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La trilogía

La obra de César Tort en castellano comprende tres libros. Usando su propia vida como eje, este primer volumen (comprarlo: aquí) ofrece una visión global de casos graves de maltrato de los padres con sus hijos, y las secuelas en la vida adulta de estos últimos. El daño psicológico causado por padres abusivos es un tema en el que muy pocos autobiógrafos han incursionado. La trilogía de César Tort, Hojas susurrantes, ¿Me ayudarás? y Lágrimas entra de lleno a un mundo apenas explorado cuya puerta la escritora suiza Alice Miller abrió.

Los cinco capítulos de este volumen consisten de (1) una larga epístola a una madre devoradora; (2) cómo la siquiatría invariablemente se pone de parte de los padres abusivos y en contra del niño; (3) memorias sobre la infancia y anécdotas personales sobre el tabú de criticar a la figura parental—tabú que persiste incluso en las llamadas “profesionales de salud mental”—; (4) una presentación de la psicohistoria usando a la América precolombina como paradigma de una cultura infanticida, y (5) un perturbador capítulo final donde se denuncia a la doctrina cristiana de la condenación eterna. Había sido la conducta abusiva del muy católico padre lo que engendró, en el inconsciente del autor, a un perseguidor interno en forma de temor a la condenación.

De haber habido comunicación entre papá e hijo adolescente, todo el infierno mental que destruyó su vida ulterior habría sido evitado.

En este segundo volumen (comprarlo: aquí), César Tort continúa el análisis sobre sus padres iniciado en el previo volumen, especialmente cómo y porqué llegaron a ser tan destructivos con sus primeros hijos, y una de sus sobrinas.

Los cinco capítulos de este volumen consisten de un análisis del padre del autor, quien, al creerse las calumnias de su esposa, traicionó horriblemente a su hijo adolescente. Ya crecido, César Tort también analiza la causa del trastorno de su difunta hermana, también martirizada mental y emocionalmente por sus padres; reflexiona sobre la terrible madre de ambos y el trágico caso de su prima hermana, quien también falleció. Al final, César Tort confiesa cómo fue que transferenció el amor que originalmente sentía por su familia a una vida no humana.

En las páginas finales de este tomo vemos un atisbo de los fundamentos de la filosofía de César Tort, convertido en eremita por la fuerza del sino: filosofía que desarrollará con más profundidad en el volumen final.

Lágrimas (comprarlo: aquí)—previamente titulado El Grial pero añadiendo unas páginas después de que la madre del autor murió—consiste de una colección de viñetas autobiográficas, reflexiones raciales y finalmente filosóficas sobre lo escrito en los previos tomos. César Tort no sólo termina de analizar a sus padres. La tragedia que desde su adolescencia lo minusvalidó en sus encuentros románticos, y fastidió moralmente a otros miembros de su familia, lo liberó del mandato de amar al prójimo. Para el superhombre el odio exterminacionista contra quienes atormentan animales y niños se ha convertido en una nueva religión: el camino para purgar al mundo de formas obsoletas de vida humana y animal.

Aunque las “cuatro palabras” son el fundamento para una nueva forma de conciencia que ya ha aparecido en la Tierra, detrás de tanto odio sólo hay una gran necesidad de llorar…

Published in: on 14 junio, 2024 at 11:02 am  Deja un comentario  

Qué es la pedagogía negra

Aclaración: Podríamos definir a la pedagogía negra, el término que la psicóloga suiza Alice Miller popularizó, como la acción refleja de los normies de aleccionar a la víctima de maltrato parental en lugar de entender que están frente a una tragedia familiar y psicológica. Al igual que la previa entrada en que juego con los símbolos del Tarot, el presente es un post en el que recojo unos textos que originalmente iban a venir en mi trilogía, pero que al final de cuentas preferí exhumarlos para este sitio:

 

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Decía que la moraleja de lo sucedido con Catalina me impresionó en demasía pues incluso, a tan tardía edad en que me atreví a pasar al papel esas memorias, desconocía los niveles de devastación psíquica causados por lo que mis padres me hicieron. Y esto me mueve a escribir que el poder del género literario que quisiera inaugurar podría avasallar a toda la inmundicia que se enseña en las universidades sobre lo que llaman sicología, si tan sólo unos cuantos autores que llegaran a la fama revelaran los estragos que algunos padres causan. El caso es que la gente en general desconoce la categoría de apego de un hijo con un padre como el mío. La gente vive en la más densísima tiniebla respecto a cómo funcionan sus propias mentes, y es tan absurdo creer que el asunto de sanarse es volitivo (en lugar de reconocer lo que es: una descomunal lesión en el yo interno) como pedirle a Corina que simplemente abandone sus paranoias, o a Octavio [Nota del autor para estas Hojas eliminadas: Octavio fue mi primo hermano que se suicidó el mismo día que mató a su hija] que haga un esfuerzo de voluntad para olvidarse de su ideación suicida u homicida. Aquellos lesionados que creen que el humano es dueño y señor de sus emociones terminan como mi hermana, o como mi primo. Es la ausencia del género literario que revele nuestros corazones lo que me motiva a añadir esta tardía entrada.

Pues bien: a lo largo de los años me deshice de muchas películas (en DVDs) con mensajes malos que estaban en el estudio de mi padre. Conservé sólo aquellas que merecen conservarse, ordenándolas por la carga afectiva que he sentido por ellas. Es revelador que las que quedaron en los primeros cuatro lugares sean películas que había visto de niño cuando papá me llevó sólo con él a los antiguos teatros de los años sesenta donde las pasaban: 2001: Una odisea del espacio, El planeta de los simios, Jasón y los argonautas y Ulises en el orden como las dejé. Hubo otras que vi con papá en esa década pero no he podido indagar cuáles fueron, por lo remoto de las memorias. Después, los discos ya ordenados incluyen a La bella durmiente que, como vimos hace mucho, la vi con mamá de pequeñito; y luego La novicia rebelde que vi más de una vez de niño, también en los años sesenta, aunque de esta última ya no recuerdo a mi madre. Ben Hur, como también vimos hace mucho, le impresionó no sólo al niño sino al púber César en su viaje a Cintalapa, y en los videos ordenados luego aparece Hamlet que, a diferencia de las otras, vi con papá ya en la televisión, después de haber padecido sus primeros arrebatos Hyde. Después de Sensatez y sentimientos y Orgullo y prejuicio que tanto le gustaban a mis padres, aparece Muerte en Venecia que vi cuando mis padres ya me habían destrozado, aún viviendo en Palenque. Luego aparecen en el estante Inteligencia artificial, Shane, la antigua de Viaje al centro de la tierra que vi con mi familia en la pantalla grande y Tiburón. A esta última la vi solo en 1976 durante la etapa más negra de mi vida. En casa de los Galindo comenté sobre la película a la Yoya (aún recuerdo su mirada, como tirándome de loco, en tiempos en que la infame calumnia de mi madre era difundida en la familia). Shane tiene un significado especial por lo dicho en mi previo tomo pocos días antes de que muriera papá.

Así que, de las setenta y cinco películas que quedaron después de mi gran purga, las primeras que puse en un lugar privilegiado son un tesoro de mi corazón porque había ido sólo con papá a verlas, mucho antes de la tragedia (a esa edad, como sabemos, los años parecen eras enteras). Que esas añejas memorias aún habitan en mi núcleo es notorio desde mi vocación de cineasta a tan temprana edad: un clarísimo introyecto del buen papá antes de la metamorfosis familiar. Y si digo que es charlatanería lo que en la universidad se dice sobre el alma humana es porque, al ignorarla, han sido incapaces de entender cómo esas metamorfosis Jekyll-Hyde te rajan el espíritu. Ese es el mensaje de mi sueño “Boquiabierta de atacado” de mi previo libro, y a lo que quiero llegar es que hay un umbral que hay que cruzar: umbral que nadie que conozco ha cruzado y que, de cruzarlo, el nuevo género literario podría poner a la humanidad de cabeza.
 

La discípula de Jung

En la primera página del capítulo introductorio de Carl Jung a El hombre y sus símbolos el compilador escogió una imagen que cubre la página entera: la entrada a la tumba del faraón egipcio Ramsés III. La idea era mostrarle al lector, en un libro que popularizó a la psicología profunda, que estaban por ingresar a un viaje de descubrimiento del inconsciente. Claro está que, después de Alice Miller, la terapia junguiana nos parece un extravío. Pero fue editorialmente acertado poner la imagen del umbral incluso antes de la primera palabra salida de la pluma de Jung: ilustra la iniciación al misterio del propio inconsciente. E inconsciente tiene por necesidad que ser, en tanto que el problema del apego con el perpetrador ha impedido a los humanos entrar al inframundo de su propia mente.

A la puerta egipcia de la primera página de El hombre y sus símbolos la interpretaría hoy día como la puerta que Miller abrió: el pasaje a un mundo al que apenas acabamos de entrar. A este mundo ni Jung ni ningún otro psicólogo teórico o clínico entró. Ni siquiera Miller misma, quien tan sólo nos abrió la puerta. Como vimos en mis anteriores tomos, Lidz, Laing, Arieti y más recientemente Ross vieron la puerta, pero no la abrieron en tanto que fallaron en ponerse de parte de la víctima al nivel de lo que Miller llamó un testigo cómplice. El caso de Colin Ross, el único que vive de los mencionados, lo ejemplifica. Hablando de sus cliente, dijo que padecían del irresistible deseo de que sus padres comprendieran lo sucedido—en mi metáfora, hallar el Grial—para poder sanar. En mi libro sobre Leonora vimos que ella necesitaba reconocimiento de parte de mi madre de que el fallo provino tanto de mi madre como de mi padre. Sólo así era posible sanar, recobrar la propia cordura. Recuérdese el revelador sueño con el que inicia Leonora, el cual ilustra la añoranza por el Grial de manera muy dramática. Pero a renglón seguido de esa observación que hizo Ross de sus clientes, añadió algo que me irritó. Lo cito de memoria: que “las probabilidades de que eso ocurra son cero”, como queriendo decir que es una demanda irreal, o irracional, pedirle a los padres de sus clientes que cobren conciencia de lo que hicieron.

Aquí se ve que Ross no funge como testigo cómplice en su Instituto Ross del Trauma Psicológico a pesar de que usa al modelo del trauma de los trastornos mentales. Sólo compárese la postura de Ross con mi terapia A.I. que, aunque irrealizable, en tal fantasía la víctima percibe que me pongo de su parte y de manera incondicional. Si no es posible llevar a cabo semejante terapia al menos no le cuelgo un yugo, análogo al perdón unilateral, al cliente. Recordemos que sólo los padres conocen el password para sanar al hijo víctima. El hecho que, a diferencia de cuentos de hadas como la película de Spielberg, se nieguen a teclearlo, habla tan horrores de la humanidad que precisamente por eso he ideado una ideología exterminacionista. Si bien Ross vio la puerta que abrió Miller, no llegó a cruzarla. Pero los discípulos de Jung ni siquiera vieron la entrada a la tumba del faraón, a pesar de que la pongan en primera plana. Los sicoanalistas que ni siquiera ven la puerta dicen cosas aún más equivocadas que lo que dijo Ross. En la página 219 de la traducción al castellano del capítulo sobre el triunfo La Justicia de Jung y el Tarot, Sallie Nichols, una discípula de Jung, nos dice sobre el viaje arquetípico del héroe:

Tiene ya que dejar de reprender a sus padres o al Destino por las faltas cometidas contra él, por reales que éstas sean, y soportar el lastre de su propia culpabilidad. Solamente la persona loca está interesada por la culpa de otros, puesto que esto no puede cambiar. Si el héroe sigue viendo a sus padres como los malvados responsables de sus carencias y limitaciones, está tan atado a ellos todavía como cuando los consideraba salvadores infalibles.

Aquí Nichols parece estar en línea a las terapias que aplica el último idiota [me refiero al doctor Luis Cuevas, al que le dediqué un capítulo en uno de mis libros]. Su “puesto que esto no puede cambiar” es similar a lo que dice Ross: si la probabilidad de que los padres reconozcan su propia falta es cero, el yugo de sanarse recae en la víctima. Nótese, además, la morrocotuda contradicción en la frase: “Tiene ya que dejar de reprender a sus padres o al Destino por las faltas cometidas contra él por reales que éstas sean y soportar el lastre de su propia culpabilidad” (énfasis añadido). Aunque las faltas de los padres sean reales, la víctima debe culparse a sí misma.

Esto es precisamente lo que en mi segundo libro bauticé como “revictimación”: una práctica iatrogénica que nos impide sanar a menos de que rompamos con todo modelo “terapéutico”. Nichols escribía su texto cuando Miller aún no había publicado su primer libro. Jamás vio la puerta de Ramsés en tanto que, si comparamos el análisis de Nichols con el de Lidz, Laing, Arieti y Ross, al menos éstos sabían que el maltrato extremo en el hogar causaba la psicosis. Lo que escribió Nichols en la cita de arriba no fue un lapsus aislado. La pedagogía negra de esta discípula de Jung es manifiesta en otros pasajes.[1] Nichols no está sola por supuesto. Si hay algo que me llama la atención sobre el maltrato de padres a hijos es que la gente vea todo al revés en tanto que, hasta no culpar a la sociedad de nuestra desgracia declarándose uno inocente al ciento por ciento, nos será imposible comenzar a armar nuestros pedazos después de que nuestros padres nos tiraron desde la torre.
 
A quienes quieran aleccionarnos con pedagogías negras

Hasta no culpar a la sociedad de nuestra desgracia, declarándose uno inocente al ciento por ciento, es imposible comenzar a armar nuestros pedazos psíquicos después de que nuestros padres nos dejaron como la carta de La Muerte [véase el post que le sigue a éste, donde explico la metáfora]. Recuérdense siempre estas palabras: “Si se necesita una aldea para criar a un niño, se necesita una aldea para maltratarlo”. Así fue como un personaje que fungió como abogado resumió el problema en la película En primera plana, en tanto que todas las instituciones de Boston coludían para ocultar la endémica pedofilia de la iglesia.[2] Justo esa había sido mi idea en De San Francisco a Himmler: una aplanadora de multivolúmenes que demostrara masivamente mi inocencia y la culpabilidad ajena; expandiendo, como he dicho, el desfile de los idiotas de la segunda parte del libro intermedio de mis Hojas. El punto es que para comenzar a recuperarse uno debe recobrar su autoimagen previa al asalto al yo. Y eso es imposible con tan gran constelación de gente como Cuevas culpando a los adolescentes ya sea dentro o fuera de sus consultas. Sin embargo, como no tengo tiempo para semejante empresa literaria, qué mejor que citar las letras de Miller en El saber proscrito para responderle a Nichols y compañía:

[El hijo víctima de sus padres] necesita estar rodeado de personas que se pongan sin reservas a favor del niño. Yo no encontraba en ninguna parte a esas personas, ni siquiera en los terapeutas primarios. Quería saber lo que había sucedido en mi primera infancia, pero me faltaban los instrumentos necesarios. Con mis herramientas de sicoanalista no iba a ninguna parte. Viendo cómo muchos terapeutas siguen negando la verdad acerca de los malos tratos en la infancia, no me cuesta nada imaginarme que ahí se halla una parte importante de la respuesta a mi pregunta.

Al principio casi no podía concebir que mis ideas fuesen correctas a pesar de ser yo la única que las sustentaba. Si todos estaban de acuerdo, pensaba, en que sólo se pueden superar los síntomas si se perdona a los padres, ¿cómo puedo estar segura de no engañarme? Al fin y al cabo todos los demás, en conjunto, tienen que poseer mucho más experiencia que yo. Sólo una cosa me dio la respuesta: los recuerdos, recientemente evocados, del terror destructivo de mi madre. Comprendí que ese acuerdo general entre todos los terapeutas no es fruto de sus experiencias, sino de su educación.

En las numerosas discusiones de grupo en las que abordé el tema, apenas si había terapeutas que pudieran desprenderse de la creencia de que para librarse de los síntomas hay que perdonar a los padres… No se daban cuenta que de tal manera ejercían una manipulación pedagógica, y ello para alcanzar un objetivo al servicio de la moral tradicional. Al aliarse con dicha moral, los terapeutas recogen la herencia de los educadores que siempre se ponen de lado de los adultos y en contra del niño.

El sustrato moral de esas terapias era la ineludible exigencia educativa de perdonar a los padres una vez pasados los accesos de ira temporalmente permitidos. Tuve noticia de una persona que, al final de una terapia semejante “se lo perdonó todo” por fin a su padre—un sádico—, y al cabo de dos años mató, sin motivo aparente, a un hombre que no tenía culpa de nada. Esa información confirmó mis suposiciones. Como ya ha perdonado a sus padres durante la terapia, el sujeto no podrá dejar paso a sus nuevos sentimientos de ira, y correrá el riesgo de proyectarlos sobre otras personas. Dado que entiendo por terapia el descubrimiento sensorial, emocional y mental de la verdad reprimida en el pasado, veo en la exigencia moral de reconciliación con los padres un bloqueo y una paralización insoslayables del proceso terapéutico.

Tan ubicua es la pedagogía negra que, en las misivas dirigidas a Miller, frecuentemente se hallan consejos y regaños parecidos a lo que la junguiana escribió, o a lo que el último idiota dijo enfrente de mi madre. He aquí unos ejemplos de lo que los lectores le escribieron a Miller:

“Eso sin duda fue un mal trago para usted, pero hace ya tanto tiempo. ¿No va siendo hora de olvidarlo?”

“El odio no le hace a usted ningún bien, le envenena la vida y prolonga su dependencia de sus padres. Hasta que no se reconcilie con sus padres, no se verá libre de ellos”.

“Intente ver también el lado positivo. ¿Verdad que sus padres a los que usted califica de malvados le pagaron sus estudios? ¿No le parece que usted es injusta?”

“No quiero forzarla a perdonar, pero no tendrá usted paz si sigue siendo tan intransigente, si no perdona”.

“Nadie se cura echándole la culpa a otros. No hay que olvidar que el niño también tiene una responsabilidad”.

“Los padres también son personas y pueden equivocarse”.

¿El niño también tiene responsabilidad? Esto está a un paso de la respuesta psicótica de Juan del Río en su primera clase de Escatología al culpar al bebé de lo que le hacen los adultos. ¡Seguir la moral tradicional, responsabilizarse a uno mismo de lo que nos sucede, fue exactamente lo que Octavio hizo a lo largo de su vida adulta y ya vimos cómo terminó! Miller respondió a los llamados píos a la moral tradicional citados arriba de este modo:

Todas estas afirmaciones tienen algo en común: son desorientadoras y falsas, pero pasan generalmente por verdaderas, pues las conocemos desde siempre. El odio reprimido e inconsciente tiene efectos destructores, pero el odio vivido no es veneno, sino uno de los caminos por los que se sale de la trampa, del disimulo, la hipocresía o la franca destructividad. Y uno en verdad se cura cuando, libre de sentimientos de culpabilidad, deja de exonerar a los auténticos culpables; cuando uno se atreve a ver y sentir por fin lo que éstos hicieron.

El peligro de acudir con terapeutas, incluso los que han leído a Miller, es que la víctima es vuelta a violar en sus consultas. No es de extrañar que quienes hemos sido víctimas de esta segunda violación hayamos, de adolescentes, caído en pánico. De las palabras de Jeffrey Masson las que más me gustan son las siguientes: “Cada vez que se niega, ignora o invalida nuestra propia verdad experimentamos el mayor temor que podamos conocer: la amenaza de la aniquilación de nuestro yo”.

Las cursivas son mías, y hay que ejemplificarlas no sólo con lo que Amara me hizo a los diecisiete años, sino con los oídos sordos en el libro intermedio de mis Hojas, apostillado en previas páginas. No por nada Masson escribió esas palabras casi al inicio de su libro en contra de las terapias.

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[1] Sallie Nichols, Jung y el Tarot (Barcelona: Kairós, 1989). Véanse, por ejemplo, las páginas 33-34, 277, 308, 375 y 386.

[2] En el original en ingles me refiero a las palabras de Mitchell Garabedian: “This city, these people… making the rest of us feel like we don’t belong. But they’re no better than us. Look at how they treat their children. Mark my words, Mr. Rezendes: If it takes a village to raise a child, it takes a village to abuse one” (véase la película donde se escuchan estas sabias palabras: Spotlight).

Published in: on 3 mayo, 2022 at 8:25 pm  Deja un comentario  

La Luna del Tarot

“Mientras no mueras y resucites de nuevo,
eres un desconocido para la oscura tierra”.

—Goethe

He dicho que no creo ni en la magia ni en las artes mánticas. No obstante, la odisea de mi vida entera puede entenderse con símbolos arquetípicos, a fin de ahorrarme las miles de páginas que habría cubierto De san Francisco a Himmler:

El Sol. Yo estuve en ese jardín vallado, como se ve en el muro dibujado detrás del par de niños en la ilustración de Marsella. Ese jardín fue mi Palenque cuando era un niño, de 1967 hasta 1974. Alcancé los momentos más perfectos de mi vida al cruzar, en varias ocasiones, al lado del tronco de mi gran árbol a la izquierda y la pared de la casa de los vecinos a mi derecha. Nada sabía de los horrores del mundo en ese paraíso vallado. Mi salud mental en esos momentos fue de verdad absoluta.

La Emperatriz. El problema inició cuando mi madre no pudo concebir que su hijo mayor comenzara a crecer. A mis quince años, y aún más cuando cumplí dieciséis, mi crecimiento se convirtió en una amenaza para una mujer insegura que quería mandar de manera tiránica. Nadie podía tener mente ajena a la de la emperatriz, y a quien osara tenerla había que ponerle ladrillos en la cabeza.

El Diablo. Una madre endiablada no habría podido destruirme, pero comenzó a susurrarle diabluras a su marido. En la imagen sobre esta carta vemos a dos sujetos degradados, un hombre y una mujer adultos, encadenados al Chamuco que los controla. Ese enorme Diablo, en tanto que mis padres nunca llegaron a ver sus rabos—rabos que aparecen en la carta de Marsella en mi tomo anterior en el capítulo final de Madre, bajo el rubro “Mi bisabuelo sin ojos”—, fue su perene folie à deux que tuvo su punto álgido en 1976, y que destruiría más de una vida.

La Muerte. En los sueños repetitivos que Corina tuvo ese año y en 1977 me soñaba descuartizado. En el dibujo de esta carta se ve a La Muerte con su guadaña y dos cabezas decapitadas en el suelo, un joven y una joven, con los manos y pies amputados también en el suelo. Eran tiempos del inicio de la muerte psíquica tanto mía como de mi hermanita: ambos desmembrados por nuestros padres otrora amorosos, ahora asesinos del almas.

La Rueda de la Fortuna. Pero aún quedaba nuestra querida casa de Palenque. En 1978 el par de humanos con pezuñas encadenados al Diablo nos la arrebataron. Fui a parar a un lugar maldito en el que apenas podía dormir de arrimado con mis hermanos: ellos en camas y yo en un incómodo sofá. Del jardín vallado con mi querido árbol la fortuna me volteó al nadir del mundo: a un mar de ruido en tanto que el cuarto de los hermanos daba a un ruidosísimo viaducto. Jamás me recuperé del vuelco de la fortuna al abandonar Palenque: el más brutal golpe que recibí en la vida.

El Loco. Después de morir psíquicamente y del vuelco, del hijo más privilegiado al más marginado, quedé virtualmente como el personaje de esta carta. Cierto que huí de nuevo algunos meses a la casa de mi abuelita, pero ese mismo año del 78 tendría un sueño en que sólo un sarape me cubría en el parque al que iba, y debajo del sarape estaba desnudo. El sueño se repetiría varias veces: símbolo de que me había quedado como la figura del Tarot, un desposeído o vagabundo.

El Mago. Para el 79 el vagabundo errante se trasmutó en un aprendiz de mago. Entré a una secta: un gran retroceso de mi etapa del año anterior, en tanto que el desposeído al menos había sido feliz una breve temporada con la abuelita. Los escatólogos engañaron al muchacho confundido y le hicieron creer que podían salvarlo de su infortunio. Uno de ellos le dijo abiertamente que estudiara su metafísica “¡para que tengas dinero y viejas!”

El Colgado. De haber permanecido con mi abuelita sin engaños y lejos de mis padres, el tiempo me habría sanado. La secta fue un descomunal golpe para mi sano juicio. En ese entonces no había forma de que me enterara de sociedades como las de los escépticos de lo paranormal, o literatura que me desengañara de las narrativas neotestamentarias. Escatología me dejaría sin dinero y célibe: lo opuesto a lo que había prometido el Mago Juan (un charlatán en realidad). En algunas versiones del Tarot se ven unas monedas que se le caen al sujeto colgado de cabeza entre dos palos. Encontrarme sin oportunidades en una secta fue como hallarme sin capacidad de moverme en el mundo, con una de mis piernas atada al poste. Sin oficio o carrera me era imposible bajarme de ahí.

El Carro. Todo un libro podría llenar sobre la pesadilla que inició en mayo de 1982 cuando le robé el carro a mi padre para venderlo y largarme a Europa. Así fue como traté de zafarme de la posición del colgado en un Méjico sin oportunidades y sin carrera: huyendo en un carro robado como el que se ve en este triunfo. Pero no escribiré ese libro. Ni siquiera lo resumiré en un capítulo. Sólo quiero rememorar que, al venderlo, me llevé la licencia de manejo de papá y me sentí terrible al ver su rostro al tirarla a la basura en Tejas, en tanto que ahí había sido mi primera parada. Todo el viaje en Greyhound hasta Nueva York sufrí un terrible gusano mental con unos compases de Les noces de Stravinski. En mi locura volé de Nueva York a Londres y luego a París pero no aguanté mucho en Europa. Tuve que regresarme. Mis lágrimas escurriendo en mis mejillas en el estudio de mi padre cuando le regresé lo que me quedaba del dinero del carro robado fueron tan hondas y emotivas que hasta las llegó a sentir. Pero el problema central no se ventiló entre nosotros, por lo que en los siguientes años yo caería, después de leer El fin de la infancia y ya viviendo en el cuarto de azotea de los Galindo, a la gran tiniebla.

La Luna. Inspirado en la novela de Clarke huí de nuevo a los Estados Unidos, esta vez con la esperanza de desarrollar los poderes que había prometido Walter. Jamás me percaté de que, al querer realizar semejante hazaña, entraría de lleno a la negra noche de mi alma. En lugar de “liberar psi” los perseguidores internos me acosaron inmisericordemente por algo que ignoraba: aún no ajustaba cuentas con mi papá. Si vemos la imagen no sólo de Marsella, sino de otras interpretaciones artísticas como la de abajo, se descubren algunas cuestiones.

“El héroe no aparece en la lámina”, escribió Nichols. “Su ego intelectual se halla todavía sumergido, y si ello es posible, cayó más profundamente en una depresión, pues no aparece ninguna figura humana que le ayude a salir de la oscuridad”. La escritora junguiana tenía en mente el siguiente triunfo, el de La Estrella, donde vemos una figura humana, aún de noche. Pero en la Luna el héroe “está tan inmerso en el acuoso inconsciente como lo está el prehistórico cangrejo de río prisionero en el estanque. Ninguna mano alcanza prestarle ayuda, ninguna estrella ilumina su cielo. Éste es el momento más negro de su viaje”. Y efectivamente: en 1985-1988 nadie me socorrió en el vecino país del norte. No importa que Nichols no haya fungido como mi Beatriz en la selva oscura. La interpretación que hace de tan arquetípico símbolo me mueve a identificar esa etapa mía con sus letras. “El territorio que se halla al otro lado del agua es una tierra desconocida. Avanzar por ese lugar de terrores abismales y promesas infinitas requiere un gran coraje. Esta transición que ahora debe afrontar el héroe debe pasarla desnudo y solo… y sin seguridad alguna de llegar a las torres que le hacen señas en lontananza”.

Tenía que transformarme para renacer de aquella noche de terror y las doctrinas escatológicas de la iglesia de Roma. Infortunadamente, en el dibujo original de Marsella (no en el que vemos a la izquierda), el astro celeste “parece succionar las energías del héroe, dejándole totalmente debilitado para cualquier acción que se proponga”. Cuando vivía en California, al igual que los perros, tan atrapados como el héroe bajo el encanto de la diosa de la noche, le aullaba a la Luna porque las torres estaban aún distantes en mi horizonte. La criatura acuática que fui tardó años en recuperar su forma humana y alcanzar una de las torres que albergaba la literatura que me salvaría de la creencia en psi. La otra torre albergaba libros que me salvarían de la creencia en la historicidad de Jesús. Pero muchos años iba a tardar en transitar la vereda de la imagen en esa noche encantada hacia las torres de la sabiduría.

La Estrella. Una regresión a nivel de lobo aullador conduce a la locura, nos dice la junguiana. Pero como ilustra el dibujo de Marsella sobre el siguiente triunfo, La Estrella, había que sentir el rayo de la esperanza que Octavio nunca sintió. A pesar de mis persistentes lacrimae lunae nunca la perdí: siempre creí que era posible salvar, al menos, parte de mi vida después de tan larga noche.

El Enamorado. En febrero de 1988 crucé la frontera al país natal con el fin de escribir con calma la Epístola a la madre. En la carta de Marsella de este triunfo vemos a una mujer fea y a otra bella flanqueando al personaje que Nichols llama nuestro héroe. Naturalmente yo deseaba a la bella, pero la oportunidad con Catalina había pasado. Así, en los años noventa salí varias veces a Europa en busca de una segunda Catalina, en tanto que en el país la mayoría eran como la fea de esta carta. Fracasé en esos viajes intempestivos y tenía que fracasar por necesidad: había huido, una vez más, sin ajustar cuentas con mi padre. Si había fracasado a escasos pasos de la casa de la abuela ¡ya podemos imaginar mi suerte al otro lado del Atlántico!

Cuando a mediados de los años noventa, en un restaurante cerca de su casa, Paulina me dijo que yo era “una buena persona” sus palabras representaron una revelación. Nadie me había dicho eso. Antes no había recibido sino improperios de quienes le creyeron a mi madre, o hirientes indiferencias con quienes quise comunicarme. Pero he aquí que alguien me decía por vez primera algo a contrapelo de lo que me había dicho toda esa basura humana. Aún así, a mis cuarenta fui una vez más a Inglaterra, donde me estuve un año, en busca de la bella de este triunfo.

El Ermitaño. Después de los grotescos viajes a Europa en busca de una mujer no tuve más remedio que abandonarlo todo en busca de una introspección más profunda. Tuve que renunciar a la búsqueda de Eros, que implica un trabajo convencional, en tanto que sin curar mi herida no iba a llegar a ninguna parte. El lazo con el mundo de los mortales estaba roto. Como Miller dice de Nietzsche, el filósofo eremita no podía comunicarse con sus congéneres debido a que acarreaba un gran dolor: algo que yo tampoco podía compartir con otros. Tuve que prescindir de la compañía humana y embarcarme en el autoconocimiento. “A través de su sufrimiento y de su soledad”, escribe Nichols, “estas gentes se vieron forzados a encontrar recursos en su propio interior”. Infortunadamente, y a pesar de que ya me encontraba leyendo los atesorados libros de las torres, aún no era capaz de ver lo que realmente había sucedido en mi vida. La pedagogía negra de Nichols misma e incontables otros me impedía cumplir con el mandato del oráculo de Delfos.

La Papisa. Ya en el nuevo siglo descubrí, en un olvidado y polvoriento rincón de la biblioteca de una de las torres de la sabiduría, a la Miller que cambiaría mi vida.

La Templanza. Pero la judía Miller, quien de niña estuvo en el gueto de Varsovia, tenía grandes limitaciones y no sólo me refiero a su errada visión sobre el canciller alemán. La ilustración de Marsella de este triunfo muestra a un ángel (según Walter, el ángel simboliza una idea que brota de la conciencia de un individuo). Este ángel vierte un líquido de una jarra a otra, el tránsito de una odisea interior a una vuelta al exterior. A finales de 2008, cuando terminé de revisar mis Hojas, descubrí que el mundo estaba tan loco como mi familia. El paso del líquido de una jarra a otra fue el tránsito de las ideas de Miller a los ideales de los nacionalsocialistas.

El Papa. William Pierce fue mi nuevo mentor después de Miller. La iluminación en cuestiones del mundo exterior me llegó gracias a su primera novela y a un libro de no-ficción: su historia de la raza blanca. Con la aparición de un papa en cuestiones del espíritu mi psique ya estaba equilibrada del conocimiento emocional de la papisa (ánima y ánimus según la nomenclatura junguiana).

El Emperador. No sólo el legado de Pierce me ayudó. Fue gracias a los textos de varios nacionalistas blancos que descubrí la estatura de Adolf Hitler, quien debió haber ganado la guerra y su memoria convertirse en el Carlomagno del siglo XXI. Hitler y el nacionalsocialismo reemplazaron al nacionalismo blanco por razones que se desprenden de The fair race. Desgraciadamente, la densa y lunática noche que ha cruzado Occidente desde Constantino impidió este proceso de sanación en la raza blanca, así como Escatología impidió mi ya iniciado proceso de sanación a finales del 78. Lo que padecí en California bajo la severa mirada de la Luna ahora lo padece todo occidental, incluidos los nacionalistas blancos. Increíble rueda de la fortuna: ahora yo el más cuerdo y ellos el loco del Tarot.

El Juicio. En mis cincuentas terminé de resucitar después de la muerte espiritual que me habían inflingido mis padres de chico. El dibujo de Marsella de este triunfo muestra a tres figuras humanas desnudas, pero sólo el héroe sale resucitado de una tumba. Si colocamos las cartas por orden numérico en lo que podríamos llamar Mapa del Viaje, en el tendido de todas las cartas que aparece al final del libro Jung y el Tarot este triunfo se encuentra debajo de La Muerte. “Psicológicamente hablando”, escribió Nichols, serán llamados a una nueva dimensión de conocimiento hasta aquí desconocida”. Y un par de páginas más adelante añadió: “Ahora parece resurgir de su larga noche para unirse a las dos figuras que esperan vigilantes al lado de la tumba”. Usando mi propia metáfora diría que salió el sol después de decenios en mi largo invierno: un sol que no calienta como me calentó en Palenque, pero que al menos me da sus rayos de luz.

Vale decir que en lo más negro de 1976, tiempos de la muerte y desmembramiento de mi espíritu en casa de mi abuela, mi madre me había mandado unas sábanas con figuras curiosas. Seguramente ella ignoraba lo que esas figuras representaban: precisamente las figuras del Tarot aunque no los dibujos de Marsella, sino de Rider (la imagen que recogí arriba sobre La Luna proviene precisamente de esta última). La única imagen que se me grabó de esas sábanas fue precisamente la del Juicio en que un ángel apocalíptico tocaba la trompeta. Pero lo que importa es la figura humana. Nichols escribe sobre la ilustración de Marsella: “La figura que surge de la tumba no es un recién nacido sino un hombre crecido. Ha resucitado”. Quién le hubiera dicho a ese muchacho de diecisiete años que tanto decenio iba a pasar para que la trompeta lo devolviera al mundo de los vivos.

La Fuerza. El triunfo del Juicio significó un renacimiento en mi vida. Una vez pasado este triunfo se acabó la carta que más me ha fascinado: la de la larga y penosa noche oscura de mi alma. La imagen de este nuevo triunfo muestra a una figura humana con un sombrero semejante al sombrero del Mago. Pero el mago estaba loco en los dogmas de una secta. Recordemos la frase de mi carta desde la locura a mi primo hermano: “¿Lo haré Octavio? ¿lo haré? Mas si mi resurrección es entera… el fin del mundo”. En la carta, a diferencia de la falsedad de Escatología, ahora la figura humana usa el mismo sombrero que el héroe tuvo de joven pero para promulgar algo verídico. Como dijo Goethe a quien cité al inicio de este apartado: “Si un hombre persistiera en su locura, se volvería sabio” aunque para eso tuve que mudar muchas pieles. Así, de vuelta al mundo de los vivos, comencé a comunicarme con mis semejantes por medio de internet, en el idioma que más se lee en el mundo. Blogueé con tal fuerza que hice hablar al majestuoso león con el que había soñado en 1978. A diferencia de la carta El Mago, la figura de la imagen de la Fuerza no sostiene una varita mágica sino que sus manos sostienen las fauces del león.

En el triunfo de la Fuerza termina mi odisea al momento de escribir. Los otros tres triunfos que quedan de los llamados arcanos mayores se refieren al futuro de mis ideales y de estos tres sólo presenciaré, acaso, la Torre de la Destrucción: el colapso del dólar de la nación que más daño ha causado a la raza aria. Las siguientes cartas representan triunfos míos en una tierra prometida que ya no veré.

La imagen del alegre bailarín en la versión de Marsella de El Mundo es sustituida por el de la Nueva Jerusalén en otras versiones del Tarot. A mi modo de ver, la utopía radica en la destrucción absoluta de Jerusalén y en la victoria final del bailarín de Grecia y Roma: un Cuarto Reich que debiera durar milenios. Respecto a los nerdels que veo a diario al salir, varias veces en el pasado, de regreso de mi vuelta peripatética por la calle Niño Jesús, con una barda a mi derecha que ocultaba al mundo neandertalesco y con la música de Los maestros cantores de Nuremberg en la cabeza, me imaginaba que estaba en un mundo germano y hasta me llegaban leves imágenes de nórdicos con aquellos típicos cascos alados. Esas fantasías eran, naturalmente, un mecanismo compensatorio frente al lugarejo al que mi padre me había condenado a vivir (así ha de quedar el Mundo después de la debida limpieza étnica).

Pero el triunfo de las catorce palabras, tal y como se plantea en Los diarios de Turner, es insuficiente. La meta final es el triunfo de La Justicia: la implementación de las cuatro palabras con las que soñé al final de mi previo tomo.

Published in: on 3 mayo, 2022 at 8:02 pm  Deja un comentario  

Giuseppe Amara (1940-2022)

Con mi puño y letra, ayer escribí en mi diario:

Vaya. Acabo de enterarme que el monstruo que me mandó a torturar en mi adolescencia murió hace un mes.

Me enteré por un video de YouTube en que Mario Méndez Acosta y compañía no sabían nada de lo que hacen siquiatras como Amara…

¡Qué daría por ir al pasado, a casa de Abue en 1976, y hablar con el pobre Cesarito que ahí se había refugiado…!

El monstruo que, junto con mis padres, destruyó mi vida nació en Asmara, Eritrea, cuando era posesión italiana; y como dijo Mario en el programa mencionado, le tocó la guerra contra Etiopía de niño. Amara se graduó en medicina y cirugía en la universidad de Roma y en siquiatría en el IMSS, y fue medico-siquiatra en el Hospital Infantil de México donde, junto con sus colegas, mandó a atormentar a otros niños con sus drogas siquiátricas. Murió de infarto a los ochenta y un años el 14 de febrero de 2022; fue velado en Gayosso Félix Cuevas, que se encuentra a la vuelta de la casa de mi ahora finada abuela, y el novenario de misas se celebró en el Templo de San Antonio de Padua en Querétaro.

Justo en un mes de febrero, el mes en que Amara murió, mi madre me ordenó ir con él, hace cuarenta y seis años. Quien quiera leer el libro que escribí donde narro cómo Amara destruyó mi vida adolescente—y destruyó la vida de otros—, puede hacerlo: aquí.

Posdata del 31 de marzo

El resto de este mes me he estado repitiendo silenciosamente “¡Amara murió el mes pasado!” (mañana ya no podré hacerlo). Sólo aquellos cuyas vidas hayan sido destrozadas por curanderos desalmados, que se confabulan con padres abusivos, podrían entenderlo.

Trataré de que mis libros de la barra lateral vuelvan a estar disponibles. Es la única justicia que puedo hacerles a los incontables menores revictimados por aquellos que, como el ahora finado Amara, conforman una profesión fraudulenta.

Published in: on 19 marzo, 2022 at 1:27 pm  Deja un comentario  

Un sitio apenas visitado

Casi nadie visita este sitio, Hojas eliminadas. Es curioso, porque es en esta área—el daño psicológico que, en los hijos, causan los padres abusivos—donde más fuerte me siento comparado con mi sitio más visitado, aquel que escribo en inglés sobre cuestiones raciales.

La manera idónea de revivir este sitio sería que tuviera fans de los libros que aparecen en la barra lateral, y que estuvieran deseosos de discutir lo que ahí digo.

Pero no tengo fans. Y eso es una desgracia porque, después de la muerte de Alice Miller, ¿quién ha entrado hasta el fondo al mundo cuya puerta esta psicóloga suiza abrió?

El tema del modelo del trauma de los trastornos mentales es fundamental—así como su corolario: la seudociencia llamada siquiatría que vuelve a victimizar a los niños maltratados en casa. Sería idóneo que la gente leyera al menos el primer libro de mi trilogía, Hojas susurrantes. Sólo después de ello se entendería la importancia de los otros dos libros que también aparecen en la barra lateral.

Published in: on 11 enero, 2022 at 4:43 pm  Comments (5)  

Mis transformaciones

El presente artículo aparece en
versiones obsoletas de
El Grial:

 
Cuando, alarmado por el suicidio de Occidente comencé a escribir en internet, Brad Griffin, el administrador de la webzine Occidental Dissent que usa el seudónimo Hunter Wallace, inició su artículo “Los judíos y el nacionalismo blanco” con una frase refiriéndose a mí:

Surfeando la blogosfera, me topé con The west’s darkest hour, un blog de un lector de TOQ Online [The Occidental Quarterly] y entusiasta de Lawrence Auster que está preocupado sobre la presencia del antisemitismo en el movimiento del nacionalismo blanco. Al igual que Tanstaafl [seudónimo de un tal Paul en la blogosfera], parece que Chechar [mi antiguo seudónimo de internet, sacado de cómo me decía Cristóbal con cariño a sus seis años] aprendió sobre nosotros a través de sus nexos con el movimiento anti-yijad. En la previa entrada sobre el nacionalismo blanco, Chechar describe su odisea del liberalismo a espectador del marginal mundo racialista como un despertar de “Matrix”. Cada revelación es la cresta de un iceberg mucho más grande.

El siguiente año en que se publicó ese artículo eliminé el par de artículos a los que se refiere el autor porque allí yo hablaba cuando aún mantenía puntos de vista políticamente correctos sobre los judíos y el judaísmo. En este apartado quisiera confesar cómo fue que, después de una serie de revelaciones, comencé a ver un muro.

Mis Hojas son una suerte de duelo para enfrentar el dolor causado por la traición de mis padres y la sordera social sobre el tema. Lo que crucé desde mi adolescencia hasta mis veintes me permitió ver a través de las negaciones de la sociedad. Y fue precisamente el largo duelo y el consecuente ennoblecimiento de un alma arada (término de Vincent van Gogh) lo que me permitió, en 2010, ver la desnuda realidad sobre la cuestión judía. Quizá sólo aquellas almas que hayan sido aradas a través del sufrimiento podrían entender lo que quiero decir. Hemos visto que en “El alma y la alambrada de púas” de El Archipiélago Gulag, Solyenitsin escribió algunos clarividentes pasajes sobre cómo el alma humana que se pudre en confinamiento solitario encuentra salvación a través de una metamorfosis que le permite convertir su abismal dolor en sabiduría. Al igual que muchos niños y adolescentes maltratados, la alambrada de púas de las islas del Gulag volvió locos a muchos rusos. Solyenitsin se las ingenió para librar la psicosis a través de despertar su alma.

Desarrollar el alma interior a través de asimilar el pasado no es fácil, en lo absoluto. Pero cada vez que pienso en esas páginas del Gulag me veo a través de todos esos años de ermitaño al tratar de entender cómo fue posible que semejante tragedia cayera sobre mi familia. Sin embargo, lo que Solyenitsin llama el ascenso del alma es un tema enorme. ¿No fue Voltaire quien dijera que un hombre podía conocer el universo pero que necesitaría una eternidad para aprender algo sobre su alma? Así que apenas rozo el tema con mis letras.
 
Mis varias transformaciones

Huyendo de la Gran Canaria de Zapatero, el 11 de septiembre de 2009 imprimí y engargolé veinticinco artículos de The Occidental Quarterly que recogí gracias a internet. Uno de los primeros que comencé a leer al cruzar el Atlántico, “Los siete pilares del nacionalismo blanco” me impresionó: especialmente la postura del autor sobre cómo el “nacionalsocialismo podría salvarnos”. ¡Jamás había leído una apología al nazismo en una revista especializada! La postura del autor me pareció extrema; suspendí la lectura, y traté de dormir en el aeroplano. Los siguientes días, semanas y meses el asunto del nacionalismo blanco me pareció más que fascinante. A pesar de lo que en ese entonces percibí como una falla en el movimiento—su antisemitismo—, descubrí que la matriz en la que había estado previamente durmiendo era mucho más profunda y alienante de lo que había creído. Tan alienado de la realidad estaba que podría decirse que en los últimos decenios he estado despertando de una serie de diversas, aunque interconectadas, simulaciones o matrices en donde “cada revelación era la cresta de un iceberg mucho más grande”, como Griffin me parafraseó, hasta que alcancé un despertar auténtico.

En 1995, después de un largo proceso de digerir la literatura escéptica del CSICOP, abandoné mi vieja creencia en la psicocinesis. Desde mi tardía adolescencia y veintes me había perdido en Escatología. Ésta había sido mi idiota mecanismo de defensa en una noche oscura en que traté de sanar las heridas familiares a través del paranormalismo. A la par de dejar atrás esas creencias parasicológicas, en mis treintas los ensayos de Octavio Paz desenmascararon una buena parte de las ideologías de la izquierda hispanohablante. La crítica de Paz representó un refrescante despertar de los dogmas que me habían inculcado en el Colegio Madrid y en el medio intelectual. Esos despertares fueron transformaciones permitidas dentro de la matriz o simulación del Sistema en que habitaba mentalmente, así como mi siguiente despertar.

Estrechamente relacionado al maltrato infantil están las llamadas profesiones de salud mental que, en conflictos familiares, se ponen de parte de los padres y por lo tanto de los perpetradores en el hogar. No fue sino hasta mi curso sobre salud mental en 1998-1999 en la Open University de Manchester que descubrí importantes libros de los principales críticos de la siquiatría y el sicoanálisis. Desperté al hecho de que tales profesiones funcionan como una seudociencia política para imponer la voluntad de los abusivos padres, lo cual me movió a reescribir esos hallazgos en mi lengua nativa (el segundo libro de Hojas). Lo que precipitó ese despertar fue la bibliografía de las notas a pié de páginas de los libros de la Open University: libros fuera del currículo, aunque en Inglaterra los compré. Pero no fue sino hasta 2002 que descubrí a la psicóloga suiza Alice Miller, cuyo trabajo, a diferencia de los previos críticos de las profesiones de salud mental, es tabú en la academia. Sólo gracias a ella me percaté de que el saldo psíquico del maltrato parental es un tema prohibido en todas las sociedades (tema del tercer libro de mis Hojas).

En 2006 otro autor no académico me sorprendió. Lloyd deMause contestó mis preguntas por correo electrónico acerca del maltrato infantil en el Mundo Antiguo y me aconsejó que leyera un par de capítulos de una de sus obras. La lectura me causó una conmoción. El descubrimiento de la psicohistoria de deMause amplió la visión que previamente había aprendido en los trabajos de Miller. Después de asimilar la psicohistoria me encontré con una metaperspectiva que comprendía estudios de maltrato infantil desde las primeras civilizaciones hasta el hombre moderno (el tema del cuarto libro de Hojas). El campo unificado resultante de mi escrutinio en los adentros de mi alma gracias a Miller, y la investigación histórica elaborada por deMause, me hizo sentir que tenía un punto de vista sin paralelo para ver la tragedia de mi familia en particular y del Homo sapiens en general.

Estaba engañado, si consideramos que la psicología está ligada a la civilización en que vivimos; que la corrección política desde la Segunda Guerra Mundial ha sido una forma de censura, y que una auténtica libertad de prensa sólo inició con el advenimiento de una nueva imprenta de Gutenberg: el Internet. Así, una vez que descansé al terminar la revisión del quinto y último tomo de mis Hojas, a finales de septiembre de 2008 descubrí unos documentales sobre la islamización de Europa, y me enteré de que los prolíficos musulmanes podrían conquistar la civilización occidental hacia finales de siglo. Originalmente escéptico sobre esas afirmaciones, en Madrid compré el libro de Bruce Bawer Mientras Europa duerme (justo la noche en que tendría el “sueño en Madrid” recogido aquí). A finales de 2008 aún era liberal y sólo podía leer literatura de autores muy liberales. Dado que mis padres son católicos tradicionalistas, los conservadores habían sido anatema. Sólo después de que el homosexual Bawer me convenciera de que existía realmente un problema demográfico en Europa osé comprar otros libros: la trilogía sobre la islamización de Oriana Fallaci y la Guía políticamente incorrecta del islam de Robert Spencer. Spencer es un erudito crítico del Islam pero me llevó un tiempo digerir el material del blog anti-yihadí Gates of Vienna cuyos autores profundizan en el tema. La extensa lectura de estos autores conservadores no sólo despedazó mi previa visón liberal del mundo, sino que me arrastró a esa corriente del pensamiento. Me convenció de que aquellos preocupados sobre la islamización de Occidente estaban en lo correcto, y que sus detractores en grosero estado de negación. Ahora seguramente me encontraba maduro, me dije.

¡Era un polluelo que luchaba por resquebrajar el cascarón! Los nacionalistas blancos me enseñaron que, además de la islamización de Europa, existían temas absolutamente centrales que había que repensar. El ensayo de Michael O’Meara sobre la creación de un estado exclusivo para el hombre blanco, publicado en la webzine editada por Greg Johnson, representó un gran parteaguas en mi desarrollo intelectual. Cuando comencé a leer The Occidental Quarterly en el aeropuerto internacional ya sabía que un grupo de gente había acuñado un nuevo término en la previa década: el “nacionalismo blanco”. Es cierto que a finales de 2009 aún discrepaba con los nacionalistas sobre la cuestión judía. Haciendo a un lado esta diferencia, después de descubrir la existencia de este singular grupo que el sistema me había ocultado sentí que finalmente había roto el último de los cascarones tipo muñecas rusas y que, finalmente, podía escuchar: “¡Bienvenido al mundo real!”

Aún soñaba, pero el sueño mórfico ya no podía durar mucho. En febrero de 2010 me pegó un rayo que resquebrajó otro cascarón. Comprendí que me había equivocado rotundamente en la cuestión judía. Resultó que no era una pose alucinatoria, sino algo bastante real. Antes del 24 de febrero de 2010 solía intercambiar correspondencia amigable con un par de inteligentes judíos del movimiento anti-yijad. Sin pretenderlo, este par de judíos me ayudaron a despertar. Cierto que se enfurecieron cuando me cambié de bando, pero lo que me convenció de la verdad esencial del antisemitismo es que ninguno dijo nada racional después del reto que les planteé en mi blog: “Si para marzo alguno de quienes me han sugerido por correo electrónico que ignore a quienes critican a los judíos no refuta la aseveración de Avery Bullard (que los judíos nunca están sobrerrepresentados en movimientos que representen nuestros intereses, sólo en aquellos que nos debilitan), no tendré más opción que remover la cláusula ‘no antisemita’ antes de ‘nacionalismo blanco’ en la cabecera de mi blog”. Después del provocador reto, el par de intelectuales judíos no discutió civilmente. Larry Auster lo ignoró y el otro, Takuan Seiyo (cuyo nombre real jamás quiso confesar) se enfureció al ver mi ahora rasgada membrana del cascarón.

Pero la última prisión para la mente consistió en abandonar al tibio nacionalismo blanco de los americanos por algo infinitamente mejor: el nacionalsocialismo alemán, como cuento con detalle en mi blog en inglés.

 
Los que se quedaron atrás

Cualquiera que enfrente con honestidad mi enfoque de la psicohistoria expuesto en El retorno de Quetzalcóatl se encontrará en medio de un puente, entre dos territorios completamente distintos: el contenido de mis Hojas (llamémosle país M de Miller) y el contenido de The west’s darkest hour (llamémosle país N de los nacionalsocialistas). El cruce del puente colgante, de los hallazgos de Miller a cómo defender a Occidente ante una guerra etnocida, es vertiginoso. Pero precisamente mi cuarto libro le ayuda al aventurero a cruzar de un lado a otro manteniendo la vertical frente a los abismos a los lados del puente colgante. Todos los fans de Alice Miller están atrapados en el país M. Todos están contribuyendo, a través de su ignorancia sobre lo que ocurre en el mundo, a que el maltrato a la infancia crezca en el futuro de manera geométrica debido a la migración masiva de no caucásicos a Occidente y su tasa reproductiva. Todo aquél que quedó atrapado en el país M carece de perspectiva para ver los cambios políticos y demográficos que las elites traidoras están perpetrando. Mencionaré los nombres de los fans de Miller que se quedaron atrás.

Daniel Mackler. Apenas nos conocimos este neoyorquino, hijo de madre judía, y yo por internet a mediados de 2006 le llamé la atención sobre la psicohistoria. Después de que, en largas discusiones en su foro, no me contestara un hallazgo psicohistórico—que los no occidentales tratan peor a sus hijos que los occidentales—, en 2007 me mostré más áspero con él. Pero como Mackler jamás enfrentó este dato, en 2008 perdí toda paciencia y a finales de ese año comencé a denunciarlo. Cuando antes de eso le dije a Mackler que su ideología antinatalista habría de predicarse a quienes más maltratan a su progenie, y mencioné las tribus de Nueva Guinea, respondió que no podía predicar en esas tierras. Ténganse presente dos factores: en esos tiempos yo aún era filosemita, y originalmente fui cortés con Mackler. Sólo cuando me ignoró reiteradamente de que unos grupos humanos tratan mucho peor a su progenie, y ya tiempo después de mi despertar a la cuestión judía, lo vi como un típico enemigo semita de la raza aria: especialmente después de leer su reseña en contra de El archipiélago Gulag de Solyenitsin. Ahí Mackler mostró sus verdaderos colores: no le importa el genocidio de decenas de millones de rusos siempre y cuando se haga en nombre de la izquierda.

Dennis Rodie. Al holandés Rodie no lo aborrezco como a Mackler. Por una docena de años Rodie ha mantenido un sitio web cuyo título está inspirado en el mejor libro de Miller. Pero este holandés radicado en Suecia es uno de esos típicos europeos liberales que se sienten santos al fotografiarse al lado de negros, ignorando que los migrantes son los principales perpetradores de violaciones a las suecas nativas. Pero incluso eso palidece comparado con lo que llamo el pecado contra el espíritu santo de la vida: el mestizaje con estos simios que ya ha iniciado en los países nórdicos. Al igual que millones de europeos liberales, Rodie es un caso perdido. La religión inconsciente a la que tanto él como Mackler pertenecen no es, como alegan, proteger a la infancia sino el liberalismo antiblanco.

Bernard ha usado otro seudónimo en el blog de Rodie y en Wikipedia, “Bookish”. Hijo de una musulmana egipcia que lo maltrató de niño y de un inglés nativo, este tipo con doctorado en sicología se enojó conmigo desde que me mostré crítico hacia aquellos que se dicen protectores de la infancia cuando, en realidad, cojean. Obviamente, al correr sangre mora en sus venas, Bernard jamás podrá estar de acuerdo conmigo en que hay que expulsar a los millones de gente de color que han invadido el Reino Unido, donde vive, desde que el gobierno comenzó a importarlos.

Andreas Wirsén. Este joven sueco, originalmente el primer entusiasta de mis Hojas, se ofuscó desde que crucé del país M al país N. Ha sido incapaz de procesar en sus adentros por qué migré. ¿Y cómo se lo va a explicar si, al igual que los otros, no quiere sopesar el contenido de The west’s darkest hour? De alguien que me admiraba mucho por mi trabajo, como puede verse en el artículo de mi blog “Wirsén on Miller’s fans”, resultó alguien que actualmente me ignora.

José Luis Cano Gil. Después de años, Cano Gil no me ha dicho media palabra sobre mi puente Quetzalcóatl que, según él, leería. La última vez que me asomé a su blog nada se mencionaba de la invasión mora a su país, España. En otras palabras, para un protector de la infancia que haya hecho la transición del país M al país N, la prioridad es sacar del suelo europeo a los millones de migrantes que vienen con formas infinitamente más primitivas de puericultura que la nuestra. No se trata de educarlos sino de expulsarlos. Quien no promueva esta nueva expulsión de moros y judíos a la 1492 no ha migrado.

Jeff. Este sujeto vivía en California y mantenía unos blogs abiertos donde firmaba con el seudónimo de Becoming Other. Al momento de editar este pasaje su sitio ya es en privado. Jeff fue el último de los fans de Miller que me contactó por internet. Al igual que a mí, le sucedió algo espeluznante con su padre.

Cuando discutía con Mackler, al menos este judío hizo un intento tímido de replicarme ante mi novedosa información psicohistórica. Jeff ignoró todo lo que le decía sobre los hallazgos de deMause sin argumentar media palabra. Cierto que, con su radicalismo, Jeff es más valiente que los lectores de Miller mencionados arriba. Pero el tipo siempre estuvo demasiado encerrado en su tragedia personal al grado de sugerir, como lo hizo en el blog de Mackler, asesinar a los padres abusivos en un ajuste de cuentas. Compárese eso con lo que hago: idear escenarios de ingeniería social para corregir el problema en una Utopía. La última vez que entré al blog de Jeff, cuando aún era público, el tipo decía que quería aún menos índices de reproducción en Alemania. Si Jeff es blanco, semejante antinatalismo lo convertiría en alguien bastante peor que un Mackler. (Judíos como Mackler se sienten más seguros en una sociedad multirracial que en una sociedad predominantemente aria.)

Published in: on 29 octubre, 2020 at 8:14 am  Deja un comentario  

Parsifal

Hoy en la madrugada, ayer y antier vi completo Parsifal dirigido por Daniel Barenboim con subtítulos en español.

Vengo aquí porque, después de terminar El Grial, me impresionó que en esta interpretación de 1993 terminara la lanza sobre la copa del Grial. No pude evitar compararlo con mi metáfora en el punto culminante de mi libro, donde decía que el Grial es lo opuesto al cuchillo de obsidiana (que me enterraron papá y su sociedad).

No puedo mezclar esta metáfora del 93—y del drama musical de Wagner—en mi libro porque la ópera está plagada de alusiones cristianas, y mi libro es tan anticristiano como la última página de El anticristo de Nietzsche. Pero también me proyecté con lo que Parsifal le dice a Gurnemanz: que había estado perdido por años antes de encontrar el camino de regreso a Amfortas, algo así como lo que me pasó desde el 78 hasta que gradualmente vi la luz a partir de 2009.

Published in: on 30 junio, 2020 at 9:14 pm  Deja un comentario  

Aviso

Al momento de escribir, hay 173 entradas privadas en este sitio, lo que significa que sólo yo puedo verlas. Hay 153 entradas públicas, incluida la presente. Una porción del material de las entradas privadas lo recojo en mis libros que le siguen a Hojas susurrantes. Me refiero a ¿Me ayudarás? y a El grial.

Si tuviera alguien a quien legarle mi trabajo intelectual (mi biblioteca y tanto papel en mis archivos) le daría el password para las entradas privadas de este sitio.

Pero mucho me temo que a pesar de todo lo que ha visto en tanta década de su vida, el cuervo de los tres ojos no tiene a un Bran…

Published in: on 9 abril, 2020 at 9:35 pm  Deja un comentario  

Otra cita de Zweig

Hay una cita en Stendhal, traducido por Emilio Günther (Ediciones Nacionales y Extranjeras, 1935, página 63), que ha ejercido una enorme influencia en mi visión del mundo:

El natural reflejo del individuo no es su opinión propia, sino su adaptación a la opinión de la época… Se precisan cada vez energías especiales, un valor a toda prueba ¡y cuán pocos lo poseen! a fin de oponerse a una presión espiritual de millones de atmósferas, que significan energías magnas. En un individuo deben reunirse fuerzas muy raras y muy probadas para que pueda subsistir en su singularidad. Debe poseer un exacto conocimiento del mundo, un espíritu de visión clara y rápida, un soberano desprecio por toda manada o agrupación, una arrogante y descomunal desconsideración y ante todo coraje, tres veces coraje, coraje tan firmemente cimentado que lo secunde para su propio convencimiento.

Compré ese libro el 28 de septiembre de 2000. ¡Hace diecinueve años y parece que fue la semana anterior! Es uno de los libros más curiosos que poseo. Está encuadernado en una pasta dura del tipo de unas carpetas que se vendían en las papelerías cuando era niño.

Recuerdo muy bien que cuando fui al Centro a comprarlo, un padre de familia iba con su hija a la librería del viejo a querer obtener… ¡una copia del DSM siquiátrico! Me dije a mí mismo que con tan humilde librito, ya amarillo por las décadas, sabía más de psicología que la porquería que le enseñaban a esa escuincla.

Published in: on 17 julio, 2019 at 12:57 pm  Comments (1)  

Vuelta al público

Después de años de tener a este sitio como privado lo abro una vez más al público (aunque la mayor parte de su contenido, cual diarios íntimos, sigue siendo privado).

Un texto básico para entender este sitio es “La evolución de la infancia” (1974) de Lloyd deMause, el primer ensayo del libro cuya portada se ve a la izquierda. El PDF de la traducción del inglés al castellano de ese ensayo puede leerse: aquí.

Más importante para el hispanohablante que el libro académico de deMause, el fundador de la psicohistoria (libro que fue traducido por Alianza Universidad), es lo que digo en la barra lateral.

Published in: on 9 abril, 2019 at 12:03 am  Deja un comentario  
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