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2012-11-19

Five o´clock tea with ghosts & blood


Los afamados PROGRAMAS DOBLES del Abuelito presentan hoy dos oscuros clásicos cien por cien British Horror!!!

Igual que sucede con África, sus junglas de juguete y sus mundos perdidos, Inglaterra como lugar soñado es cosa por la que se siente predilección en esta casa. Destetado con los británicos elfos y gnomos de la colección Marujita; amamantado por los tebeos de The Spider, Mytek, Zarpa de Acero y demás extravagancias tardo-victorianas de la Fleetway; criado a la sombra de los cantores del Imperio al estilo Ridder HaggardConan Doyle;  crecido entre las historias de fantasmas de Le Fanu, M. R. JamesMachen y  su vastísimo grupo de colegas; desvirgado con la Hammer reviviendo goticismos desde Carnaby Street... Deuda la contraída con los bebedores de té de las cinco que como comprenderán no puede ser devuelta sino en forma de amor eterno.
Nieblas, callejones, sombreros de copa y circunspectos caballeros. Puritanismo de día y magia negra de noche; autobuses rojos en la superficie y Fu Manchú bajo las alcantarillas; engoladas y aborrecibles damas en salones góticos que comparten pavorosos fantasmas. Espectros que forman parte del patrimonio british tanto como Sherlock Holmes, Aleister Crowley o el punki de la cresta, glosados en innúmeras ghost stories, género tan de moda en la era victoriana, irracional reverso de aquel mundo encorsetado por las buenas maneras y la disciplina.

A PLACE OF ONE´S OWN
Director: Bernard Knowles. Con James Mason disfrazado de viejo, Margaret Lockwood, Denis Price el de Jesús Franco, Barbara Mullen. Gran Bretaña, 1945


Una ghost story en toda regla es esta Una casa en propiedad. Canónico relato de un fantasma vengativo que posee a una joven trayéndola por la calle de la amargura en los días, claro está, de la Reina Victoria, en acomodada mansión -los aparecidos ingleses suelen llevarse mal con la pobreza-, su ambientación entre volantes, cofias y corsés de ballena no hace más que remitir a los iconos propios del género. Lo mismo que la comedida actitud  de los protagonistas, más preocupados por no elevar la voz que por ser presa de cualquier ser de ultratumba.

Y es que estos caballeros y estas damas no pierden la compostura así les infecte la casa una legión de demonios. Nada de chillidos, nada de sustos, nada de carreras por los pasillos. Todo lo más un torcer de bigote, una pequeña tos y un lacónico "Hum, me temo que nuestra casa está encantada, querida", en las antípodas de los escandalosos yankis y sus traviesos poltergeist. No hay aquí sombras artificiales que potencien el misterio, ni se avistan ectoplasmas ni cualquier otro ente que se salga de tono: el fantasma se limita a silbar por la noche y a tocar el piano; la posesa guarda cama discretamente, sin histerismos ni alharacas.

Se agradece en principio esta irrupción de lo espectral tan pausada y tan discreta, como manda la tradición literaria, mas tal exceso de comedimiento acaba por pasar factura convirtiendo al filme en título idóneo para las bienpensantes puritanas que toman su té con una nube de leche mientras los criados sirven y las damas, entre sombreros con plumas y meñiques tiesos, se despellejan educadamente. O sea, en un artefacto frío como un témpano de hielo que destierra la emoción como asunto de mal gusto... Y hay que ver en qué poca cosa queda una historia de horror sin pasión, por hermosa que sea su cáscara...


THE GREED OF WILLIAM HART
Director: Oswald Mitchell. Con Tod Slaughter, Henry Oscar, Jenny Lynn, Aubrey Woods. Gran Bretaña, 1948

¡Esto es harina de otro costal! Y es que si Una casa en propiedad es una ghost story paliducha, como de almanaque navideño, The greed of William Hart es talmente un penny dreadful, aquellas publicaciones cochambrosas de horrores y crímenes por entregas que tanto fascinaron al lector inglés durante el siglo XIX. Por si hay alguno que ignora qué son, este BLOG AMIGO habla y reproduce muchos de ellos, y el último número de la obligatoria revista de pulp BARSOOM les dedica amplio espacio. Pringue, miserias, brutalidad y andrajos, tufo de alcohol barato y perfumes de mala vida, todo capaz de arrugar la nariz de cualquier victoriano pundonoroso.
Narra la historia de Burke y Hare, aquellos célebres desenterradores que vendían cuerpos cada vez más frescos a las facultades de medicina y que acabaron mal, pero que muy mal. Se llaman aquí señor Hart y señor Cooper, son dos llamicosos viejos de modales ofídicos que se tratan de usted, anteponen la palabra señor a sus nombres y comparten igual gusto por la buena educación y la degollina en cadena, como aquellos dos asesinos mariquitroles del bondiano Diamantes para la eternidad. No en vano Hart es el grande Tod Slaughter, el Bela Lugosi británico, histrión cautivador  urdiendo siempre miserables perfidias. Hace un tiempo les hablé AQUÍ de él, a propósito de su estelar interpretación del Barbero Asesino de Fleet Street.
Slaughter es toda una delicia capaz de levantar cualquier filme que se le eche. Lo cual no es necesario en este, ameno y tosco a la vez como las publicaciones astrosas en que está inspirado. Gesticulante, de encogido cuello, lengua lujuriosa, labios gruesos de vicioso, dos chispas por ojos y un verbo envenenado, no puede encontrar mejor pareja que la de su compinche Cooper, interpretado por Henry Oscar, un repelente bajito de los que se creen guapo que gasta patilla de hacha, mechón engominado e hilillo de baba en la comisura. Entre los dos, prostituta que ven al matadero va...
Si en el primer filme todo era elegancia y refinamiento, en este no hay más que harapos y miserias. Slaughter vive en una antro que comparte con su madre borracha y su mujer embarazada a las que vapulea a placer. Su entorno es el cementerio, el burdel y la taberna, y sus conocidos una recua de perdedores y degenerados de muy mal vivir. Ni en el matar es delicado: un degüello, un garrotazo y a seguir bebiendo ginebra. Los crímenes suceden todos en off, que la censura británica era super remilgada y no permitía mostrarlos; el peso de la función recae en Slaughter y Oscar, encargados de transmitir todo el morbo y la maldad de la historia... y vaya si lo logran!
Un joven John Gilling ejerce de guionista y ayudante de dirección, no en vano dará más tarde a la Hammer alguno de sus títulos más logrados: inmejorable escuela es esta producción modesta, por no decir paupérrima, en la que todo lo que se vislumbra de la ciudad es un par de callejones sospechosamente parecidos que ilumina a medias la misma farola. Mejor, pues así gana en aspecto teatral, añejo como papel amarillento y capaz como aquel de despertar aún arcaico escalofrío...    

2012-11-07

The vampire´s ghost

THE VAMPIRE´S GHOST
Director: Lesley Selander. Con John Abbot, Charles Gordon, Peggy Stewart, Grant Withers. USA, 1945




 
 No vaya a pensarse nadie que fuera de la Sacra Universal no hay vida en el cine de miedo: durante la década de los cuarenta pequeñas productoras como Republic o Monogram facturan algunas películas fantásticas, confeccionadas desde la pobreza y rozando las más de las veces la heterodoxia y no pocas, ay, la inoperancia. No es el caso de esta que traemos hoy, modesta a no poder serlo más pero con abundantes puntos de interés para el curtido fan del género.
Es The vampire´s ghost acertada mezcla de dos géneros muy queridos: el de terror y el de aventuras en las junglas de a peseta. Cine Pulp en estado puro, pues, y no es de extrañar: su argumento se debe a Leigh Brackett, autora de ciencia ficción pródiga en revistas clásicas como Planet Stories o Thrilling Wonder Stories y guionista de varios pesos pesados cinematográficos, de El sueño eterno (1946) a Río Bravo (1959) pasando por la mismísima El Imperio contrataca, durante cuyo rodaje falleció. La dirección del todo terreno Lesley Selander, responsable de diez mil B-westerns entre los que se cuenta la serie de Hopalong Cassidy, redondea el agradable aroma a papel viejuno que el filme desprende.




 

"¡África... la tierra donde el vudú (sic) domina la noche... iluminada por una luna siempre mística...!" recita una voz en off al empezar el filme. El África de mentiras, ya la conocen, llena de salacots, bungalows, chozas, taparrabos, nativos supersticiosos y perpetuo retumbar de tambores. Un ambiente demasiado tropical para un vampiro, y sin embargo van a desfilar por ella muertos en serie, cadáveres sin sangre, magnetismo animal y toda la acostumbrada parafernalia, cura incluido, llamicoso, pesado, imbuído de santa intolerancia.
John Abbot, el vampiro heterodoxo, mentón huidizo y ojos de buey degollado, secundario en mil y un filmes, compone un excelente No Muerto al que su eterno aire de indiferencia, desvalimiento y completa falta de escrúpulos no hace sino favorecer. Es dueño de un bar nocturno -adecuada profesión- en la que no falta la exótica orquesta; elegante y cortés como todos los de su especie, es también enamoradizo como está mandado. Gasta un cofrecillo de tierra en lugar de ataúd y sale a la luz del día con la sola protección de unas gafas de sol. En menos de una hora se consuma su destino después de casi quinientos años de existencia.
Un cocktail de géneros nacido de la necesidad de aprovechar escenarios y decorados ya construídos, que se salda con un aprobado alto, qué demonios: no podría ser menos con la predilección que por ambos mundos, el colonial y el vampírico, mantenemos en esta casa. Realización hábil, mucho más de lo corriente en estos casos, un Abbot la mar de disfutable y una ausencia de pretensiones que hace perdonar su completa falta de atmósfera. Qué más puede pedir cualquier enamorado de las fantasías blanquinegras...
 

2012-10-17

The return of Dracula

THE RETURN OF DRACULA
Director: Paul Landres. Con Francis Lederer, Norma Eberhardt, Virginia Vincent, John Wengraf. USA, 1958
 
A estas alturas el ver a Drácula por tierras americanas ya no extraña a nadie, desde aquel primer viaje del Conde Lon Chaney Jr. a las señoriales mansiones de Florida de la mano de San Siodmak en Son of Dracula. Encallecidos como estamos con el chupasangres después de tantos Bláculas, Dráculas 73, Jovencitos Drácula, efébicos no muertos, condes Yorga, sucedáneos charros, italianos sedientos, pakistaníes bailarines, guaperas con colmillos y demás alejamientos kilométricos del personaje de Stoker, lo que realmente sorprende es encontrarse con un filme del género que como en sus raíces se consagre por entero a una misión: dar miedo.

Traslada The return of Dracula al Conde desde las podridas tinieblas de la vieja Europa -el mal, lo antiguo- a la Norteamérica del sueño suburbial, lugar inocente como Nuevo Mundo que es. Siguiendo el esquema que enseñase don Alfredo en La sombra de una duda, el vampiro escapa de sus perseguidores checoslovacos hacia Estados Unidos suplantando la personalidad de un artista huído del Telón de Acero, infiltrándose en el seno de una arquetípica familia respetable y optimista. Allí se dedica en seguida a lo acostumbrado, mordiendo jovencitas y practicando un juego de equívocos sombríos.
 
No es el argumento muy original, ya lo ven, mas sí y mucho sus formas. No hay en The return of Dracula un átomo de humor. De cabo a rabo es sin respiro puro terror del que apela a lo más profundo, el sexo y la religión, no con alharacas grotescas sino hurgando en las esencias, como solo el añorado Stoker supo hacer. El vampiro es el Mal con mayúsculas que infecta y contamina un organismo sano y feliz; la parábola deviene social y hasta metafísica, y el No Muerto muta en arquetipo satánico miltoniano, enemigo de cuerpos y almas, todo grandeza y ambigüedad.
 
Desde el primer al último fotograma lo ominoso pesa como una losa oprimiendo el ánimo. Se encargan de ello una dirección milimétrica, atenta al encuadre, dramática, encaminada fatalmente hacia el morbo y la oscuridad; una fotografía de quitar el hipo capaz de convertir en gótico lo cotidiano; y un guión que, prodigiosa metamorfosis, cambia un argumento conocido en nuevo sin incurrir un solo instante en la parodia.
 
Y menudo Drácula compone Francis Lederer, nada menos que el amante de Lulú Brooks en la sagrada La caja de Pandora. Educado, viril, imponente No Muerto de ojos acuosos, cadavérico y seductor, atracción del mal canalizada por una pulsión sexual de destrucción que casi se palpa. Una de las incursiones del Conde más convincentes de la pantalla que devuelve al personaje a los orígenes y logra que por una vez olvidemos su cualidad de icono Pop, narrada con tal convicción y firmeza que consigue  hacernos ver un filme de vampiros como si fuese la primera vez. Milagros de la serie B.
 

2012-10-06

Arturo Fernández contra la Bestia del Terror

EL SONIDO DE LA MUERTE
Director: José Antonio Nieves Conde. Con Arturo Fernández, José Bódalo, Soledad Miranda, Lola Gaos, Ingrid Pitt. España, 1966
 
Fue don José Antonio Nieves Conde uno de aquellos jóvenes formados a la sombra del Régimen (de Franco, por supuesto) que sin plantearse romper con la dictadura, se creyó el cuento de la revolución social que Falange tenía que traer y que en el mejor de los casos quedó en eternamente pendiente. Lo que no impidió que Nieves realizara uno de los más estimables filmes denuncia de la posguerra que todos ustedes debieran conocer al dedillo: Surcos, facturada en el año 1951, el mismo en que dirigiese la peli de propaganda católica Balarrasa. Ya lo ven: una de cal y otra de arena.
 Semejante trayectoria, como pueden imaginar, le valió un montón de odios y manías de uno y otro lado. Con todo, nadie se atrevió a decir que don José Antonio no supiese usar una cámara. Narrar en imágenes es arte que nunca se le escapó, ahí están para demostrarlo títulos como el trhiller Los peces rojos (1955), amargas comedias neorrealistas como El inquilino (1957) o gloriosos encuentros de grandes actores -Pepe Isbert y Tony Leblanc- en la piadosa, valga la redundancia, Don Lucio y el Hermano Pío (1960). O este atípico filme de miedo que traemos hoy, El sonido de la muerte, dirigido en 1965, antes de que el fantaterror español de sostenes, colmillos y aullidos inundase nuestros cines de reestreno.  
Dice mucho de nuestro triste desinterés por el pasado el que no pueda verse este Sonido de la muerte más que en copia editada en Norteamérica; y eso que el reparto es de lo más castizo: Arturo Fernández como galán, Lola Gaos haciendo un ama de llaves llamada Calíope, José Bódalo, como siempre a caballo entre lo racial y lo animal, Soledad Miranda, la musa de Jesús Franco, paseando su adorable palmito por el parco escenario donde discurre la acción. No me negarán que solo por ver a semejante elenco combatiendo a un dinosaurio antediluviano la película ya valga la pena...
Y es que el filme es una monster movie, nada menos, con el típico esquema de un grupo de personas atrapadas en una casa que asedia un bicho con muy malas pulgas: de Alien a Musarañas asesinas el planteamiento se ha repetido cien veces. Estamos en Grecia, junto a un variopinto conjunto que mientras busca un tesoro en una cueva, despierta a la incierta criatura surgida de un huevo fosilizado que ha de despacharlos uno por uno. No por sabido deja el mecanismo de funcionar: hábilmente se nos hurta el aburrimiento, lo que tiene más mérito de lo que parece.
Porque el ser atávico en cuestión es invisible, con lo que el peso de la acción recae en las relaciones establecidas entre los personajes, enturbiadas como siempre por la codicia y el sexo. Invisiblidad la del monstruo que evita el ridículo de un maquillaje fuera del alcance de un paupérrimo presupuesto que es a la vez su mayor virtud y su peor defecto. Virtud, porque le obliga a sacar el máximo partido a sus escasos elementos: la cueva del tesoro, la casucha donde el grupo se reúne, los miserables trucajes, consiguiendo que el espectador aguante hasta el final, lo que no es poco.
Defecto, porque la cosa resulta de una austeridad espartana, parquedad que acaba por contagiarse a una dirección funcional sin alharaca alguna. Y también porque, qué quieren, uno ama lo grotesco, la estética desvergonzada de las barracas del terror de las ferias, y añora pues contemplar a ese monstruo de goma que -no sin motivo- se nos tiene oculto todo el metraje de esta rara avis del cine español...

2012-09-12

Especial Monarcas Extravagantes


Los añorados Programas Dobles del Abuelito presentan:
ESPECIAL MONARQUÍAS RARAS

Que todas las monarquías acaban por ser la mar de raras, cuando no cosa peor, es asunto conocido. La serie Z bien que lo supo desde un principio, y desplegó el más extravagante conjunto de reyes y Reinas que la mente humana pueda concebir. Para muestra un botón, o mejor dos, estos que les traigo hoy para que se entretengan...
QUEEN KONG
Director: Frank Agrama. Con Robin Askwith, Rula Lenska, Valerie Leon, Carol Drinkwater. Color, Inglaterra/ Rep. Federal Alemania/ Italia/ Francia (¡todos pusieron pasta!), 1976  
Un conjunto de muy buen ver de feministas en shorts fleta un barco para rodar una película en Skull Island, no sin antes haberse traído metido en un saco al galán del filme, rubiasco pelilargo y tontilón llamado Ray Fay. Dirige la expedición una maitresse dominante provista de fusta, entre números musicales de vodevil, montones de piernas, plantas que pellizcan traseros, danzas picantes y risibles dinosaurios de goma.
 Porque en la isla encuentran, por descontado, a una tribu de espectaculares modelos en bikini que custodian el hogar de Queen Kong. La mona gigante, con tetitas y felpudo, viene a encapricharse rápidamente del único varón rubio y heterosexual que ha visto en su simiesca existencia. De ahí a su captura y exhibición pública en Londres no hay más que un paso, cabe imaginárselo.
Comedia underground desternillante y chiquitesca más fresca que una lechuga, que se ríe hasta hartarse de Dino de Laurentis y su King Kong pijo a base de chicas guapas, chistes inteligentes, diálogos increíbles -incluyendo algunos “Unga-batunga-munga-bongo para hablar con las amazonas- y un humor a caballo entre John Waters y Benny Hill capaz de alegrar el día a la más depresiva de las criaturas. Siempre que se deje acunar a gusto por la total falta de vergüenza, claro está...

QUEEN OF OUTER SPACE
Director: Edward Bernds. Con Zsa Zsa Gabor, Eric Fleming, Dave Willock, Laurie Mitchell, Lisa Davis. Color, USA, 1958
Que el espacio está poblado por monstruos de ojos saltones y chicas guapas parcamente ataviadas es una verdad incontrovertible de la que las películas se han cansado de dejar testimonio. Tanto, por lo menos, como de mostrar que siempre es la monarquía absoluta el sistema elegido para gobernarse por esta caterva de alienígenas en braguitas: así quedó patente en Cat women of the Moon, Missile to the Moon, Voyage to the Prehistoric Planet y otros documentales científicos de comprobada solvencia. 
Que a la imponente Zsa Zsa Gabor, Miss Hungría 1936, le sobra tronío para encabezar la lista de Monarcas Siderales, no creo que nadie lo ponga en cuestión. No lo hizo ninguno de sus nueve maridos -entre los que se encontraban Jack Ryan, el inventor de la Barbie, o el gran George Sanders-, ni por supuesto de sus amantes, desde Kemal Ataturk a Richard Burton, el presidente Nixon o Sean Connery.
Quien lo dude, que vea este clásico de la ciencia ficción de saldo, descerebrada y multicolor. Es muy parecido a cualquier otro de la serie: astronautas llegan a un planeta habitado por pin-ups en minifalda, combaten con arácnidos de goma y regresan emparejados a la Tierra, pero la sola presencia de doña Zsa Zsa ejerciendo como Reina de una estilizada Popilandia Galáctica le convierte en algo especial. O sea, lo mismo de siempre pero con más glamour. Lo que en cine como este no es poco decir... 

2012-09-03

Círculo Criminal

THE CROOKED CIRCLE
Director: H. Bruce Humberstone. Con James Gleason, Zasu Pitts, C. Henry Borden, Ben Lyon. USA, 1932
 
¡¡Yambo, nietucos!! ¡Desde lo más profundo de los bosques, desde el paraíso primigenio tosco y arisco, desde las eras olvidadas del tiempo...El Abuelito ha regresado! Un año más toca sumergirse en esta realidad áspera, que combatiremos a base de inmersiones en lo No Existente, como nos gusta hacer: en viajes al pasado de papel, a lo ficticio, a lo extraordinario, al universo desconocido y sin embargo tan real como la cotidianeidad brutal que se nos reserva, por más que a base de palos ésta nos semeje verdadera existencia y lo soñado mentira ¡Craso error!  
En fin: que ya estamos aquí de nuevo. Con la canasta llena de trastos, de papeles amarillentos, de imágenes de quitar el hipo, de celuloides rancios, de mis manías de siempre, qué caray, que soy ya demasiado viejo para cambiar y además no me da la gana. Y para comenzar temporada, qué más indicado que un filme neta y esencialmente abuelitesco, trasunto inmejorable del Cine Folletín tan querido por aquí, empírica demostración de que en esto de la narrativa popular (de toda narrativa, me temo) es la forma quien condiciona irremediablemente el fondo... hala, fuera ya de murgas semánticas y al grano con esta primera lección...
Un sótano. Una escalera por la que desciende hasta allí un encapuchado. Otras personas de semejante guisa le aguardan en torno a una mesa redonda, presidida por una calavera. Solemnemente se juramentan para decretar la perdición de su mortal enemigo, el jefe de la organización El Club de la Esfinge. Acometerá el crimen aquel de entre ellos que extraiga de una baraja el naipe fatal de la muerte... ¿Cabe comienzo más indicado para que cuantos amamos la iconografía del misterio nos estremezcamos de placer en nuestros asientos, incrédulos ante tanta maravilla?
Es The Crooked Circle modesta producción de la Década de Oro, los treinta, era decisiva en la que se fijan las estéticas, procedentes del papel y el cine mudo, que han de definir el alma de toda la ficción del siglo y aún de después, magma de folletín y pulp, mundo de certidumbres aquí definido en inmaculado blanco y negro, forma primigenia tan de agradecer para cuantos gustamos lo sincero sin ambages ni alharacas.Su envoltorio es el de típica cinta Old Dark House, ya saben: aquel género tan en boga entonces con varios invitados a una mansión llena de pasadizos secretos, relojes de pared, crímenes y sujetos de doble filo y mirar atravesado.  

Modélica hasta el asombro, ni uno solo de los amados lugares comunes falta a su cita. Dos organizaciones secretas frente a frente, un anónimo jeroglífico que decreta la muerte a su receptor, un yogi con turbante, bigote y poderes hipnóticos que se llama Yoganda, un jorobado siniestro que no habla más que de maldiciones y aparecidos, una casa encantada por espectro violinista, un sarcófago de momia egipcia, un esqueleto andarín, puertas falsas, cómicos malapata y una buhardilla llena de trastos con esa pátina como cadavérica tan propia de los objetos olvidados... Ya les digo: un desfile de prodigios para no dar crédito los ojos.
 Y todo fluyendo de manera natural, sin que una sola de las piezas del enganaje chirríe en demasía. Decorados canónicos, fotografía más que correcta, interpretaciones precisas -esa histriónica Zasu Pitts, antigua estrella de Von Stroheim que devino voz para la Olivia del Popeye animado-, toques de comedia bien insertados, un conjunto que comparte lo mejor de la sencillez y falta de pretensiones de las producciones pobres americanas y que está a la vez muy por encima de lo que aquellas nos tienen acostumbrados. Tal vez no sea una obra maestra, pero resulta inmejorable muestra para definir el tipo de cine que se adora en este Desván.

2012-07-24

Cuentos de hadas tenebrosos -5: Macario

MACARIO
Director: Roberto Gavaldón. Fotografía: Gabriel Figueroa- Con Ignacio López Tarso, Pina Pellicer, Enrique Lucero, Mario Alberto Rodríguez. México, 1960


Se colaron, se ve, en los zurrones de los europeos que viajaron al Nuevo Mundo no poca cantidad de seres feéricos que colonizaron, a su modo, aquellas tierras. Las del Norte, perdiéndose entre los brumosos bosques y haciendo brujerías a la europea; las hispanas, como siempre, mezcladas a la fuerza con toneladas de catolicismo: es nuestro sino. En el Desván vamos a seguir el ejemplo de don Pablo Molino, y a las películas rusa y finesa de este mini-ciclo dedicado al Cuento, sumaremos por último este título capital, verdadero Clásico del Cine con mayúsculas proveniente de México: Macario es su nombre.


Hay que tener consideraciones con los muertos” –se dice en un momento del filme- “porque total pasamos mucho más tiempo muertos que vivos”. Especial relación, única en el mundo, la que une a mejicanos y difuntos; no es de extrañar pues que a la hora de escoger un relato del patrimonio popular europeo para adaptarlo a tierras charras, el escritor Bruno Traven –el escurridizo autor de El tesoro de Sierra Madre- se inclinase por “La muerte madrina”, protagonizado por la Huesuda en persona y recogido en Germania por los Hermanos Grimm. AQUÍ pueden leer, si gustan, el conciso relato original.
Cuenta la historia de aquel mísero leñador que, negándosela al mismo Dios y al Diablo, comparte su comida con la Muerte y recibe como recompensa un agua milagrosa capaz de curarlo todo. Estética, modos, lenguaje, interpretación y puesta en escena son netamente mexicanas. Y sin embargo, como sucede con las obras maestras, tal cosa convierte al filme en más universal todavía: ir de lo particular a lo general, creo que llaman a tan difícil arte.

Un México el mostrado a caballo entre el ensueño y la vida, claro precursor de tanto realismo mágico como vendría después. La pesadilla del protagonista, prodigiosa secuencia plagada de calaveras, la celebración del Día de los Muertos con toda su parafernalia festiva y siniestra, la omnipresencia de la Iglesia y de la religión en general o la misma caracterización de Satanás como charro, Cristo como ermitaño de blanco atavío -en los cuentos, el Crucificado sigue recorriendo la tierra después de muerto, desde Mallorca a Bretaña se le encuentra- o la Muerte campesina de poncho y huaraches: iconografía local que otorga al relato certificado de autenticidad.

Denunciado Macario a la Inquisición, que nunca el rico consintió la competencia del pobre, comienza su proceso solemne y macabro, como corresponde a la naturaleza esencialmente maligna del Poder. De las mazmorras y los verdugos a la Gruta de la Muerte, igualita a la que salía en Las Tres Luces de Lang, llena de velas que representan existencias, todo conduce al inevitable desenlace que a todos al fin ha de igualarnos. Cuento de sabor amargo como pocos, por eso mismo portador una visión poética inusual, con de un halo de misterio y fatalidad rara vez expresado en el cine con tal sencillez y verdad...