Traje de calle, a la medida
de los retales con que se cosen las ciudades,
del color de las esquinas,
del tejido
con que se tejen
los tejados proclives
al intercambio de las tejas.
Traje que lleva de calle
al vecindario de ancianas y gorriones,
callejero urdido sin costuras
en un trajín de patios sombríos y solares,
camaleón que no cambia
de color sino tan solo de postura.
Traje que ciñen al talle dos botones, brillantes
tus ojos me anticipan desde el cabo de la calle
en el que andas sin saber,
y aunque lo sepas,
que los ojos también por el brillo te delatan
y una vez perdido
el traje, somos tú y yo
la misma sombra desvalida.