien idee un sistema mejor. Pero está claro que no soy uno de esos peces hábiles que saben convertirse en imponentes ballenas azules antárticas (o tiburones, dirían otros).

El director resopla con dificultad de gordo seboso, y me dice que hoy voy a tener que pringar. Alguien ha causado baja, y no es que esto sea Mercadona. Algunos piensan que todo es como Mercadona o Zara, pero la inmensa mayoría de veces nadie va sobrado. Las cuentas son ajustadas, y no siempre se pueden tomar las decisiones más estéticas.
Me toca montar una carretilla elevadora y trasladar una cantidad considerable de palets. A veces lo agradezco, desconecto de las responsabilidades de mi cargo, que nunca están tan claras, y que en ocasiones te llevan de forma natural a la calle a fumarte otro pitillo con algún camionero. Cuando eres el tío de la carretilla elevadora o la transpaleta eléctrica, todo se vuelve cristalino.
Me pongo a mover palets de productos de limpieza. Los camiones no pueden estar vacíos mucho tiempo. A veces me pregunto cómo sería ser camionero. Esos largos viajes, los paisajes cambiantes, las paradas, la radio, la música. Algo me dice que funciona mejor en las expectativas que en la realidad.
Lo malo es la confianza, no te puedes confiar. Y a la vez es inevitable hacerlo. Tener quizá miles de horas a tus espaldas de pilotar un avión o conducir un taxi, es lo mismo. Puede que los pilotos follen más, y los taxistas no tienen la mejor fama (mi teoría es que tienen que soportar a una cantidad incalculable de gente pija supuestamente comprometida con la clase obrera). Pero es el mismo principio. Los carretilleros habitan un limbo de percepción. No concozco prejuicios sobre ellos, ni buenos ni malos. Quizá se piensa que bastante tienen ya con ser carretilleros. Pero si se confían, también la pueden cagar hasta el fondo.
Hace años, durante un turno de noche en otra empresa, llevaba de carga un palet realmente alto. No iba marcha atrás, como debía haber hecho, y en cierto momento juro que pensé que se me cruzaba alguien; vi una figura saliendo de uno de los estrechos pasillos de las llamadas “trilas” (carretillas trilaterales). Frené en seco y toda mi carga volcó, levantando por un momento las ruedas traseras de mi carretilla.
Bajé alterado de mi asiento y rodeé toda la escena. No había nadie.
Había tomado una precaución gratuita. Pero de haber habido alguien, hubiera sido aplastado por la carga de ladrillos que llevaba.
Confianza.
Piensa lo que quieras, pero luego me enteré de algo. Puedes maniobrar lo suficientemente mal para cargarte el centro de gravedad de una carretilla elevadora. Una maniobra brusca, una carga complicada, un mal día… Hacía diez años, una chica que hacía inventario justo en esa zona, había muerto aplastada por la carretilla de un flipado lleno de confianza. Hablamos del peso del vehículo sumado al peso de la batería, de más trescientos kilos. Un toro mecánico. Una tortilla donde antes había una cabeza.
No digo que viera un fantasma, pero tampoco sabía que lo hubiera.

Hoy, aún lunes, día largo donde los haya, aunque no peor que muchos otros, pincho sin querer con ambas palas un palet de garrafas de lejía. Algo sucede, la carga estaba mal acomodada en el tercer nivel de la estructura. Pero yo me confio y entro como una exhalación, girando a la vez que elevo las palas (movimiento teóricamente prohibido pero básico), y luego avanzando para meterlas en los huecos habituales. Sólo que esta vez no hay huecos; no tengo tiempo de reacción y me empieza a llover lejía encima. Salto de la carretilla y me lanzo al suelo antes de que toda la carga del palet se vuelque sobre el tejadillo de plástico, reventándolo, invadiendo de garrafas, madera y lejía el espacio que yo habitaba.
Estoy empapado y procuro mantener mis ojos a salvo. Oigo vítores y silbidos. Generalmente los accidentes se celebran, al menos cuando sólo hay pérdidas materiales. Rompen la rutina, se arma un buen quilombo, recibes palmadas y collejas. El reloj corre más rápido mientras dura el desastre.
El director llega y echa un vistazo;
–Da igual, sólo es lejía. ¿Te ha entrado en los ojos?
–Creo que no.
–Vete, anda.
Lo que significa: date un ducha y tómate un tiempo en la sala de la máquina de diabetes.
Los servicios de limpieza se hacen presentes y se colocan las mascarillas. Son las diez de la mañana.

Al paso de los días se enfría la cosa con Lola. A veces hablamos como se habla ahora. Alguna noticia, algún meme, algún John Travolta desubicado… Técnicamente estamos en contacto, pero no más que con cualquier otro colega digital. Supongo que no está muy interesada, pero también me pregunto si no estaré manejando la situación con torpeza. Quizá ella tambien piensa que estoy poco interesado. Ella fue la que quiso quedar, y los tíos tenemos fama de tener alergia a los compromisos, por pequeños que sean. Aun así hay algo de mito con eso, porque los tíos poco comprometidos son sobre todo los pocos que atraen con mucha facilidad a las mujeres. Normalmente son ellas las que seleccionan, están más acostumbradas a la dinámica de descartes. Cuando muy puntualmente le toca a un tío seleccionar, sencillamente no lo hace. Se queda con todo.
No digo que los populares sean siempre así, pero no debe haber muchas excepciones. Sobre todo si son jóvenes.
Por eso quizá Lola piense que no debo estar interesado. No doy el perfil de tío popular, y si además no estoy siendo más directo con ella, es que no debo encontrarla en absoluto atractiva.
Supongo que estoy encajando bastante bien en eso que ahora llaman: “hombre deconstruido”. No hago nada, no digo nada significativo, no tomo la iniciativa, y por supuesto no envío fotos guarras ni mensajes sugerentes ni guiños, no hago nada potencialmente “tóxico” que sugiera intención de posesión. El hombre perfecto que a ninguna mujer le interesa.
O quizá sí. A veces veo a esas parejas tan de ahora, en que ambos parecen igualitos, y me generan dudas. Se ven bastante en redes sociales, se graban hablando de libros o cine o lo que se tercie. Y la testosterona ha desaparecido. Tanto él como ella hablan igual, gestualizan igual, se comportan igual, transmiten una suerte de suave y controlada homogeneidad, casi inquietante, sin contrastes, sin roces. Es casi imposible imaginarlos jugando, discutiendo, follando.
Ha de ser una pose, por fuerza. Una pose ideológica. Una cuestión de miedo, de adaptación al medio o algo así.
Imagino que en la intimidad serán tan guarros y políticamente incorrectos como casi exige una relación sana de pareja. Y también diferentes entre sí, porque ya me dirás qué interés tiene una dinámica de iguales. ¿Qué se aportan?, ¿en qué se completan el uno al otro?
Y sin embargo ahí están, hablando en youtube sobre la última saga de fantasía que no les ha gustado a ninguno de los dos, porque uno de los personajes, un varón (por supuesto), era demasiado “tóxico”.
Me fascinan.

No me gustan las sorpresas. Ni las buenas ni las malas. Vale que las buenas a veces traen cosas buenas, pero no siempre es así.
Me contactan de una editorial. Incluso llaman por teléfono. Casi me suena el nombre. Me dicen que les interesa hacer algo con el relato largo que les he mandado.
–Ajá. ¿Yo he mandado un relato?
Pronuncian mi nombre y el título del relato.
–Sí. Es correcto…
Escribí eso hará dos veranos. ¿Lo mandé? A veces mando cosas, normalmente sin fijarme en las bases o condiciones del certamen de turno. Alguna vez incluso he enviado manuscritos a editoriales, como si los leyeran. La verdad es que no lo sé, pero siempre se dice que no leen nada.
–¿Hola?
–Sí, estoy aquí.

Primero me dicen que podrían usar el relato para una antología. Nueve autores más, todo muy diverso. Yo sería uno de los dos tíos blancos. Creo que se quedaron con las ganas de preguntarme por mis preferencias sexuales, o si tengo planes de transicionar. No sé si les interesa realmente el relato.
Pero también existe la opción de convertirlo en una novela. Lo que me pondría en serios apuros, porque el proceso se parece bastante a devolver la pasta de dientes al tubo y convertir el tubo en una manga pastelera.
Luego está la cuestión de las redes sociales. No soy nadie. No tengo cifras de influencer; ni siquiera se me ha viralizado algún video en el que se me humille o me caiga al río intentando cruzar sobre unos troncos.
No es que me lo digan así, pero me dejan claro que me hacen un gran favor. Poder publicar con su editorial semiconocida sería todo un lujo.

El rollo de publicar o no me da un dolor de cabeza que me dura días. No un dolor literal, pero sí esa sensación espinosa de tener algo en el aire, algo que debes solucionar, decidir, afrontar o esquivar. La verdad es que me pilla poco motivado.
No es la primera ni la segunda vez que publico alguna cosa, pero esto parece más grande. Quizá haya más posibilidades en juego, cierta visibilidad. Lo de la visibilidad me da una pereza elefantiásica, eso sí (nunca es como en las fantasías). Aunque la probabilidad de publicar una novela –en aparentes buenas condiciones– me atrae, por supuesto, pese a la sensación de que la oportunidad llega veinte años tarde (cosa que imagino le pasa a la gran mayoría de escritores).
Pasado un mes desde que nos vimos, decido proponerle a Lola volver a quedar. Es como si este rollo de la editorial me hubiese despabilado.
Lo hago de forma prudente, casi a modo de, nuevamente, “hombre deconstruido”. Lo dejo caer. ¿Le apetecería? ¿Quizá otro café en el Glaciar? ¿Unos pinchos en Casa Juan? O puedo ir a verla a la recepción del Edificio Iris. Con mis pintas habituales podrían confundirme con el siguiente hito en terrorismo islámico.
Si me lo monto bien, podría echar todo el edificio abajo.
Estoy a punto de verbalizar el chiste, pero hoy en día podría pasar por racista o islamófobo. Si algo incomoda ahora a las personas con un alto concepto de sí mismas (no digo que Lola sea una de ellas), es que reconozcas la diversidad en el mundo del crimen.
Lola dice que sí, que por supuesto que quedamos. Me pide que le deje mirar cuándo le viene mejor. Añade emoticonos sonrientes, dibujitos, como si la cita fuera entre Sailor Moon y Son Goku.

Hay unos días entremedio. Tiene que llegar el siguiente fin de semana. Por las tardes doy largos paseos. Me he aficionado a escuchar podcasts literarios muy discutibles. Horrendos, más bien. Recuerdan mucho a las parejas homogeneas. Cero testosterona, sin contrastes, y muchas sagas de fantasía. Hay multitud de cosas que me llaman de esos podcasts. Son tan distintos a mí (para bien o para mal), que es como poder observar la flora y la fauna de otro planeta, y cómo de debajo de una piedra sale un tío, pero nunca acaba de ser un tío. Es otra cosa.
Sensación inquietante de homogeneidad aparte, casi nunca conozco los títulos de los que hablan, y tienen casi todos una pinta horrible. La tendencia a las sagas es real, raramente se salen de las novedades o libros publicados en los últimos cinco o diez años (a lo sumo), y se suelen valorar –o incluso puntuar del uno al diez– en virtud de su corrección política y supuestos valores positivos (todo aquello que entienden que no es “tóxico”…).
Es una idea de la literatura y la lectura tan y tan alejada de la mía, que sigo sintiéndome en ese otro planeta, observando que en realidad ellos comen por el culo y defecan por la boca. Parece que todo se hiciera al revés. Pero es que son de otro planeta, ¿no?
O de otra generación, podría decir alguno. Pero tampoco es tan así, porque los integrantes de dichos podcasts rondan fácilmente los treinta y cuarenta años. No es tanto que hayan crecido en un mundo “distinto”, son más bien individuos que han comprado narrativas ideológicas recientes de una forma más o menos acrítica, asumiendo que esos discursos provenían de las fuerzas del bien. Es algo en lo que parecen seguir creyendo, el bien y el mal, y no solo para la fantasía seriada.
(¿Demasiadas generaciones sin conocer una guerra?).
Todo esto, por supuesto, proviniendo de personas la mar de ateas, siempre a favor de la ciencia –aunque con alguna duda reciente (¿las conclusiones científicas podrían no ser más que una mera rama de heteropatriarcado?)…–, y muy concienciadas con el cambio climático, del que saben tanto al menos como yo.

Intercambio una serie correos con la editorial. Ellos quieren que participe en la antología en calidad de hombre blanco hetero (sí, me han tirado de la lengua). Yo más bien querría embarcarme en la novela, aunque implique meterse en un jardín que está muy poco claro.
Me dicen que están interesados, pero que podrían ser las dos cosas, primero la antología y luego mis ambiciones típicas de macho blanquito privilegiado.
No es que lo digan así, pero algo de eso hay. Me hacen recordar a ese tío que se hizo pasar por tía presentando un manuscrito a cierta editorial. El tipo eligió una foto de chica joven resultona (y creíble) en Google, e hizo su transición teórica. Enseguida mostraron interés por el “manuscrito”, e incluso se puso en marcha el proceso de publicación. Hasta que llegó el día en que el espabilado tuvo que reconocer que no era una chica mona de veintitantos, sino un maromo poco vistoso de cuarenta y pico. Eso le costó meses de silencio por parte de la “interesada” editorial.
Finalmente el tipo publicó. Le perdonaron lo de ser un tío del puñetero montón. Parece ser que no escribía mal, pese a sus rasgos identitarios defectuosos.
El asunto resulta agotador, así que acabo cediendo. Revisaré el relato de cabo a rabo (lo que me aterroriza) y lo enviaré a esa aparente sucursal de las fuerzas del bien.
Hay algo que evidentemente no me cuadra. El relato es bastante ácido, diría que políticamente incorrecto (aunque las líneas rojas “antifascistas” cada vez están menos claras…). Se me hace raro el encaje dentro de una “estructura” (a los autopercibidos “buenos” les encanta hablar de estructuras) conformada por gays, lesbianas, “personas racializadas”, trans, etcétera. No parece la clase de proyecto que prime la calidad. Obviamente puede haber –y hay– grandes escritores en cualquier colectivo, pero cuando antepones la diversidad a la labor central, puedes construir un auténtico churro.

No puedo negarlo, desde hace unos años las voces y pensamientos que más sólidos me han parecido, no han llegado desde posiciones de izquierdas. A menudo tampoco exactamente desde la derecha, aunque a veces sí (lo que hace mucho que dejó de preocuparme). Ahora la izquierda mediática y social entre la que he crecido, se me antoja cada vez más agresiva, boba y frágil intelectualmente. Demasiado ilusa y líquida para ver y analizar el mundo, y por ende para mejorarlo.
Me sincero hablando de todo eso con Mario (whatsapp), el editor gay con el que he estado en contacto casi todo el tiempo. Desde el principio, pese a lo que yo pueda considerar rarezas –o meras inercias ideológicas de nicho– me pareció un tipo sensato. Llegué a pensar si no podría ser incluso uno de esos gays liberales o de derechas, que los popes de la izquierda consideran el epítome de la ignorancia y la estupidez.
Pero no. Es un perfil de izquierdas posmoderno con una extraña tendencia a la tolerancia. Creo que en parte le hago gracia, un poco como un señor de pueblo a una influencer.
Incluso me invita a una especie de sarao de la editorial, o de varias editoriales, asumo que un rollo pijo con cócteles de muchos colores y pulcritud hortera de clase media alta.

La verdad es que, contra todo pronóstico, me apetece ir. A veces la curiosidad vence a la pereza.
–Qué guay. ¿Y vas a ir solo?
Lola. Domingo. El Glaciar.
–Bueno, eso te quería preguntar.
–¿Quieres que vaya contigo a una fiesta gay? Me encanta…
Le entra la risa.
–No estoy de coña…
–Yo tampoco, pero es que me parece muy gracioso…
–Además no solo son gays, también hay lesbianas, trans… Creo que incluso algún no binario.
–¿Hay no binarios? Nunca he conocido a ninguno.
–Yo tampoco.
–¿Crees que podremos tocarles, o solo dejan mirar?
–Tú ríete, pero estarás en el Planeta Woke. No sabes cómo pueden reaccionar.
–Pero si son un encanto. Bueno, por internet son peores que Goebbles, pero en persona la gente se baja de la parra. No te preocupes.
–No estoy preocupado.
–¿Y habrá muchos heteros?
–Como mínimo otro más.
–Uau.
–Lo sé.

La realidad heterosexual suele ser la siguiente: El chico es torpe y hace llorar a la chica. No porque el chico sea malo o la chica demasiado sensible, sino porque las personas no encajan como las piezas correctas de un puzle. Si quieren seguir juntas, son pacientes, se perdonan y se hacen de muleta mutuamente.
He llegado a esa conclusión. Quizá es aburrida, pero aquello que se acerca a la verdad (o lo parece) no tiene por qué ser apasionante, o cómodo. Mi misión ahora es no hacer llorar a la chica. No es un objetivo ambicioso, pero al menos no voy a fingir ser un patán inofensivo para luego ponerme en plan violador del ascensor. Un psicoanálista clínico, Jordan Peterson –considerado por algunos poco menos que el portero simpático que te enseña la entrada al Cuarto Reich, y que en realidad sólo es un loquero que una vez se atrevió a discutir con activistas trans–, dijo en una ocasión: “Si no eres una fuerza formidable, no hay moralidad en tu autocontrol. Si eres incapaz de ser violento, no ser violento no es una virtud. Si aprendes artes marciales, por ejemplo, aprendes a ser peligroso, pero simultáneamente aprendes a controlarlo. Es muy útil que las personas entiendan que deben hacerse competentes y peligrosas, y tomar su propio lugar en el mundo”.
Yo no soy ni competente ni peligroso, pensé al principio. Pero luego me detuve a recordar. Lo he sido en ocasiones, sobre todo de crío, encajé en esa categoría de peligro contenido, por contraposición con ser inofensivo, que es lo que critica Peterson. Una cosa es ser pacífico, y otra muy distinta ser inofensivo. De crío tuve algunos arrebatos, algunos enfrentamientos (eso me ahorró el bullying, por ejemplo), alguna pelea tonta (ahí fallé). Lo que me pregunto es si aún queda algo de eso en mí. Al menos no me reconzoco en los tíos hetero sin testosterona que te hablan de novelas oportunistas sobre mujeres luchadoras. Ni siquiera me fío de ellos, porque acostumbran a ser una trampa (sobre todo para las mujeres), una nueva versión del chico popular.
En mi opinión, no se trata de no quedarse atrás, como algunos varones acomplejados de mediana edad creen. Se trata de hacer lo correcto, de acertar en tu análisis. Se trata de ser justo, lo que es infinitamente más difícil que estar a la moda o actualizar tus consignas.
Paseando con Lola una tarde, topamos con una pareja. Amigos del pasado, sería una descripción más precisa. Yo soy quien los conoce. Sobre todo a él. Él era una chaval parecido a mí, quizá más callado, cortado con las chicas, poco amigo de las fiestas, friki de las pelis y la música, sobre todo de la música (yo tiraba más a las pelis). Intercambiamos un par de bromas, recordamos alguna anécdota, obviamos el que hace mucho que se enfrió la relación. Tampoco es que haya un motivo concreto.
Le recuerdo –quizá de forma injusta– como alguien frustrado por no parecer normal. Como un friki que en realidad no quería serlo, que quería ser del montón pero no se veía con fuerzas. El tipo de persona obsesionada con encajar, que por fin lo consiguió, y que ahora apoya las nuevas narrativas aunque lleguen al punto de lo delirante. ¿Qué es una mujer? ¿Cuántos géneros hay? Hay preguntas que, irónicamente, ahora no podría –o querría– contestar. Ni él ni ella (lo he comprobado…). Han logrado parecer personas correctas, pack ideológico incluido. Ahora el friki patético es el que te sabe decir qué es una mujer; o la mujer que dice que quiere tener hijos. La comunicación básica, económica, la que sirve para entendernos, se ha convertido en un problema. La familia, otro problema. La diversidad intelectual, el mayor problema de todos.

Nos libramos por fin de ellos. Y ellos de nosotros. La mayoría de gente no quiere reencontrarse. Si separaron sus caminos fue por algo, por difuso o poco concreto que fuese ese algo. Si tuviera que apostar, diría que en este caso fue por culpa mía. Ya no soy como cuando tenía veinte años, y ellos (creo) en gran medida sí. No han cogido desvíos mentales importantes. No es que yo sea muy original, pero cuando empiezas a hablar distinto, a opinar distinto, cuando ya no te hace gracia lo mismo… Es mi versión, claro está, ellos dirán otras cosas de mí. Si supieran que ahora a veces voy a misa, o qué canales de información o voces me detengo a escuchar, probablemente pensarían que he caído en una burda trampa, que he sido presa de cierta propaganda dañina. Porque no soy lo suficientemente listo.
Como digo, sólo es mi versión.
Lo bueno es que me han visto con Lola. Eso siempre prestigia a un varón hetero. Que te vean por ahí con una mujer guapa. Ha de ser guapa, eso sí, o al menos resultona, interesante. Por mucho que ahora se haga apología de los cuerpos como un todo bello e indistinguible, todos seguimos eligiendo, viendo contrastes, discriminando por defecto. Si eres educado, no insultas, no juzgas fácilmente el cuerpo de nadie, pero eso no significa que no tengas tus gustos, y que no contribuyas, con todos los demás, a generar sufrimiento.
Eso es muy impopular ahora, reconocer que el sufrimiento es inevitable.
Si una mujer atractiva anda por ahí contigo, das una cierta imagen de estabilidad. Da gustito, como si tuvieras la más remota idea de lo que haces.
Hay placer porque hay sufrimiento.
Si eres mujer es distinto, no es raro que algún tío vaya detrás de ti.
Hay excepciones, claro está, pero siguen confirmando reglas, tendencias evidentes.

Lola es una fuente inagotable de placer. Ya he podido comprobarlo, a varios niveles (¿vendría a cuento una descripción calentorra? Quizá más tarde). Es un momento dulce (muy dulce), y por eso seguramente requerirá trabajo. Veremos cuánto dura. Hay quienes dicen que los tíos vamos buscando madres, que no nos interesan las mujeres independientes que no saben freír un huevo. Lo que quieres es una madre a la que te puedas follar. La verdad es que yo salí a mi madre, para bien y para mal, y nunca he sentido esas pulsiones edípicas (aunque puedo entender que existan). Mi padre murió hace dos años. Con cierta malicia, ahora pienso en escribir una novela sobre eso. Justo la temática que a mi potencial editorial gay le debe rechinar más. Un tío hablando de otro tío. Otra vez la monserga del padre muerto. Pero la verdad es que no me motiva escribir sobre ello, y no me suele atraer esa temática de hijos agradecidos y padres superhéroes (o hijos supervivientes y padres nefastos).
Igual para las hijas y las madres.
No estoy en contra de la familia como institución, ni mucho menos. Con la familia me pasa como con el capitalismo. No me apasiona a priori, pero no veo qué otra dinámica puede cuajar mínimamente, y parece que Manson se cargó el mito de las comunas.

Un día estoy solo. Ahora estar solo es distinto. Estoy sentado en una terraza. Está atardeciendo, ha llegado la primavera. Un tío, poco mayor que yo, se me acerca y me pide un cigarro. Nunca le niego un cigarro a nadie. El dinero es otra cosa. Le doy el pitillo y me da la mano. No negaré que su aspecto me asquea un poco.
Y mientras estamos así, él aferrando mi mano y yo deseando soltar la suya y que se largue, el tipo dice, serio y marcando bien las sílabas:
–Un café con leche, no.
Y se va sin añadir nada más.

Hay gente que piensa en el hombre perfecto o la mujer perfecta.

La idea de perfección me aburre mortalmente. Y me irrita. La gente que se proyecta como perfecta, que exige perfección a los demás, me parece verdaderamente peligrosa. La perfección es el terraplanismo de la gente de izquierdas.
El objetivo de los imbéciles.
La perfección es lo más imperfecto y falso que hay. Es lo contrario a la belleza, la convivencia y la verdad.
Las estrellas de cine atractivas no brillan por ser perfectas, brillan por el atractivo irresistible de sus imperfecciones. Cierta forma de moverse, trazas raras de encanto o brutalidad, un pasado misterioso, una elegancia involuntaria de mirada esquiva en el aeropuerto. No son tíos sin tacha ni mujeres como hechas por ordenador. Puede que incluso tengan fama de capullos, pero todo el mundo los ama. La perfección teórica es la de una modelo retratada para una marquesina. Una foto tratada hasta que no queda nada de la modelo; sólo la idea de la perfección: lo contrario a una estrella de cine.
Lola no ve la manera de ser falsa, perfecta. O al menos eso parece. Es como si ya estuviera demasiado cansada para actuar. Todas sus facetas brillan sin cortapisas, y eso hace que su versión pasada de dieciocho años –la que buscaba la perfección– parezca más bien superficial o atolondrada por comparación.
La miro y pienso en esos podcasts de temática social y política que presumen de estar abonados a la “píldora roja”. Que hablan de cómo el hombre necesariamente buscará a una mujer más joven y no demasiado experimentada sexualmente para formar una familia. O de la mujer que eligirá seguro a ese tío con ambición y testosterona mientras aplaude al hombre deconstruido con moño al que nunca se follará.
Y aunque entiendo de dónde surge esa narrativa del hartazgo, y sin querer quitarles parte de razón, creo que olvidan lo caótico que es el mundo, y el mundo de las relaciones, y cómo pueden cambiar o no las personas, y que un ideal de relación –o belleza– no responde necesariamente a arquetipos que hayan funcionado bien tradicionalmente.
No quita que las gritonas digitales que se tiran de los pelos cuando un famoso maduro se lía con una mujer joven, me parezcan tristes y patéticas.
No seré yo tampoco el que condene la libertad para hablar mierda disfuncional, pero yo al menos no lo haré en nombre de ninguna ideología política, ya sea esta más desnortada o sofisticada.
Camino a la fiesta gay de editoriales, Lola dice:
–Seguro que otro día te pidió que le invitaras a un café con leche.
–¿Pero no crees que me acordaría?
–Probablemente ni le escuchaste. Te la tenía guardada.
–Pero le di el cigarrillo.
–Creo que te acusó de ir por ahí repartiendo cáncer.
–En lugar de café con leche.
–No se me ocurre otra explicación.
–Ya. Pero bien que se fumó el cigarro.
–Aun así. Así sois los fumadores, qué quieres que te diga.
–Tú también fumas.
–Bah, sólo a veces.
–Ya… ¿Quieres que te invite a un café con leche?
–Bueno… ¿No llegaremos tarde para conocer a los no binarios?
–Nah… Los no binarios pueden esperar.
–¿Cómo los reconoceremos?
–Suelen verbalizarlo, creo.
–¿Van diciendo que son no binarios?
–Y a veces por la forma de vestir.
–¿Y cómo visten? ¿Y darán cena?
–¿Los no binarios?
–Quien sea.
–Sí. Mi editor gay me dijo que no me preocupara por eso.
–¿Te has planteado que le atraigas sexualmente?
–¿Que yo le guste a mi editor gay?
–No. Que te quiera follar.
–Pues me sentiría halagado, pero creo que más bien me mira como el monolito de 2001 miraba a los monos.
–Entonces quiere civilizarte…
–Es posible. La verdad es que no le conozco muy bien, lo más probable es que tenga novio.

Estrella dorada. Así llaman a las lesbianas que nunca han tenido sexo con hombres. Llegamos al lugar del encuentro y mi editor nos presenta a su hermana menor, Clit. Así dice ella que se llama, y que es una estrella dorada, y nos los explica. Mi editor, por cierto, es un hombretón barbudo, no te lo imaginas como pasivo. Al verle bien y hablar con él, me cuadran algunas cosas (y me descuadran otras). Sólo había visto su Instagram. Clit tiene el mismo aspecto frágil de campo de concentración de la prostituta que muere por sobredosis en Boogie Nights.
Lil’ Cinderella.
Ante mi pasmo, Lola se lo dice.
–Es verdad –dice la muchacha–, me lo han dicho muchas veces, pero es todo herencia de mi abuela, soy clavadita a ella. Creo que también era lesbiana, pero ya me dirás tú.
–Eres muy guapa –dice Lola–, es que hace poco que volví a ver la peli.
–Gracias, cariño, tú también eres muy guapa.
Lola podría llevar en volandas a Clit y hacer un espectáculo de ventriloquía.
Estamos en una suerte de restaurante de lujo/discoteca con ínfulas. Una especie de apuesta de negocio. Hay empresarios que intentan innovar para dar el golpe. Nunca me han convencido los locales híbridos. Ni siquiera las cafeterías/librerías. Nunca voy a tomar un café y a comprar un libro al mismo sitio. Claro que yo soy fumador, así que –como diría Clit– ya me dirás tú.
Nos sentamos a una mesa redonda por indicación de mi editor. Se llama Mario, creo que lo mencioné, y es claramente el tipo que lleva el cotarro. Si observaras desde fuera, pensarías que estamos en el convite de bodas de él y su hermana.
Ahora el local muda su piel para el modo cena. Hay varias mesas redondas, somos unas veinticinco personas.
–No os preocupéis, eh, que estáis invitados –nos dice Clit. Está sentada a nuestra mesa. Hay otras chicas, creo que amigas suyas lesbianas, y un par de chavales, puede que gays (o quizá no binarios).
Es una de esas cenas a base de raciones. Llegan a cuentagotas. El camarero nos explica la historia de cada ración. Todas parecen tener más pasado, personalidad y carácter que la mayoría de personas que he conocido. No conozco el cincuenta por ciento de los ingredientes. A veces no sé exactamente qué se puede comer de lo que tengo delante. En una ración resulta que se puede comer el “plato”, una tablilla que resulta ser algún tipo de trufa rebuscada de cocina moderna.
La gente habla a voces. Detecto al menos cinco o seis tíos más con toda la pinta de ser heteros. Con las mujeres es más difícil dilucidar las filias. Normalmente no estoy pendiente de estas cosas, pero el rollo identitario está muy presente. Ya salía a relucir en los correos de Mario, que alguna vez no dudó en bromear con ello.
El mismo Mario se levanta en determinado momento golpeando su copa con un tenedor;
–Dejadme decir unas palabras en nombre de los editores presentes.
Marca su gestualidad a modo de parodia cabaretera.
–Hoy tenemos a nuevos autores y autoras con ganas de acabar sentados con Oprah, ¿verdad? Haremos todo lo posible para que ese sueño se haga realidad. Aunque tengáis que ir con un pinganillo traductor. Nos os preocupéis, esa mujer entrevistó incluso a Lance Armstrong cuando ya se conocía su personalísima historia. Pero que sepáis que aquí no se castiga a nadie por doparse.
(Risas).
–Nos conformamos con que sigáis dándole a la tecla. Si lo hizo William Burroughs y llegó a viejo, vosotras también podéis. Incluso vosotros… Pero no juguéis a Guillermo Tell, por favor…
(Risas).
–Tenemos también, por cierto, a dos personas en representación de la letra e, ¿verdad?… ¿Podéis levantaros?… Disculpadme, soy un poco “terfo”, pero, ¿podríais confirmarnos que los no binarios no sois simplemente los nuevos emos?
(Risas, carraspeos, un par de silbidos ambiguos).
–Ay, chiques… Perdonadme, pero soy un marica de la vieja escuela. Aunque, sinceramente, dudo de si tengo que actualizarme o simplemente esperar a que se restablezca el sentido común… Ya os podéis sentar… Que sepáis que os queremos seáis lo que seáis, pero sed comprensivos con el rollo de los pronombres, aquí somos bastante binarios…
–¡Hermano, es hora de beber…! De beber aún más, vaya…
Clit intenta cortar por lo sano.
–No te preocupes, hermanita. Yo sólo doy amor, ¿vale? Soy un cielo, joder.
–¡Hermano…!
–Y nada más, nada más. Sólo una cosa más… Hoy hay aquí varios heteros también. Casi todos tíos, además. Sé que algunos de mi cuerda os ponéis como motos con los heteros, pero son chicos sanos, y algunos vienen con sus parejas… así que si os los queréis tirar, por lo menos intentadlo con discreción, ¿vale?
–¡Vale, hermano!
Clit se levanta.
–¡Dadle un aplauso, por favor, y que se siente…!
Todas las mesas aplauden, no parece que nadie se haya molestado con el discurso. Al menos a simple vista.

Poco después salgo a fumar. Dejo a Lola hablando con Clit de anime de los noventa.
Me encuentro con Mario, que fuma un pitillo y parece inquieto.
–Mario…
–Hola, querido…
–¿Todo bien?
–Sí, claro, es que…
Se ríe, una nota de alivio.
–Es que me voy de la lengua…
–No te preocupes.
–No, oye… Es que antes era como… Antes veía a los heteros como gente distinta a mí. No los odiaba ni nada. Bueno, a alguno, quizá… Pero ahora ya no me siento así.
–Ajá…
–Tú y yo, por ejemplo. Tenemos cosas en común, ahora más que nunca… Eres un hetero de los de antes, y yo un gay de los de antes… ¿Entiendes?
–Sí. Creo que sí.
–No es que seamos viejos, no digo eso…
–Ya…
–Pero tampoco somos jóvenes.
–Es verdad.
Un silencio.
–Oye. Manda ese cuento en cuanto puedas, ¿vale? A mí me gusta, me gusta… Me parece divertido, refrescante… Y si alguien te contacta para decirte algo o pedirte que lo cambies, me avisas, ¿vale?
–Por supuesto…
–Vale.
–¿Seguro que va todo bien?
–Sí…, es que creo que me ha sentado mal ese pelotón de raciones… ¿Me disculpas?
Mario se aleja. Es un jardín amplio. Se arrodilla detrás de un seto con forma de cuchara. Creo que intenta disimular el ruido, las arcadas. Pienso si ir a acompañarle. No. Creo que no quiere más compañía. Me vuelvo adentro con discreción.

Luego hay un reparto de chupitos, un digestivo. Veo cómo Mario intercambia unas palabras con los dos chicos que decían ser no binarios. En determinado momento rompe a llorar, debilitado por la vomitona y el alcohol. Son chicos jóvenes, parecen impermeables, una actitud contenida, ambivalente. Una parte de mí, no, todo mi ser está con Mario, igual de confundido. No acabo de creerme la cuestión líquida de los géneros. E incluso si existe como tal, no creo que deba introducirse en ningún programa educativo básico. Por un lado, pienso: me da igual. Por el otro: si tuviera un hijo, le diría que los humanos tenemos dos manos, dos pies, una cabeza; los hombres, pene; las mujeres, vagina; y que existen dos géneros. Hay tiempo de sobras para descubrir –de ser necesario– los casos excepcionales potenciales, las excepciones igualmente respetables que confirman la regla.

Nuevo no significa mejor, sólo significa nuevo. La mayoría de veces, por lógica de ensayo y error, hay que corregir o eliminar esa novedad. A veces por otra cosa nueva, y casi siempre por algo ya preexistente. Ahora parece que surgen cosas nuevas cada día. Pensamientos, teorías, conclusiones, puñetazos en la mesa. Algunos quieren derretir la realidad y moldearla; han olvidado que es la realidad la que lo moldea a uno. Uno sólo puede resistirse hasta cierto punto, conservar alguna arista, una mínima parte esencial de uno mismo.
Muchos no lo consiguen. A los cuarenta no queda nada de lo que eran cuando podían soñar o sonreír con facilidad.
Yo intento aguantar, preservar algo.
Para una descripción calentorra, es mejor que imagines a Lola sobre mí que a mí sobre Lola. El sexo parece una salida de la vía principal que podrían tener los adultos. Un descanso de la controladora realidad. Normalmente lo hacemos en su piso. Rodeados de libros. Ella no los ordena por colores como una booktuber (lo que me alivia), no colecciona ediciones bonitas, objetos de papelería, figuras monísimas o barbies encerradas en sus cajas. No hay ningún funko de Jane Austen a la vista.
Nada de todo eso me molesta realmente, pero a cada paisaje le corresponde una sensación personal. El paisaje relacionado con Lola es algo en lo que me puedo reconocer.
Me siento torpe y fofo a su lado cuando estamos desnudos. No cuando estamos en reposo, pero sí el resto del tiempo.
Entra luz solar por una rendija de la ventana. Es tarde. ¿En qué fecha estamos? Lola me habla de sus padres. Resulta que están podridos de pasta.
–No, no exactamente –dice ella.
–Me imagino a tu padre fumando un puro enorme en la última planta de un rascacielos…
–¡No!
–… mientras mira por un gran ventanal al resto de seres humanos, hormigas obreras…
–¿No quieres que te ofrezca un puesto en su empresa?
–Por supuesto, me darán un despacho para hacer tareas misteriosas.
–Millonario en un año. Multimillonario en cinco.
–Por fin lo reconoces.
–Por Dios… Mis padres no son ricos. Si lo fueran te lo diría. Te daría ahora mismo un fajo de billetes.
–Hum…
–Ojalá.
–Pero tienen su propio vino, ¿no has dicho eso? ¿Un viñedo?
–Una reliquia de mi abuelo. Nada más. Un dolor de cabeza para mis padres.
–¿Pues sabes qué?
–…
–Que quiero el empleo. Quiero ser rico.
–¿Ah, sí? ¿Por eso estás jugando conmigo a los médicos?
–Exactamente. Ni siquiera me interesa tu cuerpo.
–¡Oh…!
–Naaada. Sólo quiero pisar parquet y viñedos, ojear revistas en mi despacho…
–Es increíble, estoy tan decepcionada…
–… y echar barriga…
–¡Ya tienes barriga!

Un día quedamos con Carlos. Se trae a su último ligue. Parece que la cosa va en serio. En realidad la palabra ligue sería injusta. Carlos verbaliza a menudo su veneración por las mujeres, como si fuera un cantante melódico de los ochenta. Hoy en día eso se considera increíblemente machista, en base a cierta visión aún por descifrar, en que, de la admiración reconocida de un hombre por las mujeres, se desprendería necesariamente la mera intención de follar con todas y tirarlas como una colilla a un bosque en verano, sin importarte que luego haya un enorme incendio emocional. Como si Carlos fuera Julio Iglesias, del que siempre se dice todo lo que ha follado, pero nunca que todas han querido follar con él.
Hombres terribles y mujeres niña. La nueva y sólida narrativa progresista.
Los “aliados” han venido a embarrar más esa situación. No verbalizan su admiración, al menos no de la misma forma, lo que hacen es criminalizar al hombre, se menosprecian hipotecando su propia dignidad. Se montan su película de autodeconstrucción. Julio Iglesias al menos follaba –o folla– siendo él mismo.
Ella se llama Carla. Parece tímida, aunque quizá sólo es su forma de afrontar a los desconocidos.
–Eres guapísima –dice Lola, nuevamente sin filtro.
–Oh, muchas gracias…
–Me recuerdas a Sharon Stone en Desafío total. En serio.
–Qué va…
Estamos en un restaurante hetero esta vez. Ciudadanía aburrida común. No es un antro, pero tampoco ninguna declaración de principios o intento de reinventar la rueda. Carlos nos cuenta cómo conoció a Carla.
–Se le cayeron veinte euros, en plena calle. Tuve que correr detrás de ella un kilómetro.
–Sí. Pensé que me quería violar…
–¿Y no quería? –dice Carla.
Humor hetero.
Nos traen unos entrantes de lo más prosaicos. Mario no para de enviarme memes por whatsapp. Chistes “antiwoke”. Ha encontrado una especie de válvula de escape en mí. Lo cierto es que es aún más refractario que yo a la ideología líquida. Quizá sí tenga algo de varón hetero acomplejado; los últimos años han sido un bombardeo constante. Por suerte me ha pillado mayorcito. Hace poco Mario me escribió que se sentía como si tuviera que salir del armario otra vez;
Primero sales del armario, y luego tienes que salirte del “colectivo”. Cada vez lo tengo más claro.
Carla dice que Carlos no es guapo, pero que no le suelen gustar los hombres guapos.
–¿No soy guapo?
–Bueno, a ver, para mí sí.
–Carlos no es guapo –dice Lola–, es como Adrien Brody pero sin los premios de la academia.
–Dios bendito…
–Es broma, aunque sea verdad…
–Gracias, es muy gracioso… Tío, ¿tú no crees que yo sea guapo?
–Claro que sí…, eres como Vincent Cassel, un tío duro, con un sueño.
–Eso. Eso me gusta más.
Ciertas cosas no te pueden pasar a ti, ¿no? Por eso nunca estás muy al tanto, es lo más saludable. Estamos mucho menos informados de lo que creemos. Mucho menos advertidos. Todos hemos visto explotar bombas en la tele, reales y ficticias. La calle del restaurante es estrecha. Nosotros tenemos suerte. Estamos en una mesa del fondo. Para cuando dos hombres entran gritando (sí, gritan eso) en el salón de actos de la otra acera, aún estamos dirimiendo la cuestión de la belleza masculina.
La primera explosión hace que revienten los cristales de nuestro local. Después Carlos vuelca la mesa para usarla como barrera. Lola y Carla se hacen un ovillo en suelo. Yo las rodeo con los brazos. Nadie está soñando, o pensando. Hemos vuelto a las cavernas. Todo es sangre y músculos que laten, instintos de conservación.
La segunda bomba explota más lejos, dentro del otro local. Pasan unos segundos antes de que podamos oír los gritos. Esperamos unos minutos tras la mesa. Carlos se asoma a veces. Tiene unas gotas de sangre en la cara. Proyectiles. Me llevo la mano a la frente, tengo clavadas dos esquirlas minusculas. Miro a Lola, la sujeto por la nuca para echarle un vistazo. Parece intacta; una expresión de estoica expectativa. Carla llora, pero tampoco parece herida. Palpo todo el cuerpo de Lola, como para asegurarme de que está entera.
Nos incorporamos poco a poco. Se empiezan a escuchar sirenas.

Saliendo de allí, procuramos no mirar en torno. Intentamos no construir memoria. Quizá más tarde veamos cosas en la tele, pero estamos acostumbrados a la tele, a Internet. En unos cinco minutos lo sabrá todo el mundo. En diez minutos ya habrá noticias publicadas, chistes, memes. La maquinaria está perfectamente engrasada. A la gente le chiflan las novedades. También a nosotros, que ahora caminamos por la calle, temiendo ver según qué perfil, qué atuendos. Dos tíos han muerto por su causa, pero las ideas suelen quedar intactas.
Ese es el propósito, imagino, morir para que la idea sea aún más fuerte. En Europa es fácil sembrar las semillas de esas ideas. Ahora es una cultura débil y acomplejada, al menos por comparación. Cada vez más voluble. Terreno perfectamente fértil.

Quizá deberíamos haber esperado a las ambulancias. Podrían habernos enfocado con una linterna a los ojos, comprobado nuestros reflejos, o lo que demonios hagan. Ya muy lejos del restaurante, reducido a escombros y algunos pedacitos de carne, nos seguimos sintiendo extremadamente inseguros.
–Oye –me dice Carlos–, voy a acompañar a Carla a su casa, ¿vale?
Carla comparte piso con otras dos chicas, con las que ha estado hablando por teléfono. Carlos y yo nunca hemos sido de grandes efusiones, pero nos damos un abrazo, y Lola me dice que me vaya a su piso con ella.

Después de nuestra experiencia políticamente incorrecta y cercana a la muerte, me veo haciendo dos tilas en casa de Lola. Lola dice que antes tenía pastillas para dormir, pero que hacía mucho que no las necesitaba. Parece importante para los dos que el día acabe y despertar mañana.
Mañana es domingo.
Ya ambos en la cama, se me ocurre proponerle a Lola ir a misa. Quizá le parezca una estupidez, pero puede que le acabe viniendo bien.
–No lo sé. Yo siempre hablaba en clase, ¿no te acuerdas?
–Pues no, no me acuerdo.
–¿No te acuerdas? Incluso me echaban de clase.
–¿A ti? Pero si eras la niña bonita de… del colegio.
–Por Dios… qué dices. Era un cuadro, una pija… No, quería ser una pija, pero no me salía.
–No tengo ese recuerdo para nada.
–¿No será que recuerdas a otra?
–No, estoy seguro de que no. No…
–¿Estás dudando?
–Para nada.
–No pasa nada si me confundes con otra.
–No te confundo con otra, porque sé cómo te llamas, recuerdo perfectamente tu cara. Y también recuerdo a ese novio tuyo motero… El que era igual que el Pijoaparte de Juan Marsé.
–¿¿Mi novio motero?? Ay Dios…
–¿Tú no tuviste un novio motero?
–Pero, cariño, ¡esa no era yo!
–¿Cómo que no eras tú?
No.
Contiene la risa, escrutando dentro de mi cabeza.
–Claro que eras tú… Cuando querías bailar conmigo en la “dicoteca”, yo…
–Esa era yo.
–Espera. Estoy muy confundido.
–No. Recuerdas las cosas a tu manera. Todo lo demás lo recuerdas bien, o casi todo, pero yo no tuve ningún novio motero.
–¿Entonces quién era?
–Creo que era Laura… ¿No te acuerdas? Laura.
–Laura…
–La chica aspersor
Una vieja bombilla parpadea y se enciende en mi cabeza.
Joder. Es verdad.

Laura Garrido lo había preparado todo. O eso dice la leyenda. Fue en 1999, con el miedo a que los ordenadores se volvieran locos y llovieran aviones comerciales, cayendo a plomo sobre pueblos y ciudades. El cambio de milenio.
Laura se masturbó después de proteger su cama con un plástico. Resulta que su eyaculación a veces se daba –o buscaba– en modo olímpico. Tres chorros a presión empaparon el televisor pequeño que tenía junto a la cama. Hay quien dice que se lo cargó.
Se grabó, por supuesto. Se suponía que era algo excitante y divertido. Y alguien robó la cinta de la mochila de su novio. No está claro si fue exactamente así, pero por suerte Internet aún estaba débil como para que la cosa fuera a más.
Laura se lo tomó con filosofía, o eso se decía entonces. Ella decía cómeme el coño si alguien la picaba. Lola y yo intentamos recordar los detalles de todo aquello. No sé cómo reaccionan el resto de supervivientes a un atentado terrorista.

¿Cómo tenemos que actuar después? ¿El trauma es un proceso personal, o un fenómeno objetivo que no podemos evitar según la experiencia vivida? Ahora parece que son ciertas élites mentales las que deciden estas cosas, sobre todo cuando se habla del padeciemiento de las mujeres. Tu estado anímico no importa, sólo importa cómo se supone que deberías estar. O cómo les conviene a algunos que estés. Es realmente confuso, o al menos se busca que lo parezca. Quizá no fuimos exactamente supervivientes de un atentado, ya que este se dio en el local de enfrente, aunque murieran cinco personas (de momento) que estaban sentadas en la pequeña terraza. Puede que los realmente traumatizados sean los que estaban en el salón de actos y han sobrevivido. Los que llegaron incluso a ver a los fanáticos suicidas.
Allí murieron veintidós personas, y hay otros tantos heridos. La cifra se va actualizando, para regocijo profesional de quienes tienen medios que no pueden permitirse el lujo de parar de escupir titulares.
El domingo vamos a misa. Lola y yo nos miramos más de lo habitual, nos buscamos los ojos. Es una especie de vigilancia atenta mutua, como si temiéramos que el otro pueda romper a llorar y sentarse sin fuerzas en el suelo en cualquier momento. No puedo hablar con precisión de ella, pero yo no me siento realmente mal. Me siento con el control de mis emociones, al menos, como digiriendo una comilona emocional pesada; quizá con algunos sudores, pero saliendo adelante.
Sentados en nuestro banco de madera, miramos en ninguna dirección mientras el cura residente hace su performance para los fieles habituales. Más mujeres que hombres, mujeres mayores. Todas las mujeres mayores solas en una iglesia parecen viudas.

Damos un larguísimo paseo, decidimos que luego comeremos en el Glaciar. Nos perdemos en disquisiciones desatadas, como buscando el chiste más brillante, la contradicción más apetitosa. Los fanáticos de cualquier índole no saben lo que se pierden.
Hay gente que da vueltas y más vueltas ideológicas hasta llegar al mismo punto que sus abuelos. Puede que ellos no entendieran la música moderna o a los homosexuales, pero sabían muy bien cuáles eran las elecciones más aconsejables para vivir la mejor vida posible tal y como es el mundo (y no tal y como quisiéramos que fuera).
Hace un par de semanas fue cuando Lola conoció a Carlos. Fue un encuentro casual. Él nos habló ya de Carla ese día. Parecía emocionado, intentando controlarse. Carlos quiere formar una familia. Ni siquiera le da miedo decirlo en voz alta. El péndulo ya va hacia el otro lado. O ha llegado a su extremo, al menos. Demasiada gente haciendo apología durante décadas de la soltería o el coñazo que es tener hijos, ha resultado en cierta clase de hartazgo: el descubrimiento de que no vas a tener siempre veinticinco años, o treinta, o treinta y cinco. De repente la posibilidad de formar una familia adquiere un curioso atractivo. Ya no te suena tan estúpido y agotador, ya no le ves el filtro sepia a esa idea.
Como la idea de tus padres.
El relato. Relatos. Ahora uno de ellos es la imagen que se da de los padres varones de familia de los ochenta y noventa. Un pordiosero de pocas duchas sentado ante la tele cerveza en mano mientras su mujer lo hace absolutamente todo.
Yo crecí viendo a mi padre irse todos los días a las nueve y media para hacer el turno de noche de segurata en un centro comercial. Seis noches a la semana.
Así se hace difícil comprar el relato del pordiosero.
Le encantaba el fútbol, además, pero, por razones obvias, se perdía el noventa por ciento de los partidos. Nunca se quejó, que yo recuerde, ni por eso ni por cualquier otra razón.
Nunca nos faltó de nada, pero ahora hay narrativas que dicen que tengo que recordarlo como un capullo más con el machismo interiorizado porque no hacía las tareas del hogar.
Los presentismos, simplistas y empapados de ignorancias a menudo patrocinadas, hacen que me den ganas de gritarles a algunos y algunas a la cara. Decirles que ya no soy como ellos, y que estoy asqueado con la certeza de haberlo sido alguna vez.

Si no te informan de que te vas a morir, no te mueres. O sí, pero con suerte ni te das cuenta. Esa es la filosofía de mi abuelo. Tiene noventa y cuatro años.
Carla hablando. Dispersión.
–Me encantan las niñas apocalípticas. ¿A vosotros no? Los niños armagedón.
Carla conoce el mundillo de los saraos en alto. Entras en un edificio y luego en un amplio ascensor. Y después arriba hay una fiesta pija a cielo abierto. Dos barras y dos DJ, una selección de esa música que antes llamaban chill out. Quizá aún se llama así. Estamos tomando algo de pie ante una mesa redonda pensada para estar de pie.
–Me encanta Greta Thunberg, ¿ya es mayor, no? o ese otro niño latino con gafitas, no recuerdo su nombre.
Yo bebo vodka con naranja, mi bebida de cuando salía de joven. Si estamos aquí es por culpa de Carlos, que quiere hacer vida social otra vez. Le dan esos arranques cada cierto tiempo.
–Imagínate ser un puto crío y tener esa visión del mundo. Antes siquiera de tener una mínima idea de cómo es el mundo o la gente. Antes incluso de tener una sola idea que sea propia.
Han pasado tres semanas. Una parte de mí piensa que aquí un buen tirador podría cargarse al ochenta por ciento de los presentes. No tienes salida. Sólo hay una puerta que da a una escaleras, cerrada con llave, y el ascensor, ocupado casi todo el tiempo. Te da por pensar en la gente que saltaba por la ventana cuando las torres gemelas. Durante un instante no entendías por qué.
–Los niños apocalípticos anticapitalistas, antirracistas y desfilando con una bandera multicolor que por el otro lado es la bandera de Palestina. Me imagino a sus padres igualitos que a los padres de Macaulay Culkin. Cálculo, cálculo, cálculo…
Es sólo la versión borracha de Carla, aunque todos vamos más o menos igual.
Si miras a tu alrededor, nadie se mezcla con nadie. Todo son corrillos, grupos compactos. Algunos ni siquiera hablan entre ellos, están con sus móviles, buscando algo de calor humano aunque sea a distancia. O puede que sólo pasando reels. Los más afortunados tendrán algún rollo tipo sexting. Ya hablo como si pudiera ser colega de Greta, la niña apocalíptica, el chollo del activismo profesional. Concienciación a tope, tía.
Crisis a la moda; este lustro toca Palestina. Y no olvidéis la separación de grupos para progresar. Entre hombres y mujeres, entre heteros y gays, entre cis y trans, entre jóvenes y mayores, entre blancos y negros, entre negros y más negros, entre blancos “buenos” y blancos “malos”, entre españoles y latinos tipo “devolvednos el oro”. Y así una lista interminable de batallas culturales tremendamente lucrativas para dos o tres.
Miedo a toneladas. Es la clave. A que te llamen racista, o machista, a que te llamen homófobo, tránsfobo, xenófobo, islámófobo, edadista… Tú eres bueno, estás a favor de lo bueno, y nadie, jamás, aunque tenga que sufrir toda la humanidad por ello dolores emocionales y físicos inimaginables, va a decir lo contrario, joder.
El mundo se irá a cagar, pero todos morirán malos, y tú morirás bueno. Cálculo, negocio, miedo y colapso.
–Mirad –dice Carla–, ¿no es aquel Thomas Mann, el actor?

Mario nos invita a La fiesta del fin del mundo. Le gusta ponerle nombres a todo. Pasados dos meses, ya tengo recuerdos distorsionados del día del atentado. No tengo claro cómo se desarrollaron los acontecimientos. Quizá un cascote pasó rozándome la cabeza y ahora podría estar muerto. O podría haber muerto Lola, lo que es peor. Carlos podría haber sufrido alguna lesión grave, ahora podría ser nuestro amigo sobre ruedas. Carla nunca habla del tema, lo cual te hace dudar sobre si será la más afectada mentalmente. Aún no tengo claro el asunto del trauma. Si fuera un escritor sin escrúpulos, podría inventarme uno, un guión, mi alter ego (más delgado y atractivo) despertando sudoroso por las noches, buscando respuestas, afrontando un periodo de deconstrucción gracias a la experiencia extrema vivida, y finalmente describiendo la “masculinidad tóxica” que nos atraviesa a todos los hombres, independientemente de la raza, la cultura o el entorno personal. Me veo recogiendo premios en galas elegantes. Con las uñas pintadas de negro. Cuánta lucidez, cuánta humildad. El hombre que vio la luz. Un ejemplo para el resto, machirulos sin remedio, machistas y racistas. Quizá así, siendo un sinvergüenza con pintas, mintiendo a lo grande, comprando complacientes teorías que nos homogenizan a todos, lograría una buena cantidad de prestigio, dinero e inmortalidad. No sería el primero.

El año pasa a toda leche. Es algo que hace unos diez años que pasa. Seguro que no para los chavalines que siguen en las trincheras de la educación obligatoria, pero para mi edad el tiempo va del lunes al jueves, de febrero a septiembre, de los treinta y dos años a los cuarenta y uno. El tiempo parece saltarse fases. Celebras el año nuevo y al cabo de un par de jodiendas y un resfriado, ya vas por ahí en bermudas preguntándote qué ha pasado con los últimos cinco meses. Luego te vuelves a poner la chaqueta, y para cuando quieres darte cuenta ya estás escupiendo uvas otra vez.
Ahora no, ahora está cogiendo forma el verano. Mario me da algo de miedo. Me viene a la mente un video terrible en que un magnate que lo ha perdido todo, reune a sus seres queridos en algún salón elegante, pone a grabar a un familiar, da un discurso poco esclarecedor, saca una pistola de la nada y se vuela la tapa de los sesos.
Parece atravesar por una complicada crisis identitaria.
Ahora que yo soy su gran amigo hetero, puede decirme lo que quiera y nunca le llamo fascista o gay de autoodio. Claro que tampoco lo es; pero explícale eso a ciertos activistas. Están poco estudiados los ególatras y narcisos que hay en esos círculos. Esos duelos digitales para ver quién es más puro y virtuoso.
No es que yo pueda ayudarle mucho, pero sé que es un buen tipo, que nada de lo que piensa es realmente dañino ni escandaloso. Simplemente a veces te replanteas algunas convicciones. A veces puede ser un proceso doloroso. No puedo decir que fuese mi caso, pero yo no estoy en los ambientes de Mario, enormemente contaminados en la última década, principalmente por gente ajena a las minorías, que sólo quiere sacar algo, alguna ventaja política, un podcast bien pagado, un canal de youtube con resonancia, un lavado de cara para una marca, y toda una serie de cagadas producto de las inercias inevitables del capitalismo. Modas. Ser moda es lo peor que hay, porque es lo que acaba desapareciendo. Es lo que dura poco y envejece mal. Pero los gays no van a desaparecer. Han allanado sus ámbitos, los han intoxicado, han vaciado sus cajones, han revisado sus cuentas, los han exprimido, los han querido “visibilizar”, politizar y vender hasta tal punto, que probablemente han logrado que haya más homofobia ahora que hace veinte años.
Un enorme y patético circo izquierdista con los oprimidos a modo de hombre elefante. Pasen y vean: Los gays nos encantan, los amamos, desfilamos con ellos, qué raros son, ¿verdad? Pero los queremos a pesar de todo. Vótame, tengo un montón de amigos gays, cariño, se me quedan entre los cojines. Te pones a barrer y ¡oh!

Venid por la tarde tempranito, dijo Mario. Resulta que la reunión es en el campo. En un viñedo. Me he tenido que contener con las bromas a Lola. Ella es la que conduce, vamos en su coche gris. Ojalá saber más de coches. Yo tengo permiso de conducir, pero es una triste historia, y el final es que no me apetece una mierda conducir. No tengo coche, no me gustan los coches, ni las motos, ni las revistas con coches y motos fotografiados como modelos de Playboy.
El caso es que se va a publicar por fin la antología. Y además Mario dice estar allanando el camino para mi novela, entre otras. La reunión es la celebración de todo eso, aunque empiezo a sospechar que a estos editores les gusta vivir con una copa en la mano.

Copa en mano me llaman al móvil, y me dicen que el gordinflón de mi jefe ha muerto. Un infarto masivo. Estaba doblando turno, ha ido a la sala de la máquina de diabetes, ha sacado uno de esos pastelillos rellenos de mermelada industrial, ha dado dos bocados y ha caído aparatosamente al suelo.
–Le han visto –me dice Víctor, el supervisor del turno de tarde–, se ha comenzado a poner violeta y ha estirado los brazos, como pidiendo ayuda. Al principio creían que se estaba atragantando…
–Joder…
–Sí… Bueno, oye…
–Oye, ¿qué se supone que…?
–No te preocupes, sólo llamaba para informar. Mañana por la tarde se celebrará el funeral…
–Ya… ¿Sabes dónde…?
–No, pero te volveré a llamar, ¿vale?
–Vale, tío.
Cuelgo. No quiero seguir titubeando, y tampoco sé bien cómo reaccionar. Lola me ve extrañado. Se acerca.
–¿Estás bien? Pones caras, como cuando volvimos a ver El retorno del Jedi.
–Resulta que el gordinflón ha muerto…
–¿Tu jefe?
–El mismo.
–Dios… Lo siento mucho, cariño…
Me abraza con delicadeza. Se me debe ver bastante afectado. Quizá incluso lo esté.
–Lo entierran mañana.
–Sólo lo vi una vez, pero me cayó muy bien…
Es verdad. Un día comimos con él. Iba a venir su mujer, pero le surgió algo. O eso se nos dijo…
–Me da mucha pena, de verdad.
–Bueno, Lola, es lo que hay, supongo… No era un jovencito, y ya sabes cómo era…
–Aun así me da mucha pena.

Decidimos quedarnos, no decirle a nadie lo de mi jefe gordinflón finado. Nadie le conoce aquí, sería algo incómodo y no viene mucho a cuento. Me pongo a beber un poco de más. No soporto los funerales. Y el hecho de que sean una especie de prueba adulta por la que tienes que pasar cada cierto tiempo, hace que los soporte aún menos. Quedas fatal sin no vas a un funeral. O no necesariamente, pero en muchos casos es como si nada te importara un carajo. Como si sólo estuvieras para lo bueno, pero te fueras pitando cuando toca lo malo.
Mario nos presenta a su sobrino, no hay tiempo para meditar. Es un chaval de unos veinte años, un hijo de su tiempo, de las nuevas narrativas. Dice cosas –es como si le conociéramos– y asentimos. Ha hecho un corto, dice que se llama Robo, chantaje y chocolate. Conocemos a una serie de personas, algunos escritores, veo de lejos a los dos chavales no binarios. No lo pregunto, pero sospecho que tienen una relación. Alguien nos ofrece un vino teóricamente muy bueno. Nos explican el vino. Lo probamos, asumimos que es un gran vino. Cuando no sabes de vinos, puedes detectar los vinos malos, a veces, pero no los buenos. Haces un ejercicio de deducción, sonríes, alzas la copa. Pienso en mi jefe muerto, en quién le sustituirá. Suelen ser cambios a peor. Lola y yo nos separamos un poco del grupo, paseamos entre las viñas con nuestras copas. Un vino excelente, desaprovechado. Un día hermoso, quizá también desaprovechado. No reconoces los buenos momentos hasta pasados unos años. Enseguida sabré cómo está siendo el día de hoy. Lola me dice que vendrá conmigo al funeral, a no ser que yo prefiera que no. Daba por hecho que iba a venir. Creo que empiezo a esperar cosas de ella, a asumir su presencia, a verla como apoyo. Mi madre empieza a estar mayor de verdad. En realidad empezó hace mucho. Está bastante sana, pero tiene la enfermedad de la vejez. No espero que Lola –ni nadie– supla a mi madre, creo que ya hablé sobre Edipo, pero no creo que nadie soporte bien la vida sin un apoyo sólido, sin alguien a quien atender.
Intento cambiar de tercio mental. Puede ser relajante pensar en todos, en abstracto, en lugar de pensar sólo en uno mismo.
Tengo malos augurios. Quizá en todas las épocas hayan sentido que están llegando a un punto de colapso. Y a veces han acertado, antes de las grandes guerras, de las confrontaciones inevitables. Suelen ser las personas que creen poder mejorar el mundo –rápido y de determinada manera– las que provocan las crisis globales y matanzas. Personas con poder aupadas por miles de voceros y radicales. Un montón de tontos que apoyan a alguien poderoso y sin escrúpulos.
Diría que los tontos nunca se han creído tan listos como ahora.
Eso me da miedo.
Es muy probable que yo sea uno de ellos. Pero procuro no unirme a ningún grupo. Que mi tontería muera conmigo. Podría ser mi lema.

De vuelta con los demás, tenemos una conversación de lo más prudente que hoy en día se consideraría tremedamente grave y racista en el ámbito público. Hablamos de inmigración. De hecho conocemos a una periodista, una tertuliana que va a publicar una novela con mi editorial gay. Habla (ella, no la novela) de cómo los tertulianos hablan en los platós de televisión y cómo hablan luego fuera de ellos. Habla del contenido “asustaviejas” sobre la “amenaza de la extrema derecha” o la “manosfera”. “Colaboro con medios grandes de izquierdas, qué quieres que te diga; ahí está la pasta”. Dice no tener reparos ya con hacer el papel ante las cámaras, que está tan bien pagado que no nos podemos hacer una idea. Yo más bien creo que sí podemos…
Son pequeñas formas de venderse al diablo, puede que incluso legítimas, no es nada nuevo. Si alguien la grabara ahora y subiera el contenido a Twitter, mañana saldríamos por la tele.
Es el sobrino de Mario el que se calienta y nos acaba llamando fascistas a todos. Asume que somos fans de Trump y Elon Musk, que nos encantan los ricos porque pensamos que alguna vez lo vamos a ser. Y deja claro que es evidente que admiramos a Hitler, porque “nos molestan los niños migrantes”.
No lo dice exactamente así, argumenta de una forma bastante calmada y eufemística. Se agradece el esfuerzo.

Más tarde, ya genuinamente borrachos, Lola y yo vagamos por la zona. Ya está medio a oscuras. Hay un bosquecillo tras la casa. La casa y los viñedos, por cierto, son de uno de los chicos no binarios. Más bien de sus padres, no presentes. Vemos de lejos a Mario, habla con su sobrino. Nos acercamos a una distancia media. Nos ignoran. Nos llegan algunas nobles soflamas de mi editor hombretón;
–… si todos lloráramos igual, nos expresáramos igual, nos relacionáramos igual, pensáramos lo mismo sobre la violencia o sobre el amor, sobre el trabajo o los cuidados, ¿cómo demonios íbamos a gestionar la realidad? Estaríamos completamente indefensos ante ella…
»No solo somos diferentes, es que es absolutamente necesario que lo seamos.
»Tienes que pensarlo, querido. Una cosa es intentar ser de verdad mejor persona, y otra muy distinta intentar encajar.
Nos alejamos hasta una zona donde corre un riachuelo. Pensamos en follar, pero lo descartamos enseguida. Seríamos unos pornógrafos lamentables. Nos apetece seguir explorando, pero se nos acaba el vino y decidimos volver.
Mario sigue hablando, monologando. Damos un rodeo, nos detenemos a escuchar. Su sobrino patea con descuido la hierba, mirando al suelo.
No me entiendes. No digo que madurar sea creer en Dios. Yo no soy creyente. Digo que madurar es aprender a respetar la idea de Dios, porque es otra fuente enorme de conocimientos.
Seguimos nuestro camino. De golpe veo a Lola alterada. Parece atisbar algo entre los árboles.
Ven… –me dice.
Hay una gran roca a unos veinte metros. Lola me regaña cada vez que hago el más mínimo ruido.
Tssssss….
Me señala con el dedo la roca. Logro acostumbrar la vista. Hay dos figuras no muy bien escondidas. Follan a perrito. Jadean, hablan, parece que diciendo guarradas.
¿No son los no binarios? –dice Lola.
Sí… Creo que lo son.
Nos quedamos mirando un rato. Ni siquiera por morbo. Quizá un poco. Es posible que se hayan percatado de que andamos cerca, mal escondidos tras un árbol gordo. Ojalá saber más de árboles.
Así, tal y como están, no parecen especiales –susurra Lola, en un tono neutro, quizá decepcionada.

Parpadeo y es viernes otra vez.
Mírame, abre bien los ojos –dice Carlos.
Tío…
Deja de quejarte… ¡Ya lo he visto!
Se me ha metido algo en el ojo. Carlos dice ser experto en microcirugía con sus dedazos.
Me vas a sacar el globo ocular….
Carla y Lola se ríen frente a sus cervezas. Estamos sentados en una terraza para guiris frente al mar. No preguntes.
Más tarde hemos quedado con Mario y Clit. Mario quiere hacer más amistades hetero. Habrá pensado que mi pequeño entorno es lo suficientemente seguro.
¡Ya lo tengo!… ¿Lo ves?
Me enseña su dedo de camionero. Fue camionero una vez, además. Ahora se dedica a la publicidad por teléfono. A joder siestas.
No veo nada.
Tú cierra el ojo.
Parpadeo, parpadeo y me noto mejor…
¿Lo ves?… Es la última vez que te ayudo con problemas oculares.
Ya. Qué putada.
Yo tengo ganas de bañarme –dice Carla.
Ha pasado una semana y es como si hubiera ido al funeral de mi jefe hace dos horas. Su mujer (finalmente existía) se derrumbó, soltó un llanto escalofriante mientras los técnicos apañaban el nicho. Abrió la boca y los ojos en un rictus de extremo dolor, totalmente desolada. Como Al Pacino al final de El padrino III (comentario de Lola). Pero esta vez no fue un grito mudo.
¿Te quieres bañar? –dice Carlos–, ¿vosotros os queréis bañar?
Más bien no –dice Carla, en nombre de los dos.
Pues aquí os quedáis.
Ayer, en lo que daba mi habitual paseo hasta llegar al Edificio Iris a recoger a Carla (aunque ella tiene su coche; luego montamos los dos…), pasé por mi antiguo colegio. Vi que en el gran portón había un cartel con un dibujo, un monigote sonriente de los que de crío te hacen gracia y de mayor te inquietan. Sobre el dibujo, una frase en grandes letras rojas: TODO COMIENZA AQUÍ.
Te parecerá una tontería, pero me resultó amenazante, ambiguo, como una frase de Bret Easton Ellis.
Ya. El cole de Patrick Bateman.
No muy lejos vemos a Carlos y Carla retozar en ropa interior con el agua por la cintura. Miro el móvil, las seis de la tarde.
¿Sigue en pie lo de Mario? –pregunta ella.
Mario quiere que esta noche vayamos a su casa. Quiere montar una ouija.
Sí. Aunque no sé si me convence mucho el plan.
A mí me convence totalmente. Piénsalo. Si participas en una ouija y te empiezan a pasar cosas, cosas raras de verdad, ¿qué significaría eso?
¿Que viviría con los pantalones cagados?
Qué simple eres a veces, perdona que te lo diga. ¿En serio no ves qué puertas abriría eso?
Ya…
Chaval, cuando muera me voy a ver a mi abuelita (la madre de mi madre, eso sí), me voy a ver actuar a Elvis, me voy a meter la mierda que se metan allí con Kurt Cobain. Me voy a espiar a Hitler mientras pinta o riega su jardín nazi en el infierno…
Ya… Pero, ¿y si ese rollo no tiene nada que ver con la vida después de la muerte? ¿Y si remueve otro tipo de energías sin nombre… que aún no sabemos percibir o estudiar?
Eres un aguafiestas. Vamos a hacer la ouija y punto.
La camarera se hace presente y nos habla en inglés, que si está todo a nuestro gusto.
–Ouh, yes, yes, thank you…
Lola ya pidió en ingles, y no quiere parar. La chica se va.
–Ya sabe que somos de aquí, unos pardillos de aquí.
–Ni de coña. Cada vez que vengamos me tienes que llamar Maddy.
–Me niego.
–¡Claro que no! Y además la próxima vez pediremos paela…

La casa de Mario está en una zona no precisamente depauperada. Parece la casa del show de Bill Cosby. Puedo recordar la fachada con los títulos de crédito en amarillo. O quizá era Cosas de casa.
Tiene uno de esos salones de antaño con grandes ventanales que forman cuadrículas sólo un poco por encima de la calle. Ojalá saber más de casas.
El mobiliario tiene también aspecto de antíguo. Incluso hay una gran alfombra, y hasta una imponente cabeza de ciervo en la pared.
–Venía con la casa –dice–, al principio pensé en quitarla, pero luego decidí que encaja muy bien con el resto, y da para tema de conversación.
–Me encanta tu casa, Mario –digo, y soy totalmente sincero.
Nos sentamos alrededor de una imponente mesa de madera. Cenamos toda una serie de carnes exquisitas y patatas al horno. Mario dice que lo ha preparado él, pero huele a que todo lo ha pensado y preparado Clit. Carlos y Carla enseguida se sienten cómodos, charlan con Clit, y Mario es algo así como la persona más tratable del mundo. Al menos cuando entiende lo suficiente su entorno y puede manejarlo mínimamente. Supongo que nos pasa a todos.
Siento algo de vértigo, como si en lo personal todo fuera demasiado bien últimamente. Claro que siempre hay un margen de inquietud, pero esa sensación de falta de propósito, de excesiva mediocridad en mi vida, se ha diluido hasta casi desaparecer. Lola ha renovado todo el aire de mi alrededor. Está produciendo de alguna forma mi vida, mezclándola como es debido. Es algo que simplemente sucede, sin un plan concreto por parte de ninguno de los dos.
Estoy algo tenso, lo reconozco, procurando no cagarla, no hacer llorar a la chica. Asumo que si la cosa se jode, será por culpa mía. Ninguna otra posibilidad me parece realista. Sólo en sueños. Hace unos días soñé que me llamaban para decirme que Lola había muerto en un accidente de avión. Nada más, sin contexto. En el sueño empecé a golpearme la cabeza con los puños, y desperté. Esa noche no dormía con ella; fui al lavabo y me eché agua en la cara y en la cabeza. Me preparé una tila, una con dos bolsitas. Vértigo, miedo. Es imposible que me libre del todo de eso. Cosas que perder. Eso es la felicidad, parece ser, tener al menos un par de cosas muy importantes que perder.

Llega el postre y es una tarta Guiness casera exquisita, mucho mejor que cualquier cerveza, si me preguntas a mí.
Mientras nos la comemos, Mario prepara los aperos ouijeros. Tiene un gran tablero y una pieza triangular con un cristal redondo en medio, a través del cual se verán las letras. El tablero, con un bonito diseño de marrones y negros, invita a pensar en una muerte violenta. Quizá en un futuro próximo seamos los protagonistas de unos cuantos podcast de misterio. Puede que en un par de días vaya con Lola en su coche, y el freno no responda en lo más interesante de una curva. O quizá nos toque un viaje exótico y acabemos en la olla de una interesantísima –antropológicamente hablando– tribu que aún piensa que los espejos son una pésima idea.
Nunca se sabe.
Retirados los platos y amontonados en la cocina, ya sentados en torno al tablero, Mario nos pide que pensemos en nuestros muertos favoritos.
La verdad es que, para una charla interesante, se me ocurren más muertos que vivos. En eso la ouija acierta al leer el mercado.
–¿Quieres que probemos con tu jefe? –dice Lola.
Lo oyen todos, pero no me molesta. Otra cosa es que me parezca una buena idea.
–¿El gordo?
–Sí, el fanegas, el gordinflón de tu jefe. Creo que si tiene la ocasión de darte un susto de muerte, sin duda lo hará.
–En eso tienes razón…
Mario nos observa, en vilo.
–Vale, vale… Llamemos a mi jefe. Conste que yo soy escéptico, pero vale.
–Cuando dice escéptico –aclara Lola– quiere decir reacio. Como pasa con casi todos los no creyentes.
–¿Ah, sí? ¿Tú eres creyente?
–Vale, dejadme buscar el texto para hacerlo bien –dice Mario–. Poned un dedo sobre la pieza.
Un dedo de Carlos. Un dedo de Carla. Un dedo de Clit. El dedo de Lola. Mi dedo.
–Es importante el respeto hacia las entidades, ¿vale? Y… sí, un ambiente tranquilo… Preguntas responsables… Y no jugar solo. Preguntas iniciales simples… Y al final, despedida respetuosa.
Un dedo de Mario.
–Muy bien. ¿Preparados? ¿Cómo se llama tu jefe?

Troy

No me llamo Troy, sólo me llaman Troy. O Troya. No en contra de mi voluntad, pero tampoco por petición expresa. En mi vida casi todo funciona así.
Mi nombre original es compuesto, aburrido e irrelevante. La realidad me importa sobre todo cuando me pagan por ello. No es fácil destapar porciones de realidad. La realidad es un mal negocio, a menos que sepas mercadear con ella.
Al otro lado del escritorio, unos ojos de besugo, un hombre de mediana edad, un caso recurrente de fracaso. Sobre mi escritorio, un abanico de fotos en papel. Muy teatral. A la realidad le gusta lo explícito, manifestarse en todo su esplendor. Los clientes exigen pruebas en crudo.
Y este ser, este varón de mediana edad que vino hace una semana ofreciendo el oro y el moro, ahora observa las fotografías. Casi parece un ganador.
–Y ni siquiera es más joven que yo –murmura.
Quería saber si su mujer follaba por ahí.
–La muy mentirosa –susurra.
Parece asomar una sonrisa en sus ojos, su jeta, escasos restos de juventud. Sus sospechas estaban justificadas.
–Quiero ver todas las fotos –dice. Es perro viejo.
–¿Seguro? –Siempre te reservas lo más fuerte. No hace falta traumatizar a nadie.
El resto de las fotos es el cincuenta por ciento de las fotos. El día se dio bien. Un casoplón, un jardín con piscina. Por mi experiencia, la gente que pone los cuernos tiende al exhibicionismo. No al principio, quizá, pero a medio plazo se relajan, abrazan el riesgo, les pone cachondos.
Tuve una erección cámara en mano. La mujer de este cliente estoico, se folló a conciencia al chico. Un muchacho de veinticinco años aficionado a las mujeres maduras. Aficionado a follar al aire libre. Aficionado a la idea del marido cérvido. A menudo sale a relucir eso durante los polvos. Los caminos del orgasmo son bastante escrutables.
La primera tanda de fotos muestra la realidad básica. La segunda, la que ahora ve mi cliente, muestra a su mujer, por ejemplo, recibiendo gustosa la meada de su amante en sus pechos, en su boca. Y después una generosa cagada, sólida, que ella esparcirá por sí misma, antes de hacerle lo mismo a él. Luego seguirán follando vaginal y analmente, sacando a relucir el nombre de mi cliente.
–Esto es asqueroso. Asqueroso.
–Hum…
–Quiero ver el video. Sé que tienes un video, sabueso. Quiero ver el video.
Como decía, perro viejo.
Quizá no debería haber pasado el archivo al Ipad. Hay que subir un poco el volúmen, pero se oye todo lo que se verbaliza.
…tu maridito no te hace esto… mi marido es un pichacorta… es un pichfloja, si lo sé yo, y tú eres una buena puta… una puta para ti… sólo te corres conmigo, zorra… porque tú sabes follar, cariño… dime cómo se llama otra vez… Ernesto, Ernesto el maricón pichafloja… Ernesto no entra en casa de los cuernos que lleva ya… y más que va a llevar, métemela por el culo… te lo voy a partir, cerda… maltrátame, que me duela, cerdito…
Estas cosas pasan todos los días. Son los casos más suaves, más agradecidos. El cliente está jodido, claro, pero nadie ha muerto ni ha sido torturado.
El estoicismo se quiebra. Le paso la papelera y vomita dentro. Es una mezcla de dolor y arroz negro, creo. A veces pasa; lo malo es que la papelera hay que tirarla, es imposible eliminar el olor.
–Hija de puta… hija de puta…
Se convierte en un mantra. Sólo hay que dejar que recuerde dónde está y se largue.
Odio la falsa modestia. Mi papel ha sido impecable durante todo el proceso. Un trabajo bien hecho.

A veces soy un detective cliché. Un vaso de whisky se desliza hasta mi mano. Nadie ha dicho nada. Sólo me he sentado en la barra. Un alcohólico funcional, nocturno, un fumador, un poco salido, achacoso, un sentimental, un Bukowski sin el talento, un poco gilipollas, putero sólo una vez (me engañaron, joder), un memo de fácil trato (a veces), un poco violento, un polo al sol en verano con las mujeres, lector empedernido, un borrón social, un problema de padre ausente, orgullo por la madre aún viva, un eterno romance pendiente con Minerva. Minerva sí se llama así. Ella es todo aquello a lo que un tío como yo no debería tener acceso. Por suerte para mí el mundo es caótico y oscuro, desordenado de cojones, y a menudo ganan los malos.

Incluso así a veces hay narrativa. Las personas tienen la mala costumbre de estar rellenas de tripas y corazón, con un cerebro de escaso kilometraje. Últimamente están más en forma, muchos hacen ejercicio, hacen músculo, comen sano. Pero siguen siendo igual de imbéciles y/o crueles. Y eso de normal; imagínate que les importunan, que les putean.
Justo al día siguiente me llaman por teléfono. El tío de los cuernos llegó ayer a casa y dio rienda suelta a sus sentimientos exacerbados. Algo que está muy de moda. Él sin embargo no redactó ninguna ley, ni dio un speech lloroso en televisión. Lo que hizo fue agarrar a su mujer y tirarla por el balcón. Un noveno piso. No sin antes molerla a patadas y puñetazos, todo ello acompañado, dicen los vecinos, de algunos gritos aclaratorios.
Me hace pensar en el día que entró por primera vez en mi despacho. Me empezó a enseñar fotos de su feliz matrimonio. Veinticinco años casados. Ni una sola discusión a voces. Nunca había querido más a nadie. Ni siquiera a sus hijos, unos gemelos mocosos que, en sus palabras
no han sido más que un incordio de narices. Una especie de chiste andante, ambos vestidos igual (capricho de mamá) y completándose las frases. Te ponen la piel de gallina.
–Sí –le digo al auricular–, el tío vino aquí. Lo de siempre.
Te caen cantidad de casos intrafamiliares. La mayoría de veces cuestiones de cornamenta; casi siempre acaban mal. No con una tía haciendo de Superman, pero es raro el caso de malentendido. Si un tío o una tía sospechan de su pareja, suele ser con motivo. La gente va muy caliente, mucho más de lo que parece. En mi opinión hay dos cosas que mueven el mundo: el sexo y la vergüenza. El amor también tiene un papel, pero no puede competir con los dos grandes pilares. La gente hace cosas inauditas para follar y parecer dignos. Da igual el perfil, el tío más ejemplar, la tía más lúcida. Si se calientan o peligra su reputación, son perfectamente capaces de cometer atrocidades.

No suele haber gente a mi alrededor. Pero durante un tiempo fui joven, socialicé, no quedaba más remedio. Algo te impulsa a hacerlo. Seguramente la vergüenza. Necesitas integrarte, ser lo menos original posible. Eso cuando eres joven se consigue intentando ser lo más original posible. Hablando, vistiendo, tomando partido. Eres la hostia, un calco de todos los demás. Especial y cromo repetido a la vez. Más tonto que un activista, y por tanto feliz por sistema aunque aún no lo sepas.
Chiquitos y chiquitas de piel suave y férreas convicciones. Esa seguridad muy raramente se consigue a través del conocimiento. Normalmente crees que conoces el mundo cuando aún eres idiota perdido. La flor de la vida.
En esa época conocí a Minerva. De mi edad, amiga de amigos, tenía novio. Un chaval rematadamente estúpido como yo. No tenía nada que envidiarle. Éramos todos alevines de izquierdas, ciudadanos del mundo, militantes del sexo libre y el humor verde. Muy punkys todos, muy “exquisitos” con la música y el cine, muy dados a ver el mundo como una historia de buenos y malos. Nosotros no solo éramos de los buenos, también éramos originales, divertidos, algo gamberros. Éramos GUAYS. Así nos veíamos. Ninguno tenía interés alguno por convertirse en un padre de familia amargado o una madre pesarosa. No queríamos alimentar la superpoblación con bebés berreantes, ser adultos aburridos con ganas de suicidarse.
El suicidio tenía su atractivo rockero, eso sí, pero sólo como forma de evitar tener más de veinticinco años. Un amigo hablaba de eso a veces. Un cachondo, pensábamos. A los veintiséis se hizo una corbata de cuerda, ató el otro extremo a una mesa y saltó desde un sexto piso. La mesa fue tras él.
Puede que ese día cambiaran algunas cosas. O se acabaran.
Fue en el funeral cuando intimé por primera vez con Minerva. No es que folláramos en el cementerio. Me refiero a una conversación, entre personas, no entre chavales guays.
Aunque nadie folló, sí que hubo una pelea. El padre de mi amigo contra un señor de frondosa barba blanca. Resulta que la mesa involucrada en el suicidio, cayó sobre una señora que venía de hacer la compra. Claro, no era una persona guay, era una vieja, puede que incluso de derechas. Hay gente muy rara por ahí. Así que su marido se quedó viudo, y tenía ganas de rendir cuentas.
El padre del finado, más joven (y aún un poco guay) le dio tal paliza que casi lo manda con su mujer. Estuvo al menos una semana ingresado.
Minerva y yo, hombro con hombro, algo alejados del resto, vimos cómo se lo llevaba la ambulancia.
Fue entonces cuando ella me empezó a hablar de sus novios.

Échate un amigo detective. A ser posible necesitado. Sobre todo económicamente. Es probable que no le importes mucho, pero sabrá escucharte. Eres un negocio potencial. No es por convertirlo todo en dinero, pero casi todo depende de él. Ahora hay chavales, varones, que vuelven a creer en la idea del macho alfa proveedor. Es una forma de hartazgo por contraposición con el posmodernismo lacrimoso. No es fácil discutir con ellos, venderles una “nueva forma de masculinidad”. En el fondo es como intentar vender un nuevo tipo de detergente. Y ellos lo saben.
A menudo me siento y escucho. Hay temas que tardan un poco en llegar a la calle, pero acaban llegando. La mayoría de opiniones que oigo serían motivo de escándalo en un plató de televisión. La gente casi nunca es como se dice –o se muestra– en televisión. Digamos que en la tele, en los medios y en la política, se ven obligados a ser siempre «guays». No pueden permitirse el lujo de un análisis profundo u honesto. Han de vender ideas sencillas, bonitas, que te hagan sentir bien aunque sepas que son bisutería dialéctica. Son auténticos vendedores de detergente. Y «vendedores» es la palabra clave.

Pongo la tele y casi salgo en ella. No salgo, pero se me ha mencionado de pasada. No con nombre y apellidos (gracias a Dios), pero sí como un detective incluido en la receta. Están cocinando un nuevo caso de «violencia machista». Al parecer el móvil de mi cliente para matar a su mujer era el machismo. Todo el rollo de los cuernos, las fotos, el video, la humillación, los gemelos, la familia disfuncional, la vida hundiéndose en la miseria por una polla joven… Todo eso es paja. Lo que tenía el tío es que era machista.
Una tertuliana llega a decir que yo también formo parte del engranaje machista. Me recorre un escalofrío por la columna. Quizá no debería haberle enseñado las fotos de coprofagia, o el video en el que se le llama repetidamente maricón y pichafloja. Le veo entrar y salir de coches de policía, tapándose con una gabardina. Quizá le caiga la perpetua revisable. Tío, pienso, haberte tragado el veneno. La inmensa mayoría lo hacen. Muchísimas personas tienen espinas enormes clavadas, conviven con recuerdos de humillación a veces inconcebibles. Pasa el tiempo y, aunque no olvides, aprendes a convivir con esa mierda. Esos zurullos del pasado te recuerdan que no eres gran cosa, que eres intercambiable, o incluso invisible. La mayor parte de personas, si les lanzas un piropo, pensarán que les estás tomando el pelo.

Mi vida es un tutorial sobre cómo vivir en cuchitriles. Mi piso es una galería estrecha más de este hormiguero llamado Periferia. Mi despacho está a dos manzanas, y parece realmente el despacho de un detective. Una tosca mesa de madera con la que te podrías ahorcar sin matar a nadie más. Una puerta con cristalera y el nombre de mi agencia, formada por mí y por Abril (nombre real). Ella no quiere saber nada del curro de investigación, pese a que he intentado venderle la idea de que es apasionante.
No viene siempre. Me ayuda con ese tipo de papeleo y formulismos legales para los que aún tengo doce años. Es lo que se llama mi detective asistente. Tiene diez años menos que yo, lo que tampoco la convierte en una animadora. Está casada y tiene una hija casi omnipresente de siete años que siempre me saca la lengua. Nunca le pregunto por su marido y sus aparentes cojonazos.
Abril tiene su propia mesa en el mismo espacio. No es que me desprecie, de hecho creo que me tiene cierto aprecio después de años de compartir puntualmente cuchitril, pero no entiende por qué no me he casado, o por qué no estoy al menos arrejuntado con alguna buena mujer que soporte mis chistes y cagadas.
Abril también es escritora por cuenta propia, o algo así. Dice escribir sólo para sí misma. Ella sabe que yo también escribo, pero no ha mostrado el más mínimo interés por mi obra, si es que se la puede llamar así. Dice ahora que entre lo que saca ella y lo que saca su marido, pueden celebrar las navidades cada tres o cuatro años.
–No me creo que tu… encantadora hija permita eso.
–¿Abril junior?… Puede que haya exagerado un poco.
–¿Has visto que ahora soy famoso?
–Sí. Eres perfecto para la tele. Sólo con verte pensarán que fumas puros y tu novia escribe barco con v.
–¿Tú crees?
–No lo sé. ¿Tú irías a la tele?
–Creo que no.
–¿Has dudado?
–No. No iría.
–Allí podrías conocer a una tertuliana guapa. Una feminista autoproclamada que en privado quiera jugar a los roles. Violador y víctima y todo ese rollo. Esas tías son como villanas de Batman.
–¿Tú crees?
–¿Tú has visto cómo visten, cómo hablan, las películas que se montan? Son como presentadoras de Gotham TV.

¿Cómo es Periferia? Cuando no llueve, es raro. Es como un disco de Nine Inch Niles. Como un salón de tatuaje. Como aquella actriz de Jóvenes y brujas, Fairuza Balk. Es como el final de Seven. O como el inicio de Blade Runner, pero sin tantos neones. Hay más patinetes eléctricos y caras largas, callejones y peleas, dosis cada vez más generosas de “multiculturalidad”.
Esa gente a la que desde la tele llaman racistas, son los que tienen amigos extranjeros y consumen en negocios de extranjeros, o hasta follan con ellos. En la calle, aquí, hace mucho que casi nunca se trata del color de piel, pero hay que entender a la gente de la tele. El color de piel vende, hay grandes películas sobre temas raciales, es una herramienta ideológica efectiva como un machete. ¿Que hay quejas por problemas con la inmigración ilegal? Racismo. ¿Que la gente de un barrio –blancos o negros o café con leche– se quejan de cómo el barrio ha aumentado su delincuencia en un 500%? Racismo. Para los periodistas más pijos y los políticos más poderosos, es una cuestión sencilla. Los análisis no ideologizados no son rentables. No tienen cabida en un programa electoral eficaz. Esas chorradas hay que dejárselas a los segundones. Pueden escribir un libro si quieren, detallando cada variable, cada gris, cada problemática subyacente… No importa, demasiado desarrollo no cala. Las quejas sobre inestabilidad en los barrios se deben al racismo, igual que la violencia de un hombre contra una mujer se debe al machismo. Nunca se trata de investigar o buscar claves para afrontar e intentar mejorar la situación, sino de ser, insisto, un buen VENDEDOR.
¿Los clicks?, ¿las miniaturas llamativas?, ¿los memes? Fruslerías. Señala, separa, polariza, hazlo desde el púlpito más alto, desde el hemiciclo. La mayoría de gente sigue viviendo en analógico a la hora de la verdad.

Minerva tiene que soportar mis pataletas a veces. Normalmente llueve demasiado para poder irse cuando uno quiere de la cafetería o antro poco deseable. Minerva y yo, en otra vida, tenemos al menos tres hijos y una casa con valla blanca. Quizá sólo en la vida de mi cabeza. Es triste y es ridículo. Y sobre todo es demasiado tarde, ¿no? Mucha gente no entiende las amistades hetero. Un tío y una tía medianamente presentables que sólo son amigos. La gente no cree en esas cosas igual que no cree en Dios o en la paz mundial. Mercadean con ellas, negocian, hacen política o diseñan packs ideológicos. Pero hay cero convicciones.
Uno casi entiende a esas personas que no soportan que su pareja tenga amigos. O no amigos, sino «un amigo», «una amiga». ¿De qué vas? ¿No se supone que estamos juntos? ¿A qué juegas? Una cosa es hacerse el moderno y abierto de mente a nivel teórico, y otra muy distinta jugar con los sentimientos ajenos. Todos sabemos que hay un discurso cerebral y maduro sobre cómo se ha de comportar un adulto; y que debajo de eso están las personas de verdad, con inseguridades, debilidades, bagaje, contradicciones e hipocresías. Es muy sencillo poner a un «adulto maduro» en jaque. En las parejas monógamas nadie tiene un amigo o amiga. En todo caso tienen amigos –en plural y en común– a los que ven de higos a brevas (una de mis expresiones favoritas).
Las parejas de Minerva nunca han sabido –teóricamente– de mi existencia. La actual tampoco. Ni siquiera hablamos de eso. Sólo una vez dijo:
–No tiene por qué saberlo todo.
Ayuda el que nos veamos a lo sumo un par de veces al mes. Creo que soy como su váter mental. Su bar de carretera. Detiene su vida para desahogarse. Da algo de color a la mía.
Tenemos ya más de cuarenta. Nos conocemos desde los menos de veinte. Nunca nos hemos dado ni un triste pico. Ahora para la tele un pico es prácticamente la peli Acusados.
Ella sabe que yo sé que ella sabe lo que yo… Y todo eso. Pero o bien ella no quiere o bien cree que yo no quiero en realidad o no sé si quiero. O quizá piensa que si pasara algo se estropearía todo. Podría ser cualquier capítulo de Dawson crece. La ficción más básica suele acertar.
En todos estos años ha habido mujeres (pocas). Sólo una con visos de algo serio. Ahora podría tener un crío perdido en medio del cacao mental del sistema escolar posmoderno.
Minerva no tiene hijos. No ha querido. No negaré que eso siempre me ha gustado de ella. No negaré que siempre he visto una puerta abierta en ese gesto. Su actual pareja, con la que lleva… ¿siete años? (joder), sí quería tener uno o dos críos, la parejita, creo. Minerva se negó en redondo. No se sentía preparada. Tuvo sus dudas, quizá biológicas, pero a la postre no quería ese tipo de nueva vida.
–¿Una pareja estable?: ok. ¿Una familia a la que oyes venir a dos manazas?: no me veía.
Yo asiento y bebo cafés a pares. La cafeína es como agua. Es sorprendente mi capacidad para dormir (sin pastillas). Cualquier otro con mi vida, con lo que he visto y oído, con mi soledad ya perenne, sería incapaz de pegar ojo.

Después de quedar con Minerva, siempre siento que me he estancado. Mientras Abril pone al día algún tedioso papeleo legal adulto, yo me quedo mirando por la ventana cómo llueve. ¿Pero qué se supone que debería hacer para que mi vida no pareciera estancada? Lo cierto es que cada vez hay más gente sola. Tanto hombres como mujeres. Miro hacia abajo: una danza de paraguas. En otros lugares del mundo, si llueve se vacía la calle, se limpia y respira. No en Periferia. Si no se trata de una tormenta de las que salen en la tele, nadie contempla la idea de ponerse a resguardo. Aquí la lluvia forma parte del paisaje.
Cuando avanza el otoño es aún mejor (en mi opinión). Se suma la oscuridad, y desde la tarde todo es un festival de luces y reflejos. En el suelo se observa otra Periferia, una en la que muchos querrían entrar. El “tierra trágame” es la condición habitual. Creo que tanta gente se está quedando sola en parte por eso. Cada vez resulta más traumático tener que dar explicaciones a los demás. Tu vida no ha sido la que planeabas; y en algunos casos ha sido justo la que querías evitar.
Quizá por eso pronto vaya a hacer una locura.

Nada del otro mundo. Pero quizá logre reunir unas cuantas anécdotas con las que entretener a Minerva. Y puede que también consiga desconcertar a Abril. Su mirada siempre dice: «Eres increíblemente previsible, joder».
Abril me juzga constantemente, casi siempre en silencio. Minerva no, porque sabe que mi estancamiento tiene –lo siento, pero es así– mucho que ver con ella.
¿Y qué significa una locura o nada del otro mundo? Pues nada más y nada menos que una reunión de exalumnos.
Si eso no es una locura, que venga el alcalde de Periferia y lo vea. Y vale, no es nada del otro mundo, pero la mayoría no tienen tanto valor. Las reuniones de exalumnos son para la ficción, para narrar un desastre, desgranar el delirante concepto, decir: ¿te imaginas ser tan capullo para ir a una de esas reuniones?

Me llegó la invitación digital y la vi en alguna pantalla. Me había llegado otros años, pero nunca sentí que necesitara ese tipo de… ¿catarsis? Supongo que los habituales en esa clase de encuentros son los nostálgicos empedernidos. Yo no tengo nada en contra de la nostalgia, pero la mía no sobrepasa los límites de volver a ver Regreso al futuro, o enmarcar un poster de E. T., el extraterrestre. Está en mi despacho, por cierto. A Abril le encanta, lo menciona cada vez que quiere ponerse pasivo-agresiva respecto a mi –según ella– latente inmadurez.
Abril no habla mucho de Abril, pero por lo que sé procede de una familia que reunió una importante fortuna a mediados del siglo XX. Después algún abuelo suyo dilapidó eso del mismo modo en que se había logrado: apostando fuerte. Es aficionada a la música clásica, el té con leche y la literatura, siempre que sea anterior al siglo XIX.
–Yo también leo clásicos –me defendí una vez.
–Ya. Leer no es entender –dijo ella. Me dejó con un palmo de narices.
No solo se trata de Abril o Minerva. Creo que puedo meterme en esa tubería llena de mierda y salir perfumado y bien calzado por el otro extremo, como el bueno de Andy Dufresne en Cadena perpetua.
Está claro que yo no soy tan guay, en el buen sentido, pero creo estar capacitado para volver a meterme en un sarao social. Tengo, además, una vaga sensación, una renovada necesidad de, digamos, compañía femenina activa. Abril tiene razón en eso, y Minerva no es tan retorcida como para sentirse traicionada o algo así. Ella comprende –y ¿perdona?– bien mi situación autoinfligida.

La noche anterior al encuentro, me parece más coherente que nunca llamar por teléfono a mi madre. Hablamos al menos una vez a la semana. La visito mínimo una vez al mes, no me supone ningún esfuerzo de hijo ocupado, la verdad. Aunque suene raro, ella es lo que menos me preocupa. Es una mujer nervuda, despierta, inteligente. Es fuerte y generosa, tiene setenta y cinco años, y también tiene mala leche como para fulminarte mirándote por teléfono. Es un sinsentido, pero noto sus miradas.
También es conocida en su barrio. Vive en la zona chunga de Periferia. Un día salió por la mañana para sacar dinero del cajero con su cartilla (no se te ocurra mencionarle las tarjetas de crédito…), y tuvo un encuentro, digamos, desagradable.
En lo que intentaba guardarse el dinero, un chico empezó a tironear de su bolso. Pero no logró tirarla al suelo y se soltó. Además era torpe de narices, dejó caer una navaja. Ella se agachó con agilidad y la cogió. El chico aún quería pelea, el muy mamón. Mi madre alzaba la navaja mientras sacaba del bolso un spray de pimienta. El mozo, muy valiente él, se abalanzó encima de ella y esta vez sí la tiró al suelo. Mi madre se revolvió, le roció los ojos con el spray, y acto seguido le clavó la navaja con todas sus fuerzas en el cuello. Ahí la dejó, clavada. Le rasgó la arteria carótida, y empezó a chorrear sangre encima de mi honorable progenitora.
La cámara de una joyería lo captó todo.
Mi madre podría haber sido una celebridad a nivel nacional, pero el chico que la atacó era marroquí. El joven no murió de puro milagro, eso sí. Se dictaminó legítima defensa, y si te he visto no me acuerdo.
No sé en qué acabó legalmente la cosa con el chaval; me da no sé qué investigar, y mi madre no quiere hablar de ello. Ni siquiera me enteré del suceso hasta pasados unos días.
Intenté convencer a mi madre de que se fuera a vivir a otra zona, o incluso a mi casa. Total, ya ves tú. Pero dijo que nanay de la China, que ella no se iba a ir de su casa.
–Eh. Mamá.
–¿Qué pasa?
Siempre que llamo cree que ha pasado algo, que la he cagado del todo por fin. Confía mucho en sí misma, pero muy poco en mis habilidades para salir adelante.
–Nada, sólo es mi llamada semanal, mamá.
–¿Tu llamada semanal? ¿Ya es jueves?
–Sí, es jueves. Y ya es de noche.
–Ya sé que es de noche, niño.
Me llama «niño» desde que lo era. Sólo usa mi nombre (el real) cuando está realmente cabreada.
–¿Cómo estás, qué te dijo el médico?
Es un diálogo habitual.
–Qué va a decir, que por qué no tengo veinticinco años en vez de ser una vieja chocha.
–Tú no eres una vieja chocha.
–Ya. Pues toso como una vieja chocha. Yo estoy bien, pero me dan estos arranques, niño, y a ver quién los para.
–¿Te han mandado pastillas?
–Unas pastillas… y un inhalador.
–¿Quieres que vaya y leemos el prospecto?
–No no, yo ya sé leer, niño.
Empieza a toser y aparta el auricular.
–Mamá…
–Bueno, niño…
–¿Mamá?
Y ya ha colgado. Casi todas nuestras conversaciones acaban así, de forma errática, abrupta. Nunca hay expresiones de afecto. Creo que para ella eso murió con la espantada de mi padre. En mi familia no hay lemas ni escudos ni largas tradiciones. Sólo algunas fotos y quizá alguna historia guardada bajo llave. Es una familia.

La reunión es en una de esas amplias salas de baile pensadas para solteros maduros. Hace nada hacías el cabra con el monopatín o te operaban de fimosis, y ahora estás aquí. No conoces a nadie, al menos de entrada. Después las caras se comienzan a reconfigurar. El pasado vuelve para hacerse añicos. A mi poster de E.T. no le sucede eso.
Este además es un pasado relativo. Minerva iba a otro colegio. Nos conocimos en un polideportivo. Yo jugaba a fútbol, ella era una especie de campeona adolescente de ping pong. Dios mío, mis eyaculaciones llegaban casi hasta el techo. Pajas legendarias. La gente que ha venido aquí está pensando sin duda en esas cosas. Han venido a rememorar juntos. Y a beber. Hay unas cubetas de ponche de lo más apetitosas: nada que ver con el pasado, sólo con las películas del pasado. La mitad de lo que recuerdas al fin y al cabo es ficción, y la otra mitad distorsión.
Me alegro de que sea así.
Evoluciono por la pista menos tenso o preocupado de lo que pensaba. Decido que me voy a poner a beber. Veo que hay vasos rojos americanos. Otro detalle de ficción. Con suerte encontraré con quien comentar la primera vez que vimos American Pie. Una bonita conversación generacional sobre la corrección política imperante.
Veo que en general las compañeras han envejecido mejor que los tíos. En teoría somos todos del mismo curso. Pero había tres clases; demasiadas caras. Es imposible que vengan más de un tercio de los alumnos. No todos pueden encajar un sarao de exalumnos en sus rutinas adultas, y la mayoría preferirán una patada en sus partes.
Está claro que he sido reconocido por algunos ojos; y desde luego yo he reconocido algunas expresiones. ¿La edad nos iguala a todos? ¿Es posible que ya no importe quién te caía mal o te parecía tonto del culo? La verdad es que nunca fui víctima de bullying, ni lo practiqué, pero sí que había abusones y sacos de boxeo. Es horrible, pero nos divertíamos como podíamos. La crueldad y el egoísmo son rasgos habituales en la infancia, y no siempre se liman a tiempo. A veces me asombra cómo los adultos reaccionan ahora con comprensión o hasta divertidos (sin castigo físico alguno) ante odiosas actitudes infantiles. Dichas actitudes a veces siguen latentes en una avanzada adolescencia.
Sí recuerdo algunas peleas, arranques de una ira juvenil, filosa y brillante. Te enganchabas con alguien jugando al fútbol, había rencillas, y realmente le querías matar. Si hubiese podido, si me hubiesen dejado, con toda probabilidad habría matado a alguien con quince años.
–¿Hola? ¿Eres…?
–Sí… Soy yo. Qué tal, ¿cómo estás?
Soy todo educación cuarentona. Pronuncian mi nombre real y se activa alguna parte abandonada de mi cerebro. ¿Cómo hablaba yo con esta gente?
–Me alegro de que hayas venido, hombre.
Sé quién es. Se llama Carlos. Entonces había Carlos y Carlitos por todas partes. A los padres les debía sonar aristocrático o juguetón.
–Bueno, me alegro de estar aquí. No sabía si venir, la verdad.
Carlos se ríe, asintiendo.
–Ya, tío, es raro, ¿no?
–Bueno, es la primera vez que vengo a una reunión de exalumnos.
Resulta que sí tenía cosas de las que hablar. Carlos y yo decidimos formar equipo. También ha venido solo (yo no he podido convencer a Abril para interpretar a mi mujer). No fue uno de mis amigos íntimos de la época, pero no veo ninguna de esas caras. Ni siquiera sé si me apetece verlas. Quizá sea mejor que el encuentro sea de baja intensidad. Gente de la época, sí, pero no tus amigos de verdad. Porque ya no lo son, y no es fácil hacer una secuela de Cuenta conmigo.
La gente llama a la gente, y de ser dos pasamos a ser un grupito de seis o siete rápidamente. No conozco a todos, asumo que hay parejas y matrimonios en marcha. No hay ningún crío, curiosamente, como si estuviese fuera de lugar traer niños a una reunión de exniños. Si alguien los ha vetado, merece todos mis respetos.
Las conversaciones cruzadas son el detonante de los gritos. Necesitas hacerte entender por encima de alguien que está diciendo cosas mucho menos interesantes. La verdad es que no estoy acostumbrado a tener largas charlas desde hace mucho. Lo de Minerva es puntual, y a Abril no le gusta hablar; prefiere más bien las indirectas, ese rollo tipo Judy Dench cuando hacía de M. para James Bond. La M. de un fulano avejentado para su edad, con una hernia discal y cada vez menos resolutivo. Creo que ni siquiera me considera un desastre interesante. Sólo uno del montón.
Le digo todo eso a alguien en la reunión.
–¿Pero no es guay ser detective? –dice la mujer de alguien.
–¿Verdad que sí? Para mí lo es.
Lo pienso en serio, pero también es cierto que a la mayoría de gente le da igual. O ven gato encerrado. No entienden muy bien de qué va la cosa. Otros lo asocian a la ficción, piensan en grandes casos, asesinos en serie, Brad Pitt malherido derribando la puerta del cuchitril de John Doe. Ese tipo de cosas. O piensan en Los Ángeles, las gabardinas, los sombreros, los años veinte, los años cuarenta, el jazz, Humphrey Bogart…
Yo reivindico el oficio de verdad: espiar a la gente mientras folla. Y muy puntualmente un caso que te supera y para el que tienes que pedir ayuda a otros profesionales. No negaré que es una profesión algo líquida, extraña, difícil de explicar. Aún no ha entrado en mi despacho ni una sola “femme fatale” con la pinta de Ava Gardner. Por eso me encanta esa peli, El sueño eterno (1946, Howard Hawks). Están todos los elementos del cine negro de la época (incluidos el galante Humphrey y Lauren Bacall), pero nadie la entiende. Yo tampoco. Ni siquiera William Faulkner, que la escribió, la entiende. Ni siquiera siendo la adaptación de una novela de Raymond Chandler entiendes un carajo. Simplemente la peli existe, y la amamos tal y como es.
–¿Cuál ha sido tu último caso?
–Pues verás, Rocío… ¿es Rocío?
–Rocío Melgarejo, sí, la mujer de Rúl Melgarejo.
–Aaaah.
Menudo soplapollas. Un chavalín con sobrepeso que se creía el rey del patio dando balonazos a las niñas. Lo busco con la mirada. Está lejos, por suerte, está bebiendo. Se ha convertido en una especie de neonazi tardío; cabeza rapada, chaqueta modelo skinhead y diez mil horas de gimnasio.
–Ya lo veo. El bueno de Raúl.
–Sí…
Paso a describir mis recientes aventuras con la coprofagia.
–Una experiencia indirecta, por supuesto.
–¿Y quién se cagó en quién? –pregunta alguien.
–Fue una cagada mutua. Veréis…
Un fuerte ruido interrumpe mi proceso de conquistar a los presentes. Al parecer alguien acaba de abofetear a una mujer.
De hecho sé quién es ella. Gemma. Con dos emes. Tengo recuerdos de Gemma desde los cuatro años. No exagero. El bestia le ha partido una ceja; ella ha caído al suelo. Nadie interviene. Y el animal le da una patada en el estómago.
Se oyen algunos gritos, al menos la gente reacciona. Pero no hay intervención física. Doy varios pasos hacia la escena, pero me detengo. ¿Quiero hacerlo?, me pregunto. Hace mucho que no lo hago. Tengo una vívida imagen de la Gemma infante, y también de la adolescente. De sus ojos azules, violetas, amarillos, de sus diademas. De la luz matinal en su cara, el moreno natural, en medio de un aula en medio de los años noventa. ¿Quiero hacerlo?, me vuelvo a preguntar. Hace mucho que no lo hago, me vuelvo a decir.
¿Nadie va a intervenir? El sujeto puede volver a golpearla en cualquier momento. Las mujeres se apartan y vocean, y en cuanto a los tíos, pareciera que nadie quiere hacerse el «machito». Parecemos todos pipiolos emasculados de veintidós años. Pura actualidad. Como si la testosterona no hubiera sido invitada. El tío, el agresor, grita a la mujer, a la niña que conocimos. Ahora ya nadie pelea, parece ser, pero el bullying ha persistido.
El tío, me doy cuenta, también es un niño de la época. Ferrán (nombre real). Se arremanga la camisa, como si se preparara para matarla. Podría convertir a Gemma en estadística ideológica en cualquier momento. Pienso para políticos de izquierdas. Un pisotón en la cabeza, una patada certera. Una vida que me es familiar fulminada en un segundo.
¿Quiero hacerlo? La verdad es que querer, quiero. Hubo una época en que me sentía un adicto a la violencia. Las peleas no necesitaban detonante. A veces lo tenían, por cuestiones profesionales, pero dar rienda suelta a los puños me volvía loco. Llegué a sentirme decepcionado si en una buena pelea no había sangre, aunque fuera mía.
Por corte, me encuentro haciéndole un mataleón a Ferrán. Lo inmovilizo en el suelo. Sólo un hilito de respiración. Lo suelto, y antes de que se revuelva le estrello el puño derecho en el centro de la cara. Dos veces.
Noto el «gluc» revelador.
Le he partido la nariz.
En cuanto ve la sangre descontrolada, se olvida de mí, de Gemma, de la escuela y la nostalgia. Quizá el problema ha sido una sobredosis de nostalgia.

Levanto a Gemma del suelo. Es impresionante lo que se parece aún a la niña que fue. Su cara, su cabello color pajizo. Los ojos, intactos. Se le empieza a hinchar el moflete izquierdo.
Gemma…
Me siento obligado a decir algo. Si por mí fuera desaparecería como Batman.
¿Cómo te encuentras?
Bien. Bien.
Dadas las circunstancias…
¿Has venido sola?
Parece azorada. Cambio rápido de tercio:
Vamos, ¿quieres que te acompañe a urgencias?
Se toca la cara, la ceja, se llena los dedos de sangre. Alguien le trae un puñado de servilletas y se las sujeta contra la herida.
Rompe a llorar.

Algunos puntos de sutura, una mentira o dos, una visita a la farmacia. Carlos nos ha llevado en su coche. Es mejor que seamos tres. Dos personas a menudo no saben cómo interactuar. Gemma nos reconoce, nos pone en contexto. Nos sentamos en un banco en la calle. Curiosamente no llueve, y pronto sabremos si hace frío; ahora aún somos pura experiencia y adrenalina.
Ferrán está casado y tiene dos hijas. Mellizas. Pero ha ido solo a la reunión. Al parecer, hace ya no pocos años, contactó con Gemma con el auge de Facebook. Las cosas no siempre se olvidan o se enfrían, y Gemma (yo no lo sabía) siempre fue la Minerva de Ferrán. Empezó a acosarla por redes sociales, pese a que ella no le daba cancha.
¿Por qué has venido a la reunión? –pregunto. No me gusta sonar a quisquilloso racional, pero aún estoy enrabietado.
Gemma –ahora divorciada– dice que quería verlo en persona. Aclarar las cosas.
¿Os habíais visto después del colegio? –pregunta Carlos.
No. Nunca.
Se hace el silencio. Un grupo de chavales se detiene delante de nosotros. Juerguistas. Nuevas hornadas de idiotas en edad universitaria. Aunque estos no tienen pinta de ir a la universidad. Llevan ese peinado con forma de brócoli. La verdad es que los idiotas –y más ahora– están tanto dentro como fuera de la universidad. Los que están dentro son imbéciles por estar dentro, y los que están fuera porque están fuera. Ahora siempre parece haber buenas bases para convertirte en un capullo. Y algunos son peligrosos. Todo depende de las circunstancias, los orígenes o el acervo cultural. A veces puedo entender la actitud de ciertos jóvenes inmigrantes. Llegan de un lugar depauperado a otro relativamente estable. Algunos de ellos sienten que todo está por la mano, que han llegado a un lugar permisivo. Lo que nosotros entendemos por civilización y un intento de igualdad, ellos lo ven como un centenar de puertas abiertas que antes estaban cerradas a cal y canto. Pierden la vergüenza, el miedo. Delitos que en sus países les podían costar realmente caros, aquí sólo conllevan una detención fugaz. Empiezan a entender que son más fuertes, y que aquí el progreso ha debilitado a la gente y sus sistemas. Lo perciben en las acciones y el ambiente. Años y años de inercias civilizatorias, estómagos llenos, espacios notablemente seguros. Tu forma de ver el mundo se vuelve cada vez más ilusoria. El conflicto serio se convierte en algo parcialmente ficticio, filtrado por la tele. Y de ahí a la ideología, que se ha convertido en moda; el mundo empequeñece, se simplifica gracias a ella. Te has/han negado la certeza de lo enorme y complicado que es el planeta. Eres bueno porque piensas en positivo (te lo puedes permitir), y otros son malos porque no piensan como tú. Te has convertido en deficiente mental por tus comodidades, y algunos de esos inmigrantes, habitantes de ese cortocircuito cultural, deciden aprovecharse, porque ellos sí conocen de primera mano aún la crueldad de la existencia.
Algunos de estos chicos, habitantes del mundo (ellos sí son “habitantes del mundo”), vienen además de lugares en los que la mujer es objeto de actos deleznables por mandato religioso. Y una mujer es una mujer a tres mil kilómetros y también aquí. Ellos sí han derribado las fronteras. Esas que te sobran tanto cuando eres joven e idealista. Pero siguen siendo de donde son, y encima aquí las mujeres no agachan la cabeza, no actúan según creen firmente ellos que deberían actuar.
¿Resultado?
Son cuatro chavales duros como piedras, en torno a los veinte años. Probablemente han llegado de milagro a este país. Es muy posible que estén vivos por los pelos. Habrán pasado penurias desde que nacieron. Habrán conocido el Infierno en la Tierra, quizá un océano de abusos y otro de tóxica agua salada. Habrán rezado como nadie reza aquí desde hace un siglo. Han pegado duro y les han pegado duro. Proceden de tu mismo planeta, pero son de un planeta distinto. Han conocido la crueldad y han aprendido a ser crueles. Lo cierto es que la vida vale un pimiento para ellos, porque probablemente se deben a una causa mayor, y para esas causas la muerte también vale menos que un pimiento. Lo bueno viene después. Ha de ser así, por fuerza.
Gemma. Imagínate ser uno de esos chicos, ir algo borracho, sediento de un poco de alivio en la vida, quizá incluso de placer. Y verla a ella. ¿Y esos que van con ella? Blanquitos acojonados, seguro, como lo son casi todos. Algunos no reaccionan ni aunque violes a su novia delante de ellos. Ni aunque le aplastes la carita a su bebé en el carrito. Lo has visto antes, no te lo han contado.
Y esa mujer, maquillada, la falda por la rodilla, los tacones, ese bolso, pertenencias, caprichos, ese olor a primer mundo. Esa presencia intocada por la miseria, pecaminosa.
¿Y qué es una violación, al fin y al cabo?
Para ti, no gran cosa. Estos blanquitos no solo no se enteran de qué va la vida, las mujeres, la muerte. Además se llevan las manos a la cabeza por cualquier chorradita. Incluso cuando está justificada. Fíjate en esas sandalias de tacón, esas uñas de los pies pintadas. Es imposible mantener una sociedad minimamente ordenada dando pábulo a ese tipo de soberbia. Mujeres que se muestran como si no les importara nada. Y hombres que no entienden nada sobre la decencia y el poder.

Uno de los chicos tira de mi manga. Otro aparta de la escena a Carlos, que empieza (literalmente) a lloriquear. Sale corriendo. La quieren a ella. Es posible que no sea la primera vez que hacen algo así. Despejar de la ecuación a los tíos acojonados occidentales. Quedarse con la chica. Pasar una buena noche. Aunque sea a la fuerza. Sólo una pizca de descontrol para una vida auténticamente jodida hasta la fecha. Bien te mereces una dosis de placer. No vas a salir a ligar o algo así, como si alguien te fuera a hacer caso. Quizá esa tarde has robado un melón y le has sacado la navaja a alguien por veinte euros. No es lo que aquí entienden por turno de tarde.
Descargo el puño en la cara del que me agarraba. Cae al suelo, parece que grogui. Dos de los chavales se apartan un poco. No parecen convencidos. El otro blande lo que parece un cuchillo de cocina.
Sal corriendo.
Gemma se quita los zapatos y me hace caso. Va en la dirección de Carlos, al que no le hará gracia que la historia le alcance.
Por un momento pienso que estoy muerto. Entonces los tres chavales salen corriendo; van en dirección contraria a la de Gemma y Carlos. Detrás de mí, las luces de un coche patrulla a modo de oportuna nave espacial.
¡Troya!
Coño. Velázquez.
¿Nos has llamado tú?
Pues no, la verdad.
¿Quién es tu amigo?
Me percato de que aún hay un chaval en el suelo. Veo que respira. Quizá ya esté disimulando.
No es mi amigo.
¿Seguro que no?
Hace años frecuenté a un árabe que se llamaba Farid. Un hombre afable de unos cincuenta años. Se llegó a convertir en un contacto de confianza, un espía a tiempo parcial. Le caía bien a Abril. Era uno de esos personajes que todo el mundo acaba conociendo. Pillaba de aquí y de allá. Un día simplemente desapareció.
Desde entonces Velázquez cree que mi entorno es básicamente árabe.
Veo que el chico se empieza a poner de pie despacio, alterado por la presencia de la policía. El compañero de Velázquez, gigantesco, sale del coche y se acerca hasta nosotros. El chaval ni lo intenta.
¿Qué ha pasado aquí?
Vengo de… Estaba con dos amigos. Un amigo y una amiga. Nos han abordado cuatro chicos, a este le he dado fuerte…
Ya… –Mira al chaval–: una chica, eh… A este le conozco. ¿Era mona?
Ella se ha ido corriendo, por cierto.
¿Todo bien? –dice Velázquez.
Que yo sepa, sí –murmura el compañero, mientras esposa al chaval.
¡Troya! ¿Quieres venir a empinar el codo? Yo libro ahora.
¿No es un poco tarde?

Los viernes por la noche siempre me han gustado, incluso cuando sabía que el sábado iba a ser una pesadilla. Sería una pesadilla, pero el viernes por la noche era sagrado. No logro comprender a la gente que pasa por la vida sin drogas. Ni siquiera alcohol o tabaco. Para mí siempre ha sido absolutamente necesario ese estímulo, ese distanciarte de ti un poco, un rato, una noche o cuatro a la semana. Cierto es que ya no le doy a las drogas duras. Pero nunca fui un buen drogadicto (si eso es posible), ni siquiera uno con talento, un Burroughs o un Kurt Cobain. La cocaina fue durante unos diez años imprescindible para mí. Pero tuve mis avisos, mis taquicardias, mis paranoias; también con los porros. La verdad es que durante unos años apenas conocí la sobriedad. Cuando dejé la química dura, reducí el consumo de alcohol y sólo le di cancha al tabaco, fue realmente extraño reecontrarme con mi yo natural. Redescubrí el famoso aburrimiento abismal del mundo.
Esta noche volver a ver todas esas caras ha sido como un estabilizador. Ese mundo podía ser muy aburrido, pero también pacífico, tranquilizador. Un mundo de series de televisión, películas, novelas (drogas legales, en cierta forma, amables). Y también un mundo de mujeres. La mayoría de mujeres adultas no eligen al drogata anónimo de treinta años, por extraño que parezca.
Me gusta este sitio, el rollo de bareto antiguo, la música negra.
El antro habitual. Y Velázquez siempre dice más o menos lo mismo. No me molesta, de hecho me relaja. Hay conversaciones recurrentes que son como estar en casa. Está casado, tiene una hija ya adolescente. Su mujer es encantadora, guapa, interesante, desde luego más inteligente que Velázquez. Creo que es uno de esos casos en que una chica acaba harta de tíos atractivos y problemáticos, da con uno algo aburrido pero con buen fondo, y decide quedarse con él. Un tío con suerte.
¿No has leído lo de ese tío, el director de cine?
Nos gusta cuando algún famosete cae en desgracia. En eso no somos muy originales. O quizá no es que nos guste, pero nos gustan las historias, ver cómo acabarán, o en qué momento quedarán abiertas. Abandonadas. Hoy en día muchas de esas historias son políticas. Velázquez, como policía, tiene sus propias ideas sobre la sociedad, las derechas, las izquierdas, lo postizo y viejo de esa dialéctica.
Le han hecho un artículo. Le han destruido –dice. Sonríe con los ojos.
Conozco la historia. Un diario de tirada nacional ha recogido las declaraciones de tres mujeres que presuntamente tuvieron malas experiencias sexuales con el prestigioso director. Ni siquiera es un fulano con poder. Era (en pasado ya) una especie de estrella emergente. Hace tres telediarios todo eran elogios; hoy todos dicen que ya se lo olían. No le han denunciado a la policía. Ha bastado con un tratamiento “periodístico”, voces anónimas, una pulida narrativa sobre el demoniaco hombre blanco.
Si pones una denuncia, tienes que presentar pruebas, exponerte, contestar preguntas. Pero hoy ya no hace falta nada de eso para arruinarle la carrera o hasta la vida a alguien. Mucha gente lo considera un síntoma de progreso.
¿Sabes lo gracioso?
No, pero Velázquez siempre lo sabe.
Estos tíos siempre son de ambientes izquierdistas. Compraron todo el pack ideológico posmoderno. Convencidos o por miedo, apoyaron hasta la última coma.
Es verdad que tiene gracia. Los tiempos de liberalismo sexual, ambiente nocturno llevado al extremo, juerga desacomplejada, traspaso de líneas rojas, burla de la religión, de cómo los perfiles conservadores se ofendían, clamaban al cielo, etc. Bueno, pues no era una exclusiva de las juventudes izquierdistas (los guays). Pero ahora esa misma gente se ha vuelto mojigata de narices. ¿Y quiénes, sobre todo, hacían uso y apología de todo ese desmadre sinónimo de una libertad casi artística? Exacto, perfiles como el del director de cine molón.
¿Y los conservadores o hasta religiosos de derechas? Sí, las élites conocen muy bien también el desmadre, pero las clases medias (los rancios) tendían más bien a formar una familia pronto y encargarse de sus críos y sus fincas.
Ahora los tíos de izquierdas que se drogaban y follaban como locos en los noventa y los ochenta y más allá, están cagados cada vez que sale un caso como el del aclamado director. Ni siquiera saben si alguien les podría denunciar. Si son famosos, han vivido intensamente y han reunido una pequeña fortuna, podrían caer en cualquier momento. ¿Las pruebas?, ¿la presunción de inocencia? Paparruchas legales. Basta con que alguien te señale.
Sí, tiene gracia.

Los viernes noche también son existencialistas. El momento en el que querrías quedarte a vivir. Poder por fin no tener que avanzar. Sólo ser. Mi gran carencia detectivesca es que no llega el gran hito. He visto cosas extraordinarias, muy difíciles de creer (más adelante quizá mencione alguna), pero, extrañamente, nunca eran parte de una gran trama, un CASO, algo obsesivo, que me trajera por el camino de la amargura, que lograra o no resolver, pero que fuera personalmente memorable, emocionante, relatable, que me permitiera –ya puestos– conocer a esa “femme fatale” de las grandes historias. A veces he intentado comunicarle mis sentimientos a Velázquez. No es que se ría de mí, pero creo que piensa que soy demasiado peliculero. Un romántico ingenuo.
Tienes un alma de izquierdas –me dijo una vez.
Creo que tiene razón. Del mismo modo en que una persona criada en un entorno cristiano férreo, es incapaz de contemplar la muerte definitiva, yo no puedo sacudirme ciertas ideas sobre la felicidad, la pasión, el paraíso del ateo.
Ni siquiera sé si soy tan ateo ya. Soy una especie de agnóstico neofascista. No porque yo me considere fascista, obviamente, pero es como me catalogarían muchos ahora. En términos ideológicos, no he sabido mantener intacto al veinteañero que fui. Y aunque eso es algo que considero positivo (evolucionar), al parecer también me ha convertido –teóricamente– en una peor persona. Ya prácticamente no soy apto para los círculos en los que se mueven los auténticos progresistas. Ya no soy militante, o como se diga; pese a tener un alma de izquierdas, ya no tengo alma de trinchera.

Minerva me llama un día sólo para decirme que ha roto con su novio. Se supone que debo decir que lo siento. Debería mentir, con aplomo, como hace la gente con estas cosas.
Vaya…
Sí. Bueno, sólo era para… Eso. ¿Vale?
Vale… Espero que estés bien.
Sí. Oye, ya nos veremos, ¿vale?
Vale. Sí. Vale.
Cuelga.
Es una situación incómoda, desagradable. No por el hecho en sí, para mí, sino por lo que implica. No sé si he de hacer algo al respecto, o si la llamada tiene algún trasfondo. Si descubriera que ella se va a vivir a Australia o algo así, podría enterarme con el tiempo justo, correr hasta el aeropuerto con un ramo de flores o un peluche absurdo. Esas cosas suelen salir bien, ¿no? Cuando la gente cambia todos sus planes es cuando ya lo tienen todo decidido y atado. Por eso tantas parejas llegan hasta el altar, y luego uno de los dos dice que nanay, ni de coña se va a casar. Precisamente porque había decidido casarse: ese es el motivo principal. Te vuelves consciente del error. ¿Qué mejor que bajarse del barco en el último momento, a tiempo?
Son clichés de las películas, podría decir alguien. Como si las películas crecieran en los árboles.
Que se lo digan a Kiefer Sutherland (a él, no a sus personajes). Le plantó en el altar nada menos que Julia Roberts. Uno de tantos, aunque quizá es el caso más sonado. ¿Y carreras en los aeropuertos? Mínimo cada semana debe haber alguna. Unas terminarán de un modo y otras de otro, pero esas cosas son la fuente real de las películas. No son hechos muy comunes, pero son reales como un puto dinosaurio. ¿A nadie más le parece como de novela vieja de ciencia ficción que existieran los dinosaurios?
Tu no vives tu vida como si fuera una película, no eres imbécil, pero eso no quiere decir que no pasen cosas de película. Las películas han sido siempre, en cualquier caso, resultado de la realidad.

Yo mercadeo con la realidad, como ya dije, y sé un poco de ella. No tanto como querría, pero sí más que la media de los mortales. No hablo de inteligencia o una percepción más aguda de lo normal. Hablo de experiencias directas.
A veces pienso que algún ente benefactor ha compensado mi carencia de un CASO (o sentido vital) novelesco con el que compararlo todo. A cambio me ha dado el don de la oportunidad. Estar en los lugares de los hechos extraordinarios. No he tenido una vida llena de amor, esa es la verdad, pero sí he estado cerca de distintos tipos de dislocaciones de la rutina, manifestaciones paranormales, contactos con sucesos de los que sólo se habla y habla, que nadie cuerdo reconocería haber vivido.
Pero yo nunca he presumido de cordura. La cordura, como pose o actitud activamente buscada, no sólo te vuelve más aburrido: también te convierte en un gilipollas ignorante.

A veces he pensado en hablarle y hablarle y hablarle a Minerva. De todo ello. De toda la luz y la miseria y lo imposible. En el mundo no solo hay gente conviviendo, malviviendo o poniéndose los cuernos. Es verdad que esas otras experiencias no han sido rentables en sí mismas, que yo recuerde, pero han moldeado mi persona.
Ahora sé aún mucho menos que antes de absolutamente TODO.
Imagínate cuánto he conocido de la realidad.
Minerva, le diría, ¿alguna vez has hablado con un niño aparentemente poseído? Fue en Sonora, la europea, en una casa ideal frente a la playa. Los padres me contrataron para buscar a uno de sus dos hijos, que resultó estar muerto en el sótano. Paro cardiaco, a los siete años. Su hermano llegó a flotar un metro por encima de la cama, hablando con un timbre imposible, en un lenguaje desconocido (para nosotros, al menos), como en la película. Ni siquiera hubo curas, en este caso. Un día “flipó”, y al otro despertó, sano, y eso fue todo.
Minerva, le podría preguntar, ¿sabes lo que es un rayo globular? Una noche de tormenta, en casa de un cliente cornudo, vi flotar una esfera brillante del tamaño de un pomelo. Recorrió lentamente todo un pasillo a la altura de nuestras pelotas, desprendiendo calor y un sonido eléctrico que te ponía los pelos de punta. Se metió en el dormitorio conyugal, se detuvo, y su tamaño disminuyó hasta desaparecer en el punto exacto en que la mujer de mi cliente se había follado al cartero.
Minerva, yo nunca he visto un ovni. Lo que he visto era a todas luces una nave extraterrestre. Si tienes curiosidad, vete a un día a ese solar que antes era un gran y hermoso autocine. Merodeaba en busca de un buen puesto de vigilancia; otro caso de cuernos. La casa con jardín estaba a buen tiro de prismáticos. A la una de la madrugada, noté cómo algo me quemaba la espalda. Un vehículo, con forma de supositorio biplaza, parecía enfriarse después de haber atravesado la atmósfera y aterrizado. Todo en unos segundos. De él bajaron dos criaturas “lovecraftianas”, Minerva, te lo juro por mi errática y preciada vida. Se movían sobre tentáculos, tenían más o menos mi altura, y utilizaron una extraña púa taladro del tamaño de un florete para coger muestras del suelo. Se me quedaron mirando, o eso creo, como si fuera imposible que yo estuviera ahí. Pensé que había habido un garrafal fallo de cálculo. Tuve ganas de pedirles perdón. Mi intención no era desestabilizar ningún equilibrio universal. Lo juro. Y se fueron tal como vinieron, en pocos segundos, escupidos hacia arriba.
También querrías haber conocido, quizá, a Gregorio, un tío con aguante. Gregorio era aficionado a la espeleología. Un sábado se fue al monte Cristo, ese lugar a las afueras de Periferia, ese laberinto maldito. Estuvo explorando esas galerías, hasta que se quedó encallado en un hueco imposible. Fue terrible. Su familia le estaba buscando, y yo, recorriendo galerías, di con sus pies, sus zapatillas deportivas, su voz desesperada. Tiré de él, pero era una tarea imposible, al menos para mi fuerza e ingenio. Llamaré a los expertos, pensé; y vinieron corriendo, los más valientes e inteligentes, los conocedores de las grutas y la rocas. Ataron cuerdas a los pies de Gregorio, usaron taladros, hablaron con él para intentar tranquilizarle, tiraron de él… Nada. Para cuando yo le encontré, ya llevaba unas veinte horas allí. Las operaciones de rescate se alargaron tres días más.
Se sopesó el partirle las piernas a Gregorio para poder doblarlo y extraerlo… Pero no, se descartó. Quizá viste a Gregorio en su día en las noticias. Sus fotos felices, o sus pies asomando desde el agujero. Así sabrías que Gregorio murió allí.
Lo que no sabes, con toda seguridad, es que Gregorio se puso a repetir –en bucle, justo antes de morir, en un estado catatónico, como rezando (era muy religioso)– un número largo, de varias cifras.
Un hermano, Alberto, decidió apuntar el número.
Varios meses después, Alberto, en un gesto secreto inicialmente, jugó ese número en la lotería de Navidad.
Y piensa lo que quieras.
Hizo rica a toda su familia, asquerosamente rica; ese tipo de riqueza que hace que la gente más roja y comunistilla empiece a quejarse sin complejos de los impuestos. Ese nivel de riqueza.
¿Puedes creerlo, Minerva?
Quizá hayas oído algo, pero yo estaba allí. Te lo juro. O no. No importa. Yo lo que he visto. Es de las pocas cosas que sé seguro.
Y sólo una más. Habrás oído hablar de la supraconciencia. Conocí a una chica en ese antro del extrarradio, el Osiris; me habló de su caso de muerte clínica tras un accidente de coche. Cuando sucedió, sólo estaban en la habitación hospitalaria ella y el hermano de su marido. Él, en determinado momento, pensó que ella se había ido por completo, y tuvo el miserable aplomo de violarla allí mismo. Pero ella le estaba viendo. Veía la escena desde fuera. Ese tío ejemplar, admirado, respetado, educado. Al parecer había tenido siempre fantasías con ella. Y ella, su supraconciencia, su alma, su yo no terrenal, caminó en torno a la escena, viéndolo todo. Y ese hijo de mala madre se corrió en menos de un minuto, se metió la polla en los pantalones, y justo después llegó el equipo médico; pitidos, líneas rectas, muerte cerebral, corazón moribundo. Y, para pasmo del violador, lograron reanimarla.
Yo sé lo que hizo –me dijo–, pero no se lo dije a nadie. No podía.
¿Qué podría haber contado? Yo no podía juzgar. Me contrató, me hizo seguirle. Era cuestión de tiempo, pensamos, que hiciera algo terrible. Merodeaba cerca de los colegios, seguía a alguna mujer de vez en cuando. Era descuidado; una eminencia en su ámbito (la abogacía), pero un desastre como delincuente sexual.
Una tarde se topa con una niña llorosa. Seis años. La criatura ha perdido de vista a sus padres. Él se acuclilla delante de ella, un buen samaritano. La coge de la mano y se la lleva. Le sigo, acorto la distancia. Se mete en un portal tras una persona. Entra y, una vez más, descuidado, no se da cuenta de que yo vengo justo detrás. Bloqueo la puerta con el pie. Va con la niña hasta una zona relativamente discreta, debajo del primer tramo de escaleras. Intenta embaucarla para que se quite el vestido, quiere fotografiarla. Es ahí cuando intervengo.
Más adelante, se investigan sus efectos personales, su ordenador, su móvil. Toneladas de pornografía infantil, películas snuff (propias y ajenas), violaciones a niñas y mujeres adultas, torturas, asesinatos. Es imposible saber aún cuantas víctimas tendrá en su haber.
Mi clienta, por pura inercia, se separó de su marido. No es que él hubiese hecho nada, pero algo la obligaba, no podía seguir ahí, cerca de esa sangre, de esa familia ya caída en total desgracia.
La supraconciencia, Minerva. ¿Te lo puedes creer? Quizá no. Pero nuestras creencias, créeme, son muy, muy limitadas.

Me llaman. Me dicen que el “asesino machista” se ha suicidado en la cárcel. Oigo rumores de que estaba perdiendo la chaveta. Hablaba solo, oía ruidos, pedía ayuda. Pobre cabrón. He visto varias veces una cárcel por dentro. La más confortable, para alguien que no tiene pasta, es un proceso administrativo de puertas que se abren y, sobre todo, se cierran. Te conviertes en papeleo humano.
El tío logró meter de contrabando un pequeño y monísimo cutter (así me lo describen). El cutter se ha convertido en un gran amigo de los delincuentes y los suicidas.
Mis conocidos saben que amo la narrativa, así que a menudo me llaman, me informan. Sí, ha acabado la historia, Troya. Encuaderna y cataloga. ¿Debería contar de dónde procede mi elástico apodo?
Creo que no.
Me las arreglo entre más casos de traición, sexo y vergüenza. Minerva me dice un lugar y una fecha. Nuestra próxima charla distendida. No me siento relajado al respecto. Con Minerva se trata de todo y de nada a la vez. Puedes decir mucho pero no cuentas nada. No te abres y sin embargo te abres totalmente. No te declaras pero todo está claro. Es un rollo contradictorio y agotador. Y no quiero que se acabe.
Gemma, mi excompañera escolar, me empieza a contactar por vía digital. Hablamos, intercambiamos impresiones. Me gusta, me gusta mucho, y también es el peor momento. Una parte de mí fue a esa reunión para intentar mojar. Pero se supone que ya nadie actúa así; ahora las personas son el epítome de la elegancia y la moral. Es todo carcasa, obviamente, las clásicas máscaras de virtud. Pero nunca he visto que se tomen tan en serio. Resulta harto patético.
Empiezo a dormir bastante mal por las noches. Eso me provoca un dolor de cabeza difícil de soportar. Me convierto en el más arisco en el despacho. Abril se llega a quejar de mis formas. Normalmente es ella la que araña y corroe.

Sueño con un aeropuerto a menudo, una luz brillante o azul, un rumor de gente y maletas, una sensación de tarde de otoño, ya de noche pero por la tarde. Quizá espero a alguien, o espero ver a alguien. No sé muy bien lo que pasa, pero me siento bien en ese lugar. No me siento solo aunque lo esté, como si alguien estuviera al caer. Como si fuésemos a coger un avión, para huir, o para viajar, para hacer turismo bobo y feliz. Hay amor de por medio, y por tanto también egoísmo. El mundo a nuestro alrededor pierde importancia, es decorado. Y esa otra persona es, necesariamente, Minerva, claro. Está por llegar. Quizá ni siquiera es un viaje, quizá desembarca, tomamos café en el aeropuerto, llevo su maleta, pedimos un taxi… Me gusta estar en ese aeropuerto, es como si lo conociera, como si hubiera leído cosas sobre él, poemas, o mejor novelas, quizá algún thriller, mi CASO deseado. No quiero despertar, aunque siempre lo haga.

Asisto a otra reunión. Últimamente estoy dándome un atracón de gente. Es culpa de Velázquez. Resulta que hay un sarao de la policía. Un aniversario, una cita, un evento, qué sé yo.
Vente, joder, es en viernes –me dijo.
Los viernes soy el pelele de Periferia.
Algunos me conocen, pero no caigo bien a todos, aunque eso me pasa en todos los ámbitos. Ha sido siempre así con las parejas de mis amigos, con las que no hay término medio: o les hago gracia y se sienten cómodas conmigo, o me ven como un bicho raro, rebuscado y muy poco fiable.
Hoy hablamos sobre los nazis, uno de los temas favoritos de casi cualquiera.
El horror gusta a todos; sobre todo el horror real y ajeno. Y a ser posible lejano en el tiempo, o al menos en el espacio. Los nazis, reconozcámoslo, son absolutamente fascinantes. Me gustan los nazis, me encantan. Pero los de verdad, claro está, los súbditos de Hitler, los oficiales, los uniformados, los hijoputas tipo Goebbels o Amon Göth. No los neonazis ni los típicos pardillos con la cabeza rapada. Eso no son nazis, sólo son ignorantes de libro, cobardes, pichaflojas. Los nazis tenían principios, un plan, un sueño. ¿Estaban equivocados? Sí. Pero cualquier persona suficientemente politizada se parece más de lo que cree a un nazi. La diferencia es que ahora esos perfiles no tienen ningún tipo de objetivo global ni sentido del honor. Ahora abunda el postureo ideológico. Un nazi era un auténtico hijo de puta. Pero auténtico. Te ponía la pistola en la cabeza y, si te consideraba un enemigo de la causa, apretaba el gatillo y se iba a comer chucrut. Los ideólogos de ahora van al psicólogo y se creen que cualquier roce de la vida es un acto de violencia.
Los nazis tenían estilo –digo. Puede que haya bebido ya un par de copas o cinco.
¿Tú crees, Troya? –dice Velázquez, mirando a los demás. Hacemos corrillo con otros cinco o seis polis.
Los nazis eran la hostia –insisto–. Sólo hay que ver cómo vestían, cómo desfilaban, cómo trabajaban, su arquitectura, su aplomo, incluso su estrategia militar, aunque a medio plazo fracasaran por culpa de ejércitos y estados claramente menos carismáticos.
¿Te hubiese gustado un mundo nazificado? –pregunta Velázquez, divertido.
Amigo Velázquez, si los nazis hubiesen ganado la guerra, quizá ya no tendrían tanto encanto. Ya sabes cómo funciona eso: lo poco gusta pero lo mucho cansa.
Entiendo.
Tío, tu estás como una cabra –me dice alguien, un chaval.
¿Perdona?
Que tú estás como una cabra.
Otro pipiolo que no conoce la performance de bar. A estas alturas considero totalmente ridículo dar explicaciones, así que digo:
¿Y por qué se supone que estoy como una cabra?
Porque defiendes a la peor lacra de la humanidad.
Imagínate intentar hablar en serio de verdad con él. Claramente no es un poli. Intuyo que es el hijo o hermano de alguien. Tendrá menos de veinticinco años. Me da envidia, su mundo debe ser minúsculo. Izquierda y derecha, anticapitalismo, nazis, y ahora Palestina, durante un tiempo, al menos. Ideologías Big Mac. Hay una chica cerca, seguramente su novia. Huele a que les han arrastrado hasta aquí.
Quizá le prejuzgo precipitadamente, pero la incapacidad para captar el cachondeo, la mala leche, o simplemente la ligereza, el dejarse llevar… Suele ser una señal inequívoca.
–¿Una lacra? Los nazis no fueron una lacra –insisto–, fueron elegantes, sobrios, y bastante cachondos, si me preguntas a mí. ¿Has oído hablar de la Joy Division?… ¿Sabes que no solo es un grupo, no?… ¿Sabes al menos que es un grupo?
–…
–Pues resulta que los cachondos de las SS montaron varios burdeles.
Ahora le estoy provocando, sí. Creo que quiero pegarle. Sí.
–Sí, ya lo sabía. Muy bonito…
–Sí. Utilizaban internas de los campos de concentración. Esclavas sexuales.
–¿Y eso te parece cachondo?
–¿Sabes qué me parece? Tú. Tú eres bastante parecido a los nazis.
–¿Perdona?
Vamos… ¿ni siquiera me va a empujar?
–Sí. O sea, no, quiero decir, eres mucho menos interesante y estiloso que un nazi, pero creo que tu cabeza funciona de una forma parecida.
–…
–Seguro que piensas que sólo hay malas hierbas, ¿no? Que se trata de arrancarlas y ya está.
–Lo que no soy es un nazi como tú, eso seguro.
–¿Como yo? Ojalá ser un nazi. Los años treinta, cuarenta… Siento nostalgia sin haber vivido aquella época. Iría a las fiestas de las SS, fumaría cigarritos finos con boquilla, me haría colega de la orquesta de turno, bailaría con las damas nazis, tan inocentes ellas, ¿verdad? Contaríamos chistes de judíos, iríamos a esas reuniones campestres de nazis tipo Saló… Creo que Passolini en el fondo era un humorista, un coñón.
–Tengo ganas vomitar –dice la acompañante del chaval.
–¿Sois pareja? –digo. Ya voy a por todas, me da igual.
–Eso no te importa –murmura el chaval, parece que un punto avergonzado.
–La verdad es que no. Debéis ser monísimos conversando en vuestros coloquios “antifascistas”, como si los nazis tuvieran el monopolio de eso. Cómo echo de menos ser joven, lo juro. Completamente imbécil, dueño del futuro, ignorante sobre el pasado.
Me estoy poniendo sentimental. Es entonces cuando descubro de quién es hijo el chaval. Ni siquiera de un poli, sólo de un político, uno de esos que diluyen la autoridad de la policía hasta convertirla en funcionariado sin medios para hacer su trabajo.
El padre llega (algo se olía), y nos saluda a todos, parece que intentando poner paz, interrumpiendo en “politiqués”.
Sé quién es. Conozco el perfil en detalle. Hasta le llegué a votar en tiempos (a su partido, claro está), lo que hoy en día me hace sentir violado por todos mis orificios. El tío ha escalado posiciones hasta convertirse exactamente en lo que criticaba. La irresistible buena vida.
–Aaaamigo. –Levanto la voz más de la cuenta. Velázquez me pasa la mano por los hombros, sonriente, como intentando bajarme el volúmen.
–Así que eres hijo de tu padre… Un pijo que no sabe que lo es. Otro más.
–¿Perdone? –murmura el político.
–Uy, ¿nos vamos a tratar de usted?
–Venga, Troy, no me jodas –dice Velázquez, procurando que le oigan todos–, vente conmigo, tomamos la última y te llevo a dormir la mona.
–Disculpe usted –prosigo, ignorando a Velázquez–, ¿se ha dado un paseo por el barrio de mi madre? No está muy cerca, pero le puedo llevar. La gente está encantada, le van dar abrazos y besitos. Se han convertido todos en fascistas, racistas, machistas… Les encanta cómo hablan ustedes de ellos desde hace años.
–Venga, Troy –me susurra Velázquez–, no vale la pena.
–¿No se siente mal –insisto– con que una multitud de fachas malvados le paguen su generoso sueldo? Y tú, monada, chico bueno, ten una vida de puta madre, la vas a tener, no lo dudes, pero recuerda: eres exactamente lo contrario de lo que piensas. Tu padre también. Y por cierto, la gente a la que insultáis también. Pijos sinvergüenzas DE LOS COJONES.
Casi logro contenerme, pero mi puño derecho va solo, se estampa en el ojo izquierdo del político. Gritos, agarrones. No me gusta ser el que atiza primero.

Pasan los días. Todo está mojado o brilla o se refleja. Parece que casi todo el tiempo es de noche. No me llega ninguna denuncia. El tío se levantó del suelo, recordó su cuenta corriente, cogió a su hijo y se fueron a casita. La buena vida del ricachón de izquierdas. No pelea, no confronta, no se mancha. Sólo parlotea, insulta a distancia y maquina. Hace años pensaba que eso sólo lo hacían los políticos de derechas y los empresarios. Un mal político de izquierdas sólo era una manzana podrida. Un político de derechas era malo sin más. Y un empresario era alguien que vivía en un palacio de oro construido por esclavos multiculturales.
Por las tardes, después de un duro día de espiar para cornudos, me ha dado por pasear por lugares de mi infancia. Mis dos excolegios, por ejemplo. No puedo entretenerme mucho, parezco un pederasta haciendo trabajo de campo.
También voy a los lugares donde jugaba al fútbol callejero o hacíamos el gamberro. Ya no frecuento a casi nadie de esa época. Los críos del cole no eran los del barrio. Estos paseos parecen “resetearme” en parte. Quizá mi mente me engaña con la idea de lo feliz que fui. Me parece bien.
Toco paredes y árboles que ya no sé si son los que eran. Observo viviendas donde antes sólo había aire. Merodeo sospechosamente. Titubeo, observo, hablo solo. Digo buenas tardes si alguien se fija. Los olores han cambiado, creo, pero hay cosas que siguen intactas. Recovecos en los que escondíamos revistas porno. Agujeros en la tierra donde metíamos la mano. Tenías que aguantar un minuto, aunque algo te picara o mordiera. Ya no hay gatos o perros callejeros, por cierto; se han pasado todos a Instagram.
Ya no soy esa persona, el niño tímido aunque explosivo, pero esa persona sigue dentro de mí, más bien jodida. Procuro no tener diálogos directos con ella. Me gusta sobre todo el mundo que habitaba, incluso cómo lo habitaba. Era un mal estudiante, pero un buen amigo, creo, divertido, bastante atento, sin gota de maldad más allá de pisotear algún hormiguero. Quizá algún gato callejero también se llevara una pedrada. Chinas, las llamábamos; eran inofensivas, nos las tirábamos también entre nosotros. Sí, eran tiempos más salvajes, pero mucho más nobles y civilizados de lo que se dice ahora. Creo que la gente era más valiente, más decidida, menos endeble, y mucho menos narcisista.
Quizá es una visión generacionalmente condicionada. Me parece bien.
Mientras camino, me preocupa un poco que me espíen por la ventana las viejas de la zona. Me meto por algunos andurriales. Han convertido algunos lugares divertidos, que antes eran grava o jardines, en puro asfalto llano y adulto. Ahora están totalmente acotadas las zonas de adultos y de críos. La mayor parte de zonas son de paso. Sacar un balón y pelotear no es ni de lejos lo mismo que antes.
Voy a un lugar que antes era puro monte bajo, descontrolado; había algo de basura, a veces revistas porno, y puntualmente alguna jeringuilla. No dudábamos en cogerla del suelo y echarle un buen vistazo. Incluso a los diez años te daba asco. A veces tenían restos de sangre. La aguja parecía demasiado gruesa. Las revistas guarras estaban con las páginas pegadas. De vez en cuando invadíamos el rincón natural de algún mendigo. Alguna vez salió corriendo un viejo detrás nuestro. En otra ocasión espiamos a una pareja follando. Un tío más bien enclenque con una chica oronda; una de esas mujeres robustas que dibujaba Robert Crumb, de piel blanca, rosada. Nos pusimos todos cachondos. Debíamos tener doce o trece años.
Ahora la calle sólo está pensada para zapatos finos y neumáticos; los niños están en casa o en algún evento controlado. La diversión está contenida en pantallas. Ya no circulan las revistas porno, y además les quieren capar el porno de internet a los pobres chavales. El nuevo consenso adulto cree que se van a convertir todos en violadores.
Puede que los ochenta y los noventa fueran épocas analógicas e imperfectas; pero entonces leíamos novelas de ciencia ficción que se parecían mucho a lo que vivimos ahora, y daban un miedo que te cagas.

Llega el día y cenamos en un chino. Minerva se deja conducir. Está algo mohína. Hemos caminado antes un rato. Ella con los brazos cruzados, mirando mucho al suelo. Estar juntos ahora no es igual que estar juntos hace un mes. Es raro, un poco incómodo. Nos conocemos desde hace tantos años; parece no tener sentido que las cosas cambien. Nos hacemos mayores; un poco, al menos. No somos viejos, pero lo somos desde la perspectiva de nuestros padres. A nuestra edad ellos ya estaban más que establecidos. Tenían una familia, una hipoteca ya avanzada. Una buena cantidad de resistencia y estoicismo. Una idea distinta –más realista– de la felicidad.
Nosotros no somos así.
Nuestra generación creyó ciegamente en la juventud, en su energía, en que eso siempre sería así. En que ser soltero o no tener hijos te haría sentir igual a los veinte que a los cuarenta.
Ahora estamos juntos, solos, ante sendos generosos platos de arroz tres delicias. Recuerdo las escasas pero memorables comidas fuera de casa con mis padres, antes de que mi padre se fuera a por tabaco. En braserías, lugares de madera y piedra, con ese olor a carne chamuscada y cigarrillos. Ahora muchos bares huelen que dan asco, sobre todo en verano; a fritanga y sudor y escasas duchas. Mucho peor que cuando se podía fumar en ellos.
Hablamos del alcalde de Periferia (un tipo de nuestra edad, además). Logro animar un poco a Minerva. El alcalde de Periferia es famoso por, entre otras cosas, follar por ahí, fuera de casa, como una mezcla entre Bill Clynton y Charlie Sheen. Su episodio más memorable se produjo cuando asistió a una reunión de exalumnos. Se filtraron dos fotos de él, desnudo, en el dormitorio de un concejal, con dos gemelas de su promoción. Una, sentada en su cabeza. Otra, en su polla. No había dudas de que era él. Demasiadas pruebas circunstanciales, aunque no se le viera del todo la cara.
Su mujer adoptó una pose irresistible de víctima. Un rollo a lo Hillary Clynton + una buena dosis de victimismo posmoderno.
Se recicló como una especie de heroína feminista. No me preguntes cómo. Perdonó a su marido de algún modo, comenzó a asistir a ciertas tertulias, concedió algunas entrevistas emotivas en las que, se dice, demostró una gran «valentía». Todo ello sin salirse de la rueda, sin bajar de clase social. No solo sin perder un céntimo, sino ganando más que antes mientras se convertía en una suerte de celebridad que la gente sólo denosta en privado.
La verdad es que su actuación en Los famosos bailan fue notable. Toda un “MILF”, un símbolo para el colectivo LGTB (etc.). La clase trabajadora está encantada con este tipo de cosas.
Cuando el tema se agota, Minerva me propone hacer un viaje terapéutico con ella.
Acepto sin pensarlo.

Ver otros lugares, me dijo, otras putas calles, otros escaparates, otros Zaras y Burguer Kings, un poco de sol, quizá un horizonte azul, algún atardecer de colores cálidos.
Llamé a Abril y le dije que iba a estar una semana fuera. O dos. Que ya avisaría. Colgó convencida de que era una mala idea. Me intentaría hacer un selfie junto a un acantilado y resbalaría. Acabaría siendo la nota simpática de humor negro en los telediarios. O me pelearía con alguien, lo estropearía todo, haría que Minerva viera mi auténtico yo y se buscara a alguien neutro, aburrido y responsable.
También llamé a mi madre. Ella sólo me dijo que tuviera cuidado, pero pensaba de forma parecida. Ella cree que acabaré matando a alguien. A otro tipo igualito que yo. Tendré una discusión estupida, me enzarzaré con algún tío que le haya dicho algo a Minerva. Igual hasta se me va la olla y voy a McDonald’s a exigir un desayuno fuera de horas. Cualquier cosa mala es posible conmigo. Esa es la idea que mi madre tiene de mí.
Decidimos un lugar, los días, y hacemos dos maletas. Lo importante no es dónde o cómo, sino salir de Periferia.
Cuando llegamos al aeropuerto, noto cierta sensación de déjà vu. Procuro apartar esos pensamientos. No es bueno mezclar las cosas. Ahora estamos aquí, de verdad. Hagamos lo que hemos venido a hacer. Se trata de no darle muchas vueltas. No hacer muchos planes. No tener ciertas expectativas. Estamos vivos, somos relativamente jóvenes. Hemos llegado con tiempo, como adultos responsables. Nadie ha tenido que correr, gritar, exigir. Llevamos un equipaje sencillo, sencillo de administrar. No tienen por qué perderlo. Quizá lo maltraten, pero no guardamos en él el santo grial. Nos conformamos con que no nos roben, con que no nos agredan físicamente, con tener la oportunidad de movernos, irnos, alejarnos. Sabemos a dónde vamos, más o menos. No es ninguna locura, ninguna paliza de avión. Durante el trayecto podemos ver alguna comedia romántica, quizá beber algún licor, coger el puntillo. Es bueno salir de la rutina. Eso dicen. No pasa nada por probar. En mis últimas vacaciones creo que ni siquiera estaba herniado, no tenía molestias de espalda, cero dolores de cabeza espontáneos. Podía hacer cosas como correr o saltar casi sin pensarlo. Hacía cosas como follar o hablar por teléfono. Quedaba con gente cada semana. Iba al cine cada semana. Cenaba y comía fuera con regularidad. No sólo salía a beber alcohol o tragar café. Comía, sólido, bebía refrescos, incluso agua con gas. Bueno, también estaban las drogas, el jugar a quitarse el condón, los delitos menores, los partidos o conciertos que acababan en peleas… Tanto tiempo hace. Buenos tiempos.
¿Y ahora qué? Un temblor de tierra de origen desconocido.
Algunos de esos aviones comerciales enormes, casi siniestros, se tambalean un poco ahí fuera. Estamos frente a esos gigantescos ventanales de aeropuerto, viendo llover, y al parecer la tierra ha sufrido alguna convulsión. La tierra nunca tiembla en Periferia.
Poco después nuestra vista se dirige al cielo.
Ya no se apartará apenas de ahí.
Algunas personas gritan o deciden correr hacia la salida, a medida que ven lo que está pasando.
Minerva –le digo–, vamos a quedarnos aquí de momento, ¿vale?
¿Eh?… Vale.
No parece tener miedo, sólo está a la expectativa. Creo que aún no acaba de creérselo.
Oye –le digo–, puede parecer increíble, pero son cosas que pasan. Cosas que pasan…
Ya…
Me mira con desconcierto, creo. Debería quedarme calladito.
Conozco el modelo de las naves. Vi una versión pequeñita de eso. Ahora hay muchas, creo que decenas, tomando posiciones encima de la ciudad. No están a mucha altura. Tienen unos focos en movimiento constante en la panza. No son tranquilizadores.
Cuando un avión, con escasa visibilidad, supongo, choca con uno de esos monstruos ovalados (diez veces mayores), la gente que quedaba decide largarse también. No parecen entender que ahora será así vayan donde vayan. Es el mayor espectáculo de la humanidad, pienso. O no de la humanidad, y por eso es el mayor espectáculo.
Perdona –dice Minerva–, ¿qué me habías dicho ahora?
¿Ahora?
Sí.
Que son cosas que pasan… Te lo prometo.
Pero claro, ahora no sé lo que va a pasar.
Minerva me toma la mano izquierda.
Son cosas que pasan. Es así. Luego el mundo no se detiene. Siempre podemos viajar en otra ocasión. Ahora hay demasiadas preguntas en el aire. Todo ha cambiado y no ha cambiado nada.
¿Cosas que pasan? –dice Minerva.
Rayo de luz.

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Ya no jugamos al fútbol

Jimbo. Edificio Iris. 23 de junio. No parece ella, pero tampoco parece que pueda reprochárselo. Piensa igual que antes, pero ya no tolera que yo aún no piense como ella. Creo que se culpa a sí misma por haber sido tan torpe. Camina de un lado a otro de la azotea, buscando las palabras. El aire es más frío de lo que cabría esperar. Casi las dos de la mañana. Soy el típico varón treintañero mortal. Importante sólo para mí mismo y un grupo reducido de personas. Una menos a partir de ahora.
Lo que se llama un perfecto donnadie y su recientísima exnovia.
–No sé explicarte por qué –dice ella; lo repite, en realidad.
Ella sabe perfectamente por qué, lo sepa explicar o no. Se autodefine insistentemente como feminista. Desde hace unos seis años. Ella misma me lo contó y al principio no le di importancia. Me parecía positivo, muy de izquierdas, aunque dijese haber visto la luz como San Pablo.
De repente todo le molestaba, o le parecía injusto, o le daba miedo. Los desconocidos, la carne, la serie Friends, los escotes femeninos, las familias tradicionales, las películas, los videojuegos, la comedia, las personas… La lista nunca termina, porque de eso va lo de ver la luz. Todo cambia. Por fin entiendes. Y el resto, no.
Lo irónico es que no es nada nuevo. Todas las épocas tienen su religión.
–Da igual –digo ahora, como un bobo–, no pasa nada.
Estábamos en una fiesta, hará diez minutos, dos pisos más abajo, formando parte de la vida social de Periferia y Sonora. Sólo cierto abuso puntual del alcohol, curros necesarios pero nunca vocacionales, algunas quejas recurrentes, algunos críos en casa con sus canguros, no pocas fotos para Instagram. Ninguna novedad, hasta ahora.
–¿No pasa nada? –quizá algo cabreada.
Estábamos todo el grupito, bebiendo y hablando, ironizando, hablando de “los límites del humor”, de que entre amigos no hay límites, que eso es más bien cosa de los micrófonos y las cámaras.
Comenzamos a intercambiar lo que ahora llaman: chistes racistas. Todos los chistes antes eran simplemente chistes, contexto.
–No, no pasa nada –insisto ahora–, creo que ya lo veía venir.
–¿Y ya está? ¿Después de dos años juntos?
¿Cómo era? Rodeo con el brazo a un colega y le pregunto: ¿cuántos judíos hacen falta para cambiar una bombilla?
Ni siquiera recordé bien el remate.
–Julia, ¿qué quieres que te diga?
Una pausa dramática. Quizá una reflexión sobre la última estadística de mujeres asesinadas por hombres blancos. Puede que un pensamiento sobre Palestina. Eso lo aprendí rápido de ella: elige las causas igual que elige la ropa.
La cosa se empezó a resquebrajar hace tiempo.
Hace unos seis meses, borracha, definió en voz alta lo que es una mujer. Sólo necesitó una frase. Más tarde lloró hasta dormirse. Su mejor amiga cortó con ella acusándola de tránsfoba; no sirvió de nada la subisguiente explicación sobre la evidente existencia también de mujeres trans. Ya había hecho la división fatal: mujeres y mujeres trans. Yo lo vi todo desde el ostracismo, la oveja negra treintañera. Un tío blanco hetero normalmente no tiene arreglo, y un aliado es como una lagartija: sigue corriendo sin importarle que le hayan cortado la cola.
¿Y ahora qué hago? Me quedo mudo. Hoy lo único que he hecho es lo que siempre te aconsejan: ser tú mismo. Y no es que siempre haya sido igual. Últimamente me hacen gracia los chistes verdes, adoro las películas antíguas, disfruto las rabietas de la gente cuando se ofende. He practicado la abstención ya dos veces. Me he vuelto un auténtico pecador para la nueva religión.

Al final de la noche me siento entumecido. Justo antes de dormir me parece que hace siglos que ha pasado todo.

María Cadalso. Ansiedad. 5 de julio. Es viernes por doquier. Todo está lleno de memes y videos, dibujos animados ideologizados, optimismo digital multipantalla, el negro que salta del coche y se contonea en traveling lateral… Yo soy de las que libro los fines de semana. Pero ya no son como antes. Camino a los cuarenta, la vida se hace demasiado tangible. Percibes un nuevo reloj. Y no es que yo quiera tener hijos, pero ya no veo ese asunto de la misma manera. Me he negado a tener perros o gatos, sobre todo gatos. Es como si fueran síntoma de un destino inevitable. La línea entre Sexo en Nueva York y la loca de los gatos es más fina de lo que parece. Quince años más de vida y dejas de ser guay estando sola. Incluso siendo mujer. Ahora las tornas han cambiado. ¿Hay alguien más empoderado que yo?
En algunos pueblos aún las llaman solteronas. Aunque también hay solterones. La diferencia es que estos últimos no cuentan ni para tenerles pena. Últimamente me he encontrado pensando en esas expresiones y etiquetas tan de antes, decidiendo si realmente tenían sentido. ¿Qué define al fin y al cabo la palabra solterona? Soledad + Tiempo = Escasez de oportunidades.
Ahora se niega la mayor cuando se habla del físico de la gente. Se supone que a todos nos gusta todo. Así de progresistas somos.
Sólo tengo treinta y seis años. Tampoco es para tanto. Y no es que coleccione exnovios clavados por las alas en un tablón como Sarah Jessica Parker pero con el culo más gordo.
El tema es que yo pensaba: bueno, que no tengas pareja no significa que vayas a estar sola. Excepto por el hecho de que el noventa y nueve por ciento de tus amigos están emparejados, o casados, atados a uno o varios bebés, y luego a niños de cuatro años que corren veloces hacia la carretera más próxima, deseando ser atropellados al estilo Cementerio de animales.
El tiempo de esa gente está MUY tasado. No sé cómo explicarlo mejor. Todo el mundo es muy guay de joven, solteros, ingeniosos, follando por ahí, o hablando de follar, o callando, o chismeando, despreocupados, ¿quién iba a querer tener la vida de sus padres?
Pues casi todos.
Y los poquitos que no, es facilísimo perderlos de vista. Cuando tienes veintitantos, tu circulo de amigos y conocidos puede ser de treinta, cuarenta personas. A los treinta y pico, la cosa baja de diez, y empiezan a surgir escollos: deudas, mascotas, resoplidos, cacharrería adulta. Y sin embargo esa gente no cambiaría todo eso por ti ni borrachos de su alcohol favorito.
No me extraña que surjan todos esos perfiles de podcast modernito reivindicando estilos alternativos de familia. Son tan frikis que no se ven emparejados y con hijos ni de broma. Quieren que su familia esté formada por una amiga fiel del cole, un chico negro gay, un enano, una señora del bloque y Samantha Hudson. Todos reunidos el treinta y uno de diciembre para la cuenta atrás en Times Square. Demasiado guays para uvas.
Eso sería genial, y a nadie le importaría. Lo que lo hace imposible, parece ser, es que los demás sigan por ahí fornicando al estilo hetero y teniendo hijos como si fueran los años 50.

No seré yo quien diga que algunas nos hemos visto presas de ese enfoque tan moderno que te deja sola ante el mundo. Porque suena fatal, ¿no? Como rancio, raro, desubicado. Y sin embargo, ¿ya está?, ¿esto era? ¿Y ahora qué? ¿Buscar consuelo entre minorías? Si estás soltera a cierta edad, ¿no acabas siendo parte del colectivo? ¿Para cuándo mi sigla y mi color en la bandera?
Mi ex más célebre me dijo que estaba demasiado cómoda sola. Que si eso era lo que quería, él no tenía problema en quitarse de en medio. Para ese entonces ya estaba más que mosqueado, y la verdad es que cualquier novela chusca ya me hacía más gracia que sentarme a beber café con él. Y eso que al principio me parecía un tío de lo más atractivo. Escribía unas cosas tremendas (aunque nunca ha publicado), como una especie de Hubert Selby Jr con un buen paquete. Veinte centímetros no muy bien empleados, quizá, pero reales.

Si me preguntan, únicamente diré que el tamaño no importa, y que estar sola es fenomenal. Lo juraré ante los nuevos dioses. El futuro es mujer, y tengo un montón de amigos no normativos con los que ver la bola bajar en Times Square. El verano va a ser extraordinario. Llevar este culazo de un lado a otro no podría apetecerme más. ¿Vale?

Paulino. Delorean. 6 de julio. De un día para otro, descubro que tengo que volver al pueblo. Yo fui uno de esos niños con pueblo. Todos los veranos, y a veces en Semana Santa. Mis padres se criaron y conocieron allí, y en cuanto pudieron, se largaron. En parte por pasta, y en parte –o al menos a resultas– para tener algo que echar de menos. Un lugar al que volver. No es que ellos lo cuenten así, pero yo sí.

Recuerdo sacarme el carné de conducir. Estoy bastante seguro de tenerlo en la cartera. Pero soy uno de esos varones raritos a los que les importa un carajo el fútbol y no conduce. Así que no tengo coche, hago uso habitual del transporte público. Como mis padres tampoco conducen ya, el viaje de diez horas hasta el pueblo tiene que ser en autobús.
Mis padres odian el tren, no quieren trasbordos, bajarse en sitios, esperar otros trenes, leer rótulos, mover bártulos o arriesgarse a meter el pie entre coche y andén. Son cada vez más viejos y tienen cada vez más miedo. Imagínate: tener más miedo que yo.
Aunque yo por lo menos lo disimulo bastante bien, y sospecho que en el fondo todos viven cagados de miedo. Hoy más que nunca.
El miedo está de moda, o más bien llorar, llorar está más de moda que la heroína en los ochenta; encogerse, acobardarse, todos hablan de lo valiente que es llorar sin parar, paralizado como un pasmarote. Eso, hoy en día, a efectos ideológicos te convierte en un superehéroe. Eres un ser humano más valioso cuantas más lágrimas viertas. Si eres hombre, porque eso te humaniza (por fin), y si eres mujer, porque los tiempos están cambiando sin duda para mejor. Por fin vives aterrorizada como es debido. Como dicen los activistas (entre sollozos): hay mucho trabajo por hacer.
Algunos se forran de lo lindo con eso.

Me llamo Paulino. Un amigo de la infancia decía que era nombre de gordo gay. No seré yo quien le quite la razón, pero no me sentó nada bien, a pesar de tener muy pocos puntos en mi carné de homófobo. Igualmente ahora todo el mundo es homófobo. O tránsfobo. Te tiras un pedo en un ascensor y alguien dirá que le estás matando. Homófobo, tránsfobo, misógino…
O fascista. Ahora significa menos que decir Coca-Cola o paella.
El uso de las palabras cotiza a la baja. La gente no quiere palabras, quiere martillos, yunques, quieren sonar molones, contundentes, como adolescentes perpétuos en una historia interminable de buenos y malos.
A mí todo eso me encantaba cuando tenía diecinueve años. Era siempre el más politizado de la habitación. Iba a las manifestaciones, repartía cuartillas, era el más cabezón de la universidad. Quería cambiar el mundo, pero el mundo se encargó muy rápido de hacerme consciente de mi tamaño, de mi profunda ignorancia.
Por aquel entonces estaba gordo, por cierto, pero era más hetero que la PlayStation.

No hacía un viaje tan largo en autobús desde el viaje de fin de curso a París. Como aquella vez, esta vez también hago noche y no logro pegar ojo.
No me siento como pensé que me sentiría pasados los treinta. Hoy menos que nunca. Pero a decir verdad, nunca hice planes en ese sentido. Me pasé toda la infancia y adolescencia aturdido, esperando a que llegara el fin semana. No entendía en absoluto mi vida, ni qué se suponía que debía hacer con ella. Recibía directrices, es cierto –incluso órdenes, a veces a guantazo limpio…– , pero todas tenían que ver con lo jodido que sería el futuro si no me jodía concienzudamente el presente. No entendía la lógica bajo ese discurso. No conocía adultos que dieran la impresión de estar recogiendo lo sembrado con alivio.

Cuando ya estamos en un taxi camino a la casa, aun de madrugada reconozco algunas cosas. Algunos contornos. Hacía casi veinte años que no venía por aquí.
Estaba deseando volver. Me aterraba volver.

Jimbo. La calle. 12 de julio. Se esfumó como una espía que ya hubiese hecho su trabajo conmigo. Estaba harta, y bien pensado yo empezaba a estarlo. Era una especie de guerra fría identitaria. Jamás nos podíamos olvidar del hecho de que ella era una mujer y yo un hombre.
Es más: ella no era una mujer, era TODAS las mujeres de toda la historia, y yo era responsable de los actos atroces de todos los hombres habidos.
Era para volverse loco.
Puede que esa actitud sirva para “mejorar el mundo”, no lo sé. Pero desde luego no sirve para convivir con nadie que tenga sangre en las venas.

La verdad es que pensé que me olvidaría antes de ella. Me encuentro vagando por la ciudad cada vez que puedo. Me cuesta concentrarme viendo una película o leyendo. Creo que mi cerebro sí ha pasado página, pero algo en mi cuerpo –en el estómago y el pecho– aún no está listo.
Por si fuera poco, hace diez días desperté con un tremendo dolor de espalda.
Obviamente comencé a pensar en la muerte.
Fui a urgencias y me dijeron que sólo era una contractura. Nada grave, pastillas. Luego me pasé dos noches sin dormir.
A un tris de montar un club de la lucha, la tercera noche caí como un bebé. Pero desde entonces aún camino algo encorvado, y aunque esté sentado tengo que cambiar constantemente de postura.

Camino por la calle mirando al suelo, sudando. El calor ya ataca con ferocidad. Los tíos del barrio, de las cafeterías habituales, me preguntan. Nada, digo, la puta espalda. Cosas de adultos. Cosas de varones adultos dolorosamente anónimos. Se me ha pegado un poco la cosa identitaria.
Me da la impresión de ver cada vez más tíos solos. No precisamente jóvenes. Saltando de curro en curro, evitando tener grandes gastos. Jugando con calderilla a diario, como mucho. El café, la cerveza.
La atenta china que regenta uno de los bares, me dice:
–Hombro ¿dolor? –se lleva la mano a su propio brazo minúsculo.
–Pues sí. Bastante dolor.
–Oh. Fisio tienes que ir, guapo.
Lo he escuchado ya más veces que a personas conozco. Mi cartera cambia de posición en mi bolsillo cada vez.

Cuando coincido con amigos, les cuento mis dramas para hacerles reír. No hay amargura en ello, no sé hacerlo de otra manera. Bebemos unas cervezas. Si estoy solo bebo café, pero con gente necesito cerveza. Procuro aprenderme el nombre de sus hijos, si los tienen, no hablar mucho de política, repetir alguna anécdota que no haya salido a relucir desde hace un tiempo. Puedo hablar de pelis y libros, quejarme de la carrera de James Cameron o recomendar la novela que sea que me esté intentando leer.
También puede surgir la nostalgia. No estoy en contra de la nostalgia. Aunque me pregunto si lograré volver a estar en forma. No solo a estar sin dolor, sino a sentirme ágil, sano, como de mi edad.
He oído que es posible.

María Cadalso. La playa. 13 de julio. Nos hemos acercado a Sonora (no la de Méjico, claro está). El mar siempre encierra promesas. Al menos para quien vive lejos de él. Llegas poco a poco en coche y ves esa línea azul en el horizonte. Te quedas mirando como un perro tonto.
Voy la mar de confiada, hasta he traído biquini. Nunca pienso mucho en ello. O no lo hacía. Hay tías como yo que se pasan la mitad del tiempo con la palabra curvy en la boca. Ahora todos quieren formar parte de algún colectivo aunque sea remotamente ideologizado. Pero son mucho peores las activistas del “body positive”. Esa especie de hervidero de complejos a modo de ladrillos para construir una suerte de pozo posmoderno del que extraer futuros traumas.
Otra cosa es esa obsesión que tienen con los tíos las tías ideologizadas que aseguran cada vez que pueden no necesitar a los tíos para nada. Nunca he visto a nadie pensar tanto en los tíos. Me maravilla. Ni siquiera los tíos piensan tanto en sí mismos.
Pero somos las demás, parece ser, las que estamos siempre pendientes de los pavos. Es un ejercicio de proyección constante. Además de un discurso irrelevante. Las tías piensan en los tíos, a veces, y los tíos en las tías. Fin de la historia.
Los problemas artificiales te preocupan en la medida de lo privilegiada que seas. El resto sólo queremos reír y darnos un baño, joder.

Ver las cosas esenciales se ha convertido en toda una tarea. El mundo mediático cada vez está más lejos del real (no digamos el político). Ahora estamos en la playa de lo real. Tres toallas. A mi izquierda, Marisa, una tocaya en lo físico y ninfómana amateur. A mi derecha, Cristina Cadalso, mi prima, pibón oficial, le darían el título si existiera, habitual del gimnasio, sin hijos (ninguna los tenemos), rubia como el pubis de Silvia Saint y atractiva como una Sidney Sweeney con diez años más. Eso incluye ese aire tristón en la mirada que la hace parecer inaccesible, y por ello aún más atrayente. A su lado eres hetero sólo en teoría.
Para los hombres es como el reactor de Chernobyl.
O eso dice ella. Y no me cuesta creerlo. Los tiempos han cambiado, pero creo que no como mucha gente cree. Las personas se han distanciado a varios niveles, y no solo por la dichosa Internet. La pereza ha aumentado cuando se trata de acercarse a los demás. Ha pasado de ser un gesto a una partida de ajedrez. Y de eso a un debate político entre civiles sin nada que sacar de la política.
He oído a Marisa más de una vez dejarle claro a un tío que no es feminista. Cuando ella ni siquiera piensa en esas cosas. Sólo le llegan voces del mundo mediático, y no quiere hablar con tíos que duden.
Prefiero ser una facha que folla que un modelo de conciencia, y no quiero saber nada de aliados.
Tengo frases de Marisa en el móvil. A veces las saco y ella misma se hace la ofendida. En la realidad se puede jugar a eso sin problema, porque sabemos que nadie es facha, ni siquiera feminista, igual que no son agentes secretos ni ministros. Aunque repitan eslóganes y discutan. Dices que eres cosas, y hasta te puedes enfadar, pero no haces NADA al respecto. Haces lo mismo que todos. Y esto incluye a quienes dicen estar tan preocupados por el cambio climático. A menudo son los que más aviones cogen.
Demasiada gente hablando demasiado.
Antes la gente era lo suficientemente inteligente para no etiquetarse con facilidad. Ahora se ponen un pin y lo más que han logrado es perder amistades.

Paseo mi culo hasta la orilla. Algunos tíos miran un momento, otros buscan otro tipo de perfil. Si fuera más lista engordaría veinte kilos más y me haría activista contra la gordofobia. Un par de podcast jugosos, quizá un carguito en política. Creo que conozco algún enchufe.
Estaría mintiendo si dijera que no hay tíos de sobras dispuestos a bucear en estas carnes. A muchos les gusta el pecho prominente, y los culos grandes están bastante de moda. Mientras pienso en mi culo (creo que pienso demasiado en él…), veo a mi prima a unos metros. Saluda con la mano mientras entra en el agua. Al menos una veintena de tíos fingen que no miran. Hay que reconocer que ella está en el mainstream. Pone de acuerdo a los aburridos y a los parafílicos. A los monógamos y a los pretenciosos. A los inocentes y a los mentirosos.
Todos mirando de lejos. No sabrían qué coño decirle. Su última pareja seria era un cómico relativamente famoso. Yo no lo conocía, y de hecho ella tampoco. Él sólo se armó de valor porque pensaba que era una especie de celebridad. Lo cierto es que a la mayoría de famosos ahora no los conocen ni en su casa. O los conocen diez millones de niños de trece años repartidos por todo el mundo. Y nadie más.
A mí me daría igual, pero Cristina está preocupada. Teme que sólo ese perfil de pseudofamoso se atreva a hablar con ella.
–No tengo nada en contra de los youtubers o los streamers –dijo una vez, pero preferiría un hombre que no hiciera fácilmente el corazoncito con los dedos de las manos.

Cuando nos damos cuenta, Marisa está sentada en toalla ajena. Se arrima a un chico rubio claramente extranjero y más joven que ella. La mira exactamente como ella quiere. Ríen más que hablan. Ya se ven en posición mientras él muerde el envoltorio de un condón.
Me decido por fin a entrar en el agua. Procuro flotar boca arriba con rolliza elegancia. Logro dejar la mente en blanco durante un minuto. Me roza un alga y pienso en Spielberg.

Paulino. Motivos y deleites. 8 de julio. Pedí mis días en el curro. Nadie entendía nada. Nadie quiere aparecer por allí en agosto por voluntad propia. Estaba desperdiciando parte de mi tiempo de calidad. Tenían toda la razón. O eso pensé.
Mis padres me habían llamado. Vendían la casa del pueblo. Necesitaban brazos jóvenes. A última hora los compradores pidieron desalojar los muebles. No sé cómo no lo vi venir. Normalmente me adelanto a las putaditas, a los imprevistos tocapelotas.

Volver al pueblo se me antojaba una experiencia chocante. Obviamente no por mover muebles.
No sabía con quién me iba a encontrar. No me apetecía afrontar reencuentros, ver la versión adulta de chavales y chavalas que aún tenían la mirada llena de vida a principios de los dos mil. No quería ver en qué se había convertido toda esa diversión, esa jodienda, esos inicios a varios tipos de placer o dulce amargura.
Hay gente que nunca envejece ni muere para ti. Los dejas de ver a los diecisiete, a los veinte años. Siempre tienen el mismo aspecto fresco y lleno de futuro en tu mente. Pero ahora quizá topara con alguna de esas personas. Su versión de treinta y muchos, de cuarenta. Lo peor suele estar en los ojos. Ellos siguen vivos, sanos, puede que incluso les vaya bien, pero algo ha desaparecido de sus ojos.
Ellos quizá intuyen que ya no tienen eso, pero tú lo ves claramente.

Tampoco es que hubiera pensado tanto en ello, no tenía nada claro que fuese a volver nunca al pueblo. Imaginaba que quizá lo hiciera de muy mayor, por pura nostalgia o curiosidad.
Cuando bajé del taxi con mis padres, el mero olor de la calle actuó como una droga que mi yo físico reconocía pero no entendía. Si tenemos a ese dichoso “niño interior”, ese era el que, hambriento, entendía y se estaba alimentando de ello.
Una mezcla de aire mucho más limpio que el urbano, abono y el perfume de vete a saber qué árboles y plantas.
Estaba extasiado. Murmuraba: fíjate… fíjate… fíjate…
Sin ser amante de bandera alguna o nacionalista, y estando menos politizado que nunca, puedes estar enamorado de un lugar. Aunque no lo reconozcas o sepas articularlo, tu historia personal, sin ser espectacular, basta para que sientas ese vínculo evidente entre tu yo físico y esa calle concreta, esa perspectiva, las casas, el cielo anormalmente estrellado. Eres más consciente que nunca de la ignorancia profunda de aquellos que creen que todos los pueblos son iguales, o que no hay nada bello o profundo en el sentido de pertenencia a un lugar.
Nunca aquellos que se autodenominan «ciudadanos del mundo» me han parecido más imbéciles.
Por esto que siento, ha habido incontables guerras. Identidad territorial, preservación, esencia. La mayoría ideas sobre todo conservadoras. Nada que puedas entender con dieciocho años.

Era patente mi contradicción, las más grande que albergo. Cuando era crío nunca quería venir al pueblo. Aunque luego aquí lo pasara teta. Era imposible que supiera que aquí cosecharía al menos la mitad de mis mejores recuerdos de infancia y adolescencia.

Entrar en la casa fue el paso definitivo, como Dorothy cuando salía de la suya. De blanco y negro a color.
Encontré la otra mitad perdida de mí.

Jimbo. Brat Pack. 19 de julio. Intento alcanzar el equilibrio mental necesario para escribir. No es como querer estar cuerdo. Muchos escritores inmortales ni siquiera eran civiles funcionales.
Pero sabían escribir.
Mucho más que eso: sabían crear arte, generar auténtico deleite estético. Y todo sin que lo pareciera; te dabas cuenta de ello cuando llevabas horas enfrascado leyendo. Han hecho falta millones de clases de malos docentes hablando de esos autores para que parezcan aburridos.
El equilibrio escritor es precario. Como si tuvieras que elegir entre una cosa u otra. Te manejas en la vida o te vuelves creativo.
El caso es que he pensado que escribir me ayudaría a seguir adelante. Podría volver a verme como un ser autónomo. No independiente, porque independiente, estrictamente hablando, no es nadie. Pero podría aprovechar para hacer esas cosas que requieren de soledad.
Hace más de un año que no escribo nada. Un cuento, una pedrada o pedantería. Lo echo de menos.

Tengo montones de ideas, ocurrencias, quejas, rabia, buenos recuerdos, anécdotas. No soy lo que se dice un chavalín que quiere escribir pero no ha tenido experiencias de las que alimentarse. Tengo para llenar doscientas páginas sin parar para respirar.
Pero en lugar de eso me quedo hipnotizado viendo viejas entrevistas en youtube a Judd Nelson, a Molly Ringwald, a Demi Moore. Entre otros. Todos la mar de jóvenes, intentando digerir la fama, poniendo buena cara ante David Letterman, Oprah, Larry King, incluso ante un ya veterano Johnny Carson. Me quedo perplejo y fascinado viendo a Judd Nelson hablando entre risas sobre tabaco, encendiéndose un pitillo en The Arsenio Hall Show. Me parece el chaval más atractivo de la historia.
No sé si veo su juventud o la mía. Pero yo no era joven cuando lo era Judd Nelson. Esa clase juventud –la versión mediocre– me llegó como en los 2000.
En lo que reflexiono, busco a mi ex en redes sociales. Mera curiosidad enfermiza. Ha hecho un buen trabajo de bloqueo y fuga. Ha pasado a la otra vida sin necesidad de morirse. Lo que me pregunto es qué hará si un día nos cruzamos en los sitios habituales. Aunque bien pensado, tampoco eran la clase de sitios a los que yo solía ir. Iba más bien por ella. Era como escuchar a las personas que van a salvar el mundo pero apenas se salvarán a sí mismas. Ningún fumador entre ellos. Yo era el único no-vegano.
Judd Nelson sacude el flequillo y dice algo en inglés. No tengo ni idea, pero todos ríen, todo está en su sitio. O no, pero nadie llora de forma gratuita. Eso se agradece de los viajes al pasado.
Abro una página digital en blanco. Judd sigue de fondo. Arsenio parece disfrutar con el blanquito del El club de los cinco.

Estoy sudando, en calzoncillos, en baja forma, empiezo a teclear. Era la imagen que buscaba. Empiezo a gotear sobre el teclado. Me estoy duchando día sí día no. Echaba de menos ese olor que no está diseñado en un laboratorio.
Escribo algo turbio, violento, me gusta la construcción, la amoralidad que exuda. No creo que sea bueno, pero sin duda se siente bien. Puedo recomponerme –pienso–, sólo olvídate de los demás, la gente normal, recuerda todo lo que NO sabes. Échate agua en la cara si empiezas a sentirte encerrado. Pregúntate: ¿qué haría Molly Ringwald? ¿Cómo se controlaba Emilio Estévez?
No escojas el camino de la autoindulgencia. Elige ser Demi Moore, elige ser Rob Lowe. Ellos respondían con una sonrisa ante la presión.

Cuando levanto la cabeza, he escrito quince páginas en Word.

María Cadalso. Contacto humano. 20 de julio. Cristina dice que hay que salir. Como si yo hiciera esas cosas. La última vez que salí aún había tan solo dos géneros y la Tierra era redonda para todos. Pero Cristina, con su rollo de coche deportivo humano, cada día más maciza que el anterior, dice que me estoy oxidando. Nos vemos cada cinco o seis años. No se acuerda de nada de una vez para otra.
Ella sólo entiende que es sábado.
Estar con gente no es como estar con amigas. Las amigas te permiten la ilusión de soledad. Puedes no hablar todo el tiempo, las anecdotas se agotaron, conocen tus límites y tú los suyos. Pero si vas de fiesta, hay más gente, y hay gente que cree que buscar a otros para que les expliquen su vida es una buena idea. Como si todo el mundo fuera por ahí encantado de haberse conocido. No digo que no haya casos, pero diría que la mayoría no gustan de ponerse a hablar de su puto trabajo deprimente o historial amoroso. Quieren que les dé el aire, consumir drogas legales, decir gilipolleces, a lo sumo, contar historias.
De modo que Cristina me acaba arrastrando, y llamo a Marisa, apoyo moral. Ella está más acostumbrada a estas salidas de tías como de peli de Netflix. Es lo que queda si sustituyes la corrección política por una buena colección de ironías extremas y, en su caso, sexo acompañado de comentarios tales que ante un micrófono ahora te destrozarían la vida.
No se trata de lo que eres, se trata de lo que dices, y lo que dices será interpretado de forma literal, de la peor manera posible. Emoticono de guiño.
Me lo dijo un día después de un encuentro con chicas politizadas a la moda. Más jóvenes y más estúpidas. Nunca he hecho llorar a nadie como aquel día. Como Hannibal Lecter, podría haber hecho que una de esas niñas se tragara la lengua sólo emitiendo opiniones personales.
Puedes preguntarme sobre transexualidad, o sobre inmigración, o sobre la herencia ideológica de las universidades americanas. Tengo cosas terribles que decir al respecto. En realidad nada del otro mundo, sólo observaciones básicas que ahora hacen que muchas personas que antes eran perfectamente razonables, se sulfuren y silben como teteras.
Parecer buena persona se ha puesto la hostia de caro.

Llegamos a un antro de copas. Allí nos encontramos con gente. Muchos grupos saben moverse en modo burbuja, pero con mi prima y Marisa no se puede aspirar a eso. Cristina disfruta de la atención, y Marisa se pone a buscar a algún tío que sea igualito que ella.
Hoy no es distinto, y de algún modo acabamos sentadas con un grupo de lo más heterogeneo (muy Netflix) porque alguien dice conocer a mi prima. Se desata una conversación peligrosa. Estamos nosotras, un chico pakistaní (creo que gay), dos chicas que no llegarán a los treinta años (quizá lesbianas), dos tías de nuestra edad (aprox.) y dos pavos (uno de ellos mulato) que demabulan por el local con la excusa de haber ido a por bebida. Es como si se hubieran olido algo.
No sé de qué forma, una de las lesbianas potenciales se pone a hablar de dinero. Al parecer odia el dinero, incluso en privado; empieza a hablar del liberalismo y el capitalismo. Tiene todas las claves. Habla con total seguridad y escasos argumentos. Nada suena a cosecha propia. Marisa dijo una vez: El capitalismo es la nueva boy band para las jóvenes impetuosas. En algún momento me da por preguntar qué edad tiene. Me percibe como una amenaza desde el principio. Hace bien.
–Veintiséis. ¿Por qué?
–Me recuerdas a mí a tu edad.
Más bien tendría que retrotraerme a los veinte. Empecé a detectar mis imposturas de juventud más rápido de lo aconsejable. Tuve poco tiempo para disfrutar de la ignorancia total.
Empiezas a contrastar textos marxistas con ensayos económicos liberales y biblias tipo Judith Butler, añades un poco de Camille Paglia y Jordan Peterson, y estás perdida. Gradualmente confirmas lo que ya sospechabas, que no eres ni de izquierdas ni de derecehas. O sea que el feminismo te empieza a aburrir y chirriar a partes iguales. O sea que eres de derechas, pero en realidad no eres ni de izquierdas ni de derechas.
Pero explícaselo a la veinteañera.
–¿Que te recuerdo qué?
–Que me recuerdas a mí a tu edad.
Creo que no entiende la frase, o quizá es por la música. Hace un ejercicio de intuición. Sospecha la condescendencia. La hay, para qué engañarnos, pero es que la chica es tonta perdida. Y ni siquiera lo es de una forma original. Salen como de una cadena de montaje. Pueden ser chicas veinteañeras, señoras socialistas cincuentonas, estudiantes varones sopesando ser “aliados”, o señores que llevan votando lo mismo cincuenta años y doce mundiales de fútbol.
–Yo cuando tenía tu edad –aclaro–, pensaba igual que tú.
Hasta llegué a ir a manifestaciones. Levantaba el puño. Mi primer novio no había salido aún del armario. Ni siquiera Marisa lo sabe.
–¿Y qué significa eso? –dice la chica combativa.
–Que ahora guardo la ropa antes de nadar.
Actúo como una arpía.
–No te entiendo, cariño –dice la tía.
Es un «cariño» como de prensa rosa. Desvergonzada. Podría ser mi sobrina.
Marco las sílabas;
Lo que quieero deciir, es que el capitalismo es uuna mieerda.
Soy una villana de Tim Burton.
–Estoy de acuerdo –dice. Sólo le faltan las trenzas y aferrarse a una muñeca.
Levanto la voz sobre David Bowie;
–Me encantan tus pantalones, por cierto. Mucho vuelo. ¿Dónde los has comprado?
–¿Mis pantalones?
–¿Y el móvil? ¿Es de gama alta?
No lo piensa mucho. Coge precisamente el móvil y, sin mirarme a los ojos, se levanta;
–Voy a pedir. ¿Alguien quiere algo?
Yo era la araña y ella la mosquita muerta.
Como dice Marisa, el capitalismo es la nueva boy band de la jóvenes impetuosas. Lo odian, porque él nunca las querrá tanto como ellas a él. Pero sobre todo lo aman, lo aman sobre todas las cosas. Todas las historias acaban como Rebelión en la granja.

Paulino. Tumbona. 9 de julio. Me recluyo en la terraza de la casa. No es que no quiera salir o evitar a la gente, pero algo de eso hay. Hago lo que puedo, la cosa ha sido repentina. No está muy claro cómo se llevará a cabo la cuestión práctica. Algunos vecinos quieren muebles, otros se supone que se los llevaría el ayuntamiento a algún cementerio de vivencias pasadas.
No hay televisión en la casa; había una vieja culona, pero ya no funciona. Tampoco hay lo que se dice Internet, a menos que salgas a la calle con el móvil y busques señal. O en la terraza, gracias a Dios.
Me he traído un par de libros.
Me pregunto qué haría aquí alguien que le tenga alergia a los libros.
El pueblo ya no es el que era. No es que me sorprenda, la mayoría de discursos sobre los encantos irresistibles de lo rural tienen el mismo poso de autenticidad que el ecologismo de salón. La gente se ha estado yendo de los pueblos con un cohete en el culo. Aquí antes había unos mil doscientos habitantes. Ahora habrá unos quinientos y gracias. El primer día di un paseo casi hasta la sierra (todo está en cuesta), y aunque supuso en parte un verdadero xoc sentimental, también tuvo algo de eso que llaman folk horror. Terror a plena luz del día. Casas que parecían vivas y peligrosas de tan abandonadas.
La parte de abajo del pueblo, la más habitada, te recibía con una belleza más tranquila. No es que me cruzara con nadie.
En un pueblo tan pequeño, no tienes que ir a por la gente, la gente viene a casa. Hay un agudo sentido del compromiso. Mis padres han estado viniendo todos los años. Yo no sé exactamente quién de los antiguos conocidos áun frecuenta este lugar. Menos aún quién sigue viviendo aquí.
Tengo algunas ideas.
Leo en la terraza la novela La trama nupcial, de Jeffrey Eugenides. Es mi actividad principal. Por las tardes es más complicado. El sol comienza a invadir mi rincón de la tumbona. La terraza da a un jardín de otra casa; que yo recuerde, jamás he visto a esa gente. Si te apoyas en la baranda, estás rodeado de tejas mohosas. Es más agradable de lo que parece. O quizá ya lo parezca. Es como estar escondido. Sólo hay una casa habitada cerca, y van a lo suyo. Las vistas dan a la sierra. La verdad es que es un lujo. Mientras estoy aquí, no se me ocurre un sitio mejor para vivir. Mejora la conexión a Internet, ten tu trabajo deslocalizado y, si tienes críos, llévalos a la escuela de Primaria (sí, hay una).
Si quieres darte un chute de ciudad, te das un paseo de cincuenta minutos en coche. Vas al cine, al centro comercial, te gastas cien euros, haces la croqueta por la acera y te vuelves a tu casita tranquila.

Te ahorras miles de gilipolleces.

La verdad es que, visto lo visto, y aunque sea un verdadero hipócrita con todo este asunto, me toca seriamente los huevos que mis padres vendan la casa.

Jimbo. María Cadalso. 20 de julio. Es un topicazo, pero Jorge me contacta con el típico cuento de película americana. Obviamente estoy perdido y descolocado porque me ha dejado la novia. No sirvió de nada que le dijera que fue mutuo. No consideró ni por un instante esa posibilidad. Sonrió pero sus ojos permanecían serios.
–Tienes que airearte –dice ahora.
Hablando por teléfono, sudando;
–Me aireo todo el tiempo, tío.
–No me refiero a los paseos de abuelo hasta el bar de los chinos.
–Ajá…
–Tienes que dejarte llevar un poco, Jimbo. Esa tía te ha mangoneado. Si te pinchara saldría soja.
Bromea y no bromea.
Jorge y yo nos conocimos en la etapa universitaria. No es que yo fuera a la universidad.
–¿Y ahora me tengo que dejar mangonear por ti?
–Tío… Yo no te mangoneo, yo sólo te guío… Oye, yo también he pasado por eso. Tienes que darle un poco de química a tu cerebro, dejarte zarandear un poco.
–Y pensar que a Julia le caes fenomenal.
–Tío, a Julia sólo hay que decirle lo que quiere oír, no tiene mérito. Si hubiera querido algo con ella hubiera sido distinto. Créeme.
Es tedioso hablar por teléfono. No imagino el esfuerzo que ha tenido que hacer.
–Vale, vale –digo–. Muy bien.

A la gente antes estas cosas les pasaban a los quince años. A los veinte. A mí edad ya estaban colocados y criando, o socialmente marginados. Ahora puedes ser un veinteañero para siempre. Te lías, te deja la novia, sales de fiesta, acabas agotado, da igual. El compromiso es mucho peor, da mucho más miedo. Más que morir solo. O al menos ese ha sido el discurso durante tres décadas o más.
Ahora me llevan a un antro, piden por mí, me cuentan chistes que ahora se considerarían misóginos, me hablan durante una hora de esas tías guapísimas que se vuelven horrorosas cuando escuchas lo que dicen, conoces qué libros leen y qué esloganes han comprado. Las nuevas beatas. Una mezcla de vecina irresistible y monja de clausura. Dicen llevar escotazo sólo para sí mismas. Siempre en misa y repicando.
Bebemos básicamente vodka. Jorge actúa como si tuviera veinte años. El tercer miembro es Óscar. Óscar lo dejó con su novia –nueve años más jóven– hará un año y medio. Estuvieron bastante tiempo juntos. Luego, una ruptura de película en un Starbucks. A ella le encantaba que la llamaran por su nombre. Y su nombre nunca cambió, pero sí su forma de autopercibirse. Empezó a decir que era una persona no-binaria, y que se sentía incómoda con su pecho y su expresión de género. Óscar empezó a no entender nada de lo que ella decía, lo que ella confundió con simple y puro odio. Transfobia. Óscar ya no entendía el mundo, y ella sí. Ella entendía los cambios, los avances. Y él no. Él pensaba que sólo era una relación chico-chica. Un sencillo y comprensible rollo hetero, como de gente vieja que no entiende nada.
Esto derivó en un deterioro rápido de la relación. Ella (o “elle”) dejó clara su postura. Acabaría ipso facto con su actual expresión de género, claramente una «construcción social», procedería a operarse, y abrazaría su recientemente descubierta pansexualidad.
Meses después, para el estreno de Barbie, la vimos muy cariñosa con un fulano motero. Ella iba con un vestido rosa, sandalias de tacón blancas y la melena rubia natural al viento. Sus tetas estaban intactas, parcialmente a la vista, la fantasía definitiva de cualquier crío de dos meses o quince años.
Jorge no pudo parar de reír durante la proyección. Óscar parecía poco sorprendido. Le dije que había esquivado una bala.

Cuando ya estoy francamente borracho, veo que Jorge está hablando con gente. No tengo idea de lo que planea. Son tres mujeres hechas y derechas, nos las empieza a presentar. Una de ellas parece haber saltado de un poster de taller mecánico de los 90. Otra parece muy dispuesta y saluda con energía. La tercera parece la arrastrada. Como yo. En todos los grupos hay alguien a quien han arrastrado fuera de casa, de su cubículo o cuchitril.
Jorge se entera de los nombres y después nos los recita:
–Esta es Cristina. Esta es Marisa. Esta es María.
Encantado, supongo.
Hacemos corrillo de bebedores. Luego me entero de que Jorge ya había coincidido con Cristina en una fiesta.
El móvil me vibra cerca de la polla. Lo saco y son mensajes de un colega, Paulino, al que también arrastraron, por cierto, en este caso sus padres. Me adjunta varias fotos. Un atardecer desde una terraza. Un camino embarrado. Vacas pastando. Caballos con aspecto amenazante. Le contesto con un John Travolta desubicado.

Maria Cadalso. Instagram. 21 de julio. Me paseo por el piso y espero a que la pastilla (la segunda) haga efecto. No puedo pensar, no puedo hacer nada y no estoy obligada a hacer nada. Ayer me pasé, porque ese era el plan. La diversión consiste a veces en maltratar tu cuerpo y tu mente, tu estómago, tu hígado. Hay quien hace salto base y se revienta como un huevo contra una montaña. Otros preferimos hacerlo gradual.
No soy muy exigente con la adrenalina. Otra cosa es la dopamina. Es una de las palabras de moda. Según a quién preguntes, el móvil nos va a freír el cerebro e hinchar el cuerpo, hasta que eliminemos nuestra capacidad de atención y tengamos una dictadura favorita. Mucha gente opta por algún régimen comunista totalmente chic del siglo XX. Otros empiezan a simpatizar por los clásicos nazis. Eso siempre cabrea a alguien, pero casi nadie cree en nada en serio, son meras fantasías de convulsión o cambio.
Es como conocer a un adolescente que piensa que las canciones sólo son el estribillo, o que ver una película con la imagen acelerada es perfectamente legítimo. Una parte de ti quiere darle un puñetazo en esa cara suave y primorosa de mierda que tiene.
Todo el mundo odia. Sobre todo los que acusan constantemente a otros de odiar. También aman, supongo, aunque ese tema es más peliagudo. Yo ahora no juego con palabras tan grandes. Soy una treintañera bastante menos inmadura o agilipollada de lo que se podría esperar de mí. Estamos en el año 2024. Podría haberme teñido el pelo de verde y andar por ahí inventándome un pasado terrible, convirtiendo roces inevitables en insostenibles situaciones de acoso o violencia.
Para la época que me ha tocado, creo que estoy bastante cuerda.
No quiere decir que no sea una adicta más al móvil.
Y me encanta el espionaje legal. Hoy bicheo con calma al tío que me presentaron ayer. Todos le llamaban Jimbo, como si fuera un dibujo animado o saliera en American Pie. Conocer a gente nueva puede ser de lo más violento, raro y perturbador. A partir de los treinta debería estar prohibido. ¿Algún país comunista lo habrá implantado? Si con treinta años no has hecho amigos, desiste, camarada.

Fotos por todas partes, información parcial, la versión distorsionada de Jimbo. Incompleta, calculada y filtrada.
Me presentaron a más gente, pero él parecía realmente jodido, desubicado. Pero a la vez lucía como un tío. Como la vieja imagen de cómo debería ser un HOMBRE, esa que cuatro tías, hablando en nombre de todas las demás, van por ahí diciendo que ya no nos gusta, que incluso despreciamos. Ahora lo que nos va es el tío abierto y sin “masculinidad frágil”, con toneladas de conciencia social y especialista consumado en fantas. Se supone que ese perfil es el que nos enciende ahora a todas las tías. Nos ponemos burras sólo con ver entrar en la habitación a un chiquito que se mueva como una modelo y hable como un tertuliano de la tele. Esa masculinidad sí que es realmente fuerte. No hay manera de tumbarla. Y normalmente tampoco hay manera de tirarse al fulano, porque le ha echado el ojo hace tiempo a un arquitecto monísimo y podrido de pasta del centro de Periferia.

Jimbo no se parece a Steve McQueen, pero parece atractivamente fuera de este tiempo. No es que haya muchas fotos de cuerpo entero. Casi todo son selfies con el ángulo adecuado. Selfies rodeado de posters de películas y otros intereses recurrentes. Ayer me estuvo hablando una media hora sobre Sofia Coppola, y no era porque Sofia Coppola fuese una mujer. Creo que hacía años que no oía hablar de una artista o profesional cuyo “mérito” principal no fuese ser mujer. De repente un tío hablaba de Sofia Coppola como directora de cine, como escritora, como autora. La verdad es que me quedé pasmada. Aunque también iba bastante borracha. Pero el tío no me dio ninguna sensación de querer engatusarme. Hablaba de verdad de terceras personas. Eran opiniones genuinas, no tretas. Sofia Coppola, la extraña carrera de James Cameron, la última y extraordinaria novela de Bret Easton Ellis, la candidatura de Trump, «sólo es un rico gilipollas jugando a presidente, ni siquiera me da miedo». Decía cosas así sin esperar reacciones airadas. Y no las obtuvo por mi parte, porque no estábamos en disputa. Estábamos separados de los demás, charlando, era agradable, la borrachera era agradable, el sudor brillante sobre su cara. Estaba todo bien. No estaba fascinada ni me latía rápido el corazón como en una novela para booktubers treintañeras blanditas. Estaba bien. Era parecido a ese punto justo antes de dormirte, cuando la postura es perfecta, no te ataca la ansiedad y los pensamientos, de haberlos, son relajadas fantasías o mullidos recuerdos.

Ni siquiera cuando nos despedimos fue nada especial o electrizante. Fue como si tuviéramos siete años. O noventa. Como si no hubiese nada más que una charla, un paseo, una cama en la que dormir. Un plato de lentejas.
Era un alivio no tener que jugar al mensaje por debajo del mensaje, al discurso con archivo adjunto. No hubo putas mariposas, y precisamente eso fue lo más interesante. No tenía que esforzarme. Las cosas simplemente eran.
Me quito enseguida la idea de enviarle un mensaje directo. Estoy segura de que nos volveremos a ver. Y me estoy concienciando. No puede ser mejor, y lo más probable es que cada vez sea peor.
Eres una sabia culona.

Paulino. Encuentros. 11 de julio. Viene gente a la casa. A veces los conozco y a veces no. Ayer vino un primo mío. Un tío pelirrojo, me sonaba su cara. Es mayor que yo, ni siquiera fuimos lo que se dice amiguitos. No nos hicimos ahogadillas en la piscina.
Me preguntó:
–¿Te acuerdas de cómo me llamo?
Lo intenté de verdad.
–Alberto.
–No.
Hice memoria. No se de dónde lo saqué;
–¡Tomás!
–Eeeso es.
Respiré aliviado. No es que nadie se fuera a enfadar, pero nunca se sabe de verdad.
También se han pasado dos de mis tíos. Fernando y Goya. Casi todos mis tíos me caen bien. Son buena gente, amables, con tacto, cariñosos.
Mi madre y mi tía subieron a la terraza (esos grandes escalones son para verlos…). Mi padre fue a buscar una botella de vino a la cocina. Salió el tema de los muebles. Mi tío dijo:
–Lo que le pasa a tu padre es que no quiere discutir. No quiere enfrentarse a nadie.
Durante un instante pensé que tenía razón. Por otro lado, no creo que mi padre sea en absoluto alérgico al enfrentamiento. Más bien le preocupa perder los papeles y las consecuencias que eso pueda traer. Mi padre sería el protagonista ideal para una peli de Hitchcock. Un tipo corriente pero hábil para sobrevivir, que se ve envuelto en una jodienda de narices.
Sacar los muebles de la casa no es precisamente una aventura de cine negro. Pero eso lo hace más frustrante si cabe. Varios vecinos (aquí todos son vecinos) han pasado por casa y prometido cosas.
Mi tío me dijo:
–Si sacas todos los muebles a la calle, en dos días se los han llevado todos.
Yo estoy de acuerdo. Pero mis padres prefieren esperar, negociar, como si a alguien le fuese a importar que hubiera unos cuantos trastos viejos al aire libre. Ni siquiera hay acera como tal. Todo es calle. Asfaltada de aquella manera. Calle de pueblo. Tiene su encanto. Casi todo es así por aquí.

Esta tarde salgo de paseo con mis padres. Quieren subir la cuesta, el campo cae cerca. Ciertas zonas que antes eran pura naturaleza descontrolada, ahora están “arregladas”. No es que hayan perdido su esencia rural; ves un banco allí, un pequeño trozo asfaltado allá, alguna placa conmemorativa, algún mensaje cincelado en piedra…
Pero antes de llegar a salir del pueblo, oímos el susurro de un coche que se acerca. Nos apartamos (sigue sin haber acera). Y cuál es mi sorpresa, que cuando lo tenemos encima, al volante va uno de mis amigos de la infancia.
El coche va lleno. Pero aún no identifico a quienes van con él.
Jaime. Nada menos.
No frena, pero me saluda con un grito sorprendido. Una segunda voz se oye. Ha de ser su madre, sentada en la parte de atrás.
Me siento como si lo hubiera soñado antes. Es algo más que un deja vu, parece alguna clase de destino manifiesto. Era tan evidente que tenía que suceder, que ya resonaba en el pasado.
No es el primer fenómeno paranormal que vivo aquí. Me estoy acostumbrando a que las cosas fluyan de otra manera. O directamente a no entenderlas.
A medida que caminamos, nos acercamos a la calle donde vive Jaime (estaba todo calculado). Donde viven sus padres, en realidad. Me detengo con intención de saludar, aunque mis padres parecen más reacios. Yo sencillamente me siento obligado, aunque una parte de mí no quiere irse. Quiere decir Qué tal, cuánto tiempo. Y es justo lo que acaba sucediendo. Puedo dar la mano a Jaime, a su padre. Dos besos a su madre (muy emocionada). Se produce un intercambio. Hay algo de protocolo o etiqueta, pero también hay cariño, un pasado compartido.
–Ya no jugamos al fútbol –dice Jaime.
–Pues no, es verdad.
Su padre:
–A este le ha dado por correr, ahora con cuarenta años.
También es verdad, lo he visto en fotos. Jaime resoplando en medias maratones.
Comentamos el viaje, les sorprende que haya sido en autobús. No me pongo a hablar de mi relación con los coches. Luego surge el tema de la casa.
–Algo se querrán quedar –dice Petri, la madre de Jaime, hablando de los compradores.
–La pintura de las paredes –digo yo.
Logro provocar algunas risas.
Poco después nos vamos separando. Le vuelvo a dar la mano a Jaime, me despido de sus padres. También tiene una hija. Corretea descalza, una niña preciosa de cinco años.
Ellos vuelven a su casa, mis padres y yo seguimos nuestra ruta. Sabemos que quizá no los volvamos a ver.
Es imposible digerir rápido lo que ha pasado. Es tan sencillo (o complicado) como jodido de describir, de capturar.
Respiro hondo (esos olores…) mientras sigo paseando con mis padres. Ellos enseguida pasan página. Observan las casas, comentan quién vive o vivía en ellas, susurran, se detienen, prosiguen.

Pronto todo esto se acabará, pienso. No existirá. Y no me refiero al pueblo, el planeta o el puñetero cambio climático, sino a la vida tal y como la conozco.

Jimbo. Celebridades. 26 de julio. Jorge otra vez. Dice que no me lo puedo perder. Otra vez es una ocasión especial. Otra oportunidad para interpretar mi papel estelar. El arrastrado. Jorge aún no considera que sea un ser autónomo. Aún soy el atontado al que ha dejado la novia. Antes por lo menos era un hombre. Echaba un polvo de vez en cuando y era responsable identitario de montones de cataclismos. El hombre blanco hetero sembrando miseria.
Ahora vuelvo a ser un fulano más. Sobras del siglo XXI. Ni siquiera he vivido una posguerra. Sólo he matado mosquitos y alguna que otra araña. Con las mujeres, ni una sola bofetada. Ni ellas a mí. Una vida carente de violencia; quizá incluso de pasión. Un soltero cishetero. Ni siquiera he tenido que salir del armario. Y estoy volviendo a darle duro al porno.
Mediocridad en estado puro.
Gran parte de todo esto me lo dice Jorge. Él sabe humillar y que todo parezca broma. Ayuda amistosa.
–Brutal –me dice por teléfono. Está cogiendo la mala costumbre de llamar en lugar de escribir. No sé si sólo lo hace conmigo. Sabe que por otros cauces le enviaré el John Travolta desubicado. Es muy fácil dar largas por escrito. A veces basta con un solo emoticono.
–Qué es brutal –mi yo más neutro.
–Tío, no me escuchas.
Es verdad.
–¿No me has oído? Es la fiesta de una boda, pero nos ahorramos la ceremonia y el rollo familiar. Y es gente de pasta, tío.
–¿Ah sí?
Las afueras de Periferia, dice. Al parecer el centro financiero acaba en algún lugar y hay barrios estupendísimos esperándonos.
–Una casa guapísima, tío, de un arquitecto francés…
–¿Me estás hablando de arquitectura?
–… en el césped, tío, y…
No oye nada de lo que digo.
Lo que entiendo: me va a llevar a una fiesta. También viene Óscar. La hija de un banquero ricachón se casa con alguien. Otro ricachón, imagino. De un tiempo a esta parte, esas élites me hacen cierta gracia. Al menos nadie te meterá su puño moral por el culo. Son ricos sin culpa, son felices, y no van a fingir que les importa un carajo nada de todo lo demás. Es un alivio en estos tiempos.
Le digo a Jorge que sí, que claro, que venga. Con suerte se producirá algún acto violento. Quizá pueda atizar a algún pijo que se crezca.

Resulta que Jorge conocía a alguien que conoce a la novia. La novia es la clase de chica que sueñas con tirarte cuando tienes quince años. Y cuando tienes treinta y cinco. La belleza no siempre es subjetiva. A veces simplemente nos sentimos (en plural) atraídos por alguien. Si es una mujer, no suele ser una belleza clásica y estilizada lo que genera consenso. Diría que la cosa se acerca más a Los vigilantes de la playa. No ha de ser necesariamente un perfil muy neumático, pero guarda relación con esas curvas, la clase de detalles que hacen que un hombre y una mujer sean muy diferentes. Y la mayoría de tíos (heteros, al menos) prefieren que una mujer parezca una mujer. Hoy en día es como si Leni Riefensthal te hubiera podido grabar diciendo algo así. Pero la carne reacciona a la carne. No dudo que a la gente trans también le pasará.
Liza, se llama. Es rubia, a saber de qué país (¿checa?, no pregunto), habla con un fuerte acento, tiene la cara redonda, bonita, el vestido en parte ceñido y en parte pastel de nata. Nos saluda con dos besos, el novio nos da la mano. No somos los únicos que han venido sólo a la fiesta.
El novio se queda un momento con nosotros, parece atribulado, agobiado, harto de seguir el guión y procurar no cagarla.
Me quedo con una frase:
–Antes la gente hacía esto para follar. ¿Ahora para qué coño se hace?
Nos hace jurar que no airearemos lo que ha dicho. Lo hace en serio. Nos da un abrazo, uno a cada uno. Está ya muy cocido. Me da pena. Aunque luego recuerdo que debe estar podrido de pasta, y que se ha casado con un híbrido entre Pamela Anderson y una novela de Patrick Rothfuss.

El lugar es al aire libre. No es una casa discoteca, es un jardín de lujo transformado en decorado de gente adinerada. Los recien llegados somos como inmigrantes de patera. Se nos ve a la legua. La ropa, la actitud. Fugitivos recien llegados.
Camareros y camareras pasean con bandejas; una gran variedad de copas.
Veo de lejos a alguien que parece Neil deGrasse Tyson. Luego alguien me dice que efectivamente es Neil deGrasse Tyson.
En un momento dado, Jorge me presenta a Jasmine Trinca, una actriz italiana.
–Salía en Manuale d’amore, tío.
Me acuerdo, pero no podemos hacer gran cosa. Ella es italiana, guapísima y de Venus, y yo soy pobre y del montón. Ni siquiera soy feo pero interesante y rico. Algunos simplemente nunca tuvimos oportunidad.
–Encantado. Eres muy guapa –le digo. Total, no hay nada que perder. Ella parece entender, sonríe calidamente y Jorge se pone a presentársela a Óscar.
Ese es su papel, conocer personas y presentárnoslas como si él las conociera de toda la vida.

Paso de estar achispado a sentirme preparado para hablar con cualquiera y dejarlo fascinado con mi abrumadora elocuencia. Podría convencerte de que soy una excelente persona hablando de lo poco que me importa la contaminación, la política o el puñetero futuro que vamos a dejarle a las nuevas generaciones.
–Cuando esas “nuevas generaciones” crezcan, se rendirán exactamente igual que nosotros. Se engancharán a nuevas drogas y a los cincuenta años estarán hasta la coronilla de la puta ingenuidad predominante en los jóvenes.
Es Óscar quien hace que me escucha.
Veo a Jorge llegar con otra mujer. Parece sonarme, o quiere sonarme. O me suena. Creo que sé quién es.
–Jimbo. Te presento a D’arcy Wretzky, la bajista original de los Smashing Pumpkins.
–Joder…
Extiendo la mano. Ella me la acepta educadamente. Enseguida ve que estoy borracho, pero creo que ella también está perjudicada.
Nice to meet you… –digo. Creo recordar que es una fórmula aceptable.
Ella dice algo y sonríe. Es amable. Creo que salió mal del grupo, peleada con Billy Corgan. Se pone a hablar con Jorge, que sí domina aceptablemente el inglés.
Me siento turbado. No sé exactamente de qué va todo esto.
Me doy cuenta de que es la primera vez que paso unas horas sin pensar en mi ex.
D’arcy me da la mano –nos la da a todos– antes de volver con otra gente.
–¿Es genial, no? –grita Jorge.
–Sí, tío.

María Cadalso. Los problemas del sexo. 1 de agosto. Hemos hecho coincidir nuestras vacaciones. A Cristina le da igual, está en una especie de año sabático. Hoy hemos ido a la playa y Marisa ha acabado peleándose a puñetazos con una chica latina.
–Es la primera vez que me peleo en mi vida.
El chico de la toalla, el del otro día, se lo ha estado tirando a lo bestia. Ha follado más de lo que ha dormido. Me conozco sus sesiones maratonianas. Las he oído más de una vez. Hasta me he tropezado con ellas.
–Esa tía estaba loca, ¿la has visto?
Estamos echadas en tumbonas. La terraza de Cristina. Un piso alquilado de lo más cuco. Sonora. Un apartamento. Algo así. Amplitud y sexo indiscriminado.
–Ella tiene más vista que yo –murmura Marisa–, debe ser por la experiencia.
Cristina está follando con alguien en su habitación, hace como una hora. A veces llegan a nuestros oídos lo contrario a mensajes cifrados:
Dame más fuerte, cabrón. Dame duro, cabrón. Joder, más duro.
Apenas oímos al tío. Pareciera que sufre más de lo que disfruta.
–Claro –le digo a Marisa–, tú es que tienes poca experiencia…
–No te rías de mí, soy una buena chica, pero soy débil… Ella está buenísima y además tiene perfectamente calibrado el detector de tíos polla.
Los tíos polla son aquellos que puedes usar sin riesgo, lo sabe todo el mundo.
Hoy estábamos en la playa, y Marisa se ha ido directa a por su maromo rubio. Resulta que el tío conoció a otra chica hace unos días, y dejó que la naturaleza fluyera. Una colombiana con ideas muy estrictas sobre el folleteo de verano. No lo distingue del invernal.
–¿La tía se había enamorado? ¿Tú crees que eso es posible?
–No lo sé, tú te estabas tirando a ese tío…
–Oye, no le des la vuelta, sabes perfectamente de lo que te hablo.
Así, cómeme el culo, así, joder…
–No te creas que lo sé tan bien.
–Yo tenía una relación sana con ese tío.
–No digo que no.
–Pero si apenas hablábamos. ¿Qué puede haber más sano que eso? Estamos en verano, por el amor de Dios. Él es de un país que parece la peli ¡Viven!
–¿Son antropófagos?
–No, pero hay mucha nieve. ¿Quieres hacer un esfuerzo por entenderme?
Ahí estaban, sentados en la toalla. Los preliminares. Pronto empezaron los morreos, y más pronto que tarde se irían al refugio de turista del fulano. Fue entonces cuando apareció la colombiana. Pequeña como una silla de oficina y furiosa como un tsunami en Indonesia.
Cristina y yo lo vimos desde nuestras toallas. La colombiana señalaba al tío y luego a Marisa. Y luego se llevaba las manos a las caderas. Gritaba en colombiano. Con el rumor de las olas y un aire muy cansino, no oíamos casi nada.
–¿Vamos? –dijo Cristina.
–Espera.
La colombiana vuelve a sañalar al tío, grita algo, y luego señala otra vez a Marisa. Culpables de ir salidos en verano. Poligamia en plena canícula. ¿Habráse visto semejante cosa? El tío se parece a Edward Furlong si Edward Furlong hubiese cuidado su alimentación y su vida y ahora pareciese Edward Furlong.
La colombiana empezó a moñear a Marisa. La levantó literalmente por los pelos.
–¿Vamos? –dijo Cristina.
–Espera.
Marisa, que era superior en estatura, le dió un bofetón con la mano abierta a su rival. Pero recibió de vuelta un gancho de izquierda en la mandíbula.
La colombiana intentó volver a moñearla, pero Marisa cerró el puño derecho y le golpéo en la tripa.
Entonces se enzarzaron y se revolcaron por la arena. Cuando nos quisimos dar cuenta, Edward Furlong se había largado.
Dos tíos acudieron a separarlas.
Métemela otra vez, venga, maricón.
–A Cristina le encantan los clásicos.
–¿Me estás oyendo?
–La verdad es que no, Marisa, ¿no ves que ya no hay nada que hacer?
–No es que esté colada por ese tío, pero querría una despedida más civilizada.
–Me hago una idea.
Marisa golpea mi hombro. Hace rato que estoy bicheando el Instagram de Jimbo. Películas, libros, la jeta neutra de Jimbo. Cristina me ha dicho que este fin de semana hemos quedado con ellos. Ha llamado (llamado, a viva voz) el otro chaval, Jorge. Parece una especie de negociador.
Nadie sabe qué busca, pero quiere que todos estén presentes cuando lo encuentre.
Esta vez la frase fue de Cristina.

Paulino. Tío Salustiano. 13 de julio. Mis padres se van a cierta zona del campo. Atardece. Quiero ir con ellos, pero necesito una ducha. Les digo que vayan saliendo.
Media hora después, empiezo a caminar, a meterme por andurriales, y no tengo remota idea de dónde está el lugar. Se supone que es uno de esos que se han reformado. En lugar de ir allí, acabo por callejas totalmente embarradas. Empiezo a ponerme perdido.
Noto unas ganas horribles de mear, así que lo hago contra un muro de piedras. La posibilidad de que aparezca alguien es muy remota.
Aparece un hombre con tres caballos. Monta uno de ellos.
Los detiene mientras yo me guardo la polla pronto y mal. Mancho los calzoncillos y mi móvil empieza a sonar de forma insistente. Notificaciones de ciudad. Probablemente Jimbo enviando memes.
–Buenas tardes –digo.
El hombre no me responde. Y luego dice:
–¿Sabes de quién es ese muro?
–¿Cómo?
–Que si sabes de quién es ese muro.
–Pues…
Vamos, hombre, pero si ni siquiera parece un muro. Son piedras, enormes, amontonadas, mohosas.
–Ese muro es de tío Salustiano.
Hace una pausa, como si yo tuviera que reaccionar, conocer, enterarme.
–Ah –murmuro.
–¿Sabes lo que le hizo tío Salustiano a dos críos que se colaron en su huerto?
Yo no me he colado en ningún huerto, capullo. Capullo pueblerino tocahuevos mierdoso, ¿cuánto hace que no te duchas?
Todo mi amor rural al traste.
–Que digo que si sabes lo que le hizo tío Salustiano a unos críos que se colaron en su huerto.
¿Quieres apartar tus putos caballos y dejarme pasar de una puta vez, viejo raro de los cojones?
–Pues no. No lo sé.
–No lo sabes, eh…
–…
–Pues resulta que unos críos, uno de la Toñi y Pepe el Militar, que ya murió el hombre, y otro de Pedro el Camisón y Ofelia la Fea, se colaron en el huerto de tío Salustiano, y se pusieron a comer higos…
»¿Y sabes qué les pasó a los críos?
–Pues… no.
–No lo sabes, eh…
Al cabrón le faltan dientes. Me hubiera ido hace mucho, pero los caballos acojonan, y cortan el paso.
–Pues tío Salustiano los cogió por los pelos, y se los llevó. Tendrían nueve o diez años. Se los llevó y los encerró en su cuadra. Y la cuadra estaba vacía… ¿Sabes por qué?
Ahora querría tener poderes, y usarlos para hacer daño.
–Nop…
–Ya sé que no sabes, ya… Pues resulta que alguien les echó no sé qué repelente, un insecticida. Veneno puro para los caballos. Y se los encontró bien muertos una mañana.
–…
–Al hombre se le oía llorar en medio pueblo. No tenía consuelo, pobre Salustiano.
»Y al cabo de un tiempo vio a esos críos dentro del huerto, comiendo higos. ¿Y sabes lo que les hizo en la cuadra?
Un silencio, uno ya muy incómodo. El único viejo bueno es el viejo muerto.
No. Ya he dicho que no.
Tú qué vas a saber…

¿Tú sabes lo que es un machete?
Sí… Sé lo que es un machete.
–Un machete, ¿lo sabes? Se afila, no tiene botones, no tiene Interné…
–Sí. Sé lo que es un machete.
–Bueno… Yo te enseño uno, por si acaso.
–Oiga…
Y el tío saca algo de una funda incorporada a la silla del caballo. La hoja brilla al último sol del día.
–Mira, ¿te gusta?… Un machete de verdad.
Es entonces cuando nos interrumpen.

–¡Hombre! ¡Salustiano!
Mis padres aparecen al otro lado de los caballos.
–¡Hombre, José!
–¡Qué pasa, hombre! ¡Cómo va!
El machete vuelve a su funda. Los caballos, a un silbido del dueño, dejan de bloquear el paso.
Me doy cuenta de que mi madre no saluda. Se acerca a donde estoy y me hace un gesto.
A casa.
Quizá tenga los calzoncillos meados de más de una forma.

Ya bastante alejados, oímos cómo mi padre se despide de tío Salustiano.

Jimbo. Reencuentro. 3 de agosto. Jorge me llama al teléfono otra vez, como si estuviéramos en 1985 y nos pincháramos heroína.
–Oye, ¿por qué ya siempre llamas por teléfono?
–Para hablar, colega.
Se hace el inocente como un yonqui.
–¿Sabes que la tecnología ha evolucionado en los últimos cincuenta años, no?
–Tío. Nadie hace nada si les escribes. Estoy hasta los huevos de ver caritas de mierda y a John Travolta.
Reconozco que tiene parte de razón.
–Oye, que te llamo para recordarte que hoy hemos quedado con Cristina y sus amigas.
Cristina y sus amigas. Parece un grupo de los 80.
–Me he dado cuenta de que has vuelto a los 80, Jorgito.
–¿De qué estás hablando?
–El teléfono, la forma de hablar, hasta la ropa…
–¿La ropa? Soy cien veces más moderno que tú.
–¿Tú crees?
–Vengo de 2050, cabronazo.
–Sí, retrofuturista.
–Joder, hoy eres un coñazo.

–Estás muy coñazo –sigue diciendo unas horas después en el coche.
–Y tú pareces Boy George.
–Por qué, ¿porque me he puesto una gota de maquillaje?
–Casi no se nota –dice Óscar desde el asiento de atrás.
Gracias, Óscar.
–Estaba de coña.
–Joder, los dos sois un auténtico coñazo. Os llevo a juergas de puta madre, os presento a mujeres a las que jamás tendréis acceso… pero yo os las presento, porque soy así de majo, coño. Y vosotros que si Boy George o que si escribe en el móvil. Sois un auténtico coñazo.
Sigue teniendo parte de razón, pero eso no evita que no podamos parar de reír.

Cruzamos una casa hasta la parte de atrás. Nos ha abierto una mujer de las de moreno todo el año.
Parece una cala privada. Habrá unas treinta personas. La mayoría visten de blanco. Podría ser una boda en Marbella, o una fiesta de swingers. Podría ser como una secta de Los Ángeles. Modernos tan modernos que han perdido la chaveta. Pijos modernos. O quizá lo que ahora llaman “pijoprogres”. Echo de menos los tiempos en que la palabra progre no significaba nada para mí.
Nos encontramos con nuestras nuevas amigas, o conocidas. Mujeres interesantes que ven algo en nosotros. Quizá sólo carencia de peligro. Y quizá por eso jamás nos tocarán ni con un palo.
En las sombras atisbo lo que parece un coche abandonado. No parece mugriento, pese a la falta de ruedas y puertas.
Alguien nos dice que ahí se puede hablar en privado. Como quien dice. Como si dijeramos que quizá sí o quizá no, te podrías enrollar con alguien en ese trasto más o menos apartado. Puede que sólo charlar.
Un tío negro (no de raza) y rubio como una peluca barata, nos dice que ahí se han formado y roto parejas.
En ese coche.
–A veces importa más el lugar que el fondo de las cosas –dice.
Dice que hay tías que de haber conocido a según qué fulanos en otro lugar, ni los habrían mirado. Pero en ese coche les comían la boca como si no hubiera mañana.
–¿Y no será que iban borrachas? –dice María.
–Sí, muchas veces. Pero hasta que no se veían en esos asientos, en este sitio, con el mar cerca y un poquito apartados, esos tíos no pillaban nada. Te lo aseguro.
Luego sabemos que el tío –pareja de la otra “negra” que nos abrió la puerta– conoce a Cristina. Cristina conoce a mucha gente, porque Cristina está buenísima y no tiene absolutamente ningún problema con ello. Es lo que pienso, mientras varios nos descalzamos y nos mojamos los pies en la orilla.

La “negra” rica sale con una bandeja de copas muy llamativas.
–¿A quién le apetece un Shirley Temple? –vocea.
–¿Qué lleva un Shirley Temple? –me pregunta María.
–Pues no lo sé… Yo sólo la vi en Heidi.
–¿No la viste en Fort Apache?
–Coño, ¿salía en Fort Apache?
Marisa pasa muy cerca de nostros con un mulato dirección al coche sin ruedas.
–Como si ella necesitara de un coche encantado para liarse con ese tío… –murmura María.
–¿Cómo?
–Nada, cosas mías. O no tan mías… ¿Quieres andar un poco? Quiero mover un poco el culo.
–¿Ah, sí?
Superamos la zona del coche y caminamos con el calzado en la mano. El agua visita nuestros pies a veces.
–Sí. Este culo necesita un poco de ejercicio de vez en cuando.
–Creo que yo no debería decir nada sobre tu culo.
–Tranquilo. Es que tengo una especie de obsesión con… mi culo.
–¿Y eso por qué?
–No es que tenga complejo. Creo que me sentiría muy rara con un culito tipo Sensación de vivir.
–¿Sí?… No recuerdo tanto los culos de Sensación de vivir.
–No recuerdas los c… ¿Eres hetero, no? ¿No me ha fallado el radar de orientación sexual?
–Soy más hetero que un tirachinas, pero…
–Eso es bastante hetero, sí…
–Pero no recuerdo tejanos muy ajustados en Sensación de vivir. Diría que en general era una serie bastante casta, y que lo sucio estaba sólo en las cabezas calenturientas de los jóvenes que la veíamos.
–Ya. Una teoría interesante. Pero yo recuerdo muy bien a Dylan. Estaba muy lejos de ser mayor de edad, y me imaginaba haciendo cosas atroces con Dylan. Te lo aseguro.
–Ahora sin embargo debe ser una serie tremendamente ofensiva para algunos jóvenes.
–Eso me fascina. Nunca sé hasta qué punto lo fingen o se ofenden de verdad.
La gente pija empieza a quedar lejos. Después de un silencio, María dice:
–¿Te puedo preguntar por qué te llaman Jimbo?
Joder.
Tarde o temprano acaba saliendo el tema. Decido que se lo voy a contar. Tengo que elegir bien las palabras. No es que eso ayude necesariamente. Todo depende de cómo sea la persona que oye la historia. Si es muy dada a compararse con los demás para tranquilizarse con la idea de que aún hay mucha gente por debajo, estás jodido. Si es alguien que más bien va a lo suyo y no finge que le importan un montón de cosas que no le importan, quizá no haya desgaste.
Intento esterilizar la narración. Intento dejar claro que era muy joven y que no me solían pasar cosas así. Pero que sí, estaba muy salido, como la mayoría de los chavales en ese momento de su vida.
Intento que parezca una historia inocente, y no solo sucia o patética.
Procuro dejar claro que la historia me persigue, y que en cierto momento tuve que abrazar el apodo. Casi no me quedaba otro remedio. Si me quejaba, resultaba ridículo, y alimentaba la tentación de los demás de seguir utilizándolo. Llegué a plantearme si es que mis amigos no eran buenas personas, si me estaban haciendo bullying o me consideraban una especie de mascota.
Concluí que no.
No me dejo nada en el relato de los hechos, aunque tampoco hay tanto que contar. No es un relato expansivo, sino explosivo.
Y cuando acabo, María dice:
–Así que te pillaron follándote una tarta…
Sonríe. Aunque no parece preocupada.
–En resumen, sí.
–¿Sabes que lo había pensado?… La verdad es que era la peor de las posibiliades. Pero verbalizado no es para tanto.
–…
–Podría fingir que me choca una barbaridad, que soy una señorita o algo así. Pero si pienso en las cosas que me he metido…
–Ajá.
Resulta interesante.
–Sí, no soy capaz de imaginar lo que haría si tuviera pene… Pero lo achaco a una mala influencia. Mis amigas, mis padres, mi entorno, los videjuegos… Ni siquiera juego a videojuegos.
Sigue hablando, bromea. Y después se hace un silencio. Más relajado de lo esperado. Y justo entonces se me mete un mosquito en la boca. Creo que es un mosquito.
Procuro disimular. El bicho estaba lleno de sangre, y no he podido evitar morderlo. Ella nota algo raro.
–¿Estás bien?
–Se me ha metido algo en la boca.
Tengo que escupir, no puedo evitarlo.
–Tranquilo.
Resulta una noche de lo más romántica. Romanticismo del mundo real. Ahora tengo regla de mosquito en la garganta.
–Tranquilo –insiste ella.

María Cadalso. Domingo. 4 de agosto. Jimbo era literalmente Jimbo. Tarta incluida. Pero no se lo cuento a nadie. Soy inmune a los chismes y las fiestas de cumpleaños. Y quizá todo el mundo lo supiera menos yo. Jimbo pero más guapo.
Caminamos mucho, y hablamos, pero no follamos. El coche encantado (es una larga historia) estaba ocupado, y a la postre nos dio pereza meternos en una habitación del apartamento de Cristina. No es que lo verbalizaramos. Nadie habló de sexo, aunque habláramos de sexo la mitad del tiempo. Cristina y Marisa, sin embargo, se llevaron a sendos ligues a sus cuartos. Las oí casi toda la noche diciendo salvajadas. Marisa exigía en voz alta una violación de negro. A Marisa le gusta decir cosas que ahora podrían meter en un lío a un guionista o un escritor. No digamos a un cómico. La fantasía de ser violada por un negro es su favorita. Da igual que esté con un mulato, un negro o un blanco. Ella se ve en un callejón siendo empotrada por Idris Elba entre dos contenedores.
Cristina no se queda atrás. Utiliza el método del insulto y la humillación. Todo es una cuestión de tono. Llama cerdo y maricón a su amante todo el tiempo. Pichafloja, nenaza, pichacorta… y últimamente ha surgido una variante nueva: aliado de mierda, progre tarado, pijoprogre… Y de ahí vuelve a empezar: maricón, pichafloja, niñita de papá, pijo coñazo, no sabes follar de verdad, cerdo perdedor….
Y mientras tanto yo leyendo a Amélie Nothomb en mi cuarto.
No negaré que me sentí algo estúpida.

Ahora nos seguimos en Instagram. Mi Instagram no tiene gran cosa. Me odio vista en fotos y videos. Veo a una especie de gorda que no ha aceptado lo jodidamente gorda que está. No sé por qué, pero en el espejo no me da la misma impresión. Sólo veo a la muchacha simpática con unos kilos de más a quien la mayoría de tíos heteros se tirarían sin problema un par de veces a la semana.
Además no soy del todo aburrida, puedo dar conversación, hacer amigos y hacer que otros se hagan amigos. Puedo hacer que la gente se ría. Incluso de mí. Puedo preparar todo tipo de fritanga, y hasta un cocido decente si estoy lo suficientemente deprimida.
Mi trabajo es una mierda, pero a quién no le pasa. Tom Cruise, J. K. Rowling y poco más. Aunque ahora J. es tránsfoba en la versión oficial… Si algunos oyeran follar a Cristina… Y no hay nadie con más amigos gays. Y hasta ellos saben que le gusta sonar como una guarra nazi cuando folla. A la inmensa mayoria de gente no le importan esas cosas. Sólo se cagan encima cuando les preguntan. Y encima las preguntas vienen de otra gente a la que en el fondo tampoco le importa todo eso.
Todo es confianza, momento y lugar, y casi todo el mundo lo sabe. Pero ahora fingir que no ha llegado a ser tremendamente lucrativo.

Es domingo y vamos a cenar a un mejicano. Jorge no nos ha contactado. Yo he intercambiado algunos mensajes con Jimbo. Al final he mandado un gif de Roy Scheider en Tiburón, y él se ha despedido con un John Travolta confuso en Pulp Fiction sobre un fondo de un accidente de tráfico.
Creo que Cristina podría querer algo con Jorge. Curiosamente parece reservada con el tema. Quizá es que él quiere y ella también, pero no como siempre.
Comiendo enchilada, dice:
–A veces me gustaría ser una tía de mi edad en los ochenta. Estar ya casada con un pavo más o menos aburrido, un coche con baca y dos críos.
Estoy tan de acuerdo que no digo nada. Quizá la salud de Marisa se resintiese.
–A veces, sólo a veces, querría que mi vida fuera placenteramente aburrida. Ahora es como si tuviera que estar buena hasta los ochenta años…
»Algunas tías dicen que se les exige eso a todas las mujeres. Yo creo que eso es mentira. Creo que la mayoría de mujeres y hombres pasan olímpicamente de eso. Ni ellas se encierran en relato ideológico alguno, ni ellos exigen bellezas de videojuego para tener algo serio. Eso es una discusión de pijos, de pijas universitarias, de gente perdida entre textos académicos, copas de vino y ansiolíticos.
»No quieren aburrirse o complicarse, vale, pero es que además no quieren permitir que nadie elija un camino que parezca tradicional. Y la verdad es que estoy un poco hasta el coño de todo eso. Me he criado con eso, y estoy hasta el mismísimo coño.
Pues sí que estás hasta el coño… –dice Marisa.
Hasta mi coño rubio, cariño.
Y yo me pregunto si toda esa perorata no tendrá que ver con enviar un mensaje: zorras, si pronto me veis ennoviada con un tío aparentemente del montón, no déis mucho por culo. Porque estoy hasta el coño.

Por la noche me pongo una peli en el portatil. Ambulance. Plan de huida, de Michael Bay. Fascinada por la locura de sus imágenes, que trascienden –y sudan de– la narrativa, después pienso en Michael Bay hasta que me duermo. No en él como hombre, sino en él como autor. Hay gente que cree que Michael Bay no es un autor, y que cualquier mindundi que le haga un homenaje naturalista a su abuela, sí lo es. Michael Bay “sólo” ofrece cine, pero el mindundi habla de las mujeres, el sacrificio de las mujeres y cómo de mal tendrías que sentirte por ser mujer. Todas las mujeres son todo el tiempo todas las mujeres. Qué sensibilidad. Te pertoca un trocito de sufrimiento como mujer. Tómalo. Y el mindundi gana un par de premios, o diez, quizá el Óscar, mientras Michael Bay, que pasa de los premios como de la peste, monta una escena de persecución con la canción California Dreamin’. Y quizá te ponga la piel de gallina, y a la vez pienses: ¿cómo coño lo ha hecho? Y quizá te provoque una sonrisa tonta, por auténtica. Y puede que vuelvas a ver esa escena diez veces. Y quizá la recuerdes dentro de veinte años, cuando hayas olvidado por completo al mindundi. Pero sólo era cine, sin coartadas, ¿y cómo coño te va a elevar eso? ¿Vas a ir por ahí diciendo que te gusta eso?

Paulino. Las once. 21 de julio. No tengo claro el paso del tiempo aquí. Pareciera más lento de lo normal, pero también más plácido. No existe la angustia del paso del tiempo. Quizá ni es más lento ni más rápido, sino que no importa. Divago mucho mentalmente con eso, y también con otras cosas. Leo y leo el libro de Eugenides. Me quedo ensimismado mirando el paisaje en la terraza. Veo flotar el polen, restos de naturaleza a contraluz con el sol. Las puestas de sol son embriagadoras, salvajes. Todo ha vuelto a su lugar a pesar de mi encuentro con un más que potencial asesino en serie rural hace unos días.
O más o menos.
Ha habido más gente en casa, mis tíos aparecen de vez en cuando. Un día comimos en su casa. Todo lleno de fotos de sus hijos, ya casados ambos. Un varón (David) y toda una mujer (Aura, se llama). Una mujer que para mí no es una prima, sino una mujer, porque nos habremos visto unas veinte veces en total.
Comimos un arroz, y yo repetí mientras imaginaba cosas poco decentes y en absoluto verbalizables sobre mi prima. Con mi prima. ¿Qué debe ser de ella ahora? Vive lejos y relativamente feliz, asumo, con algún fulano que ya sólo la ve como su compañera de piso. No sé si tiene hijos, aunque vi fotos de críos. Quizá su marido ya sólo recordará cuánto la quiere si ella llega a morir antes que él.

Algunas noches me quedo en la terraza mucho después de que mis padres hayan bajado a dormir.
En un corral cercano hay una pequeña luz que se enciende de forma automática cada cierto tiempo. Sé que no hay nadie en esa casa. Asumo que alguna planta necesita de algún tipo de apoyo lumínico, pero no tengo ni idea de movidas de invernadero o similares.
El silencio es tal que puedo oír cuando salta el automático. A veces la sensación de quietud da miedo. No enciendo las luces de la terraza, por muy tarde que sea. Sólo para poder bajar las escaleras.
Trasteo con el móvil.
Hace unas noches, estoy casi seguro de haber visto un hombre de pie en ese corral, justo antes de que la luz automática se apagara. Sentí un miedo infantil, brutal, literalmente temblé. Duró sólo unos segundos. No racionalicé absolutamente nada. Y aún no lo he hecho. Para mí los fantasmas son un divertimento, una historia de terror. Pero igual que con otras de esas historias, no pienso en ellas como reales o imposibles. Sí lo hice durante un tiempo, desde mis diecisiete hasta mis veintipocos: el muchacho ateo, tan listo él, y tan ignorante y tan soberbio, tan irrespetuoso, tan gilipollas.
Sigo siendo poco creyente, pero mi personalidad ya no va con absolutos.
Vi la figura de un hombre, de pie. No era Salustiano. No era nadie a quien yo conociera. Mis padres dormían abajo. Cuando encendí las luces para irme (con el corazón en la boca), en el corral no había nadie. Nadie hacía ruido. Sólo algunos insectos.

He mentido en algo. He dicho que estoy casi seguro de haber visto un hombre de pie en ese corral. Pero estoy totalmente seguro de que lo vi. Estaría ahí si pudiera rebobinar la información de mis ojos.

Puntualmente doy largos paseos. La gente no está casi nunca a la vista. Los visitantes de ciudad sólo aparecen –a lo sumo– los fines de semana, y tienen sus vidas montadas en torno cosas muy distintas a mí.
Hoy domingo salgo con mis padres a tomar las once. Encadenamos aperitivos y bebidas en cuatro bares (tampoco hay muchos más). Yo aprovecho para emborracharme un poco. Mi padre bebe cerveza sin acohol, y mi madre tira de refrescos. Coincidimos con gente pero vamos a lo nuestro. En un bar cercano al Centro Cultural (que es esencialmente otro bar), mi madre dice que ese mismo local era el aula a la que ella iba cuando era pequeña. Su colegio.
Mis padres no cuentan esas historias fácilmente. Me quedo pasmado. No es que desarrolle su infancia, pero el solo dato me deja de piedra. Miro en torno incapaz de imaginar a mi madre con siete años sentada en algo semejante a un pupitre. Mucho menos al cura o la monja que debía dar clase, lo que debía hacerles a los críos, cómo les debían pegar o cosas peores. Me bebo mi cerveza, procuro saborear no tanto la cerveza como el momento.
Siempre existe el riesgo de cruzarse con algún viejo conocido, pero no sucede. Cuando salimos del último bar, empezamos a subir la cuesta camino a casa.
Ya no queda tanto para irnos.
Los muebles están como mínimo señalados. Ya están fuera o al menos tienen teóricos dueños. Algunos son necesarios hasta que nos vayamos.
Cuando estamos llegando a la puerta de casa, mi madre, como quien no quiere la cosa, y hablando de no sé qué unos pasos atrás con mi padre, menciona de pasada un aborto que tuvo de joven.
Mi padre le chista por si yo he podido oírlo. No sé qué reacción piensan que podría tener. Creo que simplemente hay cosas que prefieren no airear.
La verdad es que la nueva información no desata nada importante en mí. Por alguna razón, parece lógico que me haya enterado en el pueblo.
Para cuando estoy leyendo por la tarde en la terraza, ya apenas pienso en ello.

Jimbo. Hormigas. 9 de de agosto. Estoy esperando. Se supone que vamos al cine. Aunque nunca me ha parecido buena idea ir al cine en encuentros que puedan considerarse primeras citas. Marisa envía el gif de un corredor de maratón. Un campeón africano. Estoy sentado en un lugar inhóspito. En verano muchos lo parecen a ciertas horas, incluso en horas diurnas. Me preocupa el sudor. Es un banco a la sombra, pero desde los dieciséis años sudo a chorros en verano. Me obsesiona no dejar lamparones visibles en la ropa, lo que parece garantizar que aparezcan. La realidad es que aparecen tanto si pienso en ello como si no. Cuando veo esas escenas en que una pareja entra en un apartamento besándose y desnudándose recien llegados de la calle, me da la risa. En ese momento yo soy el hombre sopa. Tengo que ir al baño, adecentarme, paralo todo, quizá estropear el momento. No seguiré por ahí.
Procuro concentrarme para no sudar. Una gota va desde la punta de mi nariz hasta el suelo. Cae justo sobre una hormiga. La indiferencia moral para con los insectos parece un margen que Dios le da a la crueldad de los seres humanos.
Está claro que no nos hemos conformado con eso. Podríamos incluir también a los reptiles. La mayoría de amantes de los animales odian a casi todos los animales. La mayoría de seres humanos odian a casi todos los seres humanos. Son una amenaza más que potencial.
Siempre se habla de racismo y cuestiones similares, pero va más allá. El problema es que haya más gente. Dependes de ellos y a la vez te aterran. Nadie es bienvenido en tu paseo nocturno. No hay raza o condición en el sonido de los pasos de nadie.

Me quedo mirando la hormiga agonizante. Morir en un infierno salado. Cuando eras crío y aún no habían condicionado tu naturaleza, pisabas hormigueros con placer, le cortabas la cola a las lagartijas, arrancabas patas a las arañas… Un parque de diversiones. Sólo para ver qué pasaba. De adulto matas mosquitos con un insecticida eléctrico. Tú me picas y yo termino con tu vida. Un bonito ejemplo para el libro de Naturales. Normalmente quien tiene poder, lo usa. Cuando veo a personas abriendo ventanas y puertas para que el bicho de turno se vaya y así no tener que matarlo, tengo claro que la próxima guerra será una escabechina de Occidente.
Sólo son pensamientos. Quizá no se conviertan en balas o piedras.
Cuando oigo la frase: “es incapaz de matar una mosca”, prefiero pensar que es carencia de habilidad.
Mientras los “buenos” duermen o tienen carreras interesantes y separan la basura, los “malos” se encargan de trabajos mucho más sucios, a menudo lejanos, para mantener la ilusión de bondad de los buenos. Y cuando los “malos” vuelven a casa, o fallan, los “buenos” les acusan de ser malos, inferiores, crueles y malvados.
El Diablo se encarga de mantener viva tu fe en Dios. El Capitalismo alberga y alimenta a los comunistas más fieles a la causa. El Paraíso es una idea ya mucho más atea que judeocristiana.
La hormiga por fin ha muerto.

María llega y me ve ensimismado.
–¿Qué tal?
–He matado a una hormiga con mi sudor.
–¿En serio?… Yo estoy inflada como una pelota. Paella. Mis padres creen que pueden pisar el pedal indefinidamente sin que la colchoneta explote.

María Cadalso. Comida, cine y comida. 9 de agosto. Soy la gordita de mis papis. Como todos los padres, creen que aún tengo seis años. Quizá tres. Y estoy por ahí suelta, por el mundo, tratando con gente. Es absolutamente obsceno. Estoy bastante de acuerdo con ellos. La comida los viernes no me la puedo saltar. Tengo que ir a verles, contarles lo mal que me va sin ellos, quejarme de algo sin concretar exactamente de qué. Quizá insinuar en algún momento que ya hace muchos años que soy sexualmente activa. O intermitentemente activa. Y que no, aún no parece que vaya a formar una familia y vivir como si tuviera mi edad. Están plenamente convencidos de que su hija podrá hacer eso sin follar. También darles nietos.
Mi madre me rellena el plato como si yo fuera Bukowski y el plato una copa de vino.
–Mamá, ya vale.
–Pero si te gusta.
–No me hagas decir lo que me gusta.
La tele está puesta a un volumen insoportable. Hace años que cualquier sonido constante más fuerte que el del ventilador del ordenador, me da dolor de cabeza.
–¿Va bien en el trabajo? –dice mi padre porque no sabe qué decir.
–Aún lo tengo.
–Bueno. Eso es bueno.
Mi padre es tan buena persona que cuesta creer que haya podido hacer cosas y tener familia y una hija y dinero para comer y vestirse. Es uno de los pocos hombres de su edad que no ve partidos de fútbol ni está realmente politizado. Es como si sus obsesiones principales hubiesen sido el embutido y leer facturas.
Mi madre lleva siendo la misma ama de casa de los noventa desde los años setenta. No quiere saber nada de otra cosa que no sean sus cosas. Sus cajones, su ropa, su suelo, su techo, su cocina, su tele y su gente. Si oye algún discurso teóricamente feminista con mi padre, se ríe como si la intentaran convencer de que el gatito es un león voraz. Mi padre lee mientras tanto alguna factura o manosea su librito de pasatiempos. Albañil de toda la vida, siempre sucio, siempre recien duchado, siempre parco, siempre prudente y cariñoso, siempre a nuestro cuidado junto a mi madre. Mi familia es una auténtica amenaza para las cuatro prescriptoras de opinión que campan ahora por teles y medios “concienciados”.

Después de la rutinaria vuelta a los orígenes, voy hasta la estación, donde Jimbo me espera sentado en un banco. Vamos andando a un multicine de Sonora y allí todo parece el interior de una nevera. Ese ambiente frío y seco del que yo nunca he sido realmente amiga. Es como una bofetada comercial mientras ves la enésima peli comercial que a su vez es la enésima peli de la misma saga comercial. Es como si nada fuera auténtico y todo fuera como el aire acondicionado. No tanto fresco como frío y comercial.
La peli es lo esperado. Puro tren de la bruja digital vacío de cualquier contenido interesante. Y encima tiene “contenido social” a la moda, la señal evidente de que el vacío era total desde la concepción.
Pero hoy no se trataba de la peli, sino de quedar.

Marisa lo llama Comida, cine y comida. Comes a mediodía, vas al cine por la tarde, y se la comes a él por la noche después de una cena ligera.
No es que yo sea como Marisa, y sería largo intentar explicar bien mi relación con el sexo. Pero el sexo acaba llegando siempre. Y me suele gustar, aunque me incomode al principio. Es como si pudieras estropear un montón de cosas follando.
Con el sexo tienes que destapar la otra parte de ti. No hay manera de intelectualizarlo o convertirlo en algo irónico. O follas o no follas. O te dejas ir o no lo haces. El sexo sólo puede ser guarro, y sólo funciona con la parte guarra de ti.
Veo a mucha gente adulta y me resulta imposible imaginarlos follando. Tan rectos, tan educados, ingeniosos, finos, atentos, cuidadosos, delicados… ¿Cómo folla esa gente? Pero si piden perdón después de soltar un taco.
Sí, sé que no todo va de follar duro y decir salvajadas, pero en algún momento tienes que dejarte ser animal. No puedes creerte a nadie que diga que acuerda sus polvos, que elimina la espontaneidad de ellos, o que básicamente echar un polvo real e íntimo, con el porcentaje de descontrol que eso conlleva, es necesariamente una cuestión de abuso grave.
Últimamente el sexo ha ido mucho a juicio. Eventualmente alguien lo acaba llevando a juicio.
Es evidente que es cosa de animales. Algo ajeno a ningún tipo de pureza física o ideológica.

Jimbo abraza sin problemas –literal y figuradamente– mis formas de muñeca rusa intermedia.
Es comilón, lo cual está muy bien, y desde luego empuja con ganas. Creo que somos una buena pareja, y además hay un amplio margen de mejora.
Yo no grito tanto como Cristina o Marisa, pero también tengo mis arranques. Eso queda para los comprensivos oídos de Jimbo, que agradece cada una de mis reacciones.
Y también ha gradecido que sea yo la primera comilona. Comida, cine y comida. Es un buen orden, María, porque el tío se queda tranquilo. No todas se amorran al pilón, cariño, y a ellos, al contrario de lo que se ha dicho, ahora les gusta bucear casi siempre, te lo aseguro, como si estuvieran en la peli Abyss.

Paulino. Fotos y videos. 25 de julio. Mañana emprendemos el viaje de vuelta. Igual de largo, haciendo noche, zanjando otro asunto más. El pueblo, los muebles, la casa… No hay forma fácil de volver aquí. O sí, pero sólo como turistas. Mis tíos podrían acogernos, o se podrían ver los alquileres vacacionales. El problema es que mis padres son ya muy viejos. Están en esa fase de Hasta los huevos. Una fase intermitente, pero cada vez más presente. La vejez es señal de que has vivido, pero es una mierda para casi todo el mundo.
Jorge, un amigo mío, siempe dice:
–Un viejo rico muere follando con alguien joven. Un viejo simplemente se muere.
Una especie de vaga intuición me ha hecho hacer fotos de todo. Cualquier cosa vale.
Las escaleras que suben a la terraza (desde arriba y desde abajo).
El salón comedor (desde varios ángulos).
Todos los pasillos.
La cocina.
Un botijo que tiene literalmente más años que yo.
Varios periódicos de 1991 y 1992 abandonados dentro un mueble.
Una escopeta de balines.
Mi madre sentada en el sillón escuchando un transistor increíblemente viejo.
El transistor en detalle.
Mi padre bebiendo agua del botijo.
El dormitorio de mis padres (desde varios ángulos).
El televisor Grundig roto tan viejo como los periódicos.
La luz del sol entrando por cualquiera de las tres ventanas de la casa por la tarde (una suerte de recuerdo infantil).
Mi habitación minúscula sin ventanas.
Tres cromos de fútbol de los años noventa pegados en las paredes de mi habitación.
Un pequeño desconchado de la pared de mi habitación con la forma de Australia.
Apreté el botón de grabar video en la terraza. Sobre todo por el ruido de los pájaros, los bichos, el jaleo natural. Hago un paneo, muestro la sierra, se me oye respirar, sorber. Veo un avión comercial arriba, hago zoom y lo sigo durante unos segundos. Se llega a oír el zumbido de los motores.
Me meto en la garita de la lavadora: por alguna razón hay colgada y extendida una saca postal de 1965. Los números rojos en grande. Le hago hago cinco fotos.
Fotografío a mis padres evolucionando por la terraza. Los grabo en video sin que se den cuenta, hablando, chismeando, hablando de los compradores de la casa. Jóvenes. Jóvenes de cincuenta años. Hablando de muertos, de los vecinos, preguntándome de quién me acuerdo (de casi nadie).

Hoy le hago fotos al lavabo de la casa. Un impulso me lleva a la adolescencia más cruda. Coloco el móvil sobre el lavamanos, quiero que se vea bien determinado rincón. Y me grabo haciéndome una paja.

Jimbo. María Cadalso. 16 de agosto. Los tránsitos entre Periferia y Sonora hacen que el trayecto – en tren o en coche– parezca cada vez más corto. A veces confundo los lugares. Excepto si vamos a la playa. María dice que odia el verano a partir del día quince de agosto. Coincido. El calor ya es rutina y se me acaba la paciencia. María dice que no me preocupe tanto por el sudor. Dice que mi sudor no huele, y que a ella no le molesta. Sigo escribiendo, no sé muy bien el qué, cosas muy turbias, muy sexuales, violentas. Llevo el portatil a menudo conmigo. María no ha leído nada, aunque sabe que estoy sacando algo de mi organismo. Yo le digo que no se preocupe por su culo. Ella dice que para ella no es una preocupación, pero que cree que siempre va a ser más o menos así. Yo le digo que su culo no es ningún problema para mí, de hecho me gusta, y creo que ya se lo he demostrado con creces. Ella dice que le gusta sentarse en mi cara, pero que teme ahogarme o dejarme parcialmente sin oxígeno y que acabe teniendo capacidades especiales y todo se vuelva un eufemismo conmigo. Quizá me deje sin saber pronunciar las consonantes o algo parecido. Quizá el resto de mi vida lo pase rodeado de gente que no se atreva jamás a contar chistes o reír con ganas. Rodeado de toda esa “gente buena” infernal, que respirará aliviada en casa después de haberme visto intentar construir frases. Le digo a María que no creo que su culo acabe afectando a mi capacidad para hablar y decir gilipolleces. No dices gilipolleces, me asegura, sólo eres un poco gilipollas a veces, pero yo también. Bendita humanidad, le digo al cielo. Estamos en la playa y el calor nos deja embobados. Ella me ha extendido crema y yo he hecho lo mismo con ella. Estamos solos, excepto por todos los desconocidos. Ahora sólo recuerdo a mi ex para darme cuenta de cuánto llevo sin pensar en ella. Suena contradictorio, pero no se trata tanto de recordarla o no como del estado de ánimo. Noto que empieza a darme igual. Deberías dejarme leer tu… cosa, dice María, porque si descubro que eres una especie de Ted Bundy, quiero tener algo que decir cuando te hagan el documental, o la serie documental, quizá tenga un par de temporadas, ¿cuánta gente has matado ya? No lo sé, dudo, veinte, ¿treinta?, no me gusta presumir. Espero que todo sean mujeres, dice María, me gustan esos documentales, me gusta cuando se ponen políticos y empiezan a hablar sobre el monstruoso hombre blanco. Todo son mujeres, aseguro, todas como tú, el mismo perfil, todas creen que lograrán cambiarme. Ah, claro, dice ella, la vieja obsesión femenina, convertir al psicópata a base de polvos. Cuando vaya a la cárcel, aseguro, recibiré muchas cartas, es algo que debes tener en cuenta. Entiendo, asiente, hibristofílicas; entiendo a esas tías, el morbo; no sé si yo lo haría, pero las entiendo; entiendo a mucha gente, incluso a los antiabortistas. Entiendo a toda clase de chusma.
Le paso el portatil y lo abre, y abre el documento de nombre “XXX”.
Y entonces ato y amordazo al tío porque quiero que mire. Y después ato (pero no amordazo) a la tía porque no quiero que se mueva. Y después. Y después. Y después. Y un poco más tarde, cuando ya he machacado a la chica con un mazo contra el suelo de madera, hasta dejarla convertida en una pulpa sanguinolenta espesa, roja, marrón y con los huesos reducidos a astillas mezcladas con las astillas de la madera, le quito la mordaza al tío, y le pregunto qué opina.
Tengo que darle varias bofetadas hasta que se decide a hablar. Al principio se muestra poco elocuente. Luego se pone a llorar (ooootra vez), y tengo que esperar a que se vuelva a recuperar. Y entonces le pregunto;
No me ha quedado claro, ¿era tu novia?
Y al tío le da por vomitar. Y no me queda más remedio que blandir el mazo amenazadoramente para ver si se tranquiliza y se vuelve articulado y me dice lo que siente. Porque si no todo esto no habrá servido para nada. Hacer amistad, hacerme el ácido pero inofensivo, hacer bromas, traérmelos al piso a beber la última (con unos polvitos), quizá a hacer un trío… Recuerdo cuando un trío me parecía el colmo de la depravación.
Y entonces. Y entonces el tío se vuelve un deslenguado. Porque se cabrea. Como si algo, una fuerza primitiva que ha tenido dentro siempre amordazada como lo ha estado él, le hiciera sacar fuerzas de flaqueza. Y se vuelve pura naturaleza, se vuelve mamífero o recuerda que es un animal, y que puede hablar, follar, comer o matar. O hablar para follar, o matar para comer. Parece respirar un aire nuevo, notar cosas nuevas en el aire. Y lo aspira, y dice yo no quería nada con esa tía, estoy hasta los huevos, no la conocía, no conozco a su familia, no sé lo que hace, la conocí ayer y follamos y hoy quería volver a follar, pero no la conozco, y hoy me dijo que tenía la fantasía de tener dos pollas y te hemos encontrado a ti. Pero yo no he hecho nada, no siento nada, no tengo culpa de nada, no hago nada malo, sólo quiero salir de aquí, no quiero más de esto, no quiero tener esto en la cabeza, como la chica gritando mientras yo le rompía los huesos con el mazo. Como ahora, que veo que el tío ha logrado desatarse, y veo la furia en su cara, y no me da tiempo a levantar el mazo, y me alegro por él, me alegro tanto por él, y me alegro por mí, y creo que a partir de ahora, de forma gradual, todo podría empezar a ir mejor para todos.

María Cadalso. Piscina privada. 18 de agosto. Mira mi biquini de Hello Kitty. Todos lo aman. Todas esas cabecitas blancas tan monas con un lacito rosa. Todo sobre un fondo blanco. Todo tan infantil y tan adulto y tan perverso. Hay bastante gente por aquí, quizá alguien se ofenda o se ría. Yo soy bastante crítica con la infantilización de la sociedad, pero defiendo la diversidad de vestimenta con cerebro. Quizá esté siendo la mar de irónica. Puede que lleve este biquini porque odio este biquini y a Hello Kitty. Quizá si Hello Kitty fuera una gatita o un furro o lo que sea de carne y hueso, la metiera en un saco y la estampara contra la pared hasta que alguien me grabara y hacerme famosa al estilo loca del coño.
Pero la verdad es más aburrida. Y es que Cristina me ha arrastrado a otro sarao. Esta vez es un rollo diurno matinal de lo más retorcido. Todo el mundo a la luz del sol, una orgía de crema solar mientras retozas por el césped. Y como la invitación al evento ha surgido de forma espontánea, una chica rolliza de lo más encantadora me ha dado acceso a sus cajones.
Es largo y aburrido de explicar.
Estamos en un casoplón con piscina privada. Las anfitrionas son dos lesbianas ricas que rondan los cincuenta. Al parecer una de ellas escribe libros de autoayuda, y ha conquistado el mercado de la sección de colores pastel de la mitad de las librerías del mundo.
Empiezo a notar que es una fiesta exclusivamente de lesbianas, y noto a Marisa algo perdida. Cristina disfruta de los cocteles y parece poco interesada en buscar tíos, rollo, compañía para decir cosas grotescas en la cama.
Intercambio mensajes con Jimbo y procuro no enzarzarme en ninguna discusión política. Creo que el biquini ayuda a mantener lejos a las mentes privilegiadas que creen ir cincuenta años por delante. Ya he detectado alguna cara conocida. Cristina se ha movido cerca de los círculos de influencers activistas. El negocio de la “opresión patriarcal” está moviendo pasta en serio desde hace unos años. Oí decir a Jorge que ahora es como el auténtico fútbol femenino. Ahí es donde encuentras los calentones, las discusiones, a las estrellas, y cada vez a más tías ricas gracias y a la vez por culpa del maléfico capitalismo. Un día oí a una de esas tías hablar de lo necesario que era instaurar un “nuevo marxismo con ideología de género”.
Los conceptos abstractos están a la orden del día. La política líquida. Ni siquiera promesas, sólo sueños, deseos, un rollo tipo Navidad todo el año. La perspectiva de un mundo sin crímenes ni sufrimiento. Luchar (teóricamente) por ese mundo imposible, ha hecho que corra el dinero como la sangre por la polla de un actor porno. Las empresas y los partidos políticos siempre necesitan estar a la moda. Y si la moda es un discurso ideológico, por bobo que sea, se unen a él y lo abrazan, y el dinero sigue corriendo.
Pero el dinero habla, y si con el tiempo deja de decir lo que uno quiere, el péndulo vuelve hacia el otro lado y el Relato cambia.
¿Y la realidad? La realidad es algo completamente distinto. No puedes vender realidad, es demasiado complicada, se puede rastrear demasiado hacia atrás en el tiempo, y en mil direcciones, y por mucho que creas que sabes de ella, siempre surgirá alguien que sabe más que tú.
Tienes que mantener las cosas en el ámbito comercial, en el ámbito político. Ha de ser una idea sobre lo que ha pasado en lugar de lo que sea que haya pasado, porque vete a saber tú a quién beneficia eso. Quizá a nadie.

Chapoteo en la piscina. Creo que les gusto a un par de lesbianas. Nunca me ha convencido el tortilleo, ni siquiera por curiosidad. Lo anticipo todo demasiado chicloso y húmedo en una mujer. Y esos dedos finos, y ese pubis en modo descampado, quizá con un pequeño arbusto… No lo veo. No tengo a dónde agarrarme, con qué complementarme. En lo que a mí respecta, y aunque hay mujeres muy bellas y estilosas, no entiendo qué le ven los tíos heteros a las mujeres en lo sexual. Simplemente es un misterio para mí.
Y no digamos para Marisa, que se ha puesto a hablar con el único pavo del lugar. El tío que controla la barra. Marisa no es capaz de estar mucho tiempo sólo con mujeres. No lo explica ni lo defiende ni lo deja de hacer; simplemente es su modo de actuar. Su cuerpo se mueve y ella lo sigue. Marisa es absolutamente resfrescante. Si yo fuera una cursi, diría que es mi mejor amiga. Está pero también sabe no estar, te escucha pero no te toca el coño, no te da sermones, no es religiosa en modo alguno, no está obsesionada con lo de ser mujer. Se percibe como persona. Es graciosa, inteligente y una auténtica bendición.
Vamos, si me preguntas a mí.
A veces la abrazo fuerte y ella se queja. Lo hago en broma y en serio. Lo hace en broma y en serio. La abrazo fuerte y digo:
–Te follaría.
Porque sabe que es imposible.
Lo hago ahora. Abrazarla, no follármela. La separo de la barra y me dice que se prepara algo en el Edificio Iris. Ese homenaje arquitectónico al capitalismo. Mi yo de dieciocho años gritaría de pura indignación. Mi yo de ahora, ya muy rebotada en el pinball de las doctrinas y las memeces, dice:
–¿Qué se prepara exactamente?

Paulino. De vuelta. 26 de julio. De crío me daba pena irme del pueblo. Y me encantaba irme del pueblo. Me consideraba un niño guay de ciudad. Jugaba al fútbol, al baloncesto, sacaba malas notas, me volvía gradualmente incomprensible. Me quejaba con actos de haber nacido. Y a la vez me aprovechaba de ello. Me iba con amigos por cerros inmundos, buscando revistas porno de páginas pegadas. Recuerdo el olor del semen reseco ajeno. Había chavales mayores que compraban o robaban una revista, la usaban una vez, se corrían dentro y la tiraban en el monte bajo. Así recuerdo mi infancia; mucho fútbol, monte sucio, revistas porno y mendigos. Y grúas, había grúas por todas partes. La ciudad entera era un campo de cultivo de grúas. Me encantaban las grúas, imaginaba a los obreros escalando por ellas, cayendo, gritando, todo un espectáculo. El sufrimiento del mundo como forma de gozo. Como digo, yo no había pedido nacer.

Ahora voy camino a niguna parte en el autobús, drogado de llevar veinte horas sin dormir. Un colocón natural. Mis padres duermen, yo existo. Periferia es ninguna parte, Sonora es donde vas a la playa. Las ciudades son cada vez más impersonales, “multiculturales”, como dicen los más pijos y alejados de esa multiculturalidad. Las ciudades son ese lugar donde viven los que se quejan de que se están vaciando los pueblos.
Si ahora mismo encontrara una forma de dormir en el autobús, todo sería distinto.
Si miro por la ventana, me veo a mí mismo mirando por la ventana: una jeta donde antes había una cara.
El conductor del autobús es una conductora que es la viva imagen de Vanessa Carlton. No paro de mirarla por el espejo retrovisor central, y ella no para de pensar que todos vamos dormidos. Su expresión natural con la vista fija en la carretera, la mirada de quien ya ha hecho esto un millón de veces. Recorrer arterias mientras el resto del mundo duerme.
Pienso en las cosas que haré cuando llegue a casa. Espero que las menos. Estos días han sido intensos. No difíciles, pero sí intensos. Procuro pensar lo menos posible en el futuro. Procuro pensar lo menos posible en el pasado, ese páramo lleno de oportunidades desperdiciadas, ignoradas.
Ojalá pudiera dormir; en general, pero sobre todo ahora. No hay nada a lo que atender. Así es como deben volverse locos los mendigos, pienso, con un cúmulo de horas que no sabes llenar. Y que luego son días y semanas y meses. Y para cuando te mueres de frío o de hambre o de asco, la cosa no cambia sustancialmente.

Jimbo me envía un Travolta desubicado. Yo le envío otro Travolta desubicado. Él me envía un nuevo Travolta desubicado. Yo le envío un Travolta desubicado más. Tal que así, se produce un intercambio de unos treinta mensajes. Ni siquiera le digo que estoy volviendo del pueblo. Luego me dice que se va a dormir.

Jimbo. Aporreando. 20 de agosto. Estando en un almacén en un curro de mierda de cuando eres joven –la misma clase de curro de cuando no eres joven–, escribí un cuento en un tiempo muerto. El agua salada del mundo seguía siendo salada, pero era sangre. Era muy guay, yo estaba creando, ¿vale? Porque iba en una Toyota, una carretilla elevadora, un toro, un vehículo para el que entonces no pedían carné, y el ordenador cutre de a bordo no escupía pedidos, y con mi bolígrafo de emergencia y un trozo de cartón, podía ser un artista. No recuerdo cómo era el cuento, pero esos mares y océanos de sangre ya me parecían suficientemente interesantes, y seguramente no hice más que sobrevolarlos, rodearlos, insistir en esa imagen, porque tenía un principio respecto a la ficción en el que creía firmemente (aún lo hago a veces): cuanta más sangre, mejor. Y creo que sería un buen profe de escritura creativa, porque ese tipo de teorías chorras son las que ponen a la gente a escribir. Deja fuera las grandes motivaciones o aburridos mensajes, deja de machacar a los autores clásicos con tu coñazo de ensayo que los mata en clase. Diles a los jovenes que pueden ser malos escribiendo, que pueden ser terribles, malvados, hacerles hacer cosas nauseabundas a sus personajes, hacerles bucear en la mierda de tu cerebero. Y todo sin consecuencias. Todo está en la página, en la pantalla, y a veces, con suerte, en la cama. Últimamente están pasando cosas buenas en la cama. Créeme, la mayoría de veces hablo por hablar, y eso es lo más valioso con diferencia.

María Cadalso. Edificio Iris. 23 de agosto. Se abre el ascensor en el nivel de la azotea, y nos recibe una chica con porte de gimnasta y una especie de mono rosa ajustadísimo al que ha enganchado varios globos. Toda ella brilla de purpurina y maquillaje, o quizá sólo de tan buena como está. Nos ofrece un globo a cada uno. Toda la pandilla de Sonora. Otra fiesta pija. Quizá el contacto era de Cristina, o de Jorge, esta vez no lo sé. Jimbo se arrima a mí, también Marisa, impresionados por la Señorita Globos, que es como la llamaremos el resto de la noche. Reparte globos, bebidas, quizá drogas, y algún que otro polvo para algún afortunado. El DJ de turno ha puesto R.E.M. (What’s the Frequency, Kenneth?) a todo volúmen. Asocio R.E.M. al verano, a tener el coño sudado, a bailar (cuando yo nunca bailo), a ser joven aunque ya no lo sea. Óscar dice que las azoteas rodedadas de rascacielos son Nueva York incluso fuera de Nueva York. Es una cuestión de cultura pop. Y no es que le falte razón, pero eso no explica por qué Cristina se ha puesto a morrearse ahora en público con Jorge. Lo que deja entrever un mundo lleno de mentiras estos días atrás; de parloteo encriptado; de pistas a las que no hemos atendido. Óscar les señala con el dedo, y dice:
–Eso es lo que os decía.
Y no entendemos a qué se refiere.
Es más difícil no beber que beber. El todo gratis a veces pasa en entornos pijos, paradójicamente. Un día alguien muy rico y aburrido decide darse un homenaje. Y darse un homenaje es gastar. Es parecer generoso al menos un día. Es incluso adoptar niños pobres para que los cuide un batallón de latinas.
Cuando conocemos a la anfitriona, sabemos que un día tuvo una cara. Se da dos besos aéreos con Cristina, y al resto nos saluda como si fuésemos el servicio judío en una cena de oficiales del Tercer Reich.
Está bien. La perdonamos porque es divertida, y porque sabemos que un día tuvo una cara, y quizá su nueva cara no permita el rango necesario para dejar traslucir sentimientos complejos. Quizá disgusto con unas gotas de comprensión. O asco con un espolvoreado de gracejo.

Mientras la señora de edad indeterminada se aleja, Cristina trae a una célebre influencer y nos la presenta. Sabemos quién es, y parece una broma retorcida de Cristina, que además se aleja con Jorge, con seguridad a tragarse su ADN en algún rincón semiprivado.
La tía se pone a hablar con nosotros, y deducimos que debe haber venido sola, o que alguien la ha dejado tirada. Cristina nos ha tomado por una ONG de influencers en apuros.
Jimbo es amable por defecto, el pobre, muy imprudente. Óscar más o menos lo mismo, aunque más bien sigue varado en el planeta Óscar. Y Marisa parece más reservada, porque la influencer es mujer, y por tanto a priori carente de interés para ella.
Y es entonces cuando me empiezo a poner muy nerviosa, porque la tía habla en clave influencer, se cree que está en su podcast o algo así, y nos empieza a meter un sermón sobre su vida sentimental y cómo por fin está «sanando». Porque al parecer, dice, antes a ella le gustaban los tíos decididos, masculinos, «protectores», esa clase perfil; incluso dice: «proveedores». Dice que antes eso le ponía, le ponía de verdad. No soportaba ni siquiera que un tío ganara menos dinero que ella. O quizá sí, eso podía tolerarlo, pero no le gustaba que un tío llorara, que tuviera momentos de auténtica y visible debilidad.
Eso no me ponía en absoluto… Pero con los años he sanado. Años de terapia, de darme cuenta de lo que el patriarcado había metido en mi cabeza.
Ahí está, la carta del patriarcado.
–Y ya. Ya no soy esa mujer. Ahora clicho a los tíos, ¿sabéis? Y…
No puedo más.
–Perdona.
Vuelve la villana de Tim Burton.
–¿Sabes a qué me suenas?
–¿Cómo?
–¿Sabes a qué me suenas?
–…
Marisa bebe de su cubata con pajita con gesto inocente. Jimbo y Óscar consultan sus móviles, y algo muy importante debe haber pasado, porque eso copa toda su atención.
–Me suenas como los gays que se sometían a una terapía de conversión y decían que se habían curado.

Cristina, como una actriz que oye su pie, vuelve con Jorge, y capta la atención de la influencer.
–Cariño… Ya ha llegado Prox. ¿Vamos a verle?
–¿Eh?
–¡Vamos! ¿Qué te pasa?
Y Cristina sacude la mano mientras nos mira.
–¡Chau chau, hasta ahora!
La influencer se vuelve a mirarme mientras se la llevan. Quiere mirarme. Pero creo que no sabe cómo. Tras mirarme, pensaría en algo que decir, pero aún le da vueltas a lo que le he dicho. Creo que no está segura en absoluto, que no lo estará en horas, y que luego, justo antes de que le haga dudar, lo enviará a la papelera de reciclaje y lo eliminará.

Cuando llega hasta donde está el streamer Prox, aún se vuelve en mi dirección. Finalmente toma una decisión. Levanta la mano derecha y me saca el dedo corazón. En sus labios puedo leer: «puta».

Paulino. Paulino, Jimbo, María Cadalso. 23 de agosto. El tiempo en Periferia es el tiempo en Sonora es el tiempo en cualquier ciudad. Estos días he visto sólo puntualmente a mis amigos. Amigos, conocidos, amigos con ciertas rencillas, e incluso amigos que te caen mal. Amigos que antes te divertían y ahora son un plomo, clasistas, aburridos, amargados, atados, convencidos de ser mejores que tú. Pero a veces funciona así y a veces no. La condición es mutable. Son muchos años de las mismas caras. Jimbo, Jorge, Óscar… Y varios satélites. Llego al Edificio Iris y está plagado de gente, complicaciones, proyecciones de futuro. Uno querría saber cuántas embarazadas accidentales saldrán de aquí. Cuando se abre el ascensor me recibe una chica con globos pegados que tiene muchas papeletas. Echar un polvo a pelo con la de los globos. ¿Puede haber algo más excitante? Pero un bebé viene a matar el sexo. Después todo se convierte en sexo de autoayuda, o eso parece. Un montón de tías en Instagram asegurándote que existe el sexo después de los hijos. Si te suscribes a su canal, lo descubrirás.
Jorge me ha asegurado que esto iba a ser la leche. Las mejores fiestas son las fiestas de los pijos, porque son imprevisibles. Hasta puede llegar a morir alguien, dice. Me ha estado machacando la oreja por teléfono.
Todo se acaba, tío.
Me ha estado repitiendo esa frase sin parar. No sé porqué. Iba claramente colocado de hierba.
Todo se acaba, tío.
Cuando logro encontrar al grupito, veo que también han venido las chicas. María, Cristina, Marisa. Marisa habla mucho conmigo. Nos hemos encontrado sólo tres veces más. Habla mucho conmigo, pero no sé si quiere follarme o hacerme de madre. Quizá ambas. ¿Antes las parejas no eran así?
Lo irónico es que un grupito que ha estado dos plantas más abajo (al parecer hoy hay tres plantas dedicadas a beber alcohol), han salido del ascensor con la cara blanca, pero a la vez como si contuvieran la risa. Como avergonzados, pero divertidos, pero un punto apesadumbrados. Y una foto ha empezado a circular. Me la ha pasado Jimbo. Y es que al parecer estaban ahí abajo bebiendo, y han decidido hacerse una foto de grupo con el gran ventanal detrás. Una panorámica nocturna de Sonora.
Y justo cuando el móvil ha disparado, por la parte de afuera de la ventana pasaba alguien. Más bien caía.
Jorge me ha rodeado con el brazo;
Te lo he dicho. Puede llegar a morir alguien.
El documento es terrorífico e hipnótico. Un tío de unos cuarenta años, rubio, ha saltado (no se ha caído) desde la azotea. Ha logrado salvar el cristal antisuicidios. Y justo cuando se hacía la foto, pasaba por allí. Y su cara es la de alguien que se ha dado cuenta. Sus últimos segundos de vida inmortalizados. El semblante podrido de miedo de alguien que se ha rendido.
Los ojos como platos, la boca deformada por el pánico acumulado, la piel blanca de su cara enrojecida de sangre, las gruesas, moradas venas del cuello, la camisa blanca, la corbata aleteando.
Y abajo un estallido de vísceras, sangre y huesos machacados sobre/contra la acera.
Aquí hay aceras por todas partes.

La fiesta no se detiene. De hecho parte de la gente no se ha enterado de lo sucedido. Marisa me dice que respeta el suicidio, pero que no tiene estómago para afrontarlo. María lo llama «eutanasia unilateral». Cristina se come la boca con Jorge, otra vez. Jimbo dice que le han dicho que el tío se acaba de enterar de que alguien le ha denunciado por violación. Al parecer estaba ya en las últimas. Arruinado. Era un pijo ya sólo en apariencia. Y hace un año perdió a un hijo adolescente adivina cómo.
Eutanasia unilateral.
La información corre de forma obscena.

Veo al mismo Jimbo después, discutir, o hablar, o intentar arreglar algo con una mujer. Al acercarme disimuladamente, veo que es su ex. En realidad parecen relajados, aunque preferiría no saber en qué va a quedar la cosa. No hay nada que más pereza me dé que un culebrón real, incluidos los míos.
Aunque he de reconocer que lo del suicidio ha sido interesante.
Terrible y todo eso, pero qué quieres que te diga.
Veo que Jimbo le presenta su ex a María, como quien no tiene más remedio. Cruzamos la mirada por un momento. Parece darse, por un instante, un aire a Robert Oppenheimer.

Sale gente sin parar del ascensor. Muchos querían ver el follón del suicida abajo. La persona convertida en mancha al estilo Pollock. El suicidio masculino está mediaticamente varios peldaños por debajo de, por ejemplo, la polémica de los toros. Es una celebración asquerosa, desde luego, ese animal sufre lo indecible. Si por lo menos fuera un hombre.

María va a saludar a alguien, Marisa la acompaña, y Jimbo aprovecha para cruzar unos cuantos memes verbales conmigo. Nos llevamos razonablemente bien para ser amigos de casi toda la vida. Cuando éramos adolescentes, fui muchas veces a su casa. Una vez, la puerta estaba entornada. Levanté un poco la voz. Saludé. Me extrañó que nadie contestara. Me invadió cierta paranoia. ¿Estaría quizá toda la familia asesinada en el salón?
Decidí entrar en la cocina antes de ir al cuarto de Jimbo.
Abrí la puerta y vi que Jimbo estaba solo, de espaldas, con los pantalones a medio bajar.
¿Juan?
Y una tarta de nata cayó al suelo. Y Juan, Jimbo, se abrochó los pantalones con la polla toda pringosa.

Me hizo prometer. Pero aun así acabé contando lo que había visto. Ahora me arrepiento. ¿Que a quién se lo conté? A nadie, eso es lo peor de todo. A una chica que me gustaba, que no veo desde aquella vez. Una chica con la que quería tener algo. Ni siquiera algo, sólo meter la mano en sus bragas, o al menos oler su bragas, su coño, follármela como sólo puede querer follar un adolescente.
Y eso cambió las cosas. No las destruyó, pero digamos que fue como construir una ciudad dormitorio donde antes había parajes idílicos, cataratas impresionantes y chistes de pollas.

En el funeral de su abuela, años después, Jimbo leyó en la iglesia su texto para el libro de condolencias. Mencionó la manía que tenía la mujer de dejarse la puerta abierta cuando se iba a dar un paseo.
–No entendías que así podía entrar cualquiera, yaya.
Después leyó la primera carta de San Pablo a los Corintios, típica de las bodas y no de los funerales. Causó cierto revuelo.

Jimbo habla del pueblo, y yo le hablo del pueblo: le hablo de Salustiano, de fantasmas, de mis tíos, de mi amigo Jaime. Le digo que no paro de darle vueltas a algo que me dijo.
Ya no jugamos al fútbol.
La síntesis perfecta de lo que está pasando.
Las chicas vuelven. La conversación cambia. Las chicas, mujeres adultas con hombres niño, como suele pasar. Pero las mujeres gustan de decirse chicas a veces.
Cristina se acerca también a saludar. Nos señala a Jorge, que está ensimismado. Óscar bebe cerca de él, pero apartado.
Jorge observa el paisaje de Sonora. Le ha dicho a Cristina que necesita estar un momento solo. Ni siquiera mira el móvil. No tiene un cubata en la mano. No ha bebido tanto como para estar borracho.
–Ha comido mucha más lengua… –dice Cristina.
Y también dice:
–No lo sé. Puede que ya haya encontrado lo que buscaba.

Miro hacia arriba. Pasa un avión comercial. Imposible oírlo aquí, pese a que ya hace maniobras para aterrizar. Veo con claridad su panza, parcialmente iluminada. Miro como cuando tenía diez años y miraba. A veces alcanzo otra vez ese nivel de lucidez.

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