martes, 20 de enero de 2026
ALL FLOWERS IN TIME BEND TOWARDS THE SUN
viernes, 16 de febrero de 2024
EL PULSO HERIDO, DE DANIEL HERRERA
¿Qué puedo contar de este libro que al fin tengo entre mis
manos? Me abalanzo sobre el objeto singular temblando de emoción. Sobre el
texto impreso. Aún virgen, ajeno a cualquier guía. Ávido de sorpresa. Hacía tiempo
que, como lector, no experimentaba algo así. Y es que no todos los días se puede
leer en la piel de un amigo. Encuentro una envoltura perfecta marcada por el movimiento.
Atravieso la ciudad en el corazón de la serpiente. Vuelvo a casa después de la
presentación de El pulso herido y ya estoy devorando las primeras
páginas. El vagón de metro se agita mientras una de mis manos se independiza. Apenas
acierto a bajarme en mi estación. Tengo que detenerme, cubrir el libro bajo el
ala izquierda ante la intermitente lluvia. Empezar esta lectura me ha llevado a
otro tiempo y ahora emerjo a la realidad un poco desorientado, buscando las
llaves en el bolsillo. El rumbo hasta el portal en los espejos.
No todos los días se puede leer en la piel de un amigo, y
eso parece deliberadamente extraño. ¿Cómo me habría enfrentado a las palabras
de Cortázar de haberlo conocido personalmente? ¿Cómo hubiera buceado en las de Hemingway
o de Cervantes, en las de tantos otros, si hubiera compartido con ellos un sinfín
de momentos personales y la locura de la búsqueda? Como viejos camaradas
recorriendo casas y bares y atriles. Siento una extraña mezcla de expectativa
cumplida y de memoria. Cuando merodeo por los relatos de Daniel Herrera lo
primero es el recuerdo de innumerables veladas, años de juventud enteros en los
que la ficción era lo más importante. Los temas. Las tramas. La forma. El
extrañamiento. El manuscrito. ¡Cuántas horas febriles ardieron en nuestros
cuentos! Sí. La locura nos envolvía con entusiasmo en aquella búsqueda.
Definitivamente es un privilegio. En los intersticios que me
deja lo cotidiano recorro poco a poco los relatos. Y me voy dando cuenta. Del hombre
del profesor del padre del viaje del estupor. Del intertexto a la transferencia
biográfica. Juraría que reconozco ciertos contextos. Porque he doblado las
mismas calles, me asaltan barrios conocidos y a menudo las conversaciones
compartidas como los tableros de ajedrez. Porque posiblemente amemos de forma
consciente ciertas antologías y coincidamos en la brillantez de algunos párrafos.
Es el Daniel que conocía. Pero también está el que viene de lejos. Una
experiencia americana que no puede negar. Una familia forjada. El amor. La
devoción literaria. La condición de migrante. El confinamiento. El tedio. Tal
vez un extraño personaje que despierta en tierra de nadie. Un cielo asombroso acaparando
el gran plano general. La vegetación del sur de California. La carretera. Los
lugares en los que escribe posibles futuros y toma un ácido café sin azúcar. Tener
al amigo que ya era y al que llega al mismo tiempo es algo que no sucede
habitualmente, reconozcámoslo. Soy un lector afortunado.
Pero todo esto no me desvía de texto. Me deslumbran los
finales. Las falsas salvaciones. La paulatina separación de las palabras. La
determinación creativa y metalingüística. Tal vez no conozcáis en persona al Daniel
Herrera que ha escrito El pulso herido, pero lo que es seguro es que en
ese texto podréis descubrir una de las voces más interesantes del momento. El Daniel
narrador estará ahí, posibles, desconocidos lectores, interpelándoos directamente,
deslumbrando con el juego y el lenguaje, usando de una manera magistral la
segunda persona del singular, regalándoos un ramillete de personajes que intentan
doblegar su delirante inarmonía, haciendo que lo cotidiano sea increíble y a la
vez que lo fantástico se cuele en la estricta parcela de la realidad. Y eso
también es una suerte de privilegio. Lo inolvidable. Descubrir algo así por
primera vez.
El pulso herido reúne trece relatos imprescindibles
de Daniel Herrera ilustrados con maestría por Andrea López Montero. La edición
impecable de Piezas Azules Editorial enmarca con la calidad que merece un texto que no deberíais
dejar de leer. Podéis encontrarlo en distintas librerías o en la web de la editorial, creo que por aquí.
El libro. Y también al autor, en las presentaciones venideras. Futuros
lectores, es vuestra hora de investigar.
PD. Sí, el que sale en la imagen es Daniel Herrera. Ya
sabéis. Parece dormido. Tal vez sueña. O tal vez es el soñado de quien sueña.
Hegeliano. Borgiano. Herreriano. No lo despertéis aún, e id leyéndolo.
viernes, 30 de octubre de 2020
SURCO, DE MIGUEL HERNÁNDEZ
Se cumplen ya ciento diez años desde su nacimiento, así que no es este un mal momento para acordarse de los versos de Miguel Hernández (1910-1942). Poeta siempre venerado, cercano como pocos, autodidacta, tan humano y tan grande, ya estuvo presente aquí hace algún tiempo con su certero y reivindicativo poema "El hambre". Sin embargo en esta ocasión lo hará con un registro muy diferente, el que desarrolló de manera incipiente y poliédrica al comienzo de su camino en Perito en lunas (1933), su primer libro, que publicó con apenas veintidós años. En el mismo se recogen 42 octavas reales escritas siguiendo la forma y el estilo de Luis de Góngora en la Fábula de Polifemo y Galatea, proeza que entronca con la Generación del 27.
En efecto, durante su primer viaje a Madrid había entrado en contacto con algunos de los autores del famoso grupo y, en cierto modo, Perito en lunas es su propuesta experimental que entronca con el homenaje a la figura del poeta cordobés. Eso significa que los poemas son difíciles a pesar de su brevedad, alejados de la claridad paradigmática con la que se le suele asociar y, como era de esperar, no fueron del todo comprendidos por el público.
Sin embargo creo que son necesarios para desterrar el famoso mito del poeta pastor iletrado que a menudo ha ido arrastrando nuestro autor. Las octavas de Perito en lunas demuestran una intensa búsqueda por transformar los sujetos cotidianos y las circunstancias del camino en verdaderos objetos poéticos de alto valor artístico. Exigen el esfuerzo del lector, claro, y quien me conozca ya sabe lo que opino de ello.
De entre todas las octavas se me antoja dejar aquí la número XX, que trata, cómo no, del asunto de la escritura partiendo de una imagen metaliteraria que también a mí me obsesiona: el surco.
SURCO
Párrafos de la más hiriente punta,viernes, 18 de septiembre de 2020
PAPARRUCHAS SOBRE LA POESÍA CONTEMPORÁNEA
miércoles, 22 de julio de 2020
EL DOLOR
Me duelen todos los muertos.
Me duelen los vivos que deambulan con su pantalla entre los muertos.
Me duelen sus clics.
Me duelen sus apps.
Me duelen sus movs.
Me duelen sus pics.
Me
duelen
los ojos
las bocas
las lágrimas
las conciencias
las incontinencias
las voces expertas
las verdades a medias.
Los muertos.
Me duelen los muertos.
Me duelen todos.
Los muertos.
De aquí.
De allí.
Los vivos.
Los muertos.
viernes, 26 de junio de 2020
PIERRE MENARD, AUTOR DEL QUIJOTE (UN RELATO DE JORGE LUIS BORGES)
En medio de cierta polémica desatada los últimos días en torno a conceptos como la intertextualidad, la originalidad, el préstamo y el plagio creo que es interesante retornar al gran Borges, a la manera en que es capaz de reírse de lo aparentemente serio, a la destreza con la que envuelve de verosimilitud un proceso lógico falaz hasta hacerlo estilísticamente y estéticamente posible. Volver a abrir la caja que hay dentro de la caja que hay dentro de la caja. Repetir su acercamiento cervantino a un tal Cervantes, homenaje y burla, broma y propuesta metaliteraria rocambolesca. Nada es casual en este "Pierre Menard, autor del Quijote", un relato publicado en la revista Sur en 1939 e incluido por Borges en sus famosas Ficciones (1944).
PIERRE MENARD, AUTOR DEL QUIJOTE
La obra visible que ha dejado este novelista es de fácil y breve enumeración. Son, por lo tanto, imperdonables las omisiones y adiciones perpetradas por madame Henri Bachelier en un catálogo falaz que cierto diario cuya tendencia protestante no es un secreto ha tenido la desconsideración de inferir a sus deplorables lectores —si bien estos son pocos y calvinistas, cuando no masones y circuncisos. Los amigos auténticos de Menard han visto con alarma ese catálogo y aun con cierta tristeza. Diríase que ayer nos reunimos ante el mármol final y entre los cipreses infaustos y ya el Error trata de empañar su Memoria… Decididamente, una breve rectificación es inevitable.
Me consta que es muy fácil recusar mi pobre autoridad. Espero, sin embargo, que no me prohibirán mencionar dos altos testimonios. La baronesa de Bacourt (en cuyos vendredis inolvidables tuve el honor de conocer al llorado poeta) ha tenido a bien aprobar las líneas que siguen. La condesa de Bagnoregio, uno de los espíritus más finos del principado de Mónaco (y ahora de Pittsburgh, Pennsylvania, después de su reciente boda con el filántropo internacional Simón Kautzsch, tan calumniado, ¡ay!, por las víctimas de sus desinteresadas maniobras) ha sacrificado “a la veracidad y a la muerte” (tales son sus palabras) la señoril reserva que la distingue y en una carta abierta publicada en la revista Luxe me concede asimismo su beneplácito. Esas ejecutorias, creo, no son insuficientes.
He dicho que la obra visible de Menard es fácilmente enumerable. Examinado con esmero su archivo particular, he verificado que consta de las piezas que siguen:
a) Un soneto simbolista que apareció dos veces (con variaciones) en la revista La Conque (números de marzo y octubre de 1899).
b) Una monografía sobre la posibilidad de construir un vocabulario poético de conceptos que no fueran sinónimos o perífrasis de los que informan el lenguaje común, “sino objetos ideales creados por una convención y esencialmente destinados a las necesidades poéticas” (Nîmes, 1901).
c) Una monografía sobre “ciertas conexiones o afinidades” del pensamiento de Descartes, de Leibniz y de John Wilkins (Nîmes, 1903).
d) Una monografía sobre la Characteristica universalis de Leibniz (Nîmes, 1904).
e) Un artículo técnico sobre la posibilidad de enriquecer el ajedrez eliminando uno de los peones de torre. Menard propone, recomienda, discute y acaba por rechazar esa innovación.
f) Una monografía sobre el Ars magna generalis de Ramón Llull (Nîmes, 1906).
g) Una traducción con prólogo y notas del Libro de la invención liberal y arte del juego del axedrez de Ruy López de Segura (París, 1907).
h) Los borradores de una monografía sobre la lógica simbólica de George Boole.
i) Un examen de las leyes métricas esenciales de la prosa francesa, ilustrado con ejemplos de Saint-Simon (Revue des langues romanes, Montpellier, octubre de 1909).
j) Una réplica a Luc Durtain (que había negado la existencia de tales leyes) ilustrada con ejemplos de Luc Durtain (Revue des langues romanes, Montpellier, diciembre de 1909).
k) Una traducción manuscrita de la Aguja de navegar cultos de Quevedo, intitulada La boussole des précieux.
l) Un prefacio al catálogo de la exposición de litografías de Carolus Hourcade (Nîmes, 1914).
m) La obra Les problèmes d’un problème (París, 1917) que discute en orden cronológico las soluciones del ilustre problema de Aquiles y la tortuga. Dos ediciones de este libro han aparecido hasta ahora; la segunda trae como epígrafe el consejo de Leibniz “Ne craignez point, monsieur, la tortue”, y renueva los capítulos dedicados a Russell y a Descartes.
n) Un obstinado análisis de las “costumbres sintácticas” de Toulet (N.R.F., marzo de 1921). Menard —recuerdo— declaraba que censurar y alabar son operaciones sentimentales que nada tienen que ver con la crítica.
o) Una transposición en alejandrinos del Cimetière marin, de Paul Valéry (N.R.F., enero de 1928).
p) Una invectiva contra Paul Valéry, en las Hojas para la supresión de la realidad de Jacques Reboul. (Esa invectiva, dicho sea entre paréntesis, es el reverso exacto de su verdadera opinión sobre Valéry. Este así lo entendió y la amistad antigua de los dos no corrió peligro.)
q) Una “definición” de la condesa de Bagnoregio, en el “victorioso volumen” —la locución es de otro colaborador, Gabriele d’Annunzio— que anualmente publica esta dama para rectificar los inevitables falseos del periodismo y presentar “al mundo y a Italia” una auténtica efigie de su persona, tan expuesta (en razón misma de su belleza y de su actuación) a interpretaciones erróneas o apresuradas.
r) Un ciclo de admirables sonetos para la baronesa de Bacourt (1934).
s) Una lista manuscrita de versos que deben su eficacia a la puntuación¹.
Hasta aquí (sin otra omisión que unos vagos sonetos circunstanciales para el hospitalario, o ávido, álbum de madame Henri Bachelier) la obra visible de Menard, en su orden cronológico. Paso ahora a la otra: la subterránea, la interminablemente heroica, la impar. También, ¡ay de las posibilidades del hombre!, la inconclusa. Esa obra, tal vez la más significativa de nuestro tiempo, consta de los capítulos noveno y trigésimo octavo de la primera parte del don Quijote y de un fragmento del capítulo veintidós. Yo sé que tal afirmación parece un dislate; justificar ese “dislate” es el objeto primordial de esta nota².
Dos textos de valor desigual inspiraron la empresa. Uno es aquel fragmento filológico de Novalis — el que lleva el número 2005 en la edición de Dresden— que esboza el tema de la total identificación con un autor determinado. Otro es uno de esos libros parasitarios que sitúan a Cristo en un bulevar, a Hamlet en la Cannebiére o a don Quijote en Wall Street. Como todo hombre de buen gusto, Menard abominaba de esos carnavales inútiles, solo aptos —decía— para ocasionar el plebeyo placer del anacronismo o (lo que es peor) para embelesarnos con la idea primaria de que todas las épocas son iguales o de que son distintas. Más interesante, aunque de ejecución contradictoria y superficial, le parecía el famoso propósito de Daudet: conjugar en una figura, que es Tartarín, al Ingenioso Hidalgo y a su escudero… Quienes han insinuado que Menard dedicó su vida a escribir un Quijote contemporáneo, calumnian su clara memoria.
No quería componer otro Quijote —lo cual es fácil— sino el Quijote. Inútil agregar que no encaró nunca una transcripción mecánica del original; no se proponía copiarlo. Su admirable ambición era producir unas páginas que coincidieran palabra por palabra y línea por línea con las de Miguel de Cervantes.
“Mi propósito es meramente asombroso”, me escribió el 30 de septiembre de 1934 desde Bayonne. “El término final de una demostración teológica o metafísica —el mundo externo, Dios, la causalidad, las formas universales— no es menos anterior y común que mi divulgada novela. La sola diferencia es que los filósofos publican en agradables volúmenes las etapas intermediarias de su labor y que yo he resuelto perderlas.” En efecto, no queda un solo borrador que atestigüe ese trabajo de años.
El método inicial que imaginó era relativamente sencillo. Conocer bien el español, recuperar la fe católica, guerrear contra los moros o contra el turco, olvidar la historia de Europa entre los años de 1602 y de 1918, ser Miguel de Cervantes. Pierre Menard estudió ese procedimiento (sé que logró un manejo bastante fiel del español del siglo diecisiete) pero lo descartó por fácil. ¡Más bien por imposible! dirá el lector. De acuerdo, pero la empresa era de antemano imposible y de todos los medios imposibles para llevarla a término, este era el menos interesante. Ser en el siglo veinte un novelista popular del siglo diecisiete le pareció una disminución. Ser, de alguna manera, Cervantes y llegar al Quijote le pareció menos arduo —por consiguiente, menos interesante— que seguir siendo Pierre Menard y llegar al Quijote, a través de las experiencias de Pierre Menard. (Esa convicción, dicho sea de paso, le hizo excluir el prólogo autobiográfico de la segunda parte del don Quijote. Incluir ese prólogo hubiera sido crear otro personaje —Cervantes— pero también hubiera significado presentar el Quijote en función de ese personaje y no de Menard. Este, naturalmente, se negó a esa facilidad.) “Mi empresa no es difícil, esencialmente” leo en otro lugar de la carta. “Me bastaría ser inmortal para llevarla a cabo.” ¿Confesaré que suelo imaginar que la terminó y que leo el Quijote —todo el Quijote— como si lo hubiera pensado Menard? Noches pasadas, al hojear el capítulo XXVI —no ensayado nunca por él— reconocí el estilo de nuestro amigo y como su voz en esta frase excepcional: las ninfas de los ríos, la dolorosa y húmida Eco. Esa conjunción eficaz de un adjetivo moral y otro físico me trajo a la memoria un verso de Shakespeare, que discutimos una tarde:
¿Por qué precisamente el Quijote? dirá nuestro lector. Esa preferencia, en un español, no hubiera sido inexplicable; pero sin duda lo es en un simbolista de Nîmes, devoto esencialmente de Poe, que engendró a Baudelaire, que engendró a Mallarmé, que engendró a Valéry, que engendró a Edmond Teste. La carta precitada ilumina el punto. “El Quijote”, aclara Menard, “me interesa profundamente, pero no me parece ¿cómo lo diré? inevitable. No puedo imaginar el universo sin la interjección de Edgar Allan Poe:
o sin el Bateau ivre o el Ancient Mariner, pero me sé capaz de imaginarlo sin el Quijote. (Hablo, naturalmente, de mi capacidad personal, no de la resonancia histórica de las obras.) El Quijote es un libro contingente, el Quijote es innecesario. Puedo premeditar su escritura, puedo escribirlo, sin incurrir en una tautología. A los doce o trece años lo leí, tal vez íntegramente. Después, he releído con atención algunos capítulos, aquellos que no intentaré por ahora. He cursado asimismo los entremeses, las comedias, la Galatea, las Novelas ejemplares, los trabajos sin duda laboriosos de Persiles y Segismunda y el Viaje del Parnaso… Mi recuerdo general del Quijote, simplificado por el olvido y la indiferencia, puede muy bien equivaler a la imprecisa imagen anterior de un libro no escrito. Postulada esa imagen (que nadie en buena ley me puede negar) es indiscutible que mi problema es harto más difícil que el de Cervantes. Mi complaciente precursor no rehusó la colaboración del azar: iba componiendo la obra inmortal un poco à la diable, llevado por inercias del lenguaje y de la invención. Yo he contraído el misterioso deber de reconstruir literalmente su obra espontánea. Mi solitario juego está gobernado por dos leyes polares. La primera me permite ensayar variantes de tipo formal o psicológico; la segunda me obliga a sacrificarlas al texto ‘original’ y a razonar de un modo irrefutable esa aniquilación… A esas trabas artificiales hay que sumar otra, congénita. Componer el Quijote a principios del siglo diecisiete era una empresa razonable, necesaria, acaso fatal; a principios del veinte, es casi imposible. No en vano han transcurrido trescientos años, cargados de complejísimos hechos. Entre ellos, para mencionar uno solo: el mismo Quijote.”
A pesar de esos tres obstáculos, el fragmentario Quijote de Menard es más sutil que el de Cervantes. Este, de un modo burdo, opone a las ficciones caballerescas la pobre realidad provinciana de su país; Menard elige como “realidad” la tierra de Carmen durante el siglo de Lepanto y de Lope. ¡Qué españoladas no habría aconsejado esa elección a Maurice Barrès o al doctor Rodríguez Larreta! Menard, con toda naturalidad, las elude. En su obra no hay gitanerías ni conquistadores ni místicos ni Felipe II ni autos de fe. Desatiende o proscribe el color local. Ese desdén indica un sentido nuevo de la novela histórica. Ese desdén condena a Salammbô, inapelablemente.
No menos asombroso es considerar capítulos aislados. Por ejemplo, examinemos el XXXVIII de la primera parte, “que trata del curioso discurso que hizo don Quixote de las armas y las letras”. Es sabido que D. Quijote (como Quevedo en el pasaje análogo, y posterior, de La hora de todos) falla el pleito contra las letras y en favor de las armas. Cervantes era un viejo militar: su fallo se explica. ¡Pero que el don Quijote de Pierre Menard —hombre contemporáneo de La trahison des clercs y de Bertrand Russell— reincida en esas nebulosas sofisterías! Madame Bachelier ha visto en ellas una admirable y típica subordinación del autor a la psicología del héroe; otros (nada perspicazmente) una transcripción del Quijote; la baronesa de Bacourt, la influencia de Nietzsche. A esa tercera interpretación (que juzgo irrefutable) no sé si me atreveré a añadir una cuarta, que condice muy bien con la casi divina modestia de Pierre Menard: su hábito resignado o irónico de propagar ideas que eran el estricto reverso de las preferidas por él. (Rememoremos otra vez su diatriba contra Paul Valéry en la efímera hoja superrealista de Jacques Reboul.) El texto de Cervantes y el de Menard son verbalmente idénticos, pero el segundo es casi infinitamente más rico. (Más ambiguo, dirán sus detractores; pero la ambigüedad es una riqueza.)
Es una revelación cotejar el don Quijote de Menard con el de Cervantes. Este, por ejemplo, escribió (Don Quijote, primera parte, noveno capítulo):
…la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir.
Redactada en el siglo diecisiete, redactada por el “ingenio lego” Cervantes, esa enumeración es un mero elogio retórico de la historia. Menard, en cambio, escribe:
…la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir.
La historia, madre de la verdad; la idea es asombrosa. Menard, contemporáneo de William James, no define la historia como una indagación de la realidad sino como su origen. La verdad histórica, para él, no es lo que sucedió; es lo que juzgamos que sucedió. Las cláusulas finales —ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir— son descaradamente pragmáticas.
También es vívido el contraste de los estilos. El estilo arcaizante de Menard —extranjero al fin— adolece de alguna afectación. No así el del precursor, que maneja con desenfado el español corriente de su época.
No hay ejercicio intelectual que no sea finalmente inútil. Una doctrina es al principio una descripción verosímil del universo; giran los años y es un mero capítulo —cuando no un párrafo o un nombre— de la historia de la filosofía. En la literatura, esa caducidad es aún más notoria. El Quijote —me dijo Menard— fue ante todo un libro agradable; ahora es una ocasión de brindis patriótico, de soberbia gramatical, de obscenas ediciones de lujo. La gloria es una incomprensión y quizá la peor.
Nada tienen de nuevo esas comprobaciones nihilistas; lo singular es la decisión que de ellas derivó Pierre Menard. Resolvió adelantarse a la vanidad que aguarda todas las fatigas del hombre; acometió una empresa complejísima y de antemano fútil. Dedicó sus escrúpulos y vigilias a repetir en un idioma ajeno un libro preexistente. Multiplicó los borradores; corrigió tenazmente y desgarró miles de páginas manuscritas³. No permitió que fueran examinadas por nadie y cuidó que no le sobrevivieran. En vano he procurado reconstruirlas.
He reflexionado que es lícito ver en el Quijote “final” una especie de palimpsesto, en el que deben traslucirse los rastros —tenues pero no indescifrables— de la “previa” escritura de nuestro amigo. Desgraciadamente, solo un segundo Pierre Menard, invirtiendo el trabajo del anterior, podría exhumar y resucitar esas Troyas…
“Pensar, analizar, inventar (me escribió también) no son actos anómalos, son la normal respiración de la inteligencia. Glorificar el ocasional cumplimiento de esa función, atesorar antiguos y ajenos pensamientos, recordar con incrédulo estupor que el doctor universalis pensó, es confesar nuestra languidez o nuestra barbarie. Todo hombre debe ser capaz de todas las ideas y entiendo que en el porvenir lo será.”
Menard (acaso sin quererlo) ha enriquecido mediante una técnica nueva el arte detenido y rudimentario de la lectura: la técnica del anacronismo deliberado y de las atribuciones erróneas. Esa técnica de aplicación infinita nos insta a recorrer la Odisea como si fuera posterior a la Eneida y el libro Le jardin du Centaure de madame Henri Bachelier como si fuera de madame Henri Bachelier. Esa técnica puebla de aventura los libros más calmosos. Atribuir a Louis Ferdinand Céline o a James Joyce la Imitación de Cristo ¿no es una suficiente renovación de esos tenues avisos espirituales?
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1. Madame Henri Bachelier enumera asimismo una versión literal de la versión literal que hizo Quevedo de la Introduction à la vie dévote de san Francisco de Sales. En la biblioteca de Pierre Menard no hay rastros de tal obra. Debe tratarse de una broma de nuestro amigo, mal escuchada.
2. Tuve también el propósito secundario de bosquejar la imagen de Pierre Menard. Pero ¿cómo atreverme a competir con las páginas áureas que me dicen prepara la baronesa de Bacourt o con el lápiz delicado y puntual de Carolus Hourcade?
3. Recuerdo sus cuadernos cuadriculados, sus negras tachaduras, sus peculiares símbolos tipográficos y su letra de insecto. En los atardeceres le gustaba salir a caminar por los arrabales de Nîmes; solía llevar consigo un cuaderno y hacer una alegre fogata.
viernes, 1 de mayo de 2020
YO ME ACUERDO DE LAS CIANOBACTERIAS (RELOADED)
I. EL FUEGO
—Yo me acuerdo de las cianobacterias, de su alimentación bárbara, exterminadora, en lo más profundo de los lechos…
—Te acuerdas…
—Lechos abismales, negrura líquida en la que se disuelven los últimos glóbulos de oxígeno.
—Te acuerdas atómica…
—De los peces varados en meandros como arterias, ojos blandos sorprendidos, expulsando el hálito en cada boqueada…
—Fronterizos…
—Convulsión de atunes en la humedad de las barcazas, extraído el gancho…
—Fronterizos, una mano que no comprenden los asfixia…
—Indiferente azada que rotura la tierra, qué sencillo desmontar los laberintos fabricados por las hormigas…
—Llevar al acabamiento con un único gesto de repugnancia cualquier majestuosa catedral mortífera suspendida en el aire desde el vientre arácnido…
—Puntual, indiferente…
—Inocente…
—Provocado…
—A veces los rayos se desencadenan sobre los bosques…
—Hay troncos humeantes que en cualquier caso desconocen la razón originaria del final…
—A veces los rayos…
—Pero a veces…
—Los rayos…
—Pequeño guardabosques, las hogueras que no fueron inocentes…
—Tropiezos de la…
—Asfixia…
—Era primero que la incandescencia del cuerpo…
—La ascendencia del virus...
—La rigidez del reflejo...
—Una mano que no comprenden los asfixia…
—Dejémoslo, háblame de…
—Libros…
—¿Libros…?
—Libros en el patio del palacio imperial, una pira de libros cuyos autores guardan turno en la orilla de un estanque poblado de cocodrilos, mientras el constructor de murallas…
—Anarquistas quemando cruces y relicarios…
—Una pira de libros en Opernplatz…
—Otra vieja anécdota…
—10 de mayo de 1933, la palabra de Brecht hecha cenizas…
—La palabra de Dios hecha cenizas…
—Y la de Marx…
—Eso es historia…
—Una fila de intelectuales en Kampuchea…
—Una bandera danesa…
—Pies disidentes en el cemento que sobrevuela Mar del Plata…
—Por San Juan esos fuegos verás…
—Palabras pulverizadas, otra vez aire, nada más…
—Ya está bien…
—Tienes miedo. Déjame…
—Déjate tú de tanto escrutinio…
—Se salvó el Tirant lo Blanc…
—De dónde sacaste todo eso…
—De los libros…
—Libros, qué libros, los libros no existen…
—Ya no existen...
—Objetos del pasado…
—No nos queda pasado…
—Vivimos en el futuro…
—Ni siquiera eso… sólo el escrupuloso presente…
—Sí…
—Un triste mundo de plástico…
—Somos una generación en tránsito. Recordamos, sólo eso…
—Por lo menos eso…
—Atenta, la conversación se está volviendo inapropiada…
—Lo sé. Me acuerdo del muro que hay entre nosotros…
—Cállate, por favor. Podrían oírnos…
—Pues que nos oigan… tú también lo sabes…
—Haz como si lo hubiera olvidado…
—Eres un cobarde…
—Mira, estoy cansado, queda el resto de la noche y sí, tengo miedo. Así que apaga la luz…
—Luz, baño epiléptico de electrones…
—Por favor…
—Hay estrellas apagadas que todavía brillan en el cielo, esclavas de la imperfección del tiempo…
—Tú filosófica…
—Tú silencioso guardabosques…
—Venga, durmamos…
II. FOSFORESCENCIAS
Te parecerá despertar sobresaltada en mitad de la noche. Un rumor sordo, como la primera vez, se habrá extendido al otro lado de la ventana, inundándolo todo con su incontinencia de cascada, sacudiéndote en el duermevela. Pensarás acaso en todo lo que habías intuido, en todo lo que no debería estar sucediendo, todavía no, en este momento preciso, entonces. Notarás un sudor frío en los hombros, la rojura de los humores extendiéndose sin freno hacia la frente. Levantarás la sábana que te cubre para respirar, inquieta. Buscando a tientas el interruptor te girarás hacia tu marido, extenderás una mano temblorosa hacia su espalda, sentirás el hielo cristal. No se habrá dado cuenta, los hombres duermen tan despreocupados que… no encontrarás el maldito botón. Si pudieras despertar a tu marido, si pudieras despertarlo. Pero estarás casi segura de que sería mejor no intentarlo siquiera, no, él lo considerará con toda probabilidad una chiquillada, bobadas de una mujer que habrá vuelto de la pesadilla.
Recostada de nuevo, querrás reconciliarte con el sueño, no pensar en nada, en nadie. Aunque será imposible sustraerse al clamor que se habrá ido desplazando desde el exterior hasta tu mente. La tormenta golpeará el vidrio con insistencia. Como la primera vez, en un efecto de llamada. Como tener paralizado el sentido pero no el cuerpo, así será. Ajeno a tu voluntad, uno de los pies rozará desconsiderado el piso y se hará seguir por el otro, arrastrándote fuera de la cama. Mirarás aterrorizada sin poder atravesar las tinieblas que te estarán alejando expertas del lado en que yace tu marido y querrás gritarle a él, despierta guardabosques, despierta, entonces sí, sin llegar a conseguirlo. Movida por una extraña fuerza te desplazarás hasta la ventana, palparás la hoja bien pulimentada, pegarás el rostro a la superficie plana para mirar hacia fuera, para contemplar la oscuridad de la noche desde la todavía más profunda negrura del cuarto hermético, porque ese será el efecto, ya lo habrás comprendido, sin ningún tipo de duda sabrás que mirando a través de la dura transparencia podrás al fin ver, contemplar, en la adaptación pausada de las pupilas, en la lágrima que aún recuerda, el minúsculo fosforescer de las partículas de lluvia. Como la primera vez.
III. METAMORFOSIS
Que lloviese durante diez días seguidos fue recibido en aquellos tiempos de sequía con un deleite fuera de lo común. La gente estaba que se subía por las paredes, alborotaba, caminaba bajo la espesa cortina de agua con la impudicia del que recibe un regalo anhelado desde siempre. Muchos prescindieron de los paraguas. Algunos otros fomentaron la costumbre de dejar por un instante sus parapetos y permitir que aquel líquido terso resbalara sobre los rostros, escapara zigzagueante hacia las comisuras de los labios.
Para la hija del bibliotecario todo aquello resultaba de lo más curioso. En aquellos días su padre la sorprendía a menudo mientras observaba la lluvia desde de la ventana, extasiada por aquella maravilla, o al sacar las manitas por entre los barrotes del balcón para sentir la mojadura palpitante sobre la piel.
—A tu madre le hubiera gustado verte así de alegre— le decía entonces su padre abrazándola con una fuerza emocionada, algo que una niña de seis años como ella no acertaba todavía a comprender, pero que de todos modos le gustaba. Después el padre le explicaba el ciclo del agua, y ella se convertía en una gota de agua que caía desde las blandas nubes para unirse con sus amigas en un río largo largo que corriendo corriendo viajaba por el mundo y fluía hasta el mar, algo así como un charco inmenso, desde donde luego se iba volando de nuevo al cielo para viajar, qué blandura tan bonita, sentada en su rincón algodonoso de nube. Aquel cuento le parecía tan divertido que insistía todas las noches a su padre para que se lo repitiera de nuevo, una y otra vez, hasta quedarse dormida.
Una tarde quiso comprobar si aquellas gotas solitarias podían juntarse de verdad como pasaba con el agua del grifo, así que tomó su vaso favorito de la cocina y lo dejó en la terraza del balcón. Cuando volvió a por él supo que era cierto. Las gotas amigas se querían tanto que se habían unido todas en el vaso muy apiñadas, así que se quedó tan contenta que se las llevó a su habitación.
Cuando el bibliotecario apagó la luz del cuarto aquella noche se sorprendió al comprobar el extraño fulgor verdoso que se desprendía del vaso. Se asomó inquieto a la ventana y descubrió que en mitad de la noche las gotas de lluvia brillaban como pavesas iridiscentes que caían a plomo en vez de elevarse, disolviéndose con estrépito en luminosos charcos que se disgregaban sobre los adoquines empapados de la calzada. Se fue intranquilo a la cama pero no tuvo demasiado tiempo para preocuparse. A la mañana siguiente había dejado de llover y el sol volvía a deslumbrar en el cielo, así que pronto se olvidó de todo.
La vida parecía recobrar su normalidad después de aquella temporada de lluvias. Las gentes retomaron su aspecto taciturno y despistado. La hija del bibliotecario volvió a aburrirse como una ostra, si es que las ostras se aburren. Estaba harta de hojear aquel ejemplar de Alicia para niños que su padre le trajo la mañana en que cesó la lluvia y odiaba aquellos dibujos, que en el fondo le daban miedo. Sólo le gustaba el episodio en el que Alicia se hacía tan grande tan grande tan grande que ocupaba todo el espacio de la casa. Le divertía aquella llorona, haciéndose luego tan pequeña tan pequeña tan pequeña que tenía que nadar en un mar creado por sus propias lágrimas. Qué cuento tan raro, pensaba. Pero al fin y al cabo la mente de los niños es tan ávida que pronto se interesó por cualquier otra cosa y se olvidó de la otra Alicia, y también del vaso.
Por eso no comprendió la noche en que su padre, con un gesto de repugnancia, se llevó el recipiente a la cocina. Ella sólo vio, junto al cerco que había quedado en la mesilla, un gusanito verde que le saludaba sonriente. Le resultó tan simpático que decidió esconderlo en una cajita de cartón y dejarlo encima del cuento. Al despertar por la mañana no encontró ni la cajita ni el libro. En su lugar sólo vio una oruga de medio metro que también le saludaba sonriente. Ella gritó y su padre llegó a tiempo para arrojar la oruga por la ventana. Lo que desde allí vieron les horrorizó. Cumplida la metamorfosis, las aceras estaban cubiertas por aquel extraño ejercito reptante que se arrastraba sin pausa. Las orugas gigantes lo ocupaban todo. Algunas, empujadas por su voracidad, comenzaron a subirse por las paredes, amenazando a los vecinos asomados a los balcones. El bibliotecario cogió en brazos a su hija y salió a la calle lo más rápido que pudo. No sabía que hacer, así que intentó sobreponerse a la sensación que suponía caminar sobre aquel suelo escurridizo y se dirigió lo más rápido que pudo hacia la biblioteca.
—¡Mis libros! ¡Oh, mis libros!
Esto fue lo único que el bibliotecario acertó a decir cuando, al llegar a la parte de las estanterías las encontró asediadas por aquellos asquerosos bichos, que se atiborraban de buena gana con las obras completas del Proust. Extrañas y repugnantes criaturas que engullían sin piedad. Una forma de destrucción de la palabra que le pareció una farsa monumental. Enloquecido, arrancó de las fauces de uno de aquellos monstruos lo que quedaba de Por el camino de Swann, tomó de la sala de limpieza una botella de alcohol, arrancó algunas páginas y las utilizó como mecha de un improvisado cóctel incendiario que arrojó, sin percatarse del peligro al que estaba exponiéndose, sobre el multitudinario banquete literario. De alguna manera aquellas criaturas no eran inmunes al fuego, porque en poco tiempo la sala se vio envuelta en llamas, aullidos de terror y olor a chamusquina. El bibliotecario sacó de allí a su hija como pudo, la dejó en los brazos de un funcionario que pasaba por allí despavorido y volvió a entrar en aquel infierno con el propósito de recuperar alguno de sus más preciados tesoros. Ella no volvió a verlo nunca más.
IV. DESPIERTA, ALICIA...
Cuando amanezca, a medida que la luz del día vaya dejando de un lado a las sombras, a medida que aquella fosforescencia se convierta en un declinar viscoso, recordarás que no quedó ni un solo libro en todo el mundo, que no quedó ni un solo árbol intacto, que el papel se perdió para siempre. Recordarás el final de la plaga, cuando las orugas metamorfoseadas en desproporcionadas polillas desaparecieron sin sentido alguna noche, los infructuosos análisis científicos de los restos, el estado de alerta, los intentos de reconstrucción, la prevalencia de algunas semillas, las inesperadas consecuencias sociales que luego impusieron los políticos... Recordarás el hogar vacío en que creciste, todo lo que tuviste que aprender. Recordarás que lo que queda del conocimiento es virtual, restos de un naufragio salvado por la tecnología, palabras que ahora son una corriente en descarga y se transfieren de unos a otros a través de una pantalla más o menos plana. Tal vez volverás a verle a él, tan tímido y estirado, enamorándote. Intentarás no pensar demasiado en el hecho de que tu marido sea guardabosques, curioso nombre para una profesión que ahora sólo implicará el concepto de atención, de espera contenida ante la más que previsible amenaza. Intentarás olvidar que tú esposo ha tenido que vivir los dos últimos años lejos de ti, en lo alto de un puesto de vigilancia meteorológica. Mirarás, apoyada en la pared la cama de noventa en la que duermes, el monitor de plasma a través del cual habláis todas las noches, ahora apagado. Y al encontrar por fin el mando, al conectar el intercomunicador, tratarás de fingir cierta sorpresa al ver vacío el otro lado de la cama, al entender lo que significa que esta mañana nadie pueda susurrarte al oído un despierta, Alicia.
martes, 21 de enero de 2020
EL MAÑANA EFÍMERO, DE ANTONIO MACHADO
Finales de 2013. Siempre certero y comprometido con su tiempo, Antonio Machado ofrece en este poema su visión crítica sobre los problemas del país. Unos cuantos versos de reproche. Y un atisbo final de esperanza, a pesar de todo. Por suerte o desgracia, parece que sus reflexiones sigue estando, más de un siglo después, de máxima actualidad...
XL
EL MAÑANA EFÍMERO
La España de charanga y pandereta,
cerrado y sacristía,
devota de Frascuelo y de María,
de espíritu burlón y alma inquieta,
ha de tener su mármol y su día,
su infalible mañana y su poeta.
En vano ayer engendrará un mañana
vacío y por ventura pasajero.
Será un joven lechuzo y tarambana,
un sayón con hechuras de bolero,
a la moda de Francia realista
un poco al uso de París pagano
y al estilo de España especialista
en el vicio al alcance de la mano.
Esa España inferior que ora y bosteza,
vieja y tahúr, zaragatera y triste;
esa España inferior que ora y embiste,
cuando se digna usar la cabeza,
aún tendrá luengo parto de varones
amantes de sagradas tradiciones
y de sagradas formas y maneras;
florecerán las barbas apostólicas,
y otras calvas en otras calaveras
brillarán, venerables y católicas.
El vano ayer engendrará un mañana
vacío y ¡por ventura! pasajero,
la sombra de un lechuzo tarambana,
de un sayón con hechuras de bolero;
el vacuo ayer dará un mañana huero.
Como la náusea de un borracho ahíto
de vino malo, un rojo sol corona
de heces turbias las cumbres de granito;
hay un mañana estomagante escrito
en la tarde pragmática y dulzona.
Mas otra España nace,
la España del cincel y de la maza,
con esa eterna juventud que se hace
del pasado macizo de la raza.
Una España implacable y redentora,
España que alborea
con un hacha en la mano vengadora,
España de la rabia y de la idea.
martes, 24 de septiembre de 2019
LA IMAGEN DEL VERANO (SIETE)
Hacía tanto tiempo que no publicaba mi imagen del verano que casi lo había olvidado. Sin embargo todo se ha puesto de acuerdo esta mañana para devolverme a las antiguas rutinas. El comienzo del otoño, un poco de tiempo libre, un móvil que no duda en avisarme de que ya tiene el vientre lleno, un rato perdido entre memes y GIFs animados, el dedo empeñado en borrar y borrar y borrar, y de pronto ahí están, sí, descubro que ahí están todavía las imágenes del viejo agosto. Y entonces vuelvo a viajar de nuevo durante un par de minutos. Con los míos. Hacia ese norte de frontera imaginaria otra vez, ese destino que cada año me gusta más.
Revisando las fotografías me doy cuenta de que ha sido un verano muy animal. Escarabajos voladores en el cabo Matxitxako, patos y roedores en la orilla del río Baztán, en la brumosa Elizondo, arañas y mariposas espectaculares en Zugarramurdi, lagartijas al sol, perros bañándose en los arroyos, vacas rumiando por los prados, ovejas echándose la siesta, burros dando rienda suelta a sus placeres, escarabajos dorados y garrapatas americanas bajo los helechos que pueblan el entorno de la cascada del Xorroxin... y, al otro lado de la frontera, gatos huidizos en Ainhoa, nubes de crisopas al caer la tarde de Lescar, carpas en Pau, salamandras nocturnas atraídas por la luz de las farolas o camufladas en los muros de Carcassonne, y estorninos anidando al pie de las murallas, y gatos rollizos merodeando entre las terrazas de los restaurantes, y también castores nadando en el Aude, el río que divide (o une) la bastida y la antigua ciudadela de cuento reconstruida por el arquitecto Viollet-le-Duc, sí, el mismo que construyó las gárgolas de Notre-Dame de París... y más mariposas en la cátara Lastours, y gaviotas planeadoras esperando su botín al caer la tarde en la playa de Narbona. Animales, animales por doquier, de todo tipo y pelaje, animales fantásticos totalmente reales, que es lo que toca cuando la naturaleza explota en verde y agua y norte, de un mar a otro, en los Pirineos.
Por eso no he tenido muchas dudas en cuanto a la foto elegida. Una foto animal. Imaginaos un rebaño de quince o veinte pequeños pottoka (caballitos) sueltos en mitad del campo, moviéndose con total libertad, pastando en el abundante yerbazal o atravesando la estrecha carretera que lleva a las inmediaciones del Infernuko Errota (Molino del Infierno) para beber agua en alguna charca cercana. Imaginaos a este bello ejemplar, una yegua blanca de largas crines, hondo vientre y músculos templados detenida en la mitad de la calzada, pensativa, no se sabe si esperando lo que viene o preparándose para continuar su camino por aquella lengua de asfalto creada por el hombre... La realidad es que su potrillo estuvo un buen rato persiguiéndome y ella no dudó en marcar su territorio. Ya más tranquila, tomó la carretera, se dejó fotografiar de esta guisa y luego se perdió en el horizonte prolongando el punto de fuga con un trote ligero. Aquí os la dejo.
lunes, 16 de septiembre de 2019
LLUVIA
Hazme pálido regazo donde espera el mundo,
tenue servidumbre restañada nunca a tiempo,
para morderte certero verbo solo hazme,
voz que fosforesce incolora de albor, lágrima leve.
Olvidado por los hombres goza el ciego amante,
tacto sin cesura satisface los sentidos,
su oleaje duradero al mar que confunde sombras,
hilo de sal en un labio que mi piel descabala.
Blando líquido perfecto luego se desliza,
augur que la noche subyugase al abrazo
ante la nada, enreda el pétreo abismo
que sin nombre yace en la palma de la mano.
Hazme pálido regazo, verbo solo hazme.